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Identificación del Mandylion con el Sudario de Turín. Crónica de lo imposible.

4 de agosto de 2012

Índice:

1. ¿Algún cronista describe el Mandylion como una tela más grande que una toalla?

2 El “tetradiplon”.

3. Una prueba iconográfica: el códice Skylitzes Matritensis.

4. El sermón de Gregorio el Refrendario.

Los esfuerzos para vincular el Mandylion al lienzo de Turín no resultan nada fáciles, ya que las descripciones del primero no hablan de una doble imagen de cuerpo entero, sino simplemente de un rostro. Además, ninguna de las descripciones menciona un cadáver ensangrentado, sino la figura de un hombre vivo, con los ojos abiertos, de acuerdo con la leyenda de Abgar. Analizaré a continuación los intentos de contrarrestar estos dos datos adversos por parte de los sindonistas.

El Mandylion. Iglesia de Panagia Phorbiotisa, Asinou, Chipre. Siglo XII

1. ¿Algún cronista describe el Mandylion como una tela más grande que una toalla?


El primer paso lógico para solucionar estos problemas debería consistir en encontrar alguna descripción del Mandylion en términos similares al lienzo de Turín, es decir, como una doble impronta de un cadáver y un tamaño similar. Algunos sindonistas han creído encontrar una descripción del Mandylion a su guisa en la tradición latina, que hablaría de un lienzo más amplio que una toalla o pañuelo. Consideremos el siguiente texto:

Traditur autem ex archivis auctoritatis antiquae, quod dominus super linteum candidissimum toto corpore se prostaverit et ita virtute divina non tantum faciei sed etiam tocius corporis dominici speciocissima effigies linteo impressa sit. (Gervasio de Tilbury, Otia Imperalia, III:23).

Este documento del siglo XIV se supone derivado de otros anteriores que, a su vez, tendrían origen en un texto siriaco más antiguo (Scavone, 1989: 7) o una correspondencia entre el papa Adriano y el emperador Carlomagno (Poulle, 2009: 766). En todos estos textos se hablaría de una imagen de Cristo de “cuerpo entero” (“tocius corporis”) impresa en el lienzo (“linteo impressa sit”).

Sin embargo, estos textos latinos dejan las cosas prácticamente como estaban.

En primer lugar, se trata de documentos muy alejados cronológicamente de los hechos que dicen narrar y escritos por eclesiásticos que no habían visto el objeto de sus desvelos. En estas circunstancias es imposible distinguir lo que es producto de su piadosa imaginación, modelada por las creencias de su época, y lo que están tomando de fuentes anteriores. Tengamos en cuenta que los textos medievales no se reproducían como si fueran fotocopias. Los escribanos, especialmente monjes con determinadas creencias o veleidades doctrinales, introducían con frecuencia modificaciones, debidas tanto a sus carencias lingüísticas como a sus concepciones de lo que era ortodoxo o plausible. Si añadimos las continuas interpolaciones y fusiones a esta mezcla de pretensiones de estricta documentación y veleidades rectificadoras, los textos finales muchas veces eran sustancialmente diferentes del original e incurrían en incoherencias propias de un pastiche. Hay quién dice que de Platón no conocemos ni un solo libro, sino las versiones que sobrevivieron a la Edad Media. Puede ser exagerado, pero llama la atención sobre el problema.

En segundo lugar, todos los documentos latinos hablan del Mandylion como la imagen de Cristo vivo. Los ojos abiertos y la ausencia de heridas son rasgos que no pueden pasar desapercibidos y que destacan en las imágenes, sean antiguas o más recientes. La diferencia con un sudario mortuorio queda claramente reflejada en otra leyenda que recoge Gervasio de Tilbury, según la cual José de Arimatea habría reprochado a las Santas Mujeres que dejaran a Cristo desnudo en la cruz, tras lo cual habrían envuelto su cuerpo en un lienzo sobre el que quedó impresa la imagen divina. Pero Gervasio deja claro que está hablando de otro lienzo, que tampoco había visto personalmente, por otra parte.

Por lo tanto, los esfuerzos de los sindonistas para encontrar un documento que describa el Mandylion en términos del sudario de Turín no han llevado a ningún lado. Otra vía posible pasa por la interpretación de los textos orientales, más cercanos y descriptivos, que si bien se refieren al Mandylion como la imagen de un rostro, pueden dejar entender que detrás había otra cosa. Sobre ellos hablaré ahora.

2 El “tetradiplon”.

La nueva hipótesis es que el Mandylion estaba doblado en cuatro (a partir de los Hechos de Tadeo se hace referencia al “tetradiplon”) y en las exhibiciones del mismo sólo se observaba la parte superior. Pero otra vez nos encontramos con nuevas contradicciones e improbabilidades.

Para empezar, no está nada claro qué quieren decir los sindonistas con “cuatro dobleces”. Es esta una traducción problemática de la palabra griega τετράδιπλον. Scavone (1989: 2, 19) traduce respectivamente “en ocho capas” y “doblado cuatro veces”. La equiparación de las dos expresiones no es literal, sino una interpretación. Según Ian Wilson, el término debería hacer referencia no al hecho de que fuera guardado doblándolo con cuatro pliegues, sino al de la acción de doblar repetida cuatro veces, con lo que en realidad los pliegues y las capas serían ocho. Una representación gráfica, de acuerdo con la idea de Wilson se puede ver aquí.

Como puede verse, sin embargo, una doblez en cuatro del lienzo de Turín no dejaría sólo un rostro sino una imagen desde los hombros a la cabeza. Quedaría oculta la herida del flanco, que dicen los sindonistas que vio Gregorio Refrendario, y sería más extensa que la Santa Faz, que es lo que decía ver todo el mundo. No encaja, pues con ninguna de las descripciones reales o imaginarias del Mandylion. Para salvar la objeción habría que añadir una nueva hipótesis ad hoc: el lienzo no se desplegaba nunca, sino que se mantenía dentro de una caja con una abertura circular que dejaba ver sólo el rostro.

Esta hipótesis, como todas las prefabricadas para salvar objeciones in extremis, plantea a los sindonistas problemas irresolubles. Para empezar, es inverosímil que nadie desplegara el lienzo nunca y viera lo que había debajo de los pliegues. Incluso Poulle, nada sospechoso de antisindonismo, considera incomprensible tal falta de curiosidad. (2009: 770). De hecho, consta que el lienzo se extendió antes de trasladarlo a Constantinopla para cotejarlo con tres copias existentes y evitar que los de Edesa dieran un cambiazo. (Nicolotti, 2011: 280). Si hubo una medición del lienzo, por fuerza hubo de ser extendido y alguien debió de darse cuenta de lo que había realmente allí.

Ni que decir tiene que al haber estado doblado en cuatro durante siglos, las marcas de los dobleces serían perfectamente observables hoy en día. Pero, como han certificado los sucesivos y minuciosos análisis del lienzo de Turín, no hay el menor rastro de ello.

Desde un análisis puramente lógico lo que asombra un poco es que Wilson y sus seguidores sigan hablando de “doblado cuatro veces”. Desde luego, utilizar el término “cuatro” es imprescindible para dar cuenta del prefijo τετρα, pero si se mira la imagen que he incluido que refleja fielmente la propuesta de Wilson, para que el lienzo de Turín quede doblado en forma de ocho capas y se vea sólo el rostro en la capa superior, no es cuatro el número de veces que hay que doblarlo, sino tres. (Confieso que he preferido esta imagen que, ingenuamente, numera los pasos. Si alguien quiere compararla con la de Wilson puede hacerlo en Monaci ed, 2011: fig. 23). La primera quedaría visible el cuerpo entero, la segunda, el torso hasta el pubis y la tercera la cabeza hasta los hombros. Fin. No hay cuarta vez. Así que la interpretación que los sindonistas proponen se basa en un hábil juego de palabras que no tiene ningún sentido cuando se aplica a la realidad. Lo que ellos proponen es tres dobleces y ocho capas. El “cuatro” no aparece por ningún lado.

Y resulta del todo contradictorio que el autor de los Hechos de Tadeo tenga en mente semejante manipulación cuando está hablando de una toalla en la que hay impreso un rostro. O el autor conocía la extensión real de la pieza, y entonces no hubiera hablado del rostro solamente, o creía que la imagen representaba sólo el rostro, y no hubiera tenido en la cabeza el doblado en ocho capas de un lienzo enorme. Charles Freeman (2012) ha dado una explicación mucho más coherente. Al hablar de tetradiplon se quiere significar exactamente lo que se dice: que el Mandylion se guardaba en una caja más pequeña, para lo cual había que doblarlo con cuatro pliegues. Pero en la mentalidad medieval hubiera sido sacrilegio partir el rostro divino, por lo cual se hacía dos pliegues horizontales por encima y por debajo del rostro y dos pliegues verticales a ambos lados. Así la imagen podía ser metida en la caja sin sacrilegio alguno. La incoherente versión de Wilson es pues, innecesaria.
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3. Una prueba iconográfica: el códice SkylitzesMatritensis.         

Al que se interna en el complejo mundo de la “sindonología” no deja de sorprenderle desde el principio la cantidad de cosas que un “sindonólogo” puede llegar a ver en una fotografía más o menos borrosa o nítida. Leptones, flores, dobles caras, inscripciones y largas telas. Rostros nobles, tumefactos, serenos o doloridos. Precisiones milimétricas, vaguedades de contornos… En fin, todo lo que encaja en su idea preconcebida. El sindonista encuentra en estas visiones una confirmación terminante de su idea y considera que los que no las comparten lo hacen sólo por mala fe. Con frecuencia al sindonista le bastaría con una visión menos prejuiciada o una simple observación del conjunto para tener otra perspectiva. Lo que es lo mismo, obrar con una sana actitud de poner a prueba rigurosamente su creencia sobre la base de buscar lo que pueda contradecirla, en lugar de limitarse a lo que la confirma. El caso del Códice Skylitzes es un claro ejemplo.

El Códice Skylitzes (siglo XIII) es un manuscrito que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid que contiene varios centenares de ilustraciones que acompañan la Historia  de Juan Skylitzes. Entre ellas se encuentra una que ha merecido la atención preferente de los sindonistas, porque hace referencia a la presentación del Mandylion al emperador Romano I Lecapeno. Se ve en ellas un personaje, el cubicularius Teófanes, que transporta el icono al emperador, quien acerca su rostro probablemente con la intención de besarlo devotamente. Diversos sindonistas (Barbara Frale, Pier Luigi Baima Bollone, el padre Dubarle -que luego rectifica en parte-, Remi Van Haelst y otros) afirman que en esta ilustración se ve claramente el Mandylion extendido en forma de un largo lienzo que cuelga de las manos del portador. Van Haelst confirma su observación con las visiones de Anna Katharina Emmerick  y Baima Bollone es capaz de calcular las medidas del lienzo que, como era de esperar, coinciden con las del sudario de Turín (Nicolotti, 2011: 300).

Biblioteca Nacional de Madrid. Códice Skylitzes.

Como decía antes, el problema de los sindonistas es que siempre se limitan a buscar los datos que confirmen sus hipótesis y desdeñan las pruebas a contrario por elementales que sean. Si en las fotografías en blanco y negro es posible hacer un pequeño esfuerzo para confundirse y no ver la diferencia entre el manto gris del portador y la tela blanca con flecos del Mandylion propiamente dicho, cuando se observa la imagen en color se puede ver claramente que son dos cosas distintas. El manto es de color rosado y el Mandylion blanco. Hay que ser obstinado para no verlo. Pero, es más, si los sindonistas no se hubieran limitado a una sola ilustración y hubieran hecho un examen más atento de la obra sobre la que basan sus elucubraciones se hubieran encontrado con otras imágenes muy aclaratorias.

Miniatura del codice Skylitze. Madrid, Biblioteca Nacional, Vitr/26/2 (gr.
347), f. 205r.

Efectivamente, en el folio 207 recto se ve como Juan Orfanotrofo entrega al eunuco Costantino Fagitze un arca con reliquias mientras ambos se tapan las manos con un manto. En el folio 205 recto (en la ilustración), de nuevo con un manto similar se entrega la reliquia de la carta a Abgar al emperador Romano III Argiro. O los sindonistas se empeñan en considerar que todas estas reliquias eran en realidad el sudario de Turín camuflado o tienen que admitir que lo que están viendo no es el sudario, sino simplemente las capas o paños que protegen las reliquias del contacto con las manos humanas (Nicolotti: Ibid). Era éste el ritual litúrgico para el manejo de objetos sacros, como Riedmatten confirma a Poulle (2009: 764). Y entender otra cosa es buscarle los tres pies al gato.

4. El sermón de Gregorio el Refrendario.

Uno de los textos estrella del sindonismo ha sido y es el sermón que Gregorio, Archidiácono y Refrendario de Santa Sofía, pronunció con la ocasión de la recepción del Mandylion en Constantinopla en 944. El Refrendario describe la imagen como el lienzo con el que Jesús se enjugó el sudor de sangre en el monte de los Olivos. En este contexto se desliza la observación de que se puede observar las gotas de sangre del “costado”. Gotas que, como se puede leer más abajo, encajan mal con la “transpiración”. Evidentemente, aquí hay una contradicción. En el pensamiento mítico no son nada extrañas las contradicciones. En una misma narración se pude incluir dos versiones distintas y aún contradictorias de un evento sin que los creyentes se sientan incómodos lo más mínimo. La obsesión por la coherencia es bastante moderna. Por lo tanto, de la contradicción del discurso de Gregorio se puede sacar la conclusión de que en la mente del autor o del transcriptor se mezclaban dos imágenes diferentes, una la del sudario del monte de los Olivos y otra, probablemente, la Pasión o similar. Ahora bien, el énfasis del sermón incide en la primera. Pero los sindonistas concluyen, justamente en contra de la lógica, que la explicación plausible es que Gregorio vio realmente una representación del cuerpo, al menos hasta el costado. Pero, entonces, tienen que explicar por qué no describe el Mandylion más que como el rostrodel Señor, ni hace referencia jamás al resto de la espectacular representación de doble cuerpo. Lo que sería, obviamente, lo más lógico.

Heures à l’usage d’Amiens. Siglo XIV.

La explicación no se encuentra en ningún fallo del texto del Refrendario, sino en una traducción errónea del mismo, que viene a partir de Dubarle. Éste había interpretado determinadas palabras del sermón que hacen una comparación entre el lienzo que enjugó el sudor sangriento en el monte de los Olivos (Mandylion) con las heridas del costado de Cristo como si se refirieran a la misma imagen. Los análisis lingüísticos detallados de Poulle (2009: 765) y Nicolotti (2011: 294) dejan bien claro, por el contrario, que Gregorio hace una comparación entre dos sangres simbólicamente equiparables, la del huerto y la de la Pasión como presentes en lugares diferentes, no en la misma imagen. Las rectificaciones de Dubarle y de Guscin (2007) deberían concluir el asunto, pese a lo cual multitud de páginas web sindonistas siguen insistiendo en el tema.

Del mismo calado son los esfuerzos de Dan Scavone por entender cualquier expresión ambigua como una clara indicación de que el autor “había visto” o “sabía que” el Mandylion era una larga tela. La mera mención al término sindón la traduce como un sudario o tejido amplio, cuando el término designa en griego antiguo cualquier tejido liviano, sea de lana o lino, independientemente de su tamaño. (Al menos es lo que dice mi diccionario de Griego de D. Florencio Sebastián Yarza, de la editorial Ramón Sopena, con el que aprobé, con el sudor de mi frente -no sangriento pero casi-, dos cursos de griego en la Facultad). Estos esfuerzos denodados no tienen en cuenta para nada que cuando se trata de cotejar dos hipótesis que se contradicen uno debe admitir la evidencia más fuerte. Y la evidencia más fuerte es la de todos los textos que disponemos sobre la tela edesana, sólo uno, indirecto y tardío, hace alusión a un tejido más amplio. Que el resto, especialmente las descripciones, habla de una imagen de un rostro impresa en una especie de toalla. Que todos los detalles adicionales de la leyenda y lo que sabemos del Mandylion apuntan en el mismo sentido. Y que, por lo tanto, la identificación entre éste y el lienzo de Turín es una vía muerta. A menos que no quiera limitarse a un sentido de identificación espiritual, como lo hace Gian Maria Zaccone, director científico del Museo della Sindone di Torino (Monaci, ed., 2011: 320).

Abandonando esta vía muerta, algunos sindonistas han emprendido otro camino que yo diría que es una alternativa “débil”. Explicaré este adjetivo en la siguiente entrada.

Bibliografía.

Bernard Flusin: “L’image d’Édesse, Romain et Constantin”, en Adele Monaci, ed: Sacre impronte e oggetti «non fatti da mano d’uomo» nelle religión. Atti del Convegno Internazionale,  Torino, 18-20 maggio, 2010. Edizioni dell’Orso, Alessandria, 2011.

Charles Freeman: “The Shroud of Turin and the Image of Edessa: A Misguided Journey”,2010May 24, The Skeptical Shroud of Turin Website; http://cybercomputing.com/freeinquiry//skeptic/shroud/articles/freeman_shroud_edessa_misguided_journey/index.htm

Marc Guscin: “Addendum to Translation of Sermon by Gregory Referendarius”, diciembre 2007, http://www.shroud.com/pdfs/guscin3a.pdf .

Marc Guscin: “La Síndone y la Imagen de Edesa. Investigaciones en los monasterios del Monte Athos (Grecia)”, Linteum 34 (enero-junio de 2003), 5-16. p. 3, http://www.redentoristas.org/sabanasanta/archivosiconos/sindoneedesamarkguscin.pdf )

Andrea Nicolotti: “Forme e vicende del Mandilio di Edessa secondo alcune moderne interpretazione”, en Adele Monaci Castagno ed. Sacre impronte e oggetti«non fatti da mano d’uomo» nelle religión,  Atti del Convegno Internazionale – Torino, 18-20 maggio 2010, Alessandria, Ed. dell Orso, 2011, http://www.unito.it/unitoWAR/ShowBinary/FSRepo/X033/Allegati/sacre_impronte.pdf

Emmanuel Poulle: “Les sources de l’histoire du Linceul de Turin. Revue critique”, Revue d’histoire ecclésiastique, Université Catholique de Louvain, Vol. 104, nº 3-4, 2009.

Dan Scavone: The Shroud of Turin, Greenhaven Press, 1989 CHAPTER I.   Acheiropoietos Jesus Images in Constantinople:  the Documentary Evidence. http://www.shroudstory.com/scavone/scavone1.htm

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