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Robert de Clari, una alternativa débil.

6 de agosto de 2012

Jean Malouel, hacia 1400

Como dije en la entrada anterior, la búsqueda de las trazas del lienzo de Turín antes de 1350 es vital para los sindonistas, puesto que el vacío entre los siglos I y XIV cuestiona la autenticidad del sudario. El fracaso en conseguir la identificación con el Mandylion ha llevado a algunos a buscar posibles sustitutos en épocas más recientes. El sudario que el cruzado Robert de Clari dijo haber visto en Constantinopla es la opción más natural, entre otras cosas porque es la primera vez que alguien dice haber visto la figura de cuerpo entero de Jesús impresa en una tela de sudario. Sin embargo, desde el punto de vista de la justificación del extraño lapsus entre el siglo I y el XIV (extraño para los sindonistas, claro está), el nuevo expediente resulta débil. Porque si todo lo que conseguimos con él es acortarlo 150 años no habremos adelantado gran cosa. Doce siglos no hacen menos llamativo el silencio. ¿Entonces por qué han seguido con insistencia algunos sindonistas la vía “de Clari”?


La respuesta es que hay una agenda oculta. Desde que en 1988 tres de los más prestigiosos laboratorios de radiodatación fecharan el lienzo en torno al siglo XIV casi todos los esfuerzos del sindonismo se han dirigido a intentar demostrar que la datación estaba equivocada. Así, se han esgrimido críticas contra el propio método del 14C, contra los cálculos de probabilidades hechos por los laboratorios, se ha sugerido innovadoras hipótesis acerca de los procesos de contaminación por agentes biológicos o físicos, inventado sistemas de datación originales o insistido sobre la existencia de misteriosos remiendos invisibles. En ese contexto, si se pudiera demostrar que el lienzo de Turín había sido avistado antes del XIV en algún lugar del planeta, se demostraría que la datación de 1988 había fracasado.

Realmente un error de 200 años no sería demostración contundente de nada. Según Gian Marco Rinaldi (2012: 12), en aquellas fechas no era extraño encontrarse un error en la datación por carbono 14 de esa magnitud (no, desde luego, de 12 siglos). Si los sindonistas insisten en el tema se supone que es más bien porque supondría una especie de victoria simbólica, es decir, introduciría un elemento de inseguridad en su bestia negra, la datación por radiocarbono, y permitiría ir metiendo el dedito en la llaga para intentar convertirla en una raja de medio metro.

Emmanuel Poulle trabaja en este sentido. Discutiendo la interpretación de Dubarle del sermón de Gregorio el Refrendario, concluye que los dos adverbios de lugar (“aquí” y “allí”, sudor y sangre) del párrafo 26 no pueden referirse al mismo lienzo, sino que harían mención al Mandylion, por un lado, y a otra reliquia (propiamente la de la sangre en el costado), por otro lado. (2009: 765). Inmediatamente especula sobre el lugar designado por “allí” y, sin apenas darnos cuenta, ya está hablando del lienzo de Turín como su posible referente. Poulle da aquí dos saltos característicos puesto que afirma dos hechos sin haberse detenido a analizarlos ni dar razón de ellos: 1. Que Gregorio habla de una reliquia. 2. Que esa reliquia “puede ser” el lienzo de Turín.

Pero si leemos el párrafo en su contexto, caemos en la cuenta de que lo que está haciendo el Refrendario es comparar la imagen αχειροποίητος con otras pinturas de la Pasión (Nicolotti, 2011: 292)., en consonancia con una retórica iconófila[1] tradicional. En efecto, el poder de los iconos venía en función de su semejanza con una reliquia básica de la que adquirían su fuerza por contacto o imitación. Esa reliquia básica era el rastro directo dejado por la presencia sagrada en el mundo, que en este caso se asimilaba al Mandylion, no hecho por manos humanas. El término “allá” viene inmediatamente después de hablar del “costado mismo” del Cristo, con lo que la referencia no parece ser ninguna otra reliquia, sino la misma sangre sagrada, que confiere su poder a los iconos que la imitan, lo mismo que el Mandylion tiene su potencia porque conteine  “algo” divino, el sudor. En todo caso, por el contexto la referencia sería más bien a imágenes pintadas. Pero, aún en el caso de que se refiriera a una reliquia, de ninguna manera puede extraerse la suposición de que hablara de un lienzo como el de Turín sin hacer alguna mención especial. Desde luego, hablar de esa posibilidad sin más es gratuito.

             El siguiente paso consiste en intentar asociar el Mandylion con la única referencia a una imagen de Jesús de cuerpo entero que, al parecer, existía en Constantinopla a comienzos del siglo XIII. El caballero Robert de Clari, uno de los cruzados que ocuparon la ciudad durante la cuarta Cruzada, afirma que en la iglesia de Santa Maria de Blanquerna, entre otras muchas potentes reliquias, se exhibía un sudario en el que se podía ver la imagen de Jesús que se mostraba todos los viernes “puesta en pie”. Esta es, realmente, la primera descripción de un sudario de Cristo con una imagen impresa –las otras telas con la imagen de Jesús se referían a los lienzos de Abgar, Verónica, etc., y las mortajas que se mencionan antes del siglo XIII no contenían imagen alguna, que se sepa. Al respecto los sindonistas tienen dos problemas.

El primero es identificar este sudario con el Mandylion. De nuevo comienzan las suposiciones y análisis “psicológicos” de lo que podía o no podía pensar un creyente medieval. Porque el problema es que, detalle que omiten muchos sindonistas, Robert de Clari distingue claramente el Mandylon, que se encontraba en el palacio de Boca de León y la sindone, en la iglesia de Santa María de Blanquerna (Lombatti, 2010). Para superar esta dificultad Scavone imagina que la reliquia era una, sólo que se trasladaba de un local a otro por razones desconocidas (2002: 4). Y, por razones más desconocidas todavía, en un lugar se exhibía doblada en su caja y en el otro extendida, pero sólo por la mitad. Scavone remacha la hipótesis con una argumentación que hila tan fino que acaba por romperse. Analizar sus vericuetos vale la pena. Supone, para empezar, que la afirmación de un documento, casi contemporáneo del de Clari (Nicolas Mesarites), de que  un sudario que había en el palacio de Boca de León demostraba que “Él se levantó de nuevo” es equivalente a la de Clari de que el lienzo se “ponía en pie y se veía la figura de Nuestro Señor”. Nótese -primera contrariedad-, que la expresión de Mesarites se refiere a la Resurrección y no a ninguna figura de un cadáver, como es el segundo caso. Cualquier objeto que se relacionase con la salida de la tumba, y no necesariamente una figuración del cuerpo, demostraba para un creyente la Resurrección. Dificultad añadida para los que quieren identificar el sudario al que se refiere Mesarites con el lienzo de Turín: difícilmente se puede relacionar la imagen de un Cristo que “se alza de nuevo” (Mesarites) con el cadáver en una tumba (Turín). Demasiadas pérdidas de significado en todo este trasiego de referencias “ocultas”.

Por lo tanto, la primera suposición de Scavone es gratuita. Pero de este paso sin fundamento deduce que, aunque Mesarites no lo dice en ningún lado, la sindone de Jesús reflejaba un cuerpo desnudo. Que haya que suponer que se abstuviera de mencionarlo habiéndolo visto, es algo que no tiene lógica. Y, para acabar, viene el argumento “psicológico”: los bizantinos no iban a estar “tan locos” como para creer que había dos sudarios de Jesús. Aquí lo realmente sorprendente es que Daniel C. Scavone sea profesor emérito de Historia. Porque parece desconocer que el tremendo trasiego de reliquias que por aquellos años se llevó a cabo en Europa hacía que proliferasen los fragmentos de cruz, túnicas de Cristo, rostros de Verónica, calaveras de Pedro, etc., que todo el mundo admitía con total naturalidad, aún duplicados o triplicados. Pero es más todavía, parece desconocer que algunos colegas suyos en el campo del sindonismo actual deben padecer la misma locura que él supone imposible en los bizantinos, puesto que consideran perfectamente compatible la autenticidad del sudario de Oviedo y la sindone de Turín. El Sr. Scavone será un buen profesor de Historia, pero lo que es sobre antropología de la religión debería abstenerse de sacar conclusiones.

El segundo problema es identificar el lienzo al que se refiere de Clari con el de Turín. Porque, para empezar, la descripción del cruzado no habla para nada de una doble figura, frontal y dorsal. Y una vez más, resultaría ininteligible que los bizantinos expusieran el lienzo unas veces doblado en cuatro, otras por la mitad (ahora ya no sirven las excusas sobre la sagrada leyenda de Abgar), y hubiera que esperar a que llegara a Europa siglo y medio más tarde para que se exhibiera con todo su esplendor. Aún en el caso de que de Clari hubiera visto realmente el lienzo de Santa María de Blanquerna, y en ese lienzo hubiera un hombre figurado, ¿qué motivos hay para pensar que es el mismo que aparece en Lirey a mediados del XIV? ¿Por qué no suponer, como  más lógico, que el lienzo acabó por desaparecer, quizás troceado, como tantas otras reliquias, en el saqueo de Constantinopla por los cruzados? El hecho es que en éste, como en otros casos, cuando los sindonistas hablan de una amplia posibilidad (“es posible que esto o lo otro”) se abstienen de reforzarla con cualquier dato que la haga más plausible y la idea queda flotando en el limbo de las posibilidades metafísicas. Pero datos concretos no hay ni uno para asociar el sudario del que habla de Clari con el lienzo de Turín.

Fig 2. Roma. Catacumba de Comodilla. Siglo IV

En resumen: la vía del sudario del que habla Clari está tan muerta como la del Mandylion para la historia oculta del lienzo de Turín.

Bibliografía.

Antonio Lombatti: “La Sindone e le storie impossibili (2)” CICAP, 2010, http://www.cicap.org/piemonte/cicap.php?section=articoli&tipo=articolo&nome=4_sindone_storie

Andrea Nicolotti: “Forme e vicende del Mandilio di Edessa secondo alcune moderne interpretación”, en Adele Monaci Castagno ed. Sacre impronte e oggetti«non fatti da mano d’uomo» nelle religión,  Atti del Convegno Internazionale – Torino, 18-20 maggio 2010, Alessandria, Ed. dell Orso, 2011, http://www.unito.it/unitoWAR/ShowBinary/FSRepo/X033/Allegati/sacre_impronte.pdf

Emmanuel Poulle: “Les sources de l’histoire du Linceul de Turin. Revue critique”, Revue d’histoire ecclésiastique, Université Catholique de Louvain, Vol. 104, nº 3-4, 2009.

Gian Marco Rinaldi: “La statistica della datazione della Sindone”, 2012, http://sindone.weebly.com/uploads/1/2/2/0/1220953/nature_statistica.pdf

Dan Scavone: “Joseph of Arimathea, the Holy Grail and the Edessa Icon”, Collegamento pro Sindone, Oct. 2002. http://www.shroud.it/SCAVONE1.PDF


[1] Se llama “iconófilos” a los partidarios de las imágenes sagradas, que se opusieron a los iconoclastas en la polémica que tuvo lugar en Bizancio en los siglos VIII y IX.

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