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El sindonismo, ¿culto o herejía?

7 de septiembre de 2012

 Sólo para rumiantes.

Davor Aslanovski es un joven investigador, católico y franciscano seglar de confesión y militancia, que acaba de caer en medio de la grey sindonista. Después de algunos comentarios muy sensatos en su blog , ha planteado (lunes, 3 de septiembre de 2012) una interesante cuestión que no sé muy bien a donde lleva: ¿Es la “sindonología” un culto?

Aslanovski tiene la honestidad intelectual de avanzarnos su definición de culto (de una reliquia), lo que, sin duda, nos permite evitar muchos debates inútiles. Sabemos de qué está hablando. El problema es que su definición no es neutral, sino claramente persuasiva. El culto de una reliquia tiene dos rasgos definitorios para Aslanovski: “sana y acerca a Dios”. Pero la “sindonología” no cumple estas dos condiciones. En lugar de acercar a Dios, encapsula al creyente en una obsesión monomaníaca por el lienzo, de tal forma que éste se convierte en el objeto de su fe, en detrimento de lo que simboliza. Y la pasión que  sustituye lo simbolizado por el objeto simbólico se llama fetichismo. De una manera similar al pornógrafo fetichista, el sindonista sólo ve el mundo a través de las lentes de su obcecación pulsional, a la que dedica lo mejor de su tiempo en muchas ocasiones, prodigándose en blogs diferentes, enfrascándose en lecturas que a menudo no entiende apenas y considerando como satánico todo aquél que está fuera de su círculo o le lleva la contraria. En especial la “ciencia oficial” y los “escépticos”. Así que, en lugar de dedicarse a cultivar una relación armoniosa con el objeto sagrado de su culto, el sindonista se comporta como un cruzado agresivo de una causa que es perseguida por un mundo hostil, aunque compartida por una santa hermandad y amplias masas de simples de espíritu (en el sentido evangélico de la palabra).

En consecuencia, para Aslanovski el sindonismo no es un culto a una reliquia.

Lo malo es que la definición de la que parte no es neutral. De acuerdo con ella lo que diferencia un culto auténtico de otro que no lo es son propiedades que definen más bien lo que sería un buen culto a una reliquia  de uno malo. Un buen culto haría que el objeto cultual fuera transparente y permitiera al practicante traspasarlo para acercarse a lo sagrado, sin quedarse fijado en el fetiche. El buen culto, el auténtico, es incompatible con la sarta de insultos, desprecios y descalificaciones que el practicante dedica a quienes lo critican. Es de suponer que el practicante de un buen culto, contempla con benevolente compasión a los disidentes y críticos y es capaz de cumplir determinados rituales y abandonarlos en su momento para reintegrarse a una vida profana, sin más problemas que los naturales en este tipo de vida que ya son bastantes. Pero lo que nos propone Aslanovski es una definición en la que las características definitorias, aquellas sin las cuales el objeto dejaría de ser tal, no corresponden a propiedades observables, sino a valoraciones del propio Aslanovski.  No está definiendo la palabra “culto”, sino “buen culto”. Y por eso su definición resulta persuasiva.

Yo propondría una definición neutral, basada en la antropología de la religión: Un culto es un conjunto de instituciones, actividades  y creencias que se desarrolla de manera permanente en torno a un objeto sagrado. Esta definición me parece que conviene perfectamente a lo que es la “sindonología”. Tenemos, en primer lugar, un conjunto de instituciones que albergan el objeto sagrado o sus réplicas (catedral de Turín, Museo de la Sindone), que agrupan a los creyentes en asociaciones de culto estables (STURP, CIELT) y que establecen jerarquías entre iniciados (la vieja guardia y los neófitos, los “científicos” y los simples creyentes). Tenemos, en segundo lugar, una serie de actividades regladas en torno al culto (ostensiones del lienzo, congresos, blogs), que reciben o no el beneplácito de la jerarquía institucionalizada (la presencia de un obispo, un cardenal o un antiguo miembro del STURP confiere status a los participantes). En tercer lugar, las creencias son básicas para establecer el culto. La creencia esencial es que la imagen del lienzo de Turín es “auténtica”, esto es,  la impronta del cuerpo de un crucificado en el siglo I con los síntomas de la pasión que describen los evangelistas. El error de Aslanovski está en pensar que este tipo de creencia no corresponde a un culto porque no se hace manifiesta en muchas de las actividades de los creyentes. En efecto, es frecuente que las conferencias, los blogs o los congresos den pie a discursos en los que la palabra “Cristo” no aparece o sólo figura en notas al margen. Allí se discute de rayos UV o láser, de parentescos con el Mandylion, de bilirrubina en la sangre y otros temas aparentemente profanos y exclusivamente centrados en la parte material: el trozo de tela de Turín. Pero que no aparezca el tema sacro directamente no quiere decir que no esté implícito o que no sea el fondo real del asunto. No hay ni uno solo de estos artículos, conferencias y mítines que no se celebre sin el supuesto de Jesús de Galilea, como personaje histórico o como dios encarnado. Si no existiera este icono de fondo no existiría el culto sindonista. Y la conclusión, implícita o explícita, de todas las actividades de ese culto es que el lienzo es una hierofanía, esto es, una manifestación material de lo sacro que permite a la fe acercarse a Dios mediante la ayuda de la ciencia.

Desde Tomás de Aquino (mejor, desde antes), existen en el ámbito cristiano dos estrategias teológicas para acercarse a Dios desde la Razón. Una es demostrar que Dios existe. Y la otra, que la Razón, al llegar a sus límites, ceda el paso a la Iluminación Divina. Las dos estrategias conviven en la “sindonología”. Pero, como es natural, cuando uno está inmerso en la primera de las fases de la estrategia no puede estar pensando como si estuviera en la segunda. Por eso los sindonistas, digo su jerarquía, se presentan como científicos que no hacen suposiciones teológicas. Ellos pretenden que no hablan de Dios y los arcángeles. Pero a ello se refieren.

No sé si el sindonismo es una herejía científica, una exoherejía, como dice Aslanovski siguiendo a Asimov. La terminología no me gusta, pero eso es lo de menos. Lo cierto es que el sindonismo no es una herejía religiosa, sino más bien parte de una práctica ancestral del cristianismo en general y muy especialmente del católico: hacer de la razón la sierva de la teología. Que por el camino haya algunos desviados que acaben convirtiéndose en obsesivos fetichistas del objeto adorado me parece que es el inevitable destino de los cultos a las reliquias y los chirimbolos eclesiásticos. Y lo sorprendente (no tanto) es que episcopalianos y evangelistas acaben jugando al relicario, pese a la aversión que este tipo de cosas producía en los santos varones que crearon sus muy heréticas iglesias. Qué le vamos a hacer. La carne es débil.

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