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El sindonismo como mito (II). Narración y apologética.

16 de febrero de 2013

Esta sección está dirigida a rumiantes.

 

Todo mito es una narración. Cuando se contrasta los mitos con los filósofos griegos la primera diferencia que salta a la vista es que el mito no analiza ni explica por uniformidades, sino que narra.

Lo específico del mito no son sus contenidos, que son similares a los de la filosofía. En los últimos tiempos son bastantes los investigadores que han buscado concomitancias más o  menos directas entre estas dos ramas. Por ejemplo, es clara la influencia recíproca entre las teorías (y mito) de la inmortalidad de Platón y los misterios órficos (Cornford, 1988:155). También la inclusión de elementos míticos en los fragmentos de los filósofos presocráticos (“Todo está lleno de dioses”, dice Tales de Mileto, siglo VI a.n.E., el primero de todos los que filosofaron, según la tradición). Pero aparte de estas influencias concretas, los relatos mito-poéticos incluyen elementos explicativos que pueden parangonarse con los filosóficos. La concepción de la moira como un destino inapelable que se impone a los propios dioses, muy presente en la Ilíada, se puede equiparar con el concepto de physis (φύσις), como Ley o necesidad natural en los presocráticos; lo indefinido, el πείρων de Anaximandro, el segundo de la saga de los milesios, es el equivalente al Caos de Hesíodo, puesto que ambos entes informados son origen de todo. Etc., etc. Pero estas continuidades no pueden hacer olvidar diferencias, sobre todo en la forma, porque mientras que los filósofos -que aquí tomo como representantes del pensamiento racional para simplificar-,  tratan de explicar procesos y buscar causas predecibles, el mito cuenta hechos del pasado que o bien son debidos al arbitrio de dioses personales o proceden de un destino inexorable pero inexplicable. La Ley, el Logos, es entendida, la narración es revelada. La Ley se hace patente a quién usa su razón, está abierta a todos. El Mito sólo puede ser narrado por quién ha sido penetrado por daimones o dioses. Toda persona dotada de inteligencia puede debatir racionalmente, sólo la autoridad del bardo inspirado conoce lo que ha pasado como un hecho fatal. La Razón, el Logos, encierra en sí misma las fuentes de su crítica y evolución. El Mito es la tradición intocable, se puede transformar, pero no consciente y abiertamente.

En Alejandría el dios Serapis recibía el sobrenombre de Chrestos, palabra griega asociada al oráculo desde el siglo V a.n.E.

 

Para los propósitos de esta entrada conviene resumir lo anterior de esta manera: la filosofía, y la ciencia posteriormente, se han ocupado de dar una explicación en términos de regularidades que permiten una comprensión y predicción del desarrollo. Un proceso natural se equipara a otros similares y se predice su ocurrencia en el futuro. El mito narra un acontecimiento sometido al arbitrio de voluntades externas. O bien a una necesidad incomprensible en forma de destino. El ser humano no puede dar cuenta de la forma de su necesidad. El mito es, por tanto, narración basada en una tradición. Ha sido, ha sido revelado, ha sido dicho. No tiene criterios para evaluarse a sí mismo, más allá de la autoridad o santidad del agente que lo proclama (Castoriadis, 2006:216). Sólo desde un punto de vista exterior, racional, puede establecerse un debate entre mitos. La protesta de los mitistas contra las explicaciones racionales de los mitos no sólo es dudosa en sus intenciones (Eliade, 2005:188), sino imposible en la práctica. El mismo Eliade no hace en sus libros otra cosa sino interpretar los mitos con sus propias razones. Y no podría ser de otra manera, porque la interpretación crítica de los mitos es algo inevitable. No es posible mantener una religión en el ámbito de las creencias puramente místicas o metafísicas, como han pretendido algunos agnósticos bien intencionados. Tarde o temprano la religión interfiere con enunciados de hechos y entonces narra y se cruza con otras tradiciones o saberes racionales. Y no sólo explica (narrativamente), sino que induce a una acción que se confronta, a veces de manera muy violenta, con praxis contrarias. Las guerras de religión o los procesos inquisitoriales son el ejemplo más sangriento, pero incluso en las sociedades liberales, supuestamente exentas de este tipo de enfrentamientos, la dialéctica que opone a las religiones entre sí y con el pensamiento laico sigue sus caminos no siempre pacíficos. Justamente entonces, cuando el debate se hace necesario, es preciso recurrir a argumentos de tipo racional que sean comunes al menos en el método. Desde el momento mismo de su aparición, en las cartas de Pablo, el cristianismo ha debido echar mano de la racionalidad de su época, es decir de la filosofía o la retórica (Jaeger, 1995:27). Convertido en religión romana, el cristianismo tuvo que enfrentarse con intelectuales y representantes de otras religiones que competían por el mismo espacio social. Es decir, religiones mistéricas, judaísmo y filósofos. Los apologetas del siglo II se vieron forzados a jugar con las armas racionales que eran comunes a los intelectuales vinculados con el poder, es decir la filosofía helenística. Fue así como construyeron un edificio conceptual en el que el judeo-cristianismo de origen se mezclaba con las doctrinas de las filosofías dominantes en el momento, especialmente el estoicismo y el neoplatonismo, que pasaron a convertirse en sus armas auxiliares. En este recurso a la razón se sigue dos estrategias principales: demostrar que el cristianismo es más filosófico que la propia filosofía o demostrar racionalmente que la racionalidad es cosa errada y que debe dejar paso a la “locura” o al “absurdo” de la fe (las expresiones son de Pablo y Tertuliano, no me las invento). Ambas tendencias las encontramos en el sindonismo como una nueva apologética cristiana.

Pablo ataviado como filósofo. Arte paleocristiano.

 

Los sindonistas son apologetas del siglo XXI. Si en el siglo II se echó mano de la racionalidad disponible, la filosofía, para utilizarla contra la filosofía, los sindonistas utilizan la racionalidad del siglo XXI, la tecno-ciencia, contra la ciencia. ¿Porque qué pasa cuando la ciencia se vuelve en contra del mito? Entonces se condena la ciencia o se le ordena callar ante una sabiduría superior. Que la filosofía (la racionalidad) no olvide que es ancilla de la teología (Filón de Alejandría, Clemente, etc.).

Los cristianos que puedan eventualmente caer en estas páginas no estarán muy contentos con que introduzca el cristianismo como un mito. Que me perdonen, pero se desprende de la definición. Hoy en día ningún teólogo serio puede creer que la narración evangélica es literalmente cierta (Cfr. Piñero, ed., 2008). Se reconoce ampliamente que junto a elementos históricos (sean los que sean, que sobre esto no hay acuerdo universal), aparecen otros de orden claramente mitológico inspirados en textos más antiguos, en pulsiones inconscientes o en otras dinámicas de transmisión mítica. Justamente lo característico de los mitos en el ámbito helenístico y judío es esta mezcla de elementos históricos y de componentes legendarios, imbricados en una narración que hay que creer porque proviene de una autoridad suprahumana y ha sido transmitida por el profeta o el chamán de turno. Que los investigadores modernos hayan descubierto más o menos datos históricos en la Ilíada ni quita ni pone nada para que sea considerada una epopeya legendaria. Por lo tanto, con independencia de los medios hermenéuticos que se quieran aducir para separar lo histórico de lo propiamente mítico -en mi opinión de aplicación muy subjetiva en este campo-, las narraciones del origen del cristianismo son un pensamiento mítico con todas las de la ley.

El sindonismo trata de auxiliar a la narración evangélica en uno de sus apartados más históricamente inconsistentes: los relatos de la Pasión y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. La existencia de abundantes componentes legendarios a lo largo del relato es reconocida sin demasiadas dificultades incluso por exégetas cristianos (Puente, 2000:92), debido a las contradicciones evangélicas sobre hechos fundamentales, los datos históricos falsos, los eventos simplemente imposibles y, sobre todo, la adecuación del relato al cumplimiento de presupuestos ideológicos y bíblicos. Todo ello arroja más que una sombra de sospecha sobre el episodio en su conjunto. En este contexto el sindonismo acude al rescate, si no con una prueba contundente de la veracidad de lo escrito, sí como un respaldo a la Pasión y Resurrección entendidas como acontecimientos reales que justifican la fe y confunden a los incrédulos.

Robert Bucklin (1997): “Desde estos datos es una conclusión razonable para el patólogo forense determinar que sólo una persona histórica ha cumplido esta secuencia de eventos. Esta persona es Jesucristo.”

Manuel Carreira: “El conjunto de estudios médicos, arqueológicos, químicos y físicos apunta claramente a la conexión directa entre el lienzo de Turín y la pasión, muerte y resurrección de Cristo” (1998:17).

William Meacham (1983): Su [del sudario] autenticidad debe ser acordada con un grado de certeza comparable, por ejemplo, a la identificación de ciudades antiguas como Troya, Ur, etc.”

Yves Delage (1902): “En cuanto a la identificación del personaje de Cristo, creo también que hay más fuertes razones para admitirla que para rechazarla, y hasta prueba a contrario, la admito como fundada”.

Nótese como estos médicos, físicos y zoólogos sindonistas demuestran un conocimiento sin fisuras acerca de la historicidad de Jesús el Galileo. Aunque se proclamen agnósticos, como el profesor Delage. Según este último, la aceptación del evolucionismo no era un asunto científico, sino filosófico. Cabrá preguntarse si estos firmes conocimientos acerca de una materia que no es la suya, la historia, no se deberán a su mitología personal en vez de a sus conocimientos científicos acerca de los vertebrados.

Bibliografía.

Bucklin, Robert, (1997): An Autopsy on the Man of the Shroud”. http://www.shroud.com/bucklin.htm .    Consultado on line: 15/02/2013 8:35.

Carreira, Manuel, (1998): “La Sábana Santa desde el punto de vista de la Física”. Biblia y Fe, 70, vol. XXIV (enero-abril 1998), pp. 173-195

Castoriadis, Cornelius, (2006): Lo que hace a Grecia. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.

Cornford, F. M., (1987): Principium Sapientiae. Los orígenes del pensamiento filosófico griego. Madrid, Visor.

Delage, Yves, (1902): “Lettre à M. Charles Richet”. Revue scientifique, n° 22 du 31 mai 1902, pp. 683-687; http://blog-dominique.autie.intexte.net/blogs/index.php/2006/04/21/lettre_d_yves_delage_a_charles_richet . Consultado on line 15/02/2013 8:26 .

Eliade, Mircea, (2005): “Crisis y renovación en la historia de las religiones”, en El vuelo mágico y otros ensayos. Madrid, Siruela.

Jaeger, Werner, (1995): Cristianismo primitivo y paideia griega. Madrid, Fondo de Cultura Económica.

Meacham, William, (1983): “The Authentication of the Turin Shroud: An Issue in Archaeological Epistemology”. Current Anthropology – Vol. 24 – N° 3 – (June 1983). http://www.shroud.com/meacham2.htm . Consultado on line 15/02/2013 8:28.

Piñero, Antonio, ed. (2008): ¿Existió Jesús realmente? El Jesús de la historia a debate. Madrid, Raíces.

Puente Ojea, Gonzalo (2000): El mito de Cristo. Madrid, Siglo XXI.

Vermes, Geza, (2007): La Pasión. Barcelona, Crítica.

Vermes, Geza, (2008): La Resurrección. Barcelona, Crítica.

He abierto algún enlace a la página de Llorenç Vallmajó, Filòpolis, por la que siento una especial debilidad. (En castellano y català). Aunque dedicada a enseñantes de filosofía es muy útil para quienes queremos iniciarnos en el complejo arte de la sabiduría. No quiere esto decir que coincida siempre con sus aportaciones, pero me parece que son claras y distintas y eso es mucho decir entre filósofos.

2 comentarios
  1. Odiseo permalink

    Esta discusión me ha recordado mucho a un caso personal que me ocurrió hace años cuando tenía curiosidad por conocer el origen de los evangelios y su evolución literaria. En aquel entonces (mediados de los 90) sólo estaban disponibles en el mercado dos libros en castellano sobre el tema que me estaba interesando, el llamado “Documento Q”, estos son, en el orden en que los leí, “El Primer Evangelio: El Documento Q” de César Vidal, y “El Evangelio Perdido: El Documento Q” de Burton L. Mack.
    El primero era más corto y conciso, pero el autor, el inefable César Vidal, parecía que partía de la idea de que los autores del Documento Q eran cristianos convencidos en la divinidad de Jesús que escribieron el texto en una fecha muy temprana antes de la guerra entre judíos y romanos del año 70. Y añade que los evangelios narrativos de Marcos, Mateo, Lucas, incluso el de Juan, fueron escritos después de Q y antes de la guerra del 70. En fin, que el libro de Vidal me pareció un panfleto pro-cristiano disfrazado de exégesis, una chapuza de investigación.
    Por suerte el libro de Mack me resultó mucho más útil para conocer lo que me proponía conocer. Burton L. Mack era uno de los mayores expertos en el Documento Q, y su estudio es magistral. Distingue varias capas de composición dentro de Q y las sitúa en su contexto cronológico correcto, probando que la versión definitiva de Q quedó terminada poco después del año 70 y luego fue integrada en los evangelios de Mateo y Lucas. Según este autor, los estratos más antiguos de Q sólo recogen las palabras y discursos que con mayor probabilidad pronunció el Jesús histórico. No aparece en ellos ninguna referencia a su divinidad, ni milagros ni nada que se le atribuye hoy al Jesús mítico del Nuevo Testamento. Es más, de Q se deducía que originalmente Jesús no fue más que un predicador galileo con una filosofía muy similar a la de las escuelas de los cínicos griegos, que se dio cuenta de que la gente pobre estaba frustrada porque no era rica y Jesús les enseñaba a vivir con dignidad dentro de su pobreza. En las sucesivas reediciones de Q, la figura del maestro Jesús se fue haciendo más compleja y le atribuyeron palabras más propias de un profeta, y así hasta que Q fue integrado dentro de los evangelios narrativos del Nuevo Testamento en una fecha posterior al año 70, los cuales combinaron las palabras de Jesús según Q con los escritos de otras escuelas cristianas que ya se habían formado sus propios mitos sobre Jesús, especialmente la escuela de Pablo y el texto del evangelio de Marcos.
    Desde entonces han aparecido más estudios del Documento Q que he podido leer, los cuales siguen en la línea del trabajo de Mack, y que me hacen ver que el trabajo de César Vidal era una auténtica chapuza. No comprendo cómo este señor que dice ser historiador y experto en la Biblia sigue teniendo actualmente ese prestigio que no merece…

  2. Es que en esto de la historia o exégesis neotestamentarias hay mucho de pasión y mito. La anécdota es similar a la que me ocurrió cuando descubrí la existencia de los manuscritos de Qumran. Me compré un librillo para iniciarme que decía poco más o menos que allí se confirmaba la existencia de Jesucristo en persona. Me tocó ponerme a leer más cosas para darme cuenta de que esto era una interpretación piadosa. Y que conste que el librito era de una prestigiosa editorial y escrito por un historiador reputado. No. No diré nombres.

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