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El sindonismo como mito (III). Fetichismo tecno-científico.

22 de febrero de 2013

Esta sección está dirigida a rumiantes

Entre toda la bibliografía sobre el sudario de Turín hay algunos títulos que destacan por su seriedad. Normalmente el sindonismo suele hacer como si no existieran. Uno de estos trabajos es el de Jordi Vallverdú, de la Universitat Autònoma de Barcelona, “Tecnociencia y religión. La prueba del carbono 14 y la Síndone de Turín”. Desde que empecé esta bitácora estaba deseando encontrar la ocasión para hacer un comentario sobre este artículo. Ahora que estoy haciendo un repaso a las estrategias del sindonismo creo que es el momento.

 Vallverdú describe la actitud gnoseológica del sindonismo como un fetichismo epistécnico [2][1]. “Fetichismo” es un término de origen antropológico de uso habitual en psicología. Consiste en la adoración a un objeto al que se le atribuye poderes especiales más o menos sobrenaturales. Tiene un matiz negativo y con frecuencia se asocia a patologías, especialmente eróticas, en las que el fetiche sustituye al objeto del deseo. (Pero el que no se emocione con unos tacones altos, con unas medias de seda o con un corsé de ballenas, que tire la primera piedra). El término epistécnico proviene de Mario Bunge, que lo utilizó para designar las teorías que se basan en el la sustitución de la ciencia por su parte técnica. Vallverdú coincide en que el fetichismo epistécnico sustituye fraudulentamente la ciencia por la tecnología. Por lo tanto, consiste en la adoración a los instrumentos tecnológicos a los que se atribuye un poder resolutivo independiente de otras consideraciones puramente científicas del método.

En realidad, el término “tecnología” se usa de diferentes maneras. Aquí entenderé por tecnología un sistema de reglas acerca de los medios para la producción de un fin previamente dado. (Radniztky, 1978:234). Puede haber una tecnología propiamente científica, que se deriva de un sistema de explicación teórico, y una tecnología intuitiva que establece simples correlaciones entre eventos, que no procede de leyes explicativas. La distinción, como casi todo, ya la hizo Platón, aunque dándole su peculiar tono idealista. Teóricamente es posible separar ambos tipos, pero en la realidad aparecen frecuentemente interpenetrados, con el predominio mayor o menor de uno de ellos. Esto hace que el técnico, aquella persona que aplica las reglas de un campo de teconología cuyas teorías básicas desconoce, no siempre sea capaz de traspasar el ámbito que domina y pueda desconocer su alcance epistémico o sus  implicaciones generales, llegando a confundirse cuando pretende sacar conclusiones sobre lo que no conoce. Dicho esto, la tecnología es un componente muy importante del método científico, pero no es el método científico. Sus resultados pueden servir para confirmar determinadas leyes o teorías, pero las leyes y teorías tienen usos diferentes y pueden ser confirmadas o refutadas independientemente de que produzcan o no artefactos dirigidos a fines determinados. En especial, porque la tecnología tiene sus limitaciones específicas. Por ejemplo, una aplicación tecnológica puede confirmar una teoría científica que le sirve de base, pero dado que en la tecnología se incluyen variables prácticas, difícilmente puede refutarla. Por ejemplo, la fabricación de ordenadores cuánticos confirma la física cuántica, pero el fracaso en construir este tipo de ordenadores no refuta la física cuántica. El hecho de no haber podido construir un artefacto basado en determinada teoría no supondría automáticamente la refutación de esa teoría, sino que puede ser debido a las limitaciones específicas de la tecnología.

En el caso del sindonismo es claramente perceptible el fetichismo epistécnico en la admiración con que suele hablarse de las “toneladas” de aparatos “de gran valor” que llevaron consigo los miembros del STURP cuando viajaron a Turín para examinar el lienzo. O la unánime consideración de que el VP-8 Analyzer actuó de manera espontánea para producir una “auténtica” imagen tridimensional . Oyendo a estos apasionados fetichistas parece como si la simple intervención de la máquina fuera capaz de producir ciencia por un tubo. Contrasta con la amarga queja de Harry Gove de que la utilización inexperta de tales máquinas por parte del STURP no sólo había sido ineficaz, sino que podía haber dañado la tela de manera irreversible. Pero también se manifiesta el fetichismo epistécnico cuando los sindonistas sostienen que una teoría sobre un objeto no puede ser considerada probada si no tiene los medios técnicos para producir ese objeto.

Para la evaluación de los resultados de una tecnología es preciso establecer una tipología que distinga entre aquellas tecnologías que suponen meras reglas artesanas (correlaciones empíricas) y las tecnologías estrictamente científicas que se derivan de leyes científicas. Pero es especialmente relevante para nuestro tema el caso de que se introduzcan variables míticas, como la producción de la lluvia por cantos mágicos, ya que éstas escapan a todo intento de refutación mediante una batería de respuestas ad hoc  (Radniztky, 1978:236).

Hechas estas acotaciones personales, volvamos al artículo de Vallverdú, más concretamente en el apartado 5: “Epistécnica teológica negativa: ¿un caso de infradeterminación?” en el que se concentra la tesis del autor.

Pero el caso de la síndone nos ofrece una situación inédita en el uso de la experimentación científica, lo que he denominado como “epistécnica teológica negativa”. A saber: un conocimiento obtenido a través de instrumentos (epistécnica) con una finalidad claramente religiosa (conocimiento divino o teología) y que busca no la demostración empírica de la existencia del dios resucitado, sino que a través de la negación de la posibilidad de explicar científicamente el origen de la síndone, proclama su veracidad. [9]

Esto coincide con lo que decía a propósito de las dos vías de la apologética sindonista en la entrada anterior. Aunque Vallverdú tiene razón al decir que el uso de la mítica epistécnica para anular la ciencia misma desde la experimentación científica es inédito, no lo es tanto como recurso de la misteriología y  la mitogénesis. Por lo que sé de diversos movimientos como la teosofía, el espiritismo y similares, el intento no es nuevo (Luhrman, 1989:39). Y era el leit motiv de El retorno de los brujos  de Pauwels y Bergier. Pero coincido plenamente con que la vía negativa es uno de los caminos, y quizás el más extendido, de la mitología sindonista. Pero el argumento negativo tiene sentido sólo en el caso de que podamos soslayar la falacia del tercio excluso. Del hecho de que haya una alternativa y se encuentre que uno de sus términos sea falso no se sigue que sea cierto el contrario, a menos que podamos excluir que una tercera hipótesis  sea imposible. (Cosa que, como hemos visto en esta bitácora, está lejos de ser el caso). De no hacerlo, podría ocurrir que las dos opciones examinadas sean falsas. O simplemente, indecidibles.

Al introducir la hipótesis teológica de fe como variable, cualquier resultado técnicamente coherente con el principio lo confirma… y cualquier resultado que no satisfaga cualquier otra premisa diferente también lo confirma. Se confirma si la prueba de radiocarbono data el lienzo en el siglo I y se confirma si lo data en el XIV, porque hemos puesto tales condiciones que una datación por radiocarbono totalmene indudable es imposible. Entonces, como es posible dudar de la datación científica, podemos descartarla.

Lo que tenemos aquí es una aplicación fuera de contexto de la duda precautoria, que es de uso en el ámbito de las gestiones de riesgo, especialmente ecológico y de salud. El principio de precaución en este campo impone no acudir a una tecnología que puede provocar graves daños, aunque estos no sean indudables. Trasladado al terreno de la epistemología consiste en una duda que, sin necesidad de ser confirmada, pasa de servir como herramienta para saltarse la coherencia del mundo científicamente conocido y cognoscible. Si dudamos lo más mínimo en la interpretación racional, el sudario es auténtico.

Lo que ocurre con semejante postura es que epistécnica negativa combinada con un hiperescepticismo ilimitado es capaz de convertir cualquier debate científico en una prueba a favor. La ciencia es una actividad muy compleja que se puede deshacer a base de revisar con lupa todos los procedimientos y considerar inválido el resultado al primer defecto de detalle que encontremos. Pero por este camino todo juicio racional puede ser invalidado y dejar campo libre a cualquier especulación. [¡Y no sólo las sindonistas!].

 Espeluznante para unos y grata para los otros, la epistécnica teológica negativa nos lanza no obstante un desafío que no deberíamos despreciar: según ésta, la concepción de una prueba tecnocientífica ya no acaba ante los resultados, sino que llega a implicar lógicamente aquello que desconocemos, el lugar donde se diluye la convicción para dar paso a la vaga sensación de la esperanza. Abdicar de la racionalidad constitutiva más severa en este punto supondría posibilitar la mezcolanza entre la superchería y el abuso de la incertidumbre en favor de posturas teorealistas (que están reciamente convencidos de la existencia y atributos divinos). [11] [El subrayado es mío].

Este es un desafío importante. En realidad es lo que motiva la elaboración de esta bitácora. Si aceptamos los principios del hiperescepticismo ningún debate racional es posible. A partir de ahí, como se demuestra en el caso del nominalismo extremo, Montaigne o Erasmo, lo único que queda es confiarse acríticamente en los brazos de la  Tradición, la Autoridad o la Fe. Pero éste es un punto de partida que ladinamente se pretende hacer pasar por conclusión. En mi opinión, lo que hay que discutir son los criterios de evidencia y plausibilidad del racionalismo y del escepticismo extremos, que bajo la apariencia de una antítesis irreconciliable resultan ser los mismos. Si la única alternativa consiste en Saber Absoluto/Negación de saber, la posibilidad misma de conocimiento está puesta en entredicho. En resumen, lo que hay que analizar son las vías por las que el pensamiento mítico, equiparando lo probable con lo improbable, la evidencia con la hipótesis, la verificación con el indicio, la claridad con la paradoja, etc., construye un campo de vaguedad gnoseológica en el que da lo mismo lo que está Escrito -sea en el Libro o en la divinizada Revista con Revisión Interpares-, y lo que está probado. Este es el camino del sindonismo como mito del siglo XXI que estoy analizando.

Sant Climent de Taüll. S. XII. Fotografía del año 1975.

PD: ¿No es esta la actitud relativista post-moderna? ¿Qué diferencia a Mircea Eliade del padre Carreira? Cuando acabe harto del Santo Lienzo quizás me dedique a confeccionar un blog sobre este tema.

Bibliografía.

Luhrmann, Tania (1989): Persuasions of the Witch’s Craft. Cambridge, Harvard University Press.

Pauwels, Louis; Bergier, Jacques, (1969): El retorno de los brujos. Barcelona, Plaza y Janés.

Radnitzky, G. (1978): “Los límites de la ciencia y de la tecnología”. Teorema, Vol. VIII 3-4, p. 229-261.

Vallverdú, Jordi (2005): “Tecnociencia y religión. La prueba del carbono 14 y la Síndone de Turín”,  Laguna: Revista de filosofía,  Nº 16, 2005 , págs. 59-72


[1] Sólo dispongo de una versión del artículo en formato PDF que no se corresponde con la paginación original. Los números entre corchetes son los de las páginas del documento PDF.

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