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El sindonismo como mito (V). Vaguedades y ambigüedades.

28 de febrero de 2013

En estas entradas estoy analizando cómo, a través de diversas actividades multifacéticas (blogs, foros, peregrinaciones, artículos científicos, congresos ad hoc, etc.), se va formando un  cuerpo de creencias y ritos en torno a un mito a medias arcaico y a medias posmoderno, el del Santo Sudario. Pero aviso:

Esta sección está dirigida a rumiantes

Mito es el nombre de todo lo que existe y subsiste no teniendo sino la palabra por causa. No existe discurso tan oscuro, narración tan extraña, propósito tan incoherente a los que no podamos dar un sentido (…) Lo que perece con un poco de precisión es un mito. Bajo el rigor de la  mirada, y bajo los golpes múltiples y convergentes de las preguntas e interrogaciones categóricas con las que el espíritu despierto se arma por todas partes, ustedes verán morir los mitos y empobrecerse definitivamente la fauna de las cosas vagas (Paul Valéry, 1929:249-251).

“La fauna de las cosas vagas”. No encuentro manera de decirlo más exactamente. En los primeros tiempos de la civilización mediterranea el trabajo de la razón consistió en una épica batalla para desmontar los mitos mediante una exacta batería de preguntas. Y todavía está en ello. Cuando la pregunta es exacta y la respuesta ha de ser inequívoca, el mito balbucea en medio de una extraña confusión. Los defensores del mito como forma de conocimiento suelen aducir que, perdiendo el mito, perdemos la capacidad de conocer un mundo de realidades que son en sí mismas contradictorias, vagas, imprecisas e inalcanzables para la pobre razón humana. El mitista parte así del presupuesto de una realidad que es en sí misma inestable y, por lo tanto, ininteligible (Nietzsche, 1980:7). Tomado en sentido universal es un punto de partida a priori. Si no es irracional pensar que la razón siempre tendrá delante algún tipo de misterio por descubrir, imposibles lógicos y similares aparte, no hay motivo para predicar el misterio insondable de este o aquél fenómeno. El pensamiento racional ha funcionado mediante una incesante y trabajosa labor de zapa para extraer lo natural del magma de lo impreciso y sería superstición impedírselo.

Abadía de St-Bertin. 1190-1200.

El mito es ambivalente de varias maneras. Es ambiguo en sus significados. Los mitos de Pandora o Prometeo han servido para postular tanto los aspectos benéficos del personaje como los negativos. Pandora es a la vez “la que da todo” y la que lleva todos los males a la Tierra. Prometeo, el titán que entrega el fuego a los hombres, pero que engaña maliciosamente. La misma Eris, la Lucha, en Hesíodo no es una, sino dos, la buena y la mala (Vernant, 1983:245). Por lo tanto, y en segundo lugar, el mito es ambiguo porque ni siquiera el hecho narrado parece responder a un perfil estable.

Los mitistas suelen aducir que la vaguedad y la ambigüedad son características potentes del mito porque la realidad misma es ambivalente y confusa. Sea la realidad inmanente al mundo o la transcendente. Con lo cuál demuestran estar confusos en sí mismos. Porque una cosa es que la mayor parte de las cosas de este mundo, en especial las humanas, puedan presentar dos caras diferentes alternativamente y en dos sentidos diferentes. Prometeo puede ser bueno a veces y a veces malo. Puede ser bueno en esto y no en lo otro. Pero una misma acción de Prometeo tomada en un mismo sentido no puede ser dañina o benevolente a la vez. Admitir que dos conceptos excluyentes se pueden predicar de un mismo objeto en el mismo sentido es reducir el conocimiento a la perplejidad. Y muchas de las supuestas vaguedades inefables de los mitos se explican cuando analizamos su lenguaje, estudiamos su historia o los confrontamos con la cultura de la que emergen. Si utilizamos conceptos vagos como piedad o fecundidad, Prometeo puede resultar piadoso e impío, Pandora fecunda y estéril. Pero esta ambigüedad pertenece a los conceptos y desaparece cuando los analizamos y distribuimos sus significados convenientemente.

Los mitistas pueden, si lo desean, postular un mundo de realidades incomprensibles a las que sólo se llega mediante el pasmo. Una y otra vez nos advierten que ellos han tenido noticia de este tipo de entidades mediante una experiencia privilegiada de la que carecemos los mortales prosaicos (Otto, 2007:81). Así será si así lo desean. Pero mistifican las cosas cuando quieren traspasar su perplejidad al conocimiento, que es otra cosa. La razón funciona con una meta muy exigente y no siempre viable: la claridad y la distinción. Cuando se quiere mezclar la razón con lo confuso y lo vago se está en otro asunto. Y eso es exactamente lo que hacen los sindonistas. Ellos se creen que producen ciencia, pero hacen mitos.

Cuando hablábamos del remiendo invisible (Cfr. etiquetas) ya nos referimos al caso del más cientificista de los sindonistas, Raymond Rogers. Allí vimos como de una manera sistemática eran dejados en el limbo de lo nebuloso datos imprescindibles para entender el alcance de su teoría: qué lugar ocupaba el remiendo, qué proporción de algodón tenía, quién le había pasado las muestras, etc. Si esto ocurre en el más científico de todos, ya se pueden suponer lo que pasa cuando nos vamos al batiburrillo de la cháchara sindonista. Tenemos a historiadoras de marca sindonistas, como la Sra. Fulbright que encuentra una tumba que, según ella y en sucesivos trabajos, es quizás judía o quizás nabatea. Aunque parezca mentira, los sindonistas hablan una y otra vez acerca del color de la imagen sin haber hecho un estudio de colorimetría completo. Así, nos podemos llegar a encontrar colores sepia, amarillo pajizo, anaranjado o cualquier otra imprecisión. Cuando, para acabarlo de embrollar, casi todos parecen confundir el ocre rojo con un genuino color rojo brillante. También resulta ser especialmente difícil de averiguar qué es lo que dijo quién y dónde, cuándo se pide aclaraciones. Por ejemplo, dada la vaguedad con que se refieren al tema, pocos sindonistas conocen que en su primer trabajo en Applied Optics, muy celebrado como definitivo, Adler y Heller no concluyeron en nada positivo, sino en meras hipótesis. Ya vimos en la entrada anterior qué es lo que ocurría cuando uno analizaba lo que significa una “evidencia” para un sindonista. Y lo que ya es el colmo es el uso y abuso del concepto de “la comunidad científica”, “todos los científicos que han estudiado el lienzo” o expresiones similares. A lo que se refieren generalmente es a todos los sindonistas, científicos o no, que han escrito cuatro letras, las han impreso en un folio y las han presentado en un congreso sindonista o similar.

Debido a todo ello, el sindonista de a pie camina en una especie de nube de contornos imprecisos que, si se alimenta de blogs y foros en Internet, acaba convirtiéndose en algo así como el famoso puré de guisantes londinense. No sé si vieron Uds. una película en la que un ciego andaba dando tumbos por Baker Street llena de niebla  y perseguido por un asesino implacable (A 23 pasos de Baker Street, de Henry Hathaway; ya, muy antigua; yo la vi en la tele, no se imaginen cosas). Bueno, pues el ciego aquél iba bastante más seguro que un sindonista metido en un foro.

Ya la imagen misma del Hombre de Turín es tremendamente vaga. Los sindonistas comunes creen que se parece en algo a las imágenes retocadas que se ven en la Red. En absoluto. Es una pálida sombra en la que cuesta percibir los perfiles, si es que se puede. Los sindonistas suelen hablar de  “alta resolución” y el incauto que lee esto se cree que eso quiere decir que se ven todos los detalles con exactitud. Ni mucho menos. Pruebe a verle las uñas, ya no a la imagen real, sino a  las réplicas realzadas. Cuando un sindonista habla de la alta resolución o similares se refiere a que ha hecho algunos cálculos con un aparato que Ud. no entiende o no sabe (un densitómetro, por ejemplo) y que no tiene nada que ver con resolución de detalles. Pero él necesita arropar científicamente su pretensión de que ve cosas en medio de la niebla. Y esta pretensión, típicamente mítica, habrá que analizarla en otra entrada. Aunque antes me gustaría hablar un poco sobre lógica.

Bibliografía.

Nietzsche, Friedrich (1980): Verdad y mentira en sentido extramoral. Cuadernos Teorema, Valencia.

Otto, Rudolf (2007): Lo santo. Lo racional y lo irracional en la idea de Dios. Madrid, Alianza Editorial.

Valéry, Paul (1929): “Petite lettre sur les mythes”, en Variété II. Paris, Gallimard.

Vernant, Jean-Pierre, (1983): Mito y pensamiento en la Grecia antigua. Barcelona, Ariel.

2 comentarios
  1. Dos cositas, la primera es que después de la entrega IV debe ir la entrega V, no la VI😉
    Segundo, para ver en qué terrenos de mitos arcaicos se mueve este asunto de la Sábana Santa, no me resisto a citar un fragmento de un poema (temo que muy poco conocido) de Lope de Vega:
    “La herida, para ver si el dolor cessa,
    Le destaparon con piadoso llanto,
    Mas como no se ve señal expressa,
    Vase a la que del alma importa tanto:
    De la madre santíssima Teresa
    Traen el brazo y de Leonardo santo
    Santas reliquias y en vn cofre délias
    Martyres, confessores y donzellas.
    La imagen de la Sáuana preciosa,
    Que las señales de Dios hombre tiene,
    Cubre su cuerpo y cara lastimosa,
    Y con el vno y otro al justo viene:
    Canta el Prior una canción piadosa
    A quien el llanto y el dolor detiene,
    Con nudo tan elado a la garganta,
    Que enternecido a vn tiempo llora y canta.
    Señor, dezía vn santo religioso,
    Tu que en vn lienço a este semejante,
    Dexaste sin su piedra aquel precioso
    Engaste de purissimo diamante:
    Tu que boluiste al cuerpo vitorioso,
    Y con la humana Redención triunfaste,
    Buelue a don Diego lo que el mal le quita,
    Por esta imagen que a la tuya imita.”
    Esta historia de 1593 que versificó el gran Lope y en la que estuvieron involucrados aristócratas, matadores de toros, sacerdotes y reliquias varias (por cierto, con nulo poder taumatúrgico porque el torero murió pese a ser cubierto con una copia de la Sábana Santa milagrosamente obtenida) me parece un marco mucho más adecuado que el de los sindonólogos y sus cachivaches de alta tecnología. Los mitos tienen muchos defectos, pero también una ventaja, perduran porque son unas historias magníficas.

    • Gracias por estar ahí, José Luis. Corrijo, corrijo súbito. Cierto, los mitos clásicos son más potentes emocional y literariamente que todas las malas páginas en PDF y etc. Pero en la medida en que la verdad del mito consiste en aflorar cosas que andan ocultas en el alma humana (y no veo otra), tanto me valen los de Hesíodo como los del VII Congreso de Sindonología de La Pachabamba. Eso sí, probablemente serán otras variantes humanas. Los tiempos y las circunstancias son otras.

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