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El sindonismo como mito (VIII). Hipercausalismo y una primera conclusión apta para canguros.

18 de marzo de 2013

En estas entradas estoy analizando cómo, a través de diversas actividades multifacéticas (blogs, foros, peregrinaciones, artículos científicos, congresos ad hoc, etc.), se va formando un  cuerpo de creencias y ritos en torno a un mito a medias arcaico y a medias posmoderno, el del Santo Sudario. Pero aviso:

Esta sección está dirigida a rumiantes.

Para los cristianos del siglo XXI, la identificación de su religión con un determinismo rígido está fuera de toda consideración. Hasta los luteranos parecen haber olvidado el argumento de la predestinación que alguna vez predicó su fundador, que yo sepa, y el dogma cristiano se asocia a la teoría del libre albedrío, sin la cuál justificar lo del pecado original y la bondad divina es problemático. Cuando se plantea la contradicción entre la omnipotente bondad divina y la existencia constatable del mal, es lugar común de los creyentes acudir a la libertad humana de elegir el mal, que Dios nos concedió “graciosamente”. (Que esto conduzca a otras aporías insolubles es tema que no importa en estos momentos). Parece, pues, que el determinismo es propio de materialismos que sus rivales no dudan en tachar de decimonónicos, tales como el neodarwinismo, el positivismo y otros. Sin embargo, los sindonistas son mucho más deterministas que los propios positivistas clásicos.

Cristo Pantocrator. Arta, Panagia Parigoritissa. 1290.



En realidad el mito es esencialmente hiperdeterminista. Para ser más exactos, Cassirer llama a esto “hipertrofia del instinto de causalidad” (1955:48). Este “instinto de causalidad” consistiría en la tendencia natural a considerar que todo acontecimiento tiene una causa o, lo que es lo mismo, que de la nada nada procede. Fue señalado por Hume como una creencia natural al hombre y por Kant como un a priori de la Razón. El análisis del concepto de causa por Hume en su Tratado de la Naturaleza Humana (1739), abrió la puerta a considerar que el Principio de Causalidad, formulación filosófica del “instinto” del que habla Cassirer, no era sino una regla del entendimiento, que él pensaba que era una simple creencia y Kant convirtió en una norma innata o a priori. Pese a las diferencias entre ambos, tenían un punto de vista en común, la consideración del principio como una regla de investigación. (Meterse aquí en el concepto de sintético a priori de Kant sería entrar en un laberinto. Dejémoslo así, aunque quede bastante nebuloso). Sin embargo, frente a esta concepción metodológica o crítica, ha subsistido una visión metafísica que considera que el Principio de Causalidad no es una regla del entendimiento, sino un enunciado que describe una situación real del mundo, en el que, efectivamente, nada procedería de la nada o del azar. Esta era la visión del positivismo clásico, pero también puede ser mantenida en la actualidad, con algunas correcciones. Las correcciones tienen que ver con el consenso universal acerca de que las leyes científicas son revisables y, en el mejor de los casos, meras aproximaciones a las leyes naturales que, en sí mismas, serían desconocidas. Tanto el verificacionismo de Ayer, como el falsacionismo de Popper hablan de una aceptación más o menos estable, pero siempre provisional, de los enunciados científicos.

(No pienso tocar el principio de Indeterminación de Heisenberg. El mundo de los fenómenos no es el de las partículas subatómicas y el indeterminismo cuántico es un tema demasiado complejo para dejárselo a los ignorantes como yo -quizás demasiado complejo también para los especialistas-. Pero tengo claro que cuando un físico cuántico se dedica a perder la chaveta con paradojas aparentemente irresolubles, como el famoso gato de Schrödinger, por ejemplo, también actúa su instinto de causalidad y busca la razón de que el gato esté vivo, muerto o ninguna de las dos cosas. No habría ciencia si no se buscara explicación para lo que no se tiene y se operara como si tal explicación existiera. Quien no conozca lo elemental de la física cuántica y sus paradojas puede leer dos libros que he incluido en la bibliografía. Espero que no se pierda, aunque me temo que así será).

Este principio precautorio es abandonado totalmente por el mito y el pensamiento mágico. Pese a lo que se cree con frecuencia el universo del hombre de las culturas ágrafas no está dominado por el pensamiento mágico o religioso. En grandes parcelas de su vida cotidiana se guía por el razonamiento lógico y de sentido común (Malinowski, 1974:13). La magia comienza donde las actividades regidas por la experiencia se prevén peligrosas o inciertas y viene a explicar lo que de otra manera sería inexplicable (1974:173). Supongamos un hombre que tropieza con una raíz y se parte la cabeza. El hombre que cree en la magia sabe muy bien que ahí ha ocurrido un proceso de tipo natural: había una raíz, el accidentado no miraba al suelo, se cayó y el golpe le dejó medio muerto. Ahí se detendría el hombre racional, pero para el pensamiento mágico quedan cosas importantes por saber. ¿Por qué en este momento? ¿Por qué le pasó a este hombre y no a otro? ¿Por qué cayó directamente con la cabeza en lugar de protegerse con las manos? El hombre racional diría que son cosas del azar. Quizás existan causas para todo eso, pero son tan complejas o sutiles que no se pueden conocer. Y eso es lo que el hipercausalismo mítico-mágico no está dispuesto a aceptar: que tengamos que conformarnos con el desconocimiento. El creyente en la magia (o en el mito) inmediatamente encuentra las causas en un universo paralelo en el que actúan fuerzas de tipo oculto. El universo se puebla entonces de dioses, difuntos y maleficios. (Rudyard Kipling hizo una parodia genial y empática de la mitología, pero también de sus racionalizaciones de salón, en Precisamente así).

El sindonismo es un pensamiento mítico también en este sentido. Funciona con un método más o menos científico, más o menos racional, hasta que tropieza con algo que no tiene explicación. Al llegar aquí da el salto y comienza a postular intervenciones sobrenaturales. (Véase la entrada ¡Milagro!  ). En el mundo sindonista no existe el azar, no existe lo inexplicado.

La irrupción de lo maravilloso es, pues, constante en el universo sindonista. Son posibles los artesanos medievales que hacen remiendos que no se ven ni con microscopio, radiaciones misteriosas transparentan cadáveres que, al desmaterializarse, provocan coloraciones en tejidos que permanecen dos milenios como si fueran de hoy mismo. El mundo mágico sindonista no tiene fin: la sangre de un cadáver se traslada a un lienzo como pintada; los caballeros templarios la adoran como un ídolo; se manifiesta a los que la ven tanto de cuerpo entero como sólo el rostro; pero sólo los iniciados ven lo que hay que ver; Leonardo inventa la fotografía con ella unos cuántos años antes de nacer, etc., etc., etc. A notar que ahora ya no actúan las fuerzas del mana o de los difuntos, el mal de ojo y otras entidades del pensamiento arcaico, sino sofisticaciones dignas de la ciencia-ficción. Por en medio andan aparatos de tecnología punta y palabros mágicos de inspiración astronáutica. Los tiempos cambian y los mitos también. Pero uno se pregunta como, por muy encerrados en su universo mítico que estén en sus ritos y cultos particulares, los sindonistas no tienen momentos de extravío en que se salen un poco y ven desde fuera el abrumador tinglado de magia y maravilla en el que se mueve su pretendida ciencia sindonológica. Me imagino que algún experto en psicología sectaria nos podría explicar el interrogante.

Conclusión provisional.

 (Apta para canguros).

Creo que en este momento voy a hacer una pausa en la serie. Me temo que me he enfrascado demasiado en mi análisis antropológico y si algún canguro está siguiendo esto debe andar bastante mohíno. Volveré al sentido común y me dejaré de gaitas. Pero antes, una recapitulación:

En esta serie hemos visto unas cuantas características típicas del mito que se repiten constantemente en el mundo del sindonista y sus leyendas:

1. El mito es una narración basada en la autoridad. En el mito sindonista, “los científicos”.

2. El mito es fetichista: está ligado a objetos sagrados de culto. En el mito sindonista, el mismo lienzo y la tecnociencia y sus aparatos.

3. El mito no es significativo fácticamente. El mito sindonista no resiste criterios empiristas de significado.

4. El mito es vago y ambiguo. El mito sindonista no precisa sus conceptos clave.

5. El mito no sigue normas lógicas, en especial el Principio de No Contradicción. En el mito sindonista se puede admitir simultáneamente teorías incompatibles.

6. El mito altera los presupuestos perceptivos. Los creyentes sindonistas ven cosas que sólo ellos ven.

7. El mundo mítico está emocionalmente construido. El mito sindonista está cargado de exaltación, casi siempre religiosa.

8. El mito es inatacable desde su interior. Sólo admite confirmaciones, nunca refutaciones. El mito sindonista no calibra lo que se entiende por pruebas y por indicios. Ignora las refutaciones.

9. El mundo mítico es hipercausalista. El mito del sindonismo reposa en la falacia de tercio excluso.

Estas características forman el mito de la Sábana Santa junto a otras que si alguna vez tengo ganas me gustaría comentar. Naturalmente no todo discurso sindonista cumple todas ellas a rajatabla. Para encontrarlas agrupadas no hay más que entrar en alguna de las abundantes páginas Web dedicadas a la exaltación cristiana o misteriológica del artefacto. Allí se desarrolla un culto que, no necesariamente basado en la ignorancia, pero sí en el pensamiento mítico siempre, construye un círculo cerrado de refuerzos mutuos entre creyentes. Excepcionalmente es posible que a alguno de sus creyentes se le abra un resquicio por el que ve el mundo tal como es y entonces se queda asombrado de lo poco que tiene que ver con sus ilusiones. Pero no por eso el sindonista común experimentará la más mínima duda. Abocado al hecho incontestable de que la ciencia y la historiografía se desarrollan totalmente ajenas a la trascendental Revelación de la Sábana Santa, encontrará la clásica explicación ad hoc: o bien la conjura de la Ciencia Oficial contra la Verdadera Sabiduría o el materialismo profano que actúa de pantalla contra la Realidad Trascendente. Que algunos mitistas de postín, como Mircea Eliade o Carl Jung, hayan dado alas a la neomagia, a las espiritualidades New Age y a todas estas zarandajas, siempre ayuda a crearse una coraza intelectual y mística que le salve a uno/a del peligroso virus del escepticismo y la racionalidad.

Alguna cosa me ha quedado en el cartucho de tinta a propósito del sindonismo como mito. Ya volveré en otra ocasión.

Bibliografía.

Bruce, Colin (2004): Los conejos de Schrödinger. Física cuántica y universos paralelos. Barcelona, Biblioteca Buridán.

Cassirer, Ernst (1955): The Philosophy of Symbolic Forms, Vol. 2. New Haven and London: YaleUniversity Press.

Lapiedra, Ramón (2008): Las carencias de la realidad. La conciencia, el Universo y la mecánica cuántica. Barcelona, Tusquets.

Malinowski, Bronislaw (1974): Magia, ciencia y religión, Barcelona, Ariel.

One Comment
  1. Odiseo permalink

    Enviado el 27/03/2013 a las 7:28 pm

    Me gustaría citar un texto de la película “La última tentación de Cristo” correspondiente a la escena en la que Jesús, recuperado de su crucifixión y tras haber formado un familia, se encuentra casualmente con Saúl (San Pablo) que estaba predicando una versión totalmente desfigurada del mensaje original de Jesús, y éste, totalmente indignado, se queja al predicador. Y Saúl le contesta (en la versión original): “You see, you don’t know how much people need God. You don’t know how happy He can make them. He can make them happy to do anything. Make them happy to die, and they’ll die, all for the sake of Christ. Jesus Christ. Jesus of Nazareth. The Son of God. The Messiah. Not you. Not for your sake. You know, I’m glad I met you. Because now I can forget all about you. My Jesus is much more important and much more powerful.”
    Esta escena resume a la perfección la esencia del mito de Jesús. El mito de la Sábana Santa es una elaboración mucho más chapucera de un mito en torno a una falsa reliquia.

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