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La posición de la Iglesia

29 de marzo de 2013

Índice:

1. La cautelosa posición de la Iglesia.

2. Las reliquias, un maldito embrollo.

3. ¡Es la economía, estúpidos!

Dicen los conspiracionistas, en su versión fuerte y en la descafeinada, que la Iglesia aceptó la datación de 1988 presionada por grupos de confabulados ateos y/o masones y por su propia quinta columna racionalista. Recordemos los lamentos de fray Bonnet-Eymard sobre la declaración oficial leída por el cardenal Ballestrero (Cfr. más abajo):

Él, el Custodio Pontifico del Santo Sudario, se permitió pronunciar tales palabras insultantes hacia la Sagrada Reliquia y sus devotos, que el Padre Rinaldi, vicepresidente de la Holy Shroud Guild, pidió su dimisión del cargo. (Abbé Georges de Nantes; Hermano Bruno de Jesus, S/F).


Esto no debe extrañarnos, puesto que el programa que se venía imponiendo a la Iglesia desde tiempos del papa Montini era el progresismo intelectualista, que llegó al paroxismo con Karol Wojtyla.

           Con Juan Pablo II llegamos al nivel superior de una “gnosis” intelectual que alcanza los fundamentos ontológicos del progresismo, esta tremenda herejía del fin de los tiempos. (…) Este sistema es el dogma completo, artículo por artículo, de un nuevo culto aparentemente todavía cristiano… ante los ojos bovinos de clérigos imbéciles o intrigantes. (Brother Thomas of Our Lady of Perpetual Help, 2011).

De acuerdo con la peculiar manera de entender el cristianismo de esta secta y sus derivados en el sindonismo, el comunicado que leyó Ballestrero fue un reconocimiento de la falsedad de la reliquia y una auténtica claudicación o cosa peor.

¿Por qué la Iglesia no esperó a hacer público el resultado de la datación a que fuera revisado por científicos “de confianza”?, se pregunta Remi Van Haelst. La respuesta es la debilidad de la Iglesia: estaba asustada de que se pudiera pensar que obstaculizaba la ciencia (Van Haelst, 2002:1). Es esta una versión un poco más piadosa. Emanuela Marinelli, por su parte, carga las tintas sobre los laboratorios que, según Luigi Gonella, habrían amenazado con una campaña contra la Iglesia si no aceptaba los resultados. (Marinelli, 2012:13). Los términos de esta presión no los conozco, puesto que las fuentes no los especifican, pero debieron ser muy fuertes para asustar a la todopoderosa Iglesia Católica, que no suele ser nada timorata en estos asuntos. Quizás intervinieran los clérigos imbéciles o intrigantes que denuncian los contrarreformistas. Aunque tampoco me consta.

En todo caso, resulta incomprensible para estos sindonistas que “quien tiene que hacerlo” no haya denunciado la aceptación de la prueba del carbono-14 que se hizo en su momento, como exige Ernesto Brunati en base a su abrumadora (según él) aportación de pruebas de un fraude que consistió en cambiar la muestra del lienzo por otra más reciente (Brunati, 2005:1). ¿Seguirán intrigando los clérigos imbéciles aún con el nuevo papa Francisco?

Pero todas estas lamentaciones sobre la falta de firmeza o corrupción eclesiástica, que giran en torno a una conspiración de científicos anticristianos, parten de un supuesto que no está nada claro: la Iglesia dio por válido el resultado de la datación de 1988. ¿Es esto cierto?

1. La cautelosa posición de la Iglesia.

El 13 de octubre de 1988, un día antes de que los laboratorios hicieran públicos los resultados, el Custodio Pontificio del Santo Sudario, el cardenal Ballestrero leyó un comunicado que resumía la posición de la Iglesia. Según Riedmatten (2009) este comunicado había sido aprobado directamente por el papa.

NOTA: El nuevo eclipse de SabanaSanta.org (parece que esta vez es definitivo) me ha dejado sin la imagen del comunicado. Estoy haciendo algunos esfuerzos por encontrar el original. Si no puedo copiaré el contenido del anterior aquí. Pido disculpas. 

El comunicado tiene varios puntos interesantes. En primer lugar, no es cierto que la Iglesia no sometiera a revisión el informe de los laboratorios. En el cuarto párrafo se hace mención a un informe favorable a la “compatibilidad” de los resultados. Otra cosa es que los partidarios de teorías acerca de complots anticristianos piensen que ellos son los únicos que están en condición de dictaminar sobre los resultados de la datación, pero que se hizo una revisión previa a la toma de postura es un dato que ellos ocultan. (Y que esta validación es consistente con la de otros muchos sindonistas que rechazan la prueba de 1988, pero por otros motivos que no se refieren a conjuras ateo-masónico-progresistas).

En segundo lugar, en el párrafo sexto se hace una aceptación de lo que digan los científicos que es suficientemente difusa como para no referirse a ningún resultado concreto. El párrafo siguiente insiste en el respeto a “las investigaciones ulteriores”, que no es sino una puerta abierta para relativizar las conclusiones de la datación y por la que se colarán inmediatamente los sindonistas.

(Otros puntos de interés, como la referencia al valor de culto del lienzo o a la valerosa actitud de la Iglesia, no son relevantes lo que estamos tratando ahora).

En suma, el comunicado eclesiástico no respalda en ningún momento la fecha de la datación. No hay ni una sola referencia a ella y, si alguien afirma que puede entenderse implícitamente, también puede entenderse que se minimiza considerablemente cuando se indica explícitamente que es un resultado provisional, que debe ser matizado ulteriormente por “los científicos”. Así pues, el texto es un calculado ejercicio de ambigüedad muy vaticana. Y digo esto porque, salvo alguna expresión más o menos drástica, en cuanto a documentos oficiales la actitud de la Iglesia ha consistido durante siglos en manifestar una medida ambigüedad, acompañada de apoyos colaterales al sindonismo.

Podría pensarse que la única excepción de fuste es la del papa Clemente VII, quien, con ocasión de las protestas del obispo d’Arcis, dicta una bula en 1390 que dice que la imagen no es sino una representación del sudario y no debe ser tratada litúrgicamente como una reliquia. (Cfr. La aparición del sudario ). Pero hay que hacer notar que, como Poulle señaló y el canónigo Chevalier ya había admitido antes, en la última redacción de la bula pontificia se había podado los términos más contundentes  (referencia a pintura, por ejemplo) y el dictamen de ilegitimidad de las pretensiones de los de Lirey iba acompañado -ahora toca la de arena-, por la orden de silencio al obispo protestón.

Desde entonces, ningún documento oficial de la Iglesia ha rectificado esta posición original y en más de una ocasión se ha recordado que el lienzo de Turín no es objeto de culto como reliquia reconocida y no es objeto de fe (Brito, 2008). Más aún, cuando el papa Juan Pablo II, al parecer devoto de la santa imagen, pronuncia un discurso  ante la misma en 1998, la palabra reliquia es evitada cuidadosamente.

Sin embargo…

  Aunque no haya habido una reconsideración formal de la primera toma de posición, la concesión de una liturgia y festividad especiales dedicadas al Santo Sudario (1506, papa Julio II), las sucesivas muestras de veneración de las máximas autoridades papales a partir de Pio X y la repetida utilización de la palabra “reliquia” para referirse al lienzo, aunque sea en manifestaciones tangenciales, apuntan en dirección contraria a la cauta posición oficial. Conociendo por poco que sea la retórica eclesiástica, no debe sorprender que el mismo papa que dice que el asunto de la autenticidad es tema de “los científicos”, pase a continuación a considerarla “venerada reliquia” (Mazzucchelli, S/F). Toda esta ambigüedad reposa en la expresión “los científicos”, puesto que permite a la Santa Sede mantener estupendas relaciones con el sector llamado “italiano” del sindonismo y apuntar sibilinamente a que estos son los verdaderos científicos, los de “confianza”, que, sin ofender los sentimientos de los creyentes, han demostrado que el lienzo es compatible con el sudario de Cristo, etc., etc. Véase si no como destacados miembros del sindonismo (Adler, Flury-Lemberg, Baima Bollone y otros) participan en las comisiones de estudio dedicadas al mantenimiento y conservación del lienzo. Probablemente sea esto lo que ha decidido a Joseph Ratzinger a proclamar por su cuenta que el Santo Sudario es verdadero. Será porque lo han dicho sus científicos favoritos.

Otra ambigüedad reside en lo que significa el término “reliquia”. El indocto en temas teológicos y litúrgicos, como es mi caso, puede quedar perplejo cuando lee que “en realidad no es que la Sindone sea ‘verdadera’, sino que es reliquia” (Mazzucchelli, S/F). Si uno consulta el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua encuentra que una reliquia, en sentido religioso, es o un pedazo de un santo o un objeto que deviene santo por haber estado en contacto con el cuerpo del susodicho santo. O, y estas son de tercera categoría, objetos que han estado en contacto con objetos que han estado en contacto con partes del cuerpo de un santo o santa. Si entendemos que una reliquia puede no ser verdadera parece que la única opción es que sea un fraude directo o una superstición. Pues no. Parece que se puede venerar una reliquia no verdadera. Veamos si aclaramos esto.

Saint-Bertrand-de-Comminges en el año 1975.

 

2. Las reliquias. Un maldito embrollo.

Durante los primeros tiempos del cristianismo la mera idea de reverenciar un objeto material hubiera puesto los pelos de punta a los creyentes, que seguían en la tradición iconoclasta judaica. Los apologetas cristianos que polemizaron contra los paganos rechazaban las creencias de estos como idolatría justamente porque celebraban el culto mediante estatuas hechas por manos humanas. Incluso la veneración de la cruz, como objeto físico, no era pensable para ellos y la simbolizaban con variantes vagamente imitativas. Los crucifijos propiamente dichos no aparecen hasta el siglo IV y son excepcionales hasta el V (Blázquez, 1998:24; Veyne, 2009:514). Esta oposición al culto a los mártires llega hasta el primer Agustín de Hipona -reblandecería su posición en sus últimos años-, quien se quejaba amargamente de que se les concediera una veneración que no les correspondía y lo relacionaba con el trato pagano a los héroes (De Civitate Dei, XXII, 10). Durante este primer periodo el concepto de reliquia se atribuye a la memoria de un santo, no a su cuerpo (Buenacasa, 2003:123). Desde el momento en que la Iglesia Católica pasa a convertirse en religión oficial del Estado romano, primero de manera solapada y luego formalmente, el culto a las reliquias se desarrolla cada vez más, hasta que el Concilio de Nicea (787) las convierte en obligatorias, al ordenar que no exista un altar sin su correspondiente reliquia, costumbre que ya se seguía de facto desde el siglo V.

La reluctancia de Agustín a admitir las reliquias no es nada extraña porque estas introducían un elemento naturalista pagano ajeno al idealismo neoplatónico que comenzaba a constituirse como filosofía propiamente cristiana y que engarzaba con bastante facilidad con el antimaterialismo de los primeros creyentes. El cuerpo como cárcel del alma, el ascetismo y la escatología de los dos primeros siglos formaban un sólido bloque simbólico en el que no parecía convenir el materialismo corpóreo de la reliquia. Las hierofanías, por utilizar la terminología de Eliade, esto es, los lugares naturales en los que lo supranatural se manifiesta participando de la materia, parecían más propios de religiones bárbaras que de una nueva espiritualidad que separaba la Ciudad de Dios de la de los hombres. O, en términos platónicos, lo ideal de lo sensible. Sin contar con que el cadáver del difunto no estaba muy bien considerado ni entre los judíos ni entre los romanos. En ambas culturas los cementerios se alejaban del mundo de los vivos porque eran portadores de una contaminación más que física que había que evitar.

El culto de las reliquias salva esta objeción estableciendo una relación entre la muerte y el Juicio Final, la resurrección (o la condenación) definitiva. Lo santo es una categoría que comparte el o la mártir, que habitan en un doble mundo. Por una parte a la vera del Cristo, esperando el Día de la Ira, y por otra, en los restos de un cuerpo que habrá de resucitar idéntico y espiritual a la vez cuando llegue su hora. De ahí una potencia que invade los restos del santo o lo que se le avecine. Porque, siendo el puente entre este mundo y el Paraíso, puede ejercer multitud de efectos benéficos (o maléficos).  En el siglo V una lápida en la tumba del santuario de Martín de Tours, uno de los más célebres en la época, reza: “Aquí yace el obispo Martín de santa memoria, cuya alma está en manos de Dios, pero que está completamente presente aquí, manifestando a través del poder de los milagros su gracia total”.  (Head, 1999).

Lo que ocurre es que, de una manera subrepticia, el mundo de las reliquias remite a una especie de contrato entre el creyente y lo santo mucho más próximo de la relación pagana con la divinidad que de la sumisión total que el cristianismo predica, en la que cualquier trato está excluido y el creyente sólo puede esperar la gracia. Porque como se ve en el caso de Santa Fe, patrona de Conques, el o la venerable a los que se consigue implicar en los asuntos de uno, pueden mostrarse verdaderamente eficaces en su mediación: “Con grandes gritos he movido la justicia del Juez Divino hacia la gracia respecto del daño que se te había hecho. He agotado [“exhausted” en la traducción] a Dios con mis incesantes oraciones hasta que pude obtener tu sanación” (Head, 1999). Qué duda cabe que semejantes abogados pueden ser de una valiosa utilidad si uno los pone de su parte con dádivas o devociones adecuadas. (Si no es que Dios acaba su paciencia y los envía a freír espárragos. Pero parece que tal contingencia no se dio nunca. Debe ser que al poderoso jamás le sacian las muestras de adoración).

Este papel de intermediario es diferente cuando la reliquia está asociada a Cristo y a la Virgen María. Sus reliquias fueron escasas hasta el siglo XIII y, naturalmente, sólo muy excepcionalmente vinculadas a partes del cuerpo santo. Se puede comprender que era difícil en este caso que quedara algo de dos cuerpos que habían subido (Ascensión o Asunción, tanto da), directamente a los cielos. Aunque algo se consiguió con santos prepucios, leches virginales o sangres de las hostias milagrosas, en general las reliquias marianas y crísticas fueron lo que se llama de “segunda y tercera categorías”. Esto es, objetos que habían estado en contacto con los cuerpos divinos u objetos que habían estado en contacto con objetos que habían estado en contacto con cuerpos santos. Adviértase, sin embargo, que la categoría no sirve de gradación del poder de la reliquia.

Pero, como se vio en la proclamación de la santa de Conques, el milagro es punto esencial en el culto de la reliquia. Se sobreentiende que en el trato más o menos inter pares que se establece con la santidad, si el objeto no tiene un poder especial, sea en la otra vida o en ésta -que tampoco es de desdeñar y es más patente-, la transacción carece de sentido. No es que uno se atreva a castigar al dios, como dicen que hizo el pagano Jerjes I, quien cabreado por su imprevista derrota ante los griegos mandó azotar al mar Helesponto, sino que simplemente se busca otro santo de voz más potente. Son los milagros, que son entendidos como manifestación de ese poder, los que certifican la jerarquía de las reliquias y atraen a los peregrinos hacia sus santuarios que, como veremos más adelante, es el tema subyacente de interés espiritual y material.

Que este siglo francmasón y ateo, según el Hermano Bruno y similares, no encaja bien con la superabundancia de reliquias y sus milagrosos efectos es algo patente. Aunque masas populares siguen acudiendo en peregrinación a los santuarios en búsqueda de sanar a un hijo, encontrar dinero para una camioneta o ganarse la vida eterna encendiendo velas, la propia Iglesia ve con cierto recelo la proclamación de la autenticidad de las reliquias. Muchas han sido retiradas de la pública ostentación o confinadas al museo episcopal o la sacristía. Ya nadie espera encontrarse en lugar principal del templo con la pluma del arcángel Gabriel o un diente de leche de Jesucristo. Parece que estas cosas ya no son tan venerables. Pero de ahí a emprender una verdadera investigación sobre las reliquias tradicionales que todavía conservan su poder de convocatoria hay bastante distancia. Entre otras razones porque, en los casos en que tal investigación se ha emprendido, los resultados no  han sido demasiado satisfactorios. Véase, si no, lo qué pasó con los huesos de la Santa Nacional de Francia y de Le Pen, Juana de Arco, que resultaron ser los de una momia de gato. Así que ahí están los restos de multitud de santos y santas pendientes de verificación, que probablemente no se haga nunca.

Pero en el caso del Santo Sudario de Turín la cosa es bastante diferente porque se trata de una reliquia científica, si se me permite la expresión.

En primer lugar esto implica la posibilidad de certificar sindonológicamente la plausibilidad, si no autenticidad, del objeto santo. Que los sindonistas no se desaniman fácilmente por las adversidades.

En segundo lugar, una reliquia posmoderna como ésta no puede pretender una parafernalia milagrera de curaciones inverosímiles y demás, Si, como hemos visto, los científicos son reacios a incluir en sus investigaciones el tema de  la Sábana Santa, un espéctaculo de sabor medieval podría disuadirlos todavía más.  Por ello, los beneficios que pueden esperarse del culto a la reliquia son exclusivamente espirituales. De una manera sutil y cauta Gian Maria Zaccone, Director Científico del Museo de la Sindone, afirma que “si no existen documentos en grado de identificar la Síndone de Turín con lao las que se citan en la antigüedad, sin embargo hay un ligamen fuertísimo que es fundamental: se trata de la historia de la devoción y de la piedad” (Zaccone, 2011:312). Que la presencia de este icono haya superado a las demás imágenes ajeiropoieta  en la provocación de una espiritualidad de rememoración de la presencia divina de Cristo (Ibid, 323) supongo que no serviría para aplacar las iras de os contrarreformistas contra este “culto aparentemente cristiano” que propone Zaccone, pero tampoco es precisamente la posición mayoritaria en los sindonistas, que son bastante menos “sutiles”. Es muy útil al respecto echar un vistazo a los comentarios de los sindonistas que responden a la encuesta propuesta por Joe Marino en The Shroud of Turin Website.  Como dice Marcel Alonso, el sudario de Turín es la prueba principal de la existencia de de Jesucristo y de la credibilidad de los evangelios. E incluso cuando alguien se pone más moderado, como Mark Guscin, afirma que siempre que ha estado ante el lienzo ha sentido “una presencia”, que es algo como más espectral, pero todo el mundo puede entender de qué va.

Pero que el Santo Sudario no pueda hacer milagros del tipo de Lourdes o Fátima no quiere decir que no los haga de manera más sutil. Todas las reliquias, aparte de los sanitarios o crematísticos, han obrado milagros de conversión. La Sábana Santa también. No he entrado jamás en un foro sobre este tema en el que alguien, a veces más de uno, no afirme haber sido en agnóstico o ateo militante y haberse convertido al cristianismo tras haberse quedado colgado con el lienzo de Turín. Pero lo que resulta más extraño es que también consagrados sindonistas hayan pasado por este trance. Tal es el caso de Antonacci (2002:11) o Marino. El caso más sorprendente es el de este último que antes de ser sindonista había sido fraile. O al mismo tiempo, o después de su conversión al sindonismo, que ya no acabo de entenderlo.

3. ¡Es la economía, estúpidos!

No hace falta ser Carlos Marx ni  Bill Clinton (al que se le atribuye esta frase), para darse cuenta de la importancia de la economía en los asuntos terrenos. Y en los religiosos, la sponsorización tampoco ha sido nunca asunto baladí.

Desde los primeros tiempos de la Iglesia, aún cuando su alianza con el Imperio le aseguraba rentas cuantiosas provenientes de las arcas del Estado en forma de prebendas imperiales, fue evidente para los sectores no directamente implicados en tratos con la corte, e incluso para estos también, que se abría un amplio abanico de fuentes privadas de financiación. Hasta bien entrada la Edad Media el culto a los santos (mártires de preferencia) y sus reliquias fue gestionado por las autoridades locales, que entraron en dura competencia para atraer multitudes de fieles y donativos de personas de calidad (Buenacasa, 2003:126). En este sentido, las leyendas que se iban forjando en torno a los santuarios destacaban no sólo los beneficios que se obtenían con la concesión de bienes a sus titulares sagrados, sino los males que se podían derivar de un trato desafecto a los mismos. Parece ser que los poderosos no se tomaban muy en serio lo del camello y el ojo de una aguja y era preciso meterles el miedo en el cuerpo para que se deshicieran de sus propiedades en vida o en sus testamentos (cosa que aplazaba hasta los que venían detrás el siempre molesto expediente de tener que dar todo a los pobres, como exigió Jesús el Galileo).

Pero, independientemente de estos donativos, la iglesia, o mejor, la orden o el obispado que regía el lugar de culto, recibían aportaciones de los peregrinos que acudían atraídos por los beneficios de todo tipo que emanaban de la reliquia, los derechos a ser enterrado en lugar santo, etc.

Y, además, el fenómeno social de la fama del santuario alcanzaba de rebote a toda una pléyade de instancias que se beneficiaban del comercio consiguiente (mal le hubiera sentado la cosa al Nazareno si la hubiera visto). Notemos que estos beneficiarios no tenían por qué ser especialmente religiosos. Aquí entran los dueños de albergues, vendedores de “souvenirs”, cantores de alabanzas al santo y al generoso donante… Incluso personas no tan respetables, como los que se dedicaron a fabricar una cantidad ingente de trozos de la Vera Cruz, santas espinas para todo un zarzal, kilómetros de túnica de la Virgen o diversas cabezas de Juan Bautista.

Santa Elena. Saint-Just de Valcabrère. Siglo XIII.

Dicho de otra manera, los intereses creados en torno a una reliquia eran aplastantes. Y lo siguen siendo.

Pero dicen  Benson y Marino que la importancia del lienzo de Turín reside en la imagen. Aunque su llamada es espiritual y ésta no tenga importancia en sí misma, si desaparece “se habrá perdido parte de su atractivo” (Marino & Benford, Sin fecha). Me permito disentir. Creo que eran muy optimistas. Aunque para un grupo de escogidos el sentido de la revelación sindónica pueda pasar por alto la materialidad de la reliquia misma y ponerse en plan místico, es impensable que las grandes multitudes que se juntan en torno a la adoración del Santo Lienzo puedan congregarse sin la presencia de los restos divinos en forma de átomos, moléculas, sangre o lo que sea. Nadie puede pensar que el appeal de un lienzo en blanco pueda ser el mismo que el de otro al que están adheridos los restos del cuerpo de un dios. Y no se mantiene el prestigio de una reliquia si las masas lo abandonan.

La imagen del lienzo de Turín no es artísticamente relevante (pese a todas las expresiones arrobadas de sus creyentes que no dudan en compararla con Leonardo da Vinci). La catedral de San Juan Bautista, nada espectacular arquitectónicamente. La capital piamontesa tiene otros atractivos, como el estupendo Museo de antigüedades egipcias, pero ninguno de ellos puede competir en beneficios con el Santo Sudario.

El padre Loring estimaba la asistencia a la ostensión de 1978 en más de tres millones de personas, lo que no está nada mal, aunque lejos de los más de cinco millones que fueron a ver el cuerpo incorrupto del Padre Pio el primer año de su exhibición. Teniendo en cuenta que, según datos del año 2000, 1.350.000 personas dejaron en Valencia unos 720 millones de beneficios durante la semana fallera, de los que 540 fueron a parar al sector de la hostería, uno puede hacer cálculos aproximados para los resultados económicos de la peregrinación sindónica. A ello hay que añadir los que se derivan de la afluencia menor, pero constante, de personas religiosas o curiosas que acuden a Turín todos los años. 6€ la entrada al Museo. Desconozco los importes de las subvenciones. El Estado italiano, sin embargo, patrocina a la Iglesia Católica detrayendo una parte de las declaraciones de renta, de manera similar a lo que ocurre en España y con un 8 por mil del total del IRPF. Además, por lo que toca a nuestro tema, están las financiaciones a los monumentos históricos y culturales para su mantenimiento. De manera puntual, la Comuna y la Provincia de Turín aportó dos millones de euros aproximadamente para la osensión de 2010, según la UAAR.

Y todos tan contentos.

El cadáver incorrupto del Padre Pio

Antes de que algún alma piadosa se enfade conmigo, quiero advertir que no estoy sugiriendo que tanto la Iglesia turinesa como el gremio de comerciantes y panaderos, mantengan cínicamente el mito del Hombre de Turín para engrosar sus arcas. Las cosas no funcionan así en esto de los intereses. Lo que digo, y esto es válido para los creyentes en mitos como para cualquier otra forma de ideología, es que el entramado de los intereses económicos es un poderoso motivador de racionalizaciones espirituales. El relojero que cambió la pila de mi reloj en Piazza Castello no está pensando que existe un nexo entre los 10€ que me cobró y la sangre del costado de Cristo. Pero entiende muy bien que la retirada de la Sindone supondría una pérdida económica para la Iglesia y también los relojeros (aunque su hipotética inferencia resultaría equivocada en mi caso, porque yo fui a Turín para ver el Museo Egipcio, no la Santa Síndone). En su inconsciente las dos cosas se mezclan y la relación espiritual y material forman un todo que no necesariamente implica una exaltación de la fe, pero sí una tendencia a buscar cualquier tipo de racionalización que mantenga el lienzo en su santa teca y la teca en lugar sacro. Y si esto es cierto para  un humilde relojero, no digamos para católicos y sindonistas a los que la fe, como el valor en el soldado español de antaño, se les supone.

Investigar el contenido de la tumba de Santa Juana de Arco no tiene demasiada relevancia, puesto que a esta Santa Guerrera y Patriótica lo mismo le da que la Asociación de Antiguos Combatientes se reúna en su iglesia o en la estatua que suele haber en algún sitio del pueblo (que es lo habitual). Pero tocar los huesos del Apóstol Matamoros o la sangre del Hombre de Turín tiene más implicaciones espirituales y materiales. Y mientras esas implicaciones subsistan me juego el cuello o una paella a que nadie que no sea devoto meterá  las manos en la teca que protege el Santo Sudario. Noli me tangere.

Bibliografía.

Abbé Georges de Nantes; Hermano Bruno de Jesus [Bonnet-Eymard], (Sin fecha): “II. The conclusion of a new trial: His condemnation to death and His resurrection”. The Catholic Counter-Reformation in the 21st Century, Consultado on line: 20/03/2013, 8:39. http://www.crc-internet.org/1401-ii-the-conclusion-of-a-new-trial.html

Antonacci, Mark (2002): “Mark Antonacci’s Reply To Ray Rogers’ Review of His Book”,  www.shroud.com/pdfs/antonaci.pdf . Consultado on line, 27/03/2013 07:44.

Blázquez, José María (1998): “La reacción pagana ante el cristianismo”, en Intelectuales, ascetas y demonios al final de la antigüedad, Madrid, Cátedra

Brito Galindo, Andrés (2008): “Sudario de Turín”. Enciclopedia Católica, 25 ene 2008. Consultado on line, 21/03/2013 8:18, http://ec.aciprensa.com/wiki/Sudario_de_Tur%C3%ADn

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Brunati, Ernesto (2005): “Altro che rammendi! La datazione della Sindone è tutta un falso”, Collegamento pro Sindone Internet. Maggio 2005. Consultada on line, 20/03/2013 9.47, http://www.sindone.info/BRUNATI1.PDF .

Head, Thomas (1999): “The Cult of the Saints and Their Relics”, ORB Encyclopedia, 1999. Consultado on line, 23/03/2013 08:10, http://www.the-orb.net/encyclop/religion/hagiography/cult.htm .

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Mazzucchelli, Don Pinuccio (S/F): “La posizione della Chiesa”, CulturaCattolica.it, consultado on line, 22/03/2013 7.53, http://www.culturacattolica.it/default.asp?id=104&id_n=4570#.UUq01ReQXQo

Marinelli, Emanuela (2012): “The setting for the radiocarbon dating of the Shroud”. I Congreso Internacional de la Sindone, Valencia 20-30 Abril de 2012. Consultado on line20/03/2013, 09:34 , http://www.sindone.info/VALENC-3.PDF .

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Van Haelst, Remi (2002): “Radiocarbon dating the Shroud of Turin”, Collegamento pro Sindone, Octubre 2002. Consultado on line, 20/03/2013 09:16, http://xoomer.virgilio.it/bachm/VHAELST6.PDF

Veyne, Paul (2009): El Imperio grecorromano, Madrid, Akal

Zaccone, Gian Maria (2011): “Dalle acheropite alla Sindone”, en Adele Monaci Castagno ed., Sacre impronte e oggetti «non fatti da mano d’uomo» nelle religioni,

Atti del Convegno Internazionale – Torino, 18-20 maggio 2010; Alessandria, Edizioni dell’Orso.

 

From → 2.Historia

One Comment
  1. Odiseo permalink

    La Sabana Santa de Turín es una auténtica y verdadera reliquia ya que es UNA prueba incuestionable de la existencia del Dios Verdadero, el Único Dios que es Dios para absolutamente todos los credos y creyentes de todo el orbe, incluidos los no creyentes, ateos, agnóticos y escépticos, el Único Dios Verdadero que de verdad mueve el mundo y que decide definitivamente quién vive y quién muere, el Único Dios Verdadero cuya existencia absolutamente nadie es capaz de cuestionar, un Dios cuya voluntad debe ser interpretada obligatoriamente por unos escasos elegidos ya que la gran mayoría no lo comprendería y no sería capaz, según estos elegidos, de gestionar la “voluntad” del Único Dios Verdadero… Me refiero al DINERO, llamado Euro, Dólar, Peso, etc… según el territorio, y que se presenta en forma de papel o metal precioso o mucho más frecuentemente bajo la forma mucho más sutíl e impreceptible de en forma de ceros y unos en la memoria electrónica de un servidor informático bancario… En el mundo actual, una reliquia que se precie debe ser capaz de obtener sustanciosos ingresos de DINERO, el único Dios Verdadero reconocido unánimemente por toda la humanidad independientemente del credo de los individuos. Y para ello debe ser capaz de mover sentimientos espirituales de forma masiva (ya que ello implica inevitablemente el movimiento de “sentimientos materiales” por así decirlo), ya que el Único Dios Verdadero está muy por encima de esas chorradas espirituales y religiosas. Por eso no tiene ninguna importancia que la Sábana Santa sea medieval o no, que sea una falsificación o el auténtico sudario de Jesucristo. Lo importante es que la gente, grandes devotos del Único Dios Verdadero, pague por verla, y si se les manipula espiritualmente para que paguen más (es decir, convenciéndoles de que realmente la Sábana Santa es el verdadero Sudario de Cristo, aunque no lo sea, pues eso es una práctica muy habitual y muy rentable en la devoción del Único Dios Verdadero y conocida más coloquialmente como “dar gato por liebre”) pues mucho mejor.

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