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Los médicos historiadores.

2 de mayo de 2013

Como dije en una entrada anterior, los médicos sindonistas tienen una inmoderada tendencia a transmutarse en historiadores, saltándose los principios básicos de precaución metodológica, esto es, un médico sabe medicina y un historiador, historia y para pasar de una a otra disciplina hace falta especializarse en ambas, o sea, dedicarles años de estudio antes de meterse a la faena.

Pero los médicos sindonistas no son historiadores cualesquiera, sino del género “historiador omnisciente” que tanto abunda en los best-seller de divulgación o en las revistas de consulta médica, que gustan de cubrirse con una pátina de cultura humanista. Es decir, sin molestarse en justificar cómo lo hacen, son capaces de contarnos con pelos y señales qué le dijo Jesús a Caifás y qué respondió el Bautista a Salomé desde el fondo del pozo. Eso es porque no necesitan de una preparación histórica especial. Encuentran directamente su materia en los evangelios.

Hipócrates y Galeno. Catedral de Anagni. Siglo XIII

 

Lo mismo que vimos en el caso de los estudios de anatomía forense del Dr. Villalaín, hay que ser muy ingenuo para no darse cuenta de que los médicos sindonistas metidos a historiadores llevan una agenda muy concreta: demostrar que los relatos evangélicos son históricos al pie de la letra. El método se mezcla con las conclusiones y llega a resultados asombrosos. Bucklin es capaz de medir el trecho, yarda más yarda menos, entre el palacio de Poncio Pilatos y el monte Gólgota, que realmente nadie sabe exactamente dónde estaba. “La distancia que realmente recorrió Cristo con la cruz fue aproximadamente seiscientas yardas” (Bucklin, 1970). Para conseguir esta precisión en los datos no hay más que tomar los evangelios como descripciones periodísticas de testigos de primera mano. Cierto que los evangelios no siempre se ponen de acuerdo en cosas como si le ayudaron a llevar la cruz, qué autoridad judía intervino, la hora de la Crucifixión, lo que dijo Jesús, cuánto tiempo estuvo sepultado, quién descubrió la tumba vacía y este tipo de de “detalles sin importancia”. Pero para los médicos-historiadores esto, en lugar de una molestia, representa una ventaja, puesto que, al ir a encajar sus teorías con los hechos evangélicos, pueden elegir los que más convienen a sus intereses y olvidarse del resto. Así todo cuadra.

San Mateo

Voy a tomar como ejemplo de médico-historiador sindonista el primer trabajo del Dr. Bucklin que he consultado (Bucklin, 1970).

Aparte de los evangelios, Bucklin trabaja con materiales muy diversos. Aunque, como suele ocurrir con los trabajos sindonistas, la bibliografía está presentada deficientemente (sólo se cita el apellido del autor consultado y no se hace ninguna referencia a las páginas que se citan), puede uno seguirle la pista a algunos de los libros mencionados. La bibliografía no está muy actualizada, que digamos. Casi todos son volúmenes de la primera parte del siglo XX y el más reciente, aparte del que luego se menciona, es de 1957. No parece que el Dr. Bucklin, que escribe en 1970, hubiera hecho un esfuerzo para actualizarse. Normalmente se trata de divulgadores y exégetas cristianos, especialmente de sindonistas, pero hay alguna cosa curiosa. Entre ellos aparece un historiador heterodoxo, que es el único que se acerca a la fecha de la redacción del trabajo que comento: Brandon, 1968.

Samuel G. F. Brandon   (1907-71), fue un pastor anglicano que, contra las posturas ortodoxas de la exégesis confesional, mantuvo que Jesús fue condenado por actividades revolucionarias, aunque no necesariamente violentas, cercanas a los zelotes, esto es, la rama radical de la resistencia anti-romana, y que las creencias paulinas son diferentes a las que mantuvo el Jesús histórico y fueron las que dieron base al cristianismo institucionalizado. Obviamente, Brandon no cree que los evangelios sean un relato de testigos directos, ni que lo que se cuenta en ellos sobre el juicio de Jesús -que es lo que preocupa al Bucklin-, pueda tomarse al pie de la letra. Los evangelios están escritos por manos diferentes con agendas teológico-políticas muy concretas, en especial la de exculpar en lo posible a los romanos de la muerte de Jesús y hacer recaer el deicidio sobre la cabeza de “los judíos” y su descendencia. Es necesario, por tanto, un arduo trabajo de interpretación textual y contextual para descubrir lo que verdadera o plausiblemente sucedió. Sorprende que Bucklin cite un libro tan contrario a sus presupuestos de partida sin hacer el menor esfuerzo por rebatirlo. No sorprende tanto que las razones que ofrece para creer de manera diferente a Brandon sean tan endebles.

San Juan

Bucklin parte de un supuesto que sólo los exégetas más doctrinales mantendrían hoy en día: los evangelios fueron escritos por testigos de primera o segunda mano perfectamente identificados: Marcos, Mateo, Lucas y Juan. Los santos, claro está. Sin embargo, la aparición de unos evangelios semejantes a los que conocemos ahora y su atribución a los cuatro evangelistas, la formación del canon, deben retrasarse hasta la segunda mitad del siglo II, en concreto, con Ireneo de Lyon (Contra los herejes. III, 1.1). Otros cristianos anteriores, como el apologeta Justino,  no identifican a los autores y sus escasas citas no son textuales (Primera apología, LXVII, 2). Justino ni siquiera se refiere a los “evangelios”, sino a las “Memorias de los apóstoles” (Martí, 1993:92). Los errores históricos (Crossan, 1994:429) y geográficos, que aparecen ya con el primer evangelio sinóptico de Marcos (Carotta, 2008:105), junto con el idioma en que fueron redactados -el griego-, sugieren que fueron escritos en la Diáspora por gente que, aunque tenía un cierto conocimiento de la vida de Palestina del siglo I, no era de ninguna manera primario. Se sabe por Clemente de Alejandría, que en el siglo II corrían tres versiones distintas del evangelio de Marcos (Carrier, 2000:XII).

Las razones para la formación del canon evangélico son diversas. Por una parte de armonización de las diversas versiones de los evangelios que circulaban. No sólo entre sí, sino con las epístolas paulinas, que eran conocidas anteriormente. (Clemente de Roma las cita en el año 95, aunque no los evangelios (Carrier, 2000:II)). Por otra parte, intervienen criterios ideológicos, en especial la lucha contra el gnosticismo que es parte esencial de los escritos de Ireneo. Y, finalmente, también algunos razonamientos de tipo teológico-místico, tales como que los evangelios deben ser cuatro porque cuatro son los puntos cardinales. Con semejante amalgama, se atribuye la autoría de los evangelios a cualquier personaje citado en la tradición que convenga a la idiosincrasia que reflejan su estilo, lenguaje o ideología. Si en Colosenses (4:14) se habla de un médico llamado Lucas y el tercer evangelio parece demostrar un conocimiento de la terminología médica, se le endosa a Lucas y todo el mundo queda contento, aunque la fuente sea una carta apócrifa.

Cuando la propia asamblea episcopal norteamericana ha reconocido que los evangelios no pueden ser considerados documentos históricos de primera mano (Goldhagen, 2002:457), resulta significativo que nuestro médico-historiador caiga en semejante fundamentalismo doctrinal. Como Bucklin no acompaña sus afirmaciones con las correspondientes citas y sus fuentes parecen variopintas, es difícil saber en quién se está basando, pero algunos razonamientos que nos ofrece nos dan idea de los cimientos de su teoría. Según él, la “perfecta” sincronía entre los datos aportados por los evangelistas demuestra que sus autores eran testigos de primera mano. Como hemos visto, la perfecta coincidencia de los relatos evangélicos sólo está en su cabeza. Nada más en lo que se refiere a los relatos de la Pasión se puede encontrar una serie de discrepancias que serían incomprensibles en testigos de primera mano. Pero si ampliamos la lista a los cuatro evangelios canónicos, para seguir a Bucklin, las diferencias son aún más importantes. No hay acuerdo sobre el carácter y fecha de la comida pascual, ni si fue Pedro o no quién agredió a los enviados a prender a Jesús, que no queda claro quiénes eran. No se sabe dónde se llevó a cabo el juicio de las autoridades judías, ni quién estaba presente. Hasta la existencia misma del juicio desaparece en Lucas y Juan. Jesús responde de manera diferente a las preguntas de Pilatos y la actitud del procurador romano varía notablemente de Marcos a Lucas. Incluso la flagelación, tan cara a los sindonistas, desaparece en el evangelio de Lucas. No digamos el juicio de Herodes, que sólo un evangelista parece conocer. Etc., etc., hasta llegar al improbable José de Arimatea (que, sospechosamente,  en arameo quiere decir “mejor discípulo”) y su regia sábana comprada sobre la marcha, según Marcos (15, 46) junto a cantidades ingentes de ungüentos (Juan, 19, 39). Para todas estas incongruencias es útil consultar el libro de Geza Vermes, La Pasión, que las sintetiza en unas tablas muy visuales (p. 133ss). También en Ehrman (2009), que puede consultarse on line.

En estas condiciones, decir que los datos médicos que pueden observarse en el Hombre de Turín confirman “los evangelios” suena un poco exótico. Porque habría que preguntarse cuál de ellos. Pero los intentos de comparar esta mezcolanza de datos con lo que se sabe de la tradición judicial judía son todavía más dudosos.

San Lucas

Utilizar como testimonio del siglo I un texto muy posterior, como la Mishná judía, una tradición no compilada hasta finales del II, es un riesgo, como señala Meier  (1998.113). Sin embargo, la cuestión no es ésta. Otros autores -Vermes, que he citado antes, por ejemplo-, lo hacen con las debidas cautelas. La verdadera cuestión es cómo valorar las continuas discrepancias que los relatos evangélicos presentan respecto de lo que sabemos por los testimonios antiguos acerca de la justicia judía y romana. Para evaluar qué significa hay que hacerlo desde la plausibilidad y el contexto de los evangelios.

Desde la plausibilidad, no es normal que un juicio doble se hiciera tanto en la justicia judía como en la romana con una quiebra absoluta de todos los principios legales. Que los muy legalistas fariseos y el rígido gobernador o prefecto, más estrictamente hablando, romano Pilatos hubieran montado un espectáculo de pasiones no es fácilmente creíble. Salvo si uno es un médico-historiador sindonista, claro.

Desde el punto de vista de la coherencia intratextual, hay que recordar que los evangelios presentan un relato lleno de incoherencias de tipo geográfico o histórico y de efectos entre lo literario y legendario, que alcanzan incluso a la tela que envolvió el cuerpo de Jesús, que Juan, más acorde a la tradición judía, refleja como “telas” o “vendas” (ὀθονίοις) en lugar de una sábana (Calvo, 2010).

También por razones de contrastación con otras fuentes, puesto que estas narraciones son tan poco fiables como documentos literales que incluyen cosas realmente inverosímiles como los cientos de resucitados que se pasearon por Jerusalén tras la muerte de Jesús, los terremotos y eclipses coincidentes, etc., que, desde luego, ningún historiador contemporáneo refleja.

Por las tres razones combinadas se entiende habitualmente que los evangelistas no recogen sendos juicios que se llevaron a cabo escandalosamente, sino que, en lugar de reflejar fielmente hechos realmente ocurridos, tomaron leyendas que circulaban en los ambientes paleo-cristianos de la Diáspora. Con unos y otros, hechos y leyebndas, construyeron un corpus de creencias populares que fue modificándose con los siglos. Aunque sólo es una anécdota, es significativa la que cuenta Filón: para hacer befa de Herodes Agripa I, que visitaba la ciudad, los alejandrinos vistieron a un loco con capa real, le pusieron una corona y se dedicaron a insultarlo y golpearlo. El loco se llamaba Carabás. Quizás sea una mera coincidencia, como dice Vermes (2007:104), pero muestra una escena muy similar en estructura a la del escarnio evangélico.

San Marcos

A lo largo de la primera cristiandad los creyentes fueron modificando la iconografía pictórica y mental del Salvador. A partir de diversos relatos evangélicos construyeron imágenes sintéticas que fueron reemplazando a la lectura evangélica en la religiosidad popular (Calvo, Ibid). Si tomamos las de Jesús en la tumba, veremos como en una misma imagen es posible condensar a Juan Nicodemo y José de Arimatea (Juan) que embalsaman el cuerpo, las tres santas mujeres con ungüentos (Lucas) y el discípulo amado (que no aparece en ninguna escena evangélica de la tumba). Estoy pensando en el códice Pray, pero hay otras muchas similares. Con estos mimbres, que en la imaginación piadosa se mezclan incluso hoy en día, el pintor medieval y del Trecento construyen una imagen con latigazos, coronas de espinas, una sábana más o menos larga, lavatorios o sangre. Todos estos detalles pueden ser imitados de forma realista o, como es el caso del lienzo de Turín, recogidos de manera convencional. Así, cuando el médico-historiador sindonista cree que la presencia de ésta o aquella marca (más o menos visibles para el resto de la concurrencia), revelan la verdad de los evangelios, lo que está revelando es simplemente la imaginería de los siglos medievales y de los pintores que en el pre-Renacimiento recogieron las síntesis evangélicas que eran comunes en su tiempo. Y que nada tiene que ver con lo que pasaba en un juicio y una ejecución en la Palestina del siglo I.

Y no es extraño que aficionados metidos a sabios cometan este tipo de errores tan simples cuando lo que les guía no es la ciencia que les falta sino la fe que les sobra.

Bibliografía.

Bermejo, Fernando (2011): “¿Por qué poner en cuestión la historicidad de los Evangelios?”, El Blog de Antonio Piñero, 15.09.11 http://blogs.periodistadigital.com/antoniopinero.php/2011/09/15/ipor-que-poner-en-cuestion-la-historicid#comments , Consultado on line 17/04/2013 8:31

Bucklin, Robert (1970): “The Legal and Medical Aspects of the Trial and Death of Christ”, Medicine, Science and the Law, January, 1970. Consultado on line, 27/04/2013 09:08, http://www.shroud.com/bucklin2.htm

Calvo, José Luis (2010): “Inauguramos una nueva sección (VIII-a)”. Escritos desde el páramo. “La Sábana Santa”. Publicado: 17/11/2010 17:44. Consultado on line, 01/05/2013 8:45, http://fenix.blogia.com/temas/sabana-santa.php .

Carotta, Francesco (2008): “Los evangelios como transposición diegética”, en Piñero ed.: ¿Existió Jesús realmente?, Las Rozas, Editorial Raíces

Carrier, Richard (2000): “The Formation of the New Testament Canon (2000)”, Consultado on line 29/04/2013 08:43 http://www.infidels.org/library/modern/richard_carrier/NTcanon.html

Crossan, John D. (1994): Jesús, vida de un campesino judío, Barcelona, Crítica.

Ehrman, Bart (2009): Jesus, Interrupted, Harper Collins e-books;

Goldhagen, Daniel Jonah (2002): La Iglesia Católica y el Holocausto: una deuda pendiente, Madrid, Taurus.

Martí i Aixalà, Josep, ed. (1993): Apologetes del segle II, Barcelona, Edicions Proa.

Meier, John P. (1998): Un judío marginal. Nueva visión de un Jesús histórico. Tomo I. Estella, Verbo Divino.

Piñero, Antonio (2009): “El mesías como ‘hijo de David’ desde el punto de vista de Brandon y otros investigadores”, Cristianismo e historia, Miércoles, 23 de Septiembre 2009. Consultado on line, 28/04/2013 8:52. http://www.tendencias21.net/crist/El-mesias-como-hijo-de-David-desde-el-punto-de-vista-de-Brandon-y-otros-investigadores-2-27-54_a271.html

Vermes, Geza (2007): La Pasión. La verdad sobre el acontecimiento que cambió la historia de la humanidad. Barcelona, Crítica.

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5 comentarios
  1. Odiseo permalink

    Enviado el 03/05/2013 a las 10:31 am

    “Bucklin es capaz de medir el trecho, yarda más yarda menos, entre el palacio de Poncio Pilatos y el monte Gólgota, que realmente nadie sabe exactamente dónde estaba.”

    ¿Nadie sabe dónde estaba el qué, el Gólgota o el palacio de Poncio Pilatos? Lo digo porque tampoco se sabe exactamente dónde pudo haber sido juzgado Jesús, pues la tradición (que no los evangelios) sitúa su encuentro con Pilatos en la Torre Antonia, situada al norte de Jerusalén, pero ahora sabemos que los procuradores romanos se alojaban en Jerusalén en el Palacio de Herodes, situado al oeste de la ciudad (eso sí, la guarnición romana seguía teniendo su cuartel general en Antonia). ¿Bucklin, ademas de grandísimo “historiador”, es además un grandísimo “arqueólogo” que ha determinado sin lugar a dudas la situación exacta del Pretorio de Poncio Pilatos?

  2. Odiseo permalink

    Enviado el 03/05/2013 a las 10:58 am

    Y sobre la anécdota del loco Carabás, el rey judío del que se burlaban, ¿era Herodes Antipas I, como dices en el texto, o más bien Herodes Agripa I? Lo digo porque este rey es protagonista de otra “coincidencia” entre una anécdota histórica y un cuento del Nuevo Testamento. En concreto, el libro de Hechos cuenta que Agripa hizo detener y encarcelar a Simón Pedro (y de paso ejecutar a Santiago el Mayor), pero un ángel le abrió la puerta de la celda y Pedro pudo escaparse. Por otro lado, Josefo cuenta la anécdota de un predicador llamado Simón que es arrestado en Jerusalén por hablar mal del rey Agripa y llevado ante el mismo rey. Agripa, como es un rey bondadoso, le hace ver al tal Simón que no tiene razón y que su opinión sobre el rey está equivocada, y después de echarle una educativa charla y de darle un obsequio, le deja en libertad.

    Y por no hablar de las semejanzas entre el martirio de Esteban (segun Hechos) y el de Santiago el Menor (según Josefo), que han hecho suponer a algunos exégetas (por ejemplo, Robert Eisenman) que Esteban es en realidad una figura inventada pero basada en la figura real de Santiago, el llamado “hermano de Jesús”.

    • Enviado el 04/05/2013 a las 5:27 am

      Mea culpa, mea grandisssima culpa. Era el Agripa. Corrijo súbito.

  3. Moreno permalink

    Enviado el 07/05/2013 a las 7:12 pm

    Tu trabajo me tiene subyugado, David.

    Entro poco al blog por cuestión de tiempo, pero también para tener el placer de imprimir varias entradas de golpe y leerlas tranquilamente

    • Inmerecidos elogios, Moreno. Pero gracias. Me alegra saber que hay por ahí alguien que puede corregirme algún gazapo, como ya lo han hecho Odiseo y José Luis Calvo

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