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¿Fraude?

9 de mayo de 2013

Mi estimado maestro en Sindonología Crítica por la Universidad de Magonia, José Luis Calvo, ha reprendido varias veces en mi presencia virtual a algunos vehementes escépticos que habían calificado de fraude el lienzo turinense. A él le voy a dedicar este suelto que no tiene mayor objetivo que ver si paso el rato discutiendo con alguien que diga cosas serias en lugar de perderlo con “astutos” sindonistas que, en cuanto ven la cosa fea, se vuelven al principio o se esfuman como el fantasma de Patroclo. Y que duda cabe que una de las cosas más apasionantes de una discusión es cuando se pone la cosa fea para alguien -incluso para uno mismo-, porque para discutir naderías que a nadie interesan ya están los filósofos.

Guerrero etrusco del Metropolitan. Se descubrió a sus ingeniosos autores.

 

Según la Academia Española de la Lengua, un fraude es aquel acto contrario a la verdad y la virtud que se realiza para perjudicar a terceros. O algo así.

Aunque la Academia no lo diga en la entrada correspondiente, es de obligado cumplimiento para que exista el fraude que la persona que lo lleve a cabo actúe con dolo, lo que según la Academia, quiere decir que exista una voluntad manifiesta de cometer algo ilícito.

En el caso del lienzo de Turín, José Luis Calvo sostiene que no puede hablarse propiamente de daño a terceros, puesto que con el juego de pintar y exponer telas no se hacía daño propiamente a nadie.

Sostiene también José Luis Calvo que ni lo uno ni lo otro (engaño y daño) puede probarse respecto a los que propalaron el bulo de que la imagen pintada era la auténtica huella del cadáver no resurrecto (lo digo por los ojos cerrados) de Jesucristo Dios. Ni siquiera el autor de este prodigioso lienzo puede ser acusado de dolo, ergo fraude, si no se demuestra que lo fabricó relamiéndose los labios mientras pensaba en los emolumentos que iba a obtener por engañar a aquel atajo de estúpidos o asunto similar en que estuviera pensando.

Por lo tanto, cuando el Museo Británico tuvo la osadía de incluir la Sábana Santa en una muestra sobre fraudes artísticos (9 de marzo al 2 de septiembre de 1990: Fake. The Art of Deception) y recibió el ataque furibundo del Vaticano y del sindonismo en pleno, también hubiera podido escucharse la voz crítica de José Luis Calvo (si le hubiera dado la gana vocear y si yo no he malinterpretado su manera de pensar al respecto).

Para reforzar su posición remite a una carta del supervisor del proceso de datación de 1988, Michael Tite, del Museo Británico, a Luigi Gonella. Esta carta, que es traducida e interpretada sesgadamente por muchos medios sindonistas para certificar una especie de conversión oculta o cinismo manifiesto de Mr. Tite, contiene el siguiente párrafo:

Siguiendo nuestro reciente encuentro en París le escribo para constatar que yo mismo considero que la datación realizada a la sábana santa de Turín no demuestra que sea un fraude. Tal como usted indica acertadamente, la calificación de fraude implica una deliberada intención de engaño, y la datación por radiocarbono no es una prueba que avale tal hipótesis… (Traducción de Félix Ares. Los sindonistas suelen ocultar la segunda frase).

Obviamente estas palabras no certifican la autenticidad del lienzo ni la perversidad de nadie, sino que desmarcan la cuestión de la datación -y Tite estaba convencido de la fiabilidad de la de 1988-, de la calificación de fraude, para lo cuál sería necesario demostrar procesos intencionales.

Un hada. Se tragó esta y otras fotos similares el mismísimo Sir Arthur Conan Doyle.

Concedo que si nos ponemos estrictos una calificación de fraude es imposible. Aunque el obispo d’Arcis lanzó esta acusación en su memorial dirigido al papa Clemente VII, que también recoge el término en su bula, sus afirmaciones deben ser tomadas con cautela, como nos advierte Calvo. En especial, la de que podía presentar al autor de la pintura si era preciso, me parece bastante sospechosa. No me cuadra que el artista, al parecer bastante dotado, estuviera tan pancho unos 35 años después de su hazaña. Considero razonable suspender el juicio en este punto.

Pero si la acusación de fraude ha de hacerse con los estrictos requisitos que propone José Luis Calvo, hablar de fraude fuera de un proceso formalmente legal con documentación precisa sería imposible. Tendríamos que inventar un nuevo término para designar el mercadillo universal que los fabricantes de reliquias montaron en la Edad Media, en especial el muy lucrativo business que los últimos caballeros cruzados organizaron para vender miles de coronas de espinas, sudarios enteros o a retales, cruces más altas que el monte Sinaí, carretas de clavos, etc. Esta quincallería que todavía permanece en muchas iglesias, en forma más o menos manifiesta, sería como un monumental engaño sin engañadores, un fraude sin perpetradores.

Porque yo mantengo que existe un fraude con las reliquias en el sentido de que con ellas se ha creado un daño a terceros. Las multitudes que acudían a los centros de peregrinaje, los donantes que daban grandes o pequeñas sumas de dinero o bienes a los monjes y los difuntos que habían testado a favor de la colegiata, o sus familiares, estaban siendo perjudicados por una creencia falsa que difundían con entusiasmo los beneficiarios de sus dones. Cierto que muchos de estos beneficiarios, quizás la gran mayoría, creía firmemente en lo que estaba haciendo. No se trataba, como no se trata manifiestamente con los sindonistas actuales, de cínicos ventajistas, aunque en muchos casos su conducta comercial con los santos objetos fuera repelente en sí misma para una espiritualidad un poco más depurada. Véase si no los sucesivos movimientos reformistas que pulularon por la Edad Media hasta desembocar en la Reforma propiamente dicha.

Establecido que hubo daño a terceros, debo decir que me resulta difícilmente creíble que en medio de todo el trasiego de reliquias de allí para allá, que era manifiesto y cantado en todas partes, los que fabricaban una santa lanza o un divino prepucio o los que encargaban el artilugio no tuvieran el más mínimo deseo de engañar. O el artesano que veía su obra convertida en objeto sagrado o el que encargaba el trabajito en el más riguroso silencio debían de tener algo no estrictamente confesable. Y que los benditos cruzados fueran capaces de producir árboles de espinos sin parase a pensar en qué estaban haciendo me resulta igualmente increíble. Más que lo del artesano dispuesto a confesar al que se refería d’Arcis. Así que perpetradores de fraudes los hubo, y tuvieron que ser bastantes.

Otra cosa es que seamos capaces de identificarlos. Por supuesto que tengo el convencimiento que la inmensa mayoría de las personas que creen en reliquias son honradas. Incluso las que se benefician de ellas. Y eso vale para el Santo Sudario. Ya lo he dicho antes, pero conviene insistir. El hecho de que no seamos capaces de decir quién y en qué momento se dio cuenta de que estaba creando una falsa reliquia y quién y en qué momento pensó obtener pingües beneficios con ello no implica descartar que esos anónimos perpetradores del fraude existieran. Lo contrario sería suponer un mundo demasiado angélico, poblado únicamente por seres ingenuos o fanáticos, pero sin mala intención. Que tales seres existen es innegable. Pero los listillos también y no vamos a discutir ahora en qué proporción.

Tiara Saitafarnes del Louvre. Falsa.

Por lo tanto, no creo que el lienzo de Turín estuviera fuera de lugar en la exposición sobre fraudes artísticos del Museo Británico junto con el sarcófago etrusco del British o la tiara de Saitafarnes del Louvre (Jones, 1990:30, 33). Y, aunque no puede probarse su autoría, los que hablan del “fraude de la Sábana Santa”, como de las reliquias en general, no hacen un uso demasiado inconveniente del término. En esto, como en otras pocas cosas, no estoy de acuerdo con José Luis Calvo.

Bibliografía.

Calvo, José Luis (2010): “Inauguramos una nueva sección (VIII-a)”, Publicado: 17/11/2010 17:44, e “Inauguramos una nueva sección (y X)”, Publicado: 17/11/2010 11:27; en Escritos desde el páramo, “La Sábana Santa”, consultado on line 05/05/2013 8:40; http://fenix.blogia.com/temas/sabana-santa.php .

Jones, Mark, ed. (1990): Fake?: The Art of Deception, University of California Press. http://books.google.co.uk/books/about/Fake.html?id=LaUnOztbkP4C&redir_esc=y

From → 2.3.Otros.

2 comentarios
  1. Enviado el 09/05/2013 a las 10:24 am

    Dices: “Y, aunque no puede probarse su autoría, los que hablan del “fraude de la Sábana Santa”, como de las reliquias en general, no hacen un uso demasiado inconveniente del término.”

    Un uso no demasiado inconveniente del término es un uso inconveniente del término😉 Voy a aclarar una cosa, cuando aseguro que no me gusta que se emplee el término fraude relacionado con la mal llamada Sábana Santa me estoy refieriendo a su creación. Prescindiendo de “onanismos mentales” ¿qué es el lienzo turinés? Una pintura sobre sarga representando una escena de la Pasíón con las características artísticas del gótico internacional, algo que sabemos por testimonios escritos que era algo común en la época, encargar a los sargueros pinturas de ese tipo para decorar las iglesias durante la Semana Santa. ¿En qué puedo basarme para afirmar que esta sarga pintada fue creada con el propósito de perpetrar un engaño? Pues absolutamente en nada, es un mero prejuicio y como sedicentes defensores del pensamiento crítico, los escépticos deben huir como de la peste de los prejuicios. Por supuesto, si alguien creó este objeto para venderlo como una auténtica reliquia cometió fraude, pero eso no lo sé (y saber es distinto a creer, suponer…) y sobre lo que no sé, prefiero guardar silencio.

    Y no,no tenga nada en contra de que se tilde a la mal llamada Sábana Santa de “fake” puesto que no es la genuina Sábana Santa (es decir, no es ninguno de los lienzos sepulcrales del líder mesiánico Jesús el Nazareno), protestaría si se dijera de ella que es un “fraud”. El primer término no presupone la existencia de una intención dolosa, el segundo sí.

  2. Moreno permalink

    Aún estando de acuerdo con la puntualización hecha por José Luis Calvo, me gustaría añadir -para los lectores quizás menos versados en estos temas de los conspiracionistas- que fraude seguramente sí que hubo en el sentido actual del término, aunque, como JL Calvo dice, no se pueda estar seguro de que lo cometiera el creador primitivo de la “sábana”. Efectivamente, pudiera ser que el artista no llevase intención de engañar a nadie, sino de pintar habilidosamente una imagen de Jesús en el sepulcro.

    También pudiera ser que los que exponían la reliquia como tal, como verdadera impresión milagrosa, lo creyeran de verdad.

    Pero, necesariamente, hubo alguien entre su creación y su exposición que debió pensar -aún conociendo su origen no milagroso- que podía hacerlo pasar por una verdadera reliquia.

    Lo contrario sería creer que alguien vio una imagen en posesión de otra persona y pensó que su propietario no conocía el verdadero valor (a manera del anticuario que compra por dos perras un Leonardo auténtico) pero eso, tratándose de un objeto como este, es francamente inverosímil (por no recordar que, de todos modos, hay engaño en la compra de un objeto mil veces bajo su valor)

    Es tan inverosímil que actualmente un juez lo desecharía y condenaría al acusado. Recordemos que la culpabilidad no debe demostrarse al 100 %, sino “más allá de toda duda razonable”. Y, francamente, creer que alguien tenía por pintura una representación en sarga del enterramiento de Jesús y un comprador la compró por auténtica (recordemos que sería el objeto más valioso de toda la Cristiandad) me parece poco o nada creíble

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