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Sobre las imprecisiones de Nature

7 de junio de 2013

El informe que sobre la datación  del sudario de Turín apareció en la revista Nature ha sido objeto de interminables polémicas desde la fecha de su publicación (1989). Ya he hablado de las más importantes en el apartado “3.3. Radiocarbono” y puede consultarse también la etiqueta “Radiocarbono” en este blog. Ahora hablaré de algunos aspectos marginales de esta polémica que, hinchados convenientemente,  han dado lugar a apocalípticas descalificaciones. Me refiero a algunos puntos no suficientemente aclarados por los laboratorios participantes en la datación.

Conviene resaltar que no son sólo los sindonistas los que han señalado estos puntos débiles en la información que poseemos acerca de la datación de 1988. Autores como Gian Marco Rinaldi, aun coincidiendo en dar validez a la fecha medieval de la tela, han apuntado algunas aparentes confusiones o vaguedades que los autores del informe no han aclarado suficientemente.

Una peculiaridad del artículo que comento es que está firmado por veintiuna personas. Para saber quién es el responsable último de la información que allí se da y de su presentación hay que hacer algunas conjeturas, aunque por los datos que se conocen todo apunta a que la redacción definitiva proviene del entorno de Michael Tite y el British Museum. Pensar que fue el mismo Tite el que escribió de su puño y letra todo el informe es no conocer como funcionan estas cosas. Brunati se lo atribuye directamente, como también el comunicado de la Curia que siguió al informe de los tres laboratorios, pero sus motivos son puramente especulativos y dependen de la teoría de la conspiración  en su segunda versión (Brunati, 2005:7). De hecho, Tite escribe en una carta a Gonella que él había redactado “el primer borrador” (Rinaldi, 2013:23), lo que es bastante diferente de haber escrito el artículo en su forma final. En base a la misma carta es evidente que la nota de prensa del arzobispado debió ser redactada por Gonella, a quien Tite se dirige para una rectificación conjunta sobre el tamaño de la muestra. Tampoco sabemos exactamente las  precisiones que pudieron aportar algunos de los principales firmantes o quiénes se limitaron a dar el visto bueno al trabajo final. En un colectivo tan amplio es de suponer que algunos de los firmantes pudieran haber aportado correcciones de bulto al borrador, mientras que otros se limitaran a dar por bueno el resultado final, bien porque no tuvieran reservas que hacer o porque no las consideraran suficientemente relevantes. Quien haya participado en la confección asamblearia de un comunicado de diez líneas sabe que uno puede odiar a la persona que se empeña en que hay una coma mal puesta y, acabando hasta las narices de todo, se da la aprobación a un texto con el que no se está absolutamente satisfecho.

 

Duccio di Buoninsegna. Deposición en la tumba. 1308-1311

 

La situación se complica porque los participantes en el evento han dado distintas versiones de algunos detalles que se consideran de importancia. Dos de los participantes en el corte de la muestra (Riggi di Numana y Franco Testore, en el Congreso Internacional de Sindonología de París, 1989, especialmente el primero), han sido los principales responsables (no los laboratorios, ni el Dr. Tite, ni el informe de Nature) del baile de datos. Las primeras declaraciones de Riggi o Testore estaban basadas en su memoria o en notas personales y sus contradicciones alentaron la excitación que se vivía por aquél entonces en el sindonismo. Pero la conducta posterior de ambos fue muy diferente. Mientras que Testore rectificó casi inmediatamente (rectificación que fue manipulada por el CIELT, organización sidnonista que había organizado el congreso), la conducta de Riggi fue especialmente incongruente. A lo largo de su vida se equivocó varias veces, incluso en lo relativo a la situación de los fragmentos que correspondían a cada laboratorio y otros temas relacionados, y no llegó a dar una versión correcta hasta 2005 (Rinaldi, 2013:§9). Además,  él mismo había llevado consigo dos fotógrafos profesionales, pero las fotos, que podían haber aclarado las dudas sobre la  situación,  los tamaños y la forma de los recortes, no se hicieron públicas en su totalidad, especialmente las de cada fragmento por delante y por detrás (Rinaldi, 2013:8), así que no se sabe muy bien para que fueron hechas. El ambiente caldeado de los encuentros sindonistas en los que se hicieron estos intentos de precisar, con el hermano Bonnet-Eymard y sus seguidores en plena efervescencia conspiracionista, no favorecían precisamente la calma que hubiera sido necesaria para confrontar recuerdos. Por si fuera poco, la actitud de Gonella y otros pesos pesados del sindonismo bloqueó las aclaraciones que hubieran descartado hipótesis descabelladas desde el principio. Así que los exaltados añadieron leña al fuego con apasionados relatos de lo que a ellos les habían contado o lo que habían visto, relatos que, por supuesto, resultan ser inverificables o, simplemente, nadie se ha ocupado de verificar. A ello hay que añadir las informaciones que proceden de fuente indeterminada: una hoja de datos sin firma ni cuño, una corrección manual a un e-mail, una carta de la que no conocemos el original, algo que un sindonista dice haber oído en un congreso… En fin, todo lo que algunos suelen considerar “pruebas” y “evidencias”.

Ateniéndonos a lo que se puede saber con certeza y no a lo que pueden ser fábulas de creyentes, podemos establecer algunos puntos de confusión en torno al trabajo presentado en Nature y preguntarnos por qué razón estos puntos no han sido resueltos convenientemente. Veamos esto:

Al día de hoy no hay una declaración oficial de las medidas exactas de los fragmentos de muestra y los que fueron utilizados para la datación. . El artículo aparecido en Nature, considerado por muchos como el “informe oficial”, es inconcreto en cuanto a las medidas exactas de las muestras. Al 10x70mm añade cautelosamente el signo de aproximadamente (~). Y lo mismo para el peso (~50 mg por laboratorio). En carta a Gonella, Tite reconoce no haber registrado el tamaño real del recorte (~1,5x8cm, en realidad) y por eso no haberlo incluido en el trabajo de Nature. Ofrece a Gonella rectificar, pero éste elude la cuestión tratando de que Tite “rectifique” otras cosas no determinadas (Rinaldi, 2013:23).

Además, el informe de Nature habla de tres fragmentos que se entregaron a los laboratorios, dando la impresión de que se hablaba allí de tres pedazos enteros. Bastante tiempo después parece confirmado algo que ya se suponía desde que lo había declarado Testore: que la muestra de Tucson estaba dividida en dos partes que provenían de lugares diferentes del recorte. Pero seguimos sin conocer el lugar exacto que ocupaban los subfragmentos que fueron utilizados para la datación, dado que en este laboratorio se reservó una porción que parece ser la mitad de lo que recibieron. Tampoco sabemos exactamente si el fragmento añadido era de la parte izquierda o la derecha de la muestra de reserva.

Los métodos estadísticos que se utilizaron para realizar la prueba del chi-cuadrado no fueron homogéneos, como señala el propio informe. Pero no se dieron precisiones de cuáles eran exactamente los métodos alternativos utilizados. Gian Marco Rinaldi ha hecho una reconstrucción muy plausible, pero, como es lógico, hay que mantenerla a nivel de hipótesis siempre que no se confirme directamente.

No se ha reconocido hasta hace muy poco que algún laboratorio había reservado una parte de la muestra (Tucson). El Dr. Ramsey, de Oxford, afirma que su laboratorio consumió toda la muestra que se le había asignado, pero esta información ha sido obtenida de manera informal. En cuanto a Zurich, no ha respondido cuando se ha planteado esta cuestión. Nature no habla de ello.

Finalmente, el uso de pastillas dobles en Tucson no fue informado en el trabajo de Nature. (Rinaldi, 2012:§20). Al parecer esta circunstancia es de relevancia, puesto que implica resultados estadísticos diferentes y, si no se tiene en cuenta, puede dar lugar a interpretaciones erróneas de los datos que, de hecho, han seguido los partidarios de la teoría de la conspiración.

No trataré aquí las interpretaciones que se pueden dar para resolver o no estas imprecisiones, porque ya lo he hecho en otras partes de esta bitácora. Quisiera sugerir algunas posibles causas de la actitud de los firmantes de Nature.

Las reticencias de los laboratorios a dar explicaciones sobre sus trabajos han ido aumentando con el tiempo. Si en un principio accedieron a tener reuniones con los sindonistas, estas se fueron haciendo más bien escasas hasta cesar por completo. Sólo recientemente Christopher Ramsey, de Oxford, y Timothy Jull, de Tucson, han tenido algunos contactos con destacados sindonistas. Ramsey trabajó con John Jackson sometiendo a prueba la hipótesis de una contaminación por dióxido de carbono y Jull ofreció a Barrie Schwortz la ocasión de tomar fotografías de alta precisión de una de las partes de la muestra de reserva que queda en Tucson.

Obviamente, los miembros más exaltados de la grey sindonista encuentran una explicación simple y sencilla de estos silencios: los autores de la falsificación o sus sicarios inconscientes cometieron errores tan calamitosos que, al intentar taparlos, caen en contradicciones y confusiones sin cuento. Un hábil interrogatorio los pone al descubierto y sólo la complicidad vergonzante de la plana mayor del sindonismo permite que quede impune el fraude monumental cometido contra el cristianismo y su magna reliquia. Por eso los autores del fraude o sus adeptos han acabado por no querer enfrentarse a la dura realidad y rehúyen todo intento de elucidación de los puntos oscuros.

Otras explicaciones menos tremebundas y más coherentes con los hechos pueden ser ofrecidas, aunque es difícil saber cuál de ellas puede ser más plausible o si hay que recurrir a una combinación de varias. Que juzgue cada cual.

a) En primer lugar está el hecho de que no hay un responsable directo del informe de Nature. No se puede considerar a nadie el autor del mismo y a la hora de pedir explicaciones sobre lo escrito nadie sale a la palestra. Esto no tiene muchas consecuencias cuando hablamos de un artículo firmado por dos o tres personas, pero aquí nos encontramos con 21, que en muchos casos sólo tienen una información parcial de los hechos consignados y cuando dan cuenta de los mismos ofrecen relatos que pueden ser divergentes porque parten de perspectivas parciales y diversas. Probablemente los que se avenieran a proporcionar datos extra podían temer que su versión pudiera dejar a otros participantes en entredicho.

b) Algunos firmantes del artículo de Nature se han retirado o han fallecido ya. Edward Hall, el director del ORAU de Oxford, se retiró poco después de la fecha de la prueba. Otros, como Wölfli o Donahue (Zurich y Tucson) se han retirado posteriormente. Por eso, las informaciones que se dan no son de primera mano. Cuando se le pregunta a Ramsey si queda algún resto de la muestra en Oxford responde que “por lo que él sabe”, no.

c) El trato que los sindonistas dieron a los autores de la datación fue como para desanimar a cualquiera. Tener varias reuniones con un fraile, que científicamente no es nadie, darle las precisiones que puedes y que salga de allí acusándote de las mayores villanías no es como para animar a tener nuevos contactos. Walter McCrone aseguró que después de bregar con el STURP no tenía ganas más que de retirarse a una isla desierta. Parece como si los últimos contactos de los científicos con líderes del sindonismo se hayan hecho mediante una selección previa, para evitar los más agresivos.

d) Tampoco es de desdeñar la posibilidad de que los laboratorios estuvieran inseguros sobre la exactitud de sus afirmaciones y trataran de disimularlo. A finales de los 80 el método de radiocarbono, y más especialmente el que se había utilizado, era objeto de una controversia entre los arqueólogos de campo y los científicos. En las polémicas en torno al lienzo de Turín no es raro ver a algún arqueólogo poniendo en entredicho la técnica de datación del 14C en su totalidad. E incluso ahora todavía hay arqueólogos que son renuentes a admitir que alguien venga a poner en cuestión sus dataciones basándose en una batería de fórmulas y técnicas que ellos no conocen bien. No hay que desdeñar la posibilidad de que ciertos “ajustes” no claramente explicados se hubieran llevado a cabo con el fin de publicitar la tecnología del radiocarbono. Esta posibilidad es bastante distinta de la de una conspiración masónica cambiando retales, tipo Bonnet-Eymard. Hacer que más de una decena de personas se comprometiera con un fraude monumental que ni les iba ni venía a muchas de ellas es un absurdo. Suponer que los participantes se avinieran a ciertos “retoques” menores para dar más prestigio a su tarea o miraran para otro lado cuando vieran pequeños deslices, es otra suposición diferente. Aunque también puramente especulativa.

e) Los laboratorios, al menos Arizona, guardaron una parte de su muestra como reserva de forma no autorizada. Es plausible que ciertas preguntas sobre el tamaño de la muestra y cómo había sido utilizada, pusiera a los responsables en una situación embarazosa y susceptible de ser mal interpretada.

f) Y por último, aunque no en último lugar, existe una razonable o irrazonable actitud muy extendida entre los científicos que les hace desdeñar todo debate con profanos o gente que no esté a su “altura”. Cuando un propagandista religioso retó al célebre científico ateo Richard Dawkins, éste respondió que la propuesta era disimétrica. Él no tenía nada que ganar compartiendo el estrado con una persona sin ningún nivel filosófico o científico reconocido, mientras que el desafiante, aunque saliera malparado en la contienda, habría adquirido el prestigio que no había conseguido por sus méritos intelectuales. A muchos aficionados al sindonismo o a otras ramas de la misteriología esta actitud les saca de sus casillas. Incluso los que nos acercamos a estos temas desde una postura racionalista o crítica lamentamos a veces la falta de implicación de los científicos en el desenmascaramiento de fraudes y supersticiones, pero, por otra parte, también nos quejamos de que su presencia en espacios públicos de misteriología, aunque sea disidente, les conceda a estos un aura de prestigio injustificada. O comentamos que las muchas veces que los científicos suelen quedar en mal lugar cuando se enfrentan con los expertos de la farándula de los fenómenos paranormales , OVNIs y demás ocultismos y pseudociencias, porque estos dominan un lenguaje mediático y sectario que les hace quedar ventajosamente ante el público de adeptos o ingenuos. Por lo tanto, hay razones que impulsan a los científicos a favor o en contra de participar en el mundo de la misteriología y no es enteramente injustificable el recelo a hablar con el que no vale la pena hablar.

Sea por estas razones o por otras similares, el caso es que quedan algunos puntos oscuros en la historia de la datación de 1988. Estos no tienen la suficiente envergadura como para considerarla inválida, como claman los sindonistas obsesivamente. En cualquier investigación similar de la misma época podría encontrarse fácilmente huecos parecidos o peores a poco que se le eche encima una turba de hiperescépticos ocasionales. Polémicas como la del mapa de Vinland producen este tipo de hipercríticos (variable paja en el ojo ajeno), que descartan las pruebas de sus contrarios por minúsculos defectos de forma. Siempre me han resultado sorprendentes los sindonistas que piden la anulación de la prueba de radiocarbono porque se hizo sin doble ciego sin reparar en que con este mismo criterio  no habría ni un sólo estudio válido sobre el lienzo. Pero, desde el punto de vista de la historia del tema de esta bitácora, sería interesante que personas capacitadas e imparciales pudieran hacer una investigación sobre los documentos de campo que deben quedar en los laboratorios y en el Museo Británico. Quizás no se aclare nada, o quizás se dejen las cosas más confusas todavía, pero no acabo de entender muy bien por qué no se ha realizado un intento.

ADDENDA: Resulta extraño -a Rinaldi también le parece-, que los conspiracionistas carguen alternativa o conjuntamente contra el Dr. Tite, los laboratorios, el Prof. Vial, el Prof. Testore, el Prof. Evin, los responsables del Victoria and Albert Museum y algunos más y no mencionen nunca al principal causante de todo el baile de cifras y datos erróneos, es decir, Giovanni Riggi di Numana, un significado sindonista que suele estar metido en todos los líos. (Por ejemplo, en el trasiego de muestras clandestinas que utilizaron Garza Valdés y Rogers). Probablemente porque poner en entredicho los manejos del emérito sindonista, muy bien relacionado con el STURP, según señala José Luis Calvo, implicaría tener que poner en cuestión sus propios trabajos que se basaban en la participación directa o indirecta del insigne sindonista.

Bibliografía.

Brunati, Ernesto (2005): “Altro che rammendi! La datazione della Sindone è tutta un falso”, Collegamento pro Sindone Internet – Maggio 2005 (Consultado on line, 03/06/2013 8.05, http://www.sindone.info/BRUNATI1.PDF ).

Calvo, José Luis (2010): “Inauguramos una nueva sección (y X)”, Escritos desde el páramo, Publicado: 17/11/2010 11:27 por José Luis Calvo en Sábana Santa. Consultado on line, 05/06/2013 9:08, http://fenix.blogia.com/temas/sabana-santa.php .

Damon, P. E. et allia (1989): “Radiocarbon Dating of the Shroud of Turin”. Nature, Vol. 337, No. 6208, pp. 611-615, 16th February, 1989. (Versión electrónica http://www.shroud.com/nature.htm.  Consultada 30/05/2013 8:18).

Rinaldi, Gian Marco (2012): “La statistica della datazione della Sindone”, 2012. Consultado on line 22/05/2013 11.21, http://sindone.weebly.com/uploads/1/2/2/0/1220953/nature_statistica.pdf .

-(2013): “ La Notte della Sindone, il documentario di Francesca Saracino. Parte I – Le accuse di complotto”. Gennaio 2013 (Consultado on line, 03/06/2013 9.02, http://sindone.weebly.com/uploads/1/2/2/0/1220953/notte_complottopart_1.pdf )

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