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Galería de expertos sindonistas. “Dame” Isabel Piczek “experta” en arte.

16 de junio de 2013

En el mundo del sindonismo cualquier persona que escriba un PDF o dé una charla en un congreso ad hoc es considerada como un experto. Automáticamente engrosa la denotación de repetidos sonsonetes del tipo “todos los expertos coinciden”, “los científicos que han examinado el lienzo”, “la medicina forense demuestra”, etc.

Cuando uno trata de hacerse con el curriculum del o la sindonista en cuestión, se encuentra generalmente con algo muy escueto, cuando no con nada. Incluso si encontramos una bibliografía respetable, como la de Raymond Rogers, resulta que se ocupa básicamente de temas ajenos a las materias relacionadas con el sudario de Turín. El caso de Isabel Piczek es de los de toparse con el vacío.

“Dame” Isabel Piczek, como le llaman algunos sindonistas, sin que se me alcance qué clase de título es éste de “dame” (quizás sea religioso o nobiliario), es presentada como artista y experta en “física de partículas y del Tiempo (sic)”. Sobre este último punto no he podido confirmar nada (Isabel Piczek carece de bibliografía consultable en Internet, fuera de los consabidos PDF). Sobre el primer punto, he llegado a ver algunos de sus murales y vidrieras para edificios religiosos, actividad que le ha valido más de un honor papal y arzobispal. Algunas pequeñas imágenes de su obra son visibles en los artículos que cito, aunque no se distinguen muy bien. Como no soy autoridad en la materia me abstendré de aportar mi valoración personal del arte de Isabel Piczek. Ella, que al parecer no tiene abuela, se califica a sí misma como “una de las mejores dibujantes del mundo”, dado que ha ganado un Gran  Premio de dibujo del que no da más detalles. (NOTA: Piczek no da detalles de nada en sus tres artículos, que propiamente no son artículos, ni mucho menos académicos. Se trata de pequeñas fotos con comentarios al pie que, en muchas ocasiones, ocupan un par de líneas. No hay referencias bibiliográficas y la coherencia brilla por su ausencia. Por ejemplo, en el PDF de 1996 habla de las teorías sobre la cámara oscura y Leonardo da Vinci de Lynn Picknett y Clive Price, a los que se refiere como “el estudio sudafricano”, y de golpe salta a las teorías de Emily A. Craig y Randall R. Breese sobre técnicas de pintura en seco, a los que llama “los australianos”. Esta tónica sigue en toda la trilogía).

No voy a hacer un seguimiento de las contradicciones, vaguedades, simplificaciones y afirmaciones dogmáticas poco comprensibles, que se pueden encontrar en abundancia en  los artículos. No soy el único en haberlas notado. En Sindonology. The Shroud of Turin, página mantenida por Mario Latendresse, se comenta su intervención en el Tercer Congreso de Dallas (2005). A juicio del muy sindonista comentarista, la presentación de  Piczek era muy difícil de seguir y su mayor problema era la fata de datos y algunos errores de geometría elemental. Sobre estos errores, que afectan a todos aquellos que combinan las teorías de la tridimensionalidad, la de la proyección ortogonal y la de la sábana colocada en posición más o menos plana, ya he comentado algo y volveré más en extenso. Ahora voy a hacer un par de reflexiones sobre la concepción del arte medieval que mantiene Isabel Piczek, autoconsiderada experta en la materia.

 Quizás el viaje al País de la Fantasía más corriente tiene lugar cuando expertos, que son grandes por derecho propio, se salen de su propio campo de experiencia y se ven envueltos en el de otra profesión. El resultado puede ser peligroso. (Isabel Piczek)

Máxima impecable ésta, a la que me apunto. Lástima que Isabel Piczek no la haya predicado con el ejemplo. Como cuando se mete en el berenjenal de afirmar que “nadie entiende como el universo puede ser más joven -según los nuevos descubrimientos- que las más viejas estrellas que vemos”, confundiendo que ella no lo entienda con que los astrónomos no tengan explicación -que la tienen-. En el terreno del arte también parece algo inestable y comete errores de bulto, como el que vimos en el caso de la anatomía en otra entrada. Aquí analizaré algunas confusiones elementales en torno al concepto de retrato y su uso en el siglo XIV.

Piczek afirma (1996) correctamente que el retrato había desaparecido del arte cristiano y añade que la tradición fue recuperada en la pintura occidental por Giotto, con el perfil  de Enrico Scrovegni  que figura en la Capella degli Scrovegni (1303-4). Baragli, algo más prudente, dice que la tradición del retrato se había perdido desde el siglo VI y que “según el anecdotario, es posible que fuera Giotto el primero en reflejar rasgos similares al representado” en “el único ejemplo que ha llegado hasta nosotros” (2006:51; las cursivas son mías). Este es el retrato en cuestión:

Hubiera o no otros retratos anteriores, la sentencia lapidaria de Piczek se complementa con otra que afirma que “la aparición del retrato por derecho propio tuvo que esperar hasta siglo y medio después de la fundación de la colegiata de Lirey”, es decir hasta 1500. Esta es una afirmación tan asombrosa como la de las estrellas más viejas que el Universo. La experta sindonista ha dejado fuera del retrato “por derecho propio” los de Van Eyck, Van der Weyden, Piero della Francesca, Botticelli, Leonardo da Vinci y muchos otros. Habrá que suponer que Piczek no quiso decir lo que dijo realmente o que no ha visitado una pinacoteca en su vida, porque para ella esta maravilla no es un “retrato por derecho propio”.

Leonardo da Vinci. La dama del armiño. 1488-90.

Lo que le pasa a Isabel Piczek, o al menos da esa impresión, es que pretende sugerir que el retrato en la época de la aparición del sudario de Turín era un hecho insólito, algo casi impensable. Esto simplemente no es cierto en dos sentidos. En primer lugar porque hay bastantes ejemplos de retratos pintados en el siglo XIV, antes y después del de Lirey. Por ejemplo:

Guglielmo de Castelbarco, detalle del Arco Triunfal, 1319-20; San Fermo Maggiore, Verona

Jean II le Bon, Museo del Louvre, antes de 1350

Maestro de Praga, Rodolfo IV, h. 1365

Pero tampoco es muy exacta la afirmación de Piczek en un segundo sentido: porque el retrato era algo muy corriente desde bastante tiempo antes en la escultura de bulto redondo, especialmente en imágenes funerarias como esta:

Juan de Aragón y Anjou, Catedral de Tarragona; atribuido a un discípulo de Giovanni Pisano (circa 1250-1314)

Pero también en otro tipo de estatuaria.

Charles V, 1365-80. Museo del Louvre.

Y recordemos que algunas de las hipótesis sobre la formación de la imagen del lienzo de Turín parten de una estatua de bulto redondo o bajorrelieve.

Naturalmente, en la mayoría de estos retratos no podemos certificar que sean realistas o no lo sean. El de Juan de Aragón y Anjou parece bastante idealizado. Lo sugiere un exceso de suavidad y una espiritualidad todavía algo convencional, pero a falta de una posible comparación con el propio Juan de Aragón, lo consideramos como retrato simplemente porque escapa a la representación estereotipada del rostro humano que imperaba en su época. Que podría ser como esta:

Tumba de Ricardo Corazón de León en la Abadía de Fontevraud, principio del XIII

El caso del Enrico Scrovegni de Giotto es un buen ejemplo de idealización. Podemos compararlo con la imagen del mismo caballero que realizó Giovanni Pisano un año después.

Inmediatamente nos damos cuenta de que el retrato del Giotto está notablemente suavizado en comparación con los rasgos del de Pisano, aparentemente más netos y personalizados. Pero seguimos considerando al primero como un retrato porque, en contraste con los rostros que le rodean, que son mucho más uniformes, muestra una clara intención de individuación. El cliente es distinguido de la belleza etérea que le rodea, sin perder por ello una cierta aura algo ultraterrena, que no es buscada por el Pisano.

Pero todos estos intentos de precisar se van al garete, porque Piczek hace una nueva afirmación sorprendente: estos retratos no son realistas, pero el del Hombre Turín sí lo es. Es tan realista que sólo se puede comparar con los retratistas del XVIII en adelante. Naturalmente, dada la supuesta incapacidad de los artistas del Trecento, esto implica que no es un retrato pintado, sino la auténtica faz de Jesucristo personalmente en persona, que diría Catarella. ¿Cómo justifica esta rotunda afirmación? No la justifica. Según ella es evidente que los datos anatómicos del Hombre de Turín escapaban a los conocimientos de los pintores de la época (¡recordemos que mete en el mismo saco hasta a Leonardo da Vinci!). Y también es evidente que los demás retratos no son realistas. Dado que estos dos postulados parecen ser evidentes en sí mismos, Piczek no se molesta en demostrarlos, pero, no obstante, podemos someterlos a una crítica por nuestra parte.

¿Qué es el realismo para Piczek? Para ella el realismo es el hiperrealismo fotográfico. Es decir, una imagen realista sería aquella que refleja el conjunto del objeto desde un punto de vista privilegiado que lo revela tal y como es. Para buscar ese punto de vista privilegiado, Piczek monta una escalera, coloca a un modelo encogido debajo de ella y sube y baja con la cámara fotográfica hasta el punto en que, según su apreciación, aparece una imagen igual (sic) a la del sudario de Turín. Este es un peculiar concepto de realismo bastante posmoderno. Podría haberse ahorrado el riesgo de pegarse un batacazo porque para hacer un retrato realista no hacen falta tantos equilibrios. Cualquier historiador del arte le podría haber explicado que para hacer un retrato realista no se precisa ninguna imagen fotográfica. Que desde siempre los pintores que querían dar una impresión fiel de la persona retratada -que es de lo que estamos hablando aquí-, no se han ocupado en buscar un único punto de vista objetivo, sino una representación objetiva del retratado, que no es lo mismo. Para ello han hecho numerosos bocetos (en algún caso anatómicos y en otros lumínicos), buscando una síntesis que refleje lo que ellos piensan que es, no su mera apariencia. Por eso, con una luz irreal, con una perspectiva imaginaria o con la ligera modificación de un rasgo, obtienen un realismo mucho más acusado que la mera fotocopia. Naturalmente, esto depende también de ideas pictóricas que constituyen diversos estilos y diversas maneras de ser realista. Por ejemplo, el tipo de iluminación barroca de foco único puede ser más real o aparente que la iluminación difusa del Renacimiento, pero eso no priva a los retratos de los renacentistas de ser considerados tan realistas como los barrocos. De hecho, el renacentista podría reprochar al barroco que su iluminación es efectista y oculta lo que realmente es el objeto bajo una apariencia espectacular.

Porque, polémicas estéticas sobre el realismo al margen, lo que aquí interesa es cómo puede Isabel Piczek justificar su axiomática afirmación de que el rostro del Hombre de Turín es una imagen realista, o, lo que es lo mismo, que representa fielmente un rostro humano o divino. Desde luego que, dado que no sabemos qué apariencia tenía Jesús de Galilea, de la que nada se dice en los evangelios, no hay manera de establecer comparaciones. En todo caso nos queda una segunda vía, consistente en comparar el rostro del sudario de Turín con otros pintados o esculpidos en la época y ver si es tan original como el de Juan de Aragón y Anjou, Enrico Scrovegni o Carlos V de Francia. Y, obviamente, no lo es. Si hemos de buscar comparaciones diríamos que el rostro del sudario de Turín concuerda básicamente con retratos convencionales de reyes y santos de la época tardo gótica. Su contorno y su nariz son largos y estrechos, los ojos grandes y algo saltones al cerrarlos, la boca fina y pequeña, y el cráneo aplanado.

Como en estos casos:

Enrique III. 1207-1272 (Muy similar a la de Ricardo Corazón de León que he puesto más arriba).

Andrea Buonaiuti, llamado “da Firenze”. Pedro I de Chipre. Capilla de los Españoles, Florencia, c. 1365.

Jaume Cascalls (atribuido) cabeza de Cristo, Museu Nacional de Catalunya, 1352c.

Cabeza de Cristo. Museo de Cluny. 1470.

Maestro Bertram, 1383

Etc., etc. (Nótese que la barba partida, un rasgo excepcional que muestra la autenticidad, según los sindonistas, no es nada excepcional en la representación de las cabezas de Cristo crucificado).

En resumen:

El rostro del Hombre de Turín ni siquiera es original, como el de otros casos que hemos visto. Responde a una serie de convenciones del arte de la época del gótico tardío o el Trecento. Por eso, no podemos decir que es realista. El peritaje de “Dame” Isabel Piczek hace aguas por todos los lados. Ni el retrato realista era desconocido en la época del sudario de Turín, ni el rostro que aparece en él es propiamente  hablando “realista”. Si es que esta dama tiene conocimientos más cualificados de los que demuestra en estos trabajos, habrán sido obnubilados por el empeño en dar prioridad a sus creencias religiosas en asuntos en los que deberían dejarse aparte. A mí me parece el típico caso de experta fabricada ex profeso para dar lustre a los congresos sindonistas, en los que no abundan los verdaderos especialistas y menos de Historia del Arte Medieval. Lo hemos visto con un par de ejemplos, pero en alguna otra ocasión volveremos sobre Isabel Piczek. No hemos agotado el filón de sus equivocaciones.

Bibliografía.

Baragli, Sandra (2006): El siglo XIV. Barcelona, Electa. (En especial el apartado “El retrato”).

Piczek, Isabel (1995): “Is the Shroud of Turin a Painting?” (Consultado on line 09/06/2013 08:57, http://www.shroud.com/piczek.htm).

– (1996): “Alice In Wonderland and the Shroud of Turin”. (Consultado on line 09/06/2013 08:57, http://www.shroud.com/piczek2.htm).

– (1997): “The Concept of Negativity Through the Ages vs The Negative Image on the Shroud”. (Consultado on line 09/06/2013 08:57, http://www.shroud.com/piczek3.htm).

2 comentarios
  1. Dos cositas, el término dame en el Reino Unido sí sería un título nobiliario (es la versión femenina de sir) pero en francés es sencillamente señora. Me imagino de que de ahí viene lo de dame Isabel Piczek demostrando que además de ser una horrorosa artista (yó sí me atrevo a juzgar su arte o su ausencia de él más bien porque conozco lo que perpetró en Las Vegas en comandita con su ¿hermana? Edith Piczek) es más cursi que una perdiz con ligas, algo que tampoco sorprenderá a nadie al que se le ocurra la pésima idea de visitar la catedral católica de Las Vegas. En la ciudad más kitsch del mundo su obra es el epítome del mal gusto.
    En segundo lugar tiene toda la razón del mundo. La dama del armiño no es un retrato. Ese armiño no se parece a ningún armiño del mundo mundial porque es un hurón blanco😉

  2. ¡Cachis diez! No había caído.

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