Skip to content

¿Qué es un milagro?

3 de septiembre de 2013

Voy a ampliar desde un punto de vista filosófico un tema ya tratado.

 Reservadísimo a rumiantes.

En torno a la Sábana Santa nadie puede negar la importancia del concepto de milagro. Salvo casos muy raros como Vignon o Rogers, la inmensa mayoría de los sindonistas invocan el milagro de manera implícita o explícita. Carreira o Lavoie, por ejemplo, afirman directamente su creencia en un milagro que ha actuado en contra de las normas naturales, es decir, la resurrección. Pero otras teorías, como la de Di Lazzaro o Fanti implican necesariamente una intervención milagrosa, puesto que los cadáveres humanos conocidos no producen radiaciones láser o descargas eléctricas, como ellos postulan.

Discutir sobre la existencia de milagros implica dos cosas principales: aclarar el concepto de milagro y debatir sobre la evidencia de la existencia histórica de los milagros. A medio caballo entre las dos, nos plantearemos las condiciones de refutación o verificación del enunciado “Existe un X que es un milagro”. La primera de las cuestiones es específicamente filosófica y la que voy a tratar aquí.

 

El filósofo de referencia en este asunto es David Hume, que en la Investigación sobre el conocimiento humano (“Ensayo sobre el entendimiento humano” en otras traducciones), define el milagro como una violación de las leyes de la Naturaleza, entendiendo por tal un enunciado referido a fenómenos que cuentan con una experiencia abundante y fiable de su constancia y regularidad. Si no fuera así, no habría milagro (2001:153). De la definición de Hume se sigue que el reconocimiento de un milagro depende de la cantidad e idoneidad de la experiencia que tengamos sobre un hecho determinado. Por eso, no hay milagro en que el agua se hiele, aunque un polinesio que jamás haya oído hablar del hielo, podría creerlo así si se le habla de agua que se solidifica y permite que la gente camine sobre ella. Porque carece de la información (experiencia) adecuada, que, en cambio, posee un esquimal. La física cuántica no implica milagro, sino una mayor experiencia en el terreno de las partículas subatómicas de la que tuviera Newton. Pero eso no invalida la norma de que los muertos no resucitan  cuando alguien les ordena levantarse. Sobre eso tenemos bastante experiencia. Y, dice Hume (2001:147) que si nuestra experiencia nos dijera que un muerto ha resucitado a la voz de “levántate y anda”, tendríamos que creer en el milagro sin necesidad de entrar a discutir sobre el gato de Schrödinger.

Pero en la definición que comento no aparece otro rasgo que habitualmente se asocia con el milagro: la intervención sobrenatural.

Sin la intervención de lo sobrenatural parece que no hay milagro, propiamente hablando. Es lo que ocurre si pretendemos atribuir el paso de los israelitas del Mar Rojo a la extraordinaria coincidencia de que un viento huracanado apartara momentáneamente las aguas de un bajío, posibilidad que apunta Jesús Peláez (2001). También una explicación natural, la suerte, es aducida por Estrabón en Geografía (XIV, 3, 9), para el paso del mar de Panfilia por las tropas de Alejandro el Magno. Explicado el hecho por las leyes de la Naturaleza, por extraordinarias que sean las circunstancias y escasos los ejemplos, ha perdido todo carácter de milagroso y, a lo más, provocará un comprensible escepticismo. Pero no un debate filosófico. Otra cosa sería si, como afirma el Éxodo sobre el paso del Mar Rojo o  Flavio Arriano, respecto de la hazaña de Alejandro, ambos acontecimientos estuvieran producidos por la voluntad divina de favorecer a sus héroes favoritos mediante vientos pertinentes.

Hume menciona la voluntad de la deidad en la tercera nota (154), pero como un caso especial de milagro. Por el contrario, Spinoza introduce en el concepto de milagro la contraposición que hace la potencia de la majestad divina a la fuerza de la Naturaleza como una característica definitoria (1997:169). Meier, por su parte, divide esta intervención en dos partes, una de ellas intencional: un acontecimiento que opera desde fuera de nuestro mundo y sus coordenadas espacio-temporales, y que manifiesta la capacidad de Dios para hacer algo por encima de lo humano (2000:599). Creo que el padre Meier S.J. no está especialmente interesado en una civilización intervencionista extraterrestre tipo 2001, Odisea del espacio o en las metafísicas New Age, que hablan de realidades espirituales que actúan como fuerzas cósmicas impersonales, karmas y otras zarandajas, así que el punto importante para él es el que comparte con Spinoza. Dicho sea vulgarmente, que en un milagro se ve la mano de Dios. Éste es “el meollo del problema”, según él mismo dice.

Este es un aspecto importante porque explica el interés que pueda tener el asunto de los milagros para mucha gente. Si, en vez de estar hablando de una tela que representa el cadáver de Jesucristo, tuviéramos delante un tejido en el que apareciera misteriosamente impresa la imagen de una flor, no se habrían despertado tantas pasiones como con el lienzo de Turín. Por más que la impronta pudiera ser inexplicable.

En el milagro, pues, ha de manifestarse la intervención de lo sagrado y, generalmente, revelar una intención divina o un signo de algún tipo que cabe desentrañar para encontrar su sentido. Aunque puede darse alguna excepción, al menos en las religiones de nuestra cultura, el milagro revela un propósito divino de intervención en los asuntos humanos en forma de castigo, advertencia, señalamiento, protección, etc. En los evangelios sinópticos, por ejemplo, los milagros de Jesús tienen dos claras motivaciones: la compasión hacia algún sufrimiento que su intervención remedia y anunciar a los creyentes -no a los incrédulos-, la inminencia del Reino y el papel que Jesús va a jugar en ello. (Ehrman 2009:84). Especialmente relevante es el signo de la resurrección divina (el signo de Jonás), que tiene que ver con el tema de esta bitácora.

Salterio de la Reina Mary. Entre 1310-12

 

Pero, respecto a la definición que estamos viendo, algunos autores han expresado objeciones a la referencia a las leyes de la Naturaleza o a lo natural. Meier, por ejemplo. Según él, el concepto de natural implicaría hacer referencia al racionalismo antiguo o moderno que ve en las leyes de la naturaleza fuerzas inmutables. Este concepto estaría sobrepasado por la ciencia contemporánea y, por otro lado, sería totalmente ajeno a la mentalidad de los que escribieron narraciones de milagros en los contextos bíblicos y evangélicos. Pero el concepto que él introduce para sustituir el de ley natural es notablemente ambiguo.¿Qué quiere decir fuera de “nuestro mundo” y sus “coordenadas espacio-temporales”? ¿Nuestro mundo es el de los Yanomami o el del punkie que vive en Amsterdam? ¿Cuáles son los componentes del mundo de mi Yo o el del Otro? Responder a estas cuestiones implicaría varios cursos de antropología, filosofía de la ciencia y metafísica. No creo que estemos en situación de embarcarnos en ellos y, sin embargo, el concepto de ley natural, manejado de una manera humeana, creo que resuelve de forma operativa lo que entendemos por nuestro mundo: una serie de regularidades y constancias  que se experimentan y que, en algunos casos, reciben algún tipo de formulación, especialmente matemática y nos permiten hacer predicciones ampliamente respaldadas por nuevas experiencias. En otros casos, son enunciados más sencillos que expresan generalizaciones de la experiencia suficientemente contrastadas y que son comunes a la mayoría de las culturas, como que el sol se alza por el Este, que el agua hirviendo quema y otras generalizaciones más o menos complejas. Naturalmente no toda excepción a una ley natural sugiere el milagro. Depende de la evidencia acumulada a favor, del ámbito de su aplicación y de su poder predictivo. Descubrir que no se puede medir al mismo tiempo el momento lineal y la posición de un electrón supuso la quiebra revolucionaria de algunas leyes del mecanicismo clásico, pero nadie invocó el milagro, sino un reacomodo de algunos principios básicos de la física mecanicista a un ámbito de aplicación más específico, el cuántico. Pero “si acaeciera un eclipse de sol durante la luna nueva o un muerto anduviera dos leguas de camino llevando en las manos su cabeza, calificaríamos esas dos cosas de milagro”. (Voltaire, Diccionario filosófico, “Milagro”) Quién puede dudarlo.

El concepto de Ley de la naturaleza que estoy utilizando no es coincidente, aunque lo engloba, con el de ley científica. De restringirnos a éste probablemente encontraríamos dificultades que han sido suficientemente explotadas por los críticos. Por ejemplo, las leyes científicas no se forman por inducción simple ni son generalizaciones. Pero, aunque no soy experto en Hume, sí que lo he leído atentamente y creo que su concepto de Ley de la Naturaleza encaja más con el mío que con el de los críticos modernos. Sobre estos es útil echar un vistazo a “Miracles-1.2 Miracles as violations of the laws of nature ” en la Stanford Encyclopedia of Philosophy. Repito, en mi opinión, debe entenderse que sólo cuando una experiencia o testimonio contradice una regularidad sobre la que existe una abrumadora cantidad de evidencia, podría hablarse de un milagro. Que existan otros enunciados generales con un inferior grado de probabilidad que sean contradichos, no implicaría milagro alguno.

Muchas de las sibilinas discusiones filosóficas que se han dado al respecto tienen su origen en ambigüedades del lenguaje. Por ejemplo, se ha objetado que, siendo las leyes de la ciencia y la tecnología altamente cambiantes, lo que pudiera ser un milagro para un hombre del siglo I, curar a un ciego de nacimiento, podría ser (de hecho lo ha sido), perfectamente natural para la medicina el siglo XXI. Este tipo de argumentación parte de conceptos confusos. Lo que es un milagro no es “curar a un ciego”, sino curarlo mediante una palabra en el siglo I. Cuando el obispo de Ulm advierte al sastre que el hombre nunca volará resulta desmentido  por los hermanos Wright siglos más tarde, que es el efecto irónico que Brecht pretende en su poema. Pero lo que se desmiente es un enunciado demasiado general de orden teológico acerca de la supuesta naturaleza inmutable de las cosas. No es ese el concepto humeano de ley natural. El carácter experimental de las leyes de la Naturaleza, que Hume promociona en la línea del baconismo, haría generalizaciones menos arbitrarias y, sobre todo, trataría de predecir en base a métodos empíricos que se estaban desarrollando en la época y continuaron haciéndolo en los siglos venideros. Por lo tanto, conviene que cuando hablemos de naturaleza sepamos de qué estamos hablando.

Por lo tanto, la apelación a la constancia de las leyes naturales es una especificación que precisa el ambiguo concepto de fuerza de la Naturaleza (Spinoza) o de “dentro de nuestro mundo” (Meier).

(Ciertamente, hay culturas en las que las constancias naturales se cree que son causadas o, al menos intervenidas, por entidades sobrenaturales o mágicas. Nótese que estas culturas no manejan el concepto de milagro, que es el que estamos discutiendo aquí. Para que exista el concepto de milagro es preciso que se establezca una distinción entre lo que lleva y no lleva la mano extraordinaria de la divinidad, o la de lo usual y lo excepcional. Por ejemplo, la intervención milagrosa de Santiago en Clavijo es tal porque se separa de la experiencia cotidiana de los guerreros cristianos que debían bregar con las huestes musulmanas sin nadie que bajara del cielo a socorrerles de forma tan evidente, independientemente de que creyeran o no que, en su conjunto, Dios estaba con ellos en contra del infiel y echaba alguna manita invisible. Es decir, para ellos el milagro no era la intervención divina en sus asuntos, puesto que era permanente en forma de Providencia, sino la excepcional aparición de Santiago en la batalla. Así que dejo de lado la polémica entre los funcionalistas malinowskianos y sus críticos sobre la existencia de un sentido común precientífico distinto de la magia o la religión en las culturas primitivas, que por ahí no acabaríamos nunca).

Salterio de la Reina Mary. La resurrección de Lázaro

Otras objeciones se han hecho al tema de la intervención divina. John Meier, por ejemplo, descarta la posibilidad de que el milagro sea una categoría histórica o científica, vale decir empírica, reduciéndola a un concepto de tipo metafísico, es decir, no verificable. En su lugar, prefiere hablar de “hechos asombrosos” o inexplicables de acuerdo con nuestros conocimientos (Ibid: 601).

La objeción parece elaborada para sustraer los milagros de una encuesta racional. Confinado al territorio de lo a priori o de las creencias, el milagro, que sin embargo se considera un hecho, pertenecería al terreno de la certeza metafísica o puramente religiosa. Quizás esto pueda pretenderse con más o menos éxito de curaciones semiclandestinas como las que, dice el padre Meier, que él mismo constató en la cueva de Lourdes, pero no es válido para cualquier tipo de milagro. (Ni creo que se sustraiga la milagrería contemporánea a una crítica racional. Pero esto es otro tema). N.R. Hanson ha desmontado esta pretensión con un ejemplo de típico humor británico, pero efectivo. Si estando Russell Hanson en la Quinta Avenida se abrieran de pronto los cielos, sonara una música de címbalos y flautas atronadora, cayeran veinte rayos y apareciera refulgente llenando todo el cielo neoyorkino el mismísimo Zeus tonante y gritara con voz poderosa que se pudiera oír en todo el estado de Nueva Jersey. “Hanson, estoy hasta las narices de tus argumentos en contra de mi existencia. Te doy dos minutos para arrepentirte o te fulmino ahora mismo”, ¿alguien de los atónitos presentes podría ignorar que estaba presenciando un milagro? (1976:15).  Advierte Hanson que nadie se debe dejar engañar por lo hollywoodense del ejemplo. La inmensa mayoría de los milagros relatados en la Biblia y los evangelios ocurren en unas circunstancias similares que implican necesariamente la voluntad divina y algún propósito, eso sí, a veces no muy claro o no muy digno. Si se demostrara que los hechos narrados son ciertos, no habría inconveniente en confesar que hubo un milagro. Y si se demostrara que los hechos no son fiables, deberíamos concluir que los milagros no existen. Por lo tanto, una investigación racional sobre los mismos no es superflua.

Iglesia Parroquial de Saint-Denis, Pontigné. Siglo XIII.

Y ahora estamos en situación de plantearnos la pregunta referida a nuestro tema: ¿supone el sindonismo, esto es, la creencia en que la llamada Sábana Santa es la mortaja de Cristo, la existencia de un milagro? La respuesta no puede ser más inequívoca: por supuesto que sí. Dejando aparte cuál sea la explicación pseudocientífica o científica que se quiera atribuir a la imagen del lienzo, está claro que para los sindonistas sólo esta mortaja concreta, la de Jesucristo, ha sido capaz de plasmar tras su agonía su inexplicable huella para los siglos venideros. Ningún cadáver, por santo que sea, ha dejado un rastro semejante. Sólo un dios hecho hombre ha sido capaz de hacerlo. Así que la intervención divina ha sido indispensable para el evento único, a no ser que admitamos una casualidad muy poco coherente con la omnisciencia que hay que suponerle a Dios-Jehová, para quién nada ocurre fuera de su designio y providencia.

¿Con qué propósito? Esto ya es harina de otro costal, que será tratada en otras entradas.

Bibliografía citada.

Ehrman, Bart D. (2009): Jesus, Interrupted: Revealing the Hidden Contradictions in the Bible (and Why We Don’t Know About Them); Pymble, Toronto, Auckland, London, New York; HarperCollins e-books.

Hanson, Norwood Russell (1976): En lo que no creo. Valencia. Cuadernos Teorema.

Hume, David (2001): Investigación sobre el conocimiento humano. Madrid, Alianza Editorial.

Meier, John E. (2000): Un judío marginal. Nueva visión del Jesús histórico, Tomo II/2, Editorial Verbo Divino, Estella (Navarra).

Peláez, Jesús (2001): “Los milagros de Jesús en los evangelios sinópticos: Posibilidad e historicidad”, en Antonio Piñero (coord.): En la frontera de lo imposible: magos, médicos y taumaturgos en el Mediterráneo antiguo en tiempos del Nuevo Testamento, Córdoba, Ediciones del Almendro, pp. 165-195. Consultado on line, http://www.servicioskoinonia.org/relat/228.htm, 03/09/2013 9:04. 

Spinoza, Baruch (1997): Tratado teológico-político. Barcelona, Altaya.

2 comentarios
  1. “está claro que para los sindonistas sólo esta mortaja concreta, la de Jesucristo, ha sido capaz de plasmar tras su agonía su inexplicable huella para los siglos venideros. Ningún cadáver, por santo que sea, ha dejado un rastro semejante. Sólo un dios hecho hombre ha sido capaz de hacerlo.”

    Debo recordar el non sancto protector de colchón hospitalario, uno de los más chuscos episodios de la Sindonología (lo que es ya es decir, porque esta pseudociencia parece marxismo en estado puro ´-Éstos son mis principios y si no le gustan tengo otros.-)

  2. Odiseo permalink

    Sólo una pequeña puntualización al milagro del mar Rojo narrado en el Éxodo. Este relato es una combinación de dos (o tres) relatos con sus versículos entrelazados entre sí: JE y P. En JE, el viento seca el mar, lo cual no tiene mucho de milagroso. En P, Moisés invoca el poder de Dios para formar un pasillo en el mar limitado por dos murallas de agua, lo cual sí se debería considerar un verdadero milagro con intervención divina. Por supuesto me refiero sólo al contexto bíblico, independientemente de sí históricamente los hebreos cruzaran este mar después de salir de Egipto (que más bien va a ser que no).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: