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El milagro y la carga de la prueba.

9 de septiembre de 2013

Si hemos establecido el significado del concepto de milagro y que todo el sindonismo (salvo casos muy especiales) es “milagrodependiente”, quedan algunos puntos por aclarar. El más importante es el de las pruebas de este pretendido milagro.

Allá por los años treinta del primer milenio un hombre (Jesús de Galilea) resucitó.

La costumbre de resucitar en aquellos tiempos lejanos estaba bastante extendida, si hemos de creer los testimonios de paganos, judíos y cristianos. Dioses, héroes, profetas y otros podían volver a vivir, o bien en la misma forma en que lo habían hecho hasta la fecha de su muerte, o con formas diferentes. Doncellas convertidas en vacas inmortales, héroes que devenían divinidades… Incluso era posible que se reanimara un cuerpo descuartizado, como es costumbre entre chamanes (Eliade 2000). (Milagro mucho más milagroso que dejar marcas en una sábana, ya que estamos).

Cibeles resucita a Atis.

La cuestión es, ¿cómo podemos saber que nuestro hombre del siglo I resucitó? La respuesta de Hume es sencilla. Como en cualquier otro asunto, sopesando las pruebas que tenemos a favor y en contra de esta afirmación.

Ningún testimonio es suficiente para establecer un milagro, a no ser que el testimonio sea tal que su falsedad fuera más milagrosa que el hecho que trata de establecer (Hume 2001:154).

Hasta el siglo XX los que creían en la resurrección de Jesús el Nazareno no lo tenían fácil a la hora de demostrarlo. Su creencia se basaba en relatos de enésima mano de informantes anónimos que se contradicen entre sí. En su Investigación sobre el conocimiento humano, David Hume analiza este tipo de testimonios que son fácilmente rebatibles. Su argumento es aplicable a nuestro caso: el número y la calidad de los testimonios que pretenden dar fe de la resurrección de Jesús es infinitamente menor que la de los que afirman que los muertos, sin excepción, no resucitan. Cuatro seguidores anónimos que, décadas después de los hechos, escriben relatos mutuamente contradictorios con una intención claramente sesgada de justificar sus creencias religiosas no pueden contrarrestar la abrumadora evidencia presentada por la práctica médica y la no especializada sobre este punto. Sólo una experiencia igualmente contrastada y que presente una evidencia capaz de oponerse a la que se dispone hasta ahora podría hacer que admitiéramos la resurrección de Jesús de Galilea, y los evangelios no la proporcionan.

Pero en el siglo XX un grupo de científicos, más o menos comprometidos con el cristianismo, presentó un nuevo testimonio que según ellos podía contrarrestar la común certeza de que los cadáveres no resucitan: el lienzo o sudario de Turín.

Considerar el lienzo de Turín como una prueba de la resurrección tenía la ventaja de que no era un testimonio personal. Frente a la falibilidad de las opiniones se presentaba la solidez de un hecho que podía estudiarse científicamente. El problema de este grupo de partidarios de la autenticidad, que ha ido renovándose con el transcurrir del tiempo, es doble. Por un lado, ninguno de ellos ha sido capaz de proporcionar una prueba cualquiera de que el Hombre de Turín es la huella que dejó el cadáver de Jesús de Galilea (ni mucho menos una prueba que tenga el mismo poder de convicción que la abrumadora experiencia que poseemos que demuestra que los cadáveres humanos no resucitan). Y el segundo problema es que existen pruebas convincentes de que la tela del sudario de Turín es del siglo XIV aproximadamente.

Respecto al primer inconveniente, la carencia de una prueba positiva, los sindonistas más avispados han intentado aplicar la lógica del tercio excluso: si la sábana de Turín no fue fruto de un milagro, entonces es un artefacto; no conocemos ninguna técnica para fabricar un artefacto similar; luego es un milagro. Diversos errores lógicos o falacias han sido señalados en esta argumentación. Raymond Rogers, un eximio sindonista del que he hablado en este blog  varias veces, cree que la primera alternativa es falsa, puesto que la imagen pudo producirse por un fenómeno natural a partir de emanaciones propias de un cadáver. Además, no sólo él, sino el que esto escribe, piensa que la segunda premisa envuelve otra falacia (non sequitur).  Esta falacia presupone que, puesto que en el estado actual de nuestros conocimientos no encontramos una explicación suficiente para un hecho, éste carece de toda explicación y, por lo tanto, es un milagro. Lo que realmente debería plantearse, como vimos en la cita de Hume que incluí al principio, es si rechazar la hipótesis del milagro implica tener que recurrir a una hipótesis tan milagrosa o más que ella. No es el caso. Los sindonistas han ido por este camino cuando han insistido en que un artesano medieval no podría haber realizado una imagen tal como la vemos ahora o según las características que, según ellos, posee la imagen en nuestros días. Pero, la hipótesis alternativa al milagro puede ser la de un proceso natural que, a partir de una pintura o similar, ha degradado la imagen hasta dejarla en su estado actual. Esta hipótesis recurriría a nuestra ignorancia acerca de las circunstancias que han rodeado la preservación del lienzo, la carencia de investigaciones pormenorizadas del lienzo a cargo de expertos independientes que utilicen técnicas apropiadas y la existencia comprobada de procesos de descomposición de la pintura que dejan rastros muy similares a los de la imagen de Turín. Estas tres condiciones para formular una hipótesis no milagrosa son lógicas y concurren en otros fenómenos naturales o artificiales acerca de los que la ciencia no encuentra explicación, sin por ello verse obligada a utilizar la hipótesis alternativa de lo sobrenatural.

Elías resucita al hijo de la viuda de Sarepta; Utrecht, Biblia de los Maestros de la Primera Generación, c. 1430.

Pero, además, los sindonistas deben batallar con una prueba que al menos demuestra que la tela del sudario de Turín es del siglo XIV aproximadamente, lo que implicaría que, misteriosa o no, la imagen no puede ser la de Jesús de Galilea. Esta prueba es realmente fuerte. Tres de los mejores laboratorios del mundo aplicaron el método del radiocarbono en condiciones de control inusuales para este tipo de trabajo, datando la tela en fechas entre 1260-1390. Frente a la contundencia de esta evidencia, los sindonistas han presentado hasta este momento argumentos de una debilidad evidente.

a) Teorías acerca de una conspiración fabulosa. Ninguna prueba ha sido presentada al respecto y la teoría se basa en imprecisiones del informe hecho público por los laboratorios, chismorreos de un fraile integrista y supuestos fallos matemáticos que no explican la posibilidad de un error de 1200 años en los resultados.

b) Teorías acerca de la intervención de agentes insólitos cuya existencia no está siquiera acreditada. Tal es la capa bioplástica de Garza-Valdés o el “remiendo invisible”  de Rogers, Benford y Marino.

c) Reiteradas apelaciones a causas de contaminación que los expertos han descartado una y otra vez (efectos de incendios, contaminación por manoseo, dióxido de carbono…), cuando no han sido simplemente fraudes (Kuznetsov).

d) Pruebas indirectas basadas en visiones subjetivas de objetos impresos en la tela (leptones, flores).

c) Hallazgos no corroborados y/o irrelevantes: pólenes, sangre, etc.

(Todos estos puntos han sido comentados en el apartado 3.3. Radiocarbono de este blog).

El hecho de que estas teorías alternativas no sólo no hayan conseguido evidencias a su favor, sino que además presenten lagunas y contradicciones de peso, no hace sino dar más solidez a la datación de 1988. Una teoría científica  no puede nunca demostrarse absolutamente, pero su validez aumenta con los intentos fallidos de falsarla. Así que los vanos esfuerzos sindonistas por echar abajo la datación medieval de la llamada Sábana Santa no hacen sino aumentar su consistencia.

Durante el tiempo en que una teoría resiste contrastaciones exigentes y minuciosas, y en que no la deja anticuada otra teoría en la evolución del progreso científico, podemos decir que ha «demostrado su temple» o que está corroborada por la experiencia. (Popper 1980:33).

Me queda sólo la duda de si las contrastaciones a que ha sido sometida la datación de 1988 han sido realmente “exigentes” (“minuciosas”, sí, desde luego) Pero esta es una duda maliciosa que sería difícil de extender a todos los casos de estudios contrarios a la datación.

ADDENDA: Hume intentó aplicar su criterio para demostrar que la simple consideración de cualquier milagro es racionalmente imposible de entrada. Este es otro tema.

Bibliografía.

Eliade, Mircea (2000): El vuelo mágico y otros ensayos. Madrid, Siruela.

Hume, David (2001): Investigación sobre el conocimiento humano. Madrid, Alianza Editorial.

Popper, Karl R. (1980): La lógica de la investigación científica. Madrid, Tecnos.

3 comentarios
  1. Fernando permalink

    He leido y me he informado bien sobre la Sábana Santa. Es el mayor misterio de la historia sin ninguna duda. Y no puedo entender cómo alguien que cree que es una falsificación de la Edad Media pierde tanto tiempo en contra argumentar a los llamados sindonólogos. Sólo cuando algo molesta tanto nos tomamos la molestia valga la redundancia de contestar. Es decir, la verdad que posiblemente no sabremos nunca está en el otro lado, amigo….

    • Supongo que Ud. tiene razón. A mí habrá algo que me molesta en el sindonismo y a Ud. habrá algo que le molesta en que a mi me moleste y por eso escribió este comentario.
      De todas formas, a mi me interesan dos misterios en torno al Sudario de Turín, que no sé si son los más grandes de la historia, pero me atraen: la cuestión de cómo se pudo plasmar la imagen y la de los caminos por los que la fe se disfraza de ciencia.
      Un saludo.

    • Dice Vd.:

      ” Sólo cuando algo molesta tanto nos tomamos la molestia valga la redundancia de contestar.”

      Pues ya ve que no es así. Su comentario no me molesta y ya ve, me tomo la molestia de contestarle. Dice Vd. que la mal llamada Sábana Santa (que no es ni lo uno ni lo otro) es sin lugar a duda “el mayor misterio de la historia”. Me imagino que ésa es su mera opinión personal ¿no? Es que no me gustaría pensar que mis profesores me escamotearon ese extraordinario misterio histórico durante los cinco años de carrera en los que nadie mencionó tan portentoso enigma. Puestos a plantear cuestiones históricas sin respuesta, debo confesar que prefiero Gobleki Tepe a las huellas que dejó una pintura en un trapo medieval, pero para gustos se han hecho los colores.
      No obstante, como Vd. ha comentado una entrada que se titula El milagro y la carga de la prueba vayamos a eso (a la carga de la prueba) ¿qué pruebas aporta Vd. para sostener su afirmación sobre que el trapo turinés es “el mayor misterio de la historia”?

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