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El milagro… ¿para qué?

22 de septiembre de 2013

Para cerrar esta miniserie que he dedicado al milagro de la Sábana Santa, voy a irme por las ramas de la teología.

Tomás de Aquino confundiendo a Averroes. 1445-1450.

Según vimos en una entrada anterior, un componente definitorio de un hecho milagroso es que en él se manifieste una acción sobrenatural. Generalmente se sobreentiende que la acción implica una intención divina: la de castigar a un pecador, premiar a una persona devota, manifestar los poderes del dios… En el caso de los evangelios, los milagros atribuidos a Jesús se deben tanto a la compasión por algún padecimiento (la muerte de un hijo), al premio a alguna acción virtuosa (que en casi todos los casos viene a ser la fe en la propia persona de Jesús) o en la certificación de que Jesús es un profeta/entidad divina o similar que es avalado por Yahvé (en especial en su victoria sobre los demonios). En los evangelios, el poder milagrero de Jesús entra en clara competencia con los de los profetas anteriores -que algo habían hecho en este terreno-. Jesús es superior a todos los otros porque hacía más y mejores milagros, pero, además, porque ofrece algo que los otros no hicieron y que nos atañe a todos los humanos. Si hablamos en concreto del milagro de la resurrección, que es el que nos toca en esta bitácora, las apariciones públicas de Jesús resucitado cumplen la evidente función de levantar el ánimo de sus fieles, hundidos en la desesperación por el aparente fracaso del cometido mesiánico. Pero, si esta es la función que cumple el mito de la resurrección para los cristianos del siglo I, para ellos y para las generaciones futuras la resurrección de Jesucristo es vista como el momento en que se establece una nueva alianza en la que el fiel, a cambio de su devoción, recibe la promesa de la vida y la felicidad eterna cuando llegue el día del final de los tiempos o aún antes. Y eso no es algo que compete a un oscuro centurión en Palestina, sino todos nosotros y nosotras sin excepción.

Desde el primer momento, los evangelistas tienen el sentimiento de que los discípulos de Jesús eran unos privilegiados. Ellos habían tenido la ocasión de ver y tocar, de meter el dedo en la llaga, mientras que los conversos que empezaban a aparecer por todo el imperio, y las generaciones futuras aún más, van a tener que mantener su fe sin pruebas.

¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven,  y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron. (Mateo, 13:16-17).

Para algunos cristianos ilustrados, sin embargo, esta situación no podía ser sino un escándalo y los milagros, en lugar de atestiguar sobre la divinidad del Cristo, eran un estorbo para la verdadera fe.

¿Existe equidad para no darle [a la humanidad] como total de cartas acreditativas algunos signos particulares formados ante un reducido número de gentes oscuras, y de las cuáles todo el resto de los hombres no sabría otra cosa que escucharlas (…) En cuanto a mi, creo demasiado en Dios para necesitar creer en tantos milagros indignos de él. (Rousseau, 1985:344).

Así se establece una diferenciación entre los cristianismos más austeros, que, siguiendo a Pablo, hacen caso omiso de los milagros, y los que se adornan con continuos hechos maravillosos, reliquias y exvotos.

La polémica entre los milagros y la fe llega hasta los sindonistas. Aunque la mayoría son católicos, es decir, el núcleo duro de los creyentes en milagros, también los hay protestantes y alguno que se autodenomina judío, aunque no practicante. Pero, dado que en los últimos tiempos, el cristianismo depurado de supersticiones ha penetrado en ambientes refinados del catolicismo, la acusación de idolatría no les puede dejar indiferentes.

Algunas personas creen que la Sábana Santa les acerca más a Dios, pero otras piensan que acarrea el peligro de idolatría. (Marino 1966:3)

Si entendemos que la idolatría consiste en adorar una imagen como si fuera la propia divinidad, cosa que horrorizaba a los primeros cristianos, que eran tan iconoclastas como los judíos, estamos bastante cerca de ella cuando afirmamos, como Perry  (1999:8), que el sudario de Turín es en cierta manera superior a los evangelios y la fe, puesto que estos pueden equivocarse y descansan en testimonios humanos, mientras que el lienzo es una prueba científica. Como ya dije en otra entrada, las expresiones de veneración-pasmo-admiración que suscita la imagen del lienzo sobrepasan en mucho lo que es un asombro científico para caer en la pura veneración del objeto. Para responder a esta acusación los sindonistas han desarrollado diversas vías de respuesta. Pero todas convergen en este punto:

[El sudario de Turín] se trata de un objeto, tangible y visible, que puede ser estudiado en un laboratorio.

No se puede considerar honesto colocarla junto con las llamadas reliquias absurdas para rechazar toda la lista como algo indigno de un estudio serio, mencionando sólo las falsificaciones más obvias o los elementos claramente ridículos, y concluir que este objeto se merece el mismo tratamiento (Carreira, 2010:5. Cursivas del autor).

Es decir, a diferencia de otros milagros en los que hay que fiarse de las palabras de hombres “oscuros”, que decía Rousseau, el de la resurrección divina cuenta con un objeto de estudio científico que permite una demostración racional del hecho: el lienzo de Turín.

Pelea entre Lutero y los obispos.

Los devotos de la Sábana Santa reconocen que la multiplicación de falsas reliquias ha hecho mucho daño al prestigio de la suya, pero están convencidos de que esta es especial. Toda reliquia manifiesta una intención divina, advierte el Rvdo. Albert R. (“Kim”) Dreisbach. Contra los teólogos protestantes más radicales (cita a Barth y Bultmann), la fe sola puede equivocarse y necesita del complemento de pruebas positivas. Las exhibiciones y exposiciones sobre el lienzo de Turín proveen de estas pruebas que refuerzan la fe de los que ya creen y llevan a ella a los incrédulos. Pero, además, el lienzo es especial en un sentido: es perfectamente adecuado al siglo de la explosión tecnológica.

¡Ahora es el momento! No es por casualidad que Dios ha escogido el siglo XXI, con su gran revolución tecnológica, como vehículo idóneo para revelar algunos de los misterios de la Sábana Santa. Irónicamente, el empirismo racional responsable del escepticismo y y el agnosticismo más sofisticados está siendo utilizado por Dios para “convertir” a los no creyentes. Innumerables historias pueden contarse del que “vino a burlarse, pero se quedó a orar” tras su investigación de la Sábana Santa. Una  noticia reciente de la India nos habla de asombro que causa a los hindúes y budistas que el cristianismo esté dispuesto a presentar su más preciada reliquia para una investigación científica rigurosa (sic). Ninguna de estas religiones puede ofrecer nada a tal escrutinio empírico. En 1986, más de 90 estudiantes musulmanes de la escuela secundaria y la universidad reunidos en una convención en Atlanta solicitaron un viaje en grupo seguido de un debate en la Exposición de la Sábana Santa de Turín para poder  aprender más acerca del cristianismo. Algunos judios han sido “completados” o “convertidos”, como resultado de su estudio de esta tela santa. (Dreisbach 2006:11).

Pero “irónicamente” resulta aquí una paradoja, puesto que incluso para la clarividencia del Rvdo. Dreisbach (2006:2-3), parece evidente que la comunidad científica, incluso la cristiana, se ha mostrado muy poco receptiva a este supuesto designio divino. La activa labor misionera de las asociaciones sindonistas, pese al apoyo subterráneo de la poderosa Iglesia Católica, no ha conseguido el aval de autoridades significadas en radiocarbono, historiadores del arte, expertos en la historia del cristianismo primitivo o arqueólogos científicos. Más allá de un puñado de médicos, físicos, químicos y algún que otro historiador de segunda fila, los verdaderos expertos sindonistas se pueden contar con los dedos de una mano y ninguno de ellos ha publicado una investigación que demuestre la autenticidad del sudario. En casi todos los casos los expertos sindonistas han sido también significados creyentes, cuando no sacerdotes, especialmente de la Iglesia Católica. Así, es significativo que el único experto de prestigio internacional en el campo de los estudios sobre la figura histórica de Jesús de Galilea que haya mencionado el lienzo de Turín, John Dominic Crossan, se haya limitado a despachar el tema en una frase, rechazando la autenticidad con cierto desapego. Similar actitud en el terreno de la investigación del llamado “Jesús histórico”, que por su materia debería ser la más interesada en el sudario de Turín, ha sido notada por Robert Perry (1999), que, lamentándose del hecho, trató de promover un acercamiento de la “sindonología” con los estudios históricos sobre Jesús, al parecer sin mucho éxito.

Esta actitud, como mínimo indiferente, ha tenido que ser constatada por los defensores de la autenticidad y se ha formulado en forma de una cuestión candente para ellos: ¿Cómo es posible que, teniendo la demostración apodíctica de la resurrección de Jesucristo, el mundo científico nos dé la espalda y recibamos duras críticas de los defensores del racionalismo, que en muchos casos también son científicos? ¿Una prueba científica no es una prueba científica?

Johannes Vermeer. El astrónomo. 19668.

La supervivencia del cristianismo a través de los siglos se ha debido fundamentalmente a su capacidad para acoplarse a los cambios históricos. La pluralidad de voces que se manifiesta en los evangelios, donde tradiciones orales contradictorias se mezclan unas con otras, ha servido para echar mano de la más conveniente según los casos (cuando no se añadía interpretaciones de cosecha propia). Y esto es válido, especialmente válido, para la figura del fundador del movimiento, Jesús de Galilea, llamado el “Cristo”. De un Mesías apocalíptico a la derecha de Yahvé hasta el Jesús el Norteamericano, con su mirada penetrante de gurú postmoderno, que ha echado del trono al Padre para sentarse él. (Bloom. 2006:118). Por en medio, el Jesús armado, el Pantocrátor, el manso, el juez, el esposo, el sufriente, etc., etc. Estos ejercicios de deslizamiento suponen que, en consonancia con nuestras intenciones, determinados pasajes de los evangelios sean echados al pozo del olvido y otros ensalzados a la categoría de dogmas intocables.

En los tiempos que corren, salvo en el caso de algunas sectas marginales, si hay una versión evangélica de Jesús que molesta, es la de Juez Terrible, totalmente contrapuesta a la imagen de mansedumbre y casi pacifismo que es la políticamente correcta. Se nos resalta en famoso “amar a nuestros enemigos” (cosa que casi ningún cristiano ha hecho) y se pasa de puntillas sobre todos los dichos que anuncian un Juicio inmisericorde donde serán arrojados a los fuegos infernales todos aquellos que no se entreguen en cuerpo y alma al Señor. “El que no está conmigo está contra mí” (Lucas 11:23; Mateo 12:30). “Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos” (Mateo 22:14). “No sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane” (Mateo 13:15, Lucas 8:10). La imagen de un Jesús todo amor, contrasta con ésta como de un implacable verdugo que amenaza (hasta más de 70 veces) con el eterno “llorar y crujir de dientes” a los hombres que no hayan seguido su camino. Pero la justificación de esta espantosa masacre futura es una y sola: ellos se lo han ganado, porque “han embotado” su corazón con el pecado nefasto del orgullo y han pretendido equipararse a Dios, como hizo el Ángel Caído. Tal que el endemoniado Iván Karamázov o el Don Juan de Mozart, aún delante del Señor o de las puertas del Infierno, se negarían a someterse y a ver la Verdad que está por encima de su insignificante razón individual. Allá se pudran.

En consecuencia, el verdadero cristiano es el que, cuando su fe tropieza con las razones del orgullo, se somete inmediatamente e inclina la cerviz ante la Majestad de la Revelación y la Fe. Aquí está la explicación del fracaso del sindonismo entre los nuevos paganos. El muro del orgullo o, peor, la vanidad. Nos lo explica el hermano Marino.

Ninguna clase de señal habría sido suficiente para los fariseos porque ellos ya se habían formado su opinión sobre Jesús y no estaban abiertos a sus palabras. De forma similar, algunas personas ya se han formado su propia opinión sobre la Sábana Santa y no están en disposición de ánimo para aceptar sus evidencias. (3).

No es que no existan evidencias científicas (el ex Reverendo Marino recopiló más de 80 en un trabajo reciente), sino que los que se niegan a verlas actúan como los fariseos, de mala fe. La Verdadera Ciencia (es decir, la “sindonología”) puede ser bloqueada no por un proceso de discusión racional, sino por la condición pecaminosa de los escépticos. Lo que debería ser un debate racional se transforma aquí en una condena teológica que puede llegar a lo cabalístico:

La edad proporcionada para la Sábana Santa por los laboratorios fue de 663 años, con un margen de error de +/- 25 años, lo cual incluye el 666 [El número de  la Bestia del Apocalipsis según algunos, por si no habían caído]. (5).

El discurso del Reverendo Marino sólo vale para aquellas personas que tienen fe o están abiertas a sus evidencias. Con los demás sólo vale la condena y la denuncia, como la que dirige él mismo contra los enemigos de Cristo:

De la misma forma en que le pagaron a Judas 30 monedas de plata por traicionar a Jesús, al laboratorio de Oxford le fue entregado 1 millón de Libras Esterlinas por parte de 45 acaudalados hombres de negocios con el fin de establecer una base arqueológica con la cual supuestamente se desacreditaría de forma  definitiva la Sábana Santa (5).

La mala baba de Joe Marino, al que le gusta repetir esta vitriólica acusación que es, simplemente, falsa, tiene su origen en el inefable Fray Bonnet-Eymard y su Contrarreforma Católica, y omite, no sé si deliberadamente, los hechos. Hall mantuvo durante más de treinta años la Edward Hall Chair in Archaeological Science a costa de su fortuna personal, pero al retirarse en 1988 la Universidad de Oxford declaró que no podía sufragarla (dichosa sponsorización de todo). Por eso, Hall buscó una suscripción pública que garantizase la continuidad de lo que había sido la tarea de toda su vida. Así consiguió un millón de libras esterlinas, sin que todo esto tuviera nada que ver con el lienzo de Turín ni con recompensas de diabólicos escépticos. (Rinaldi, 2013:36)

Pero, por si acaso la idea se nos había escapado, el Reverendo Marino nos lo explica con mayúsculas:

EL FILÓSOFO BLAISE PASCAL ESCRIBIÓ QUE DIOS DA PRUEBAS SUFICIENTES SOBRE SU EXISTENCIA PARA SATISFACER A TODAS AQUELLAS PERSONAS DE BUENA VOLUNTAD, PERO NUNCA DA SUFICIENTES PRUEBAS PARA AQUELLAS DE MALA VOLUNTAD. (6)

Estamos enterados, pues. Y sacamos las siguientes conclusiones:

1. A diferencia del conocimiento científico que, tarde o temprano, acaba imponiendo sus evidencias a tirios y troyanos, el de la “sindonología” está siendo bloqueado  durante más de cien años por una ceguera casi universal que no tiene su origen en prejuicios epistémicos, sino morales o teológicos.

2. No es que los escépticos o indiferentes sean obtusos, sino esencialmente malos. De ellos es posible esperar todo: mentiras, confabulaciones, amenazas… Una historia del Santo Sudario dirigida convenientemente por la fe en la Revelación del lienzo, encontrará en cualquier momento estos rasgos de maldad en todos aquellos que se han opuesto a su santidad. Hall, Tite, McCrone, Nickell… ni uno se salva.

3. Esta maldad no es de origen natural, sino demoniaco. Es Satanás el que capitanea la chusma y escoge sus acólitos entre los que están dominados por el pecado de la soberbia. Se creen como dioses y no se someten a los dictados de la Verdad, que en el caso del Santo Sudario, es el más o menos difuso concepto de los Expertos Que Han Examinado El Lienzo, la cofradía de sindonistas, la plana mayor de los popes consagrados y sus fieles.

Por no estar advertido, más de una vez me he encontrado discutiendo con exaltados sindonistas que, a la que persistía en mis “errores escépticos”, me acusaban de estúpido, mentiroso, manipulador y, no se lo van a creer, pero también de endemoniado. Cuando empecé con esto me sorprendía la agresividad que brotaba a la menor de cambio, pero cuando he analizado un poco más la cosa me parece clara como el día. Si Uds. empiezan una discusión con alguien que se va exaltando cada vez más no duden que van a acabar en lo mismo.  Lo mejor sería hacer caso de Wittgenstein, quien hablando de las personas demasiado apasionadas en sus creencias religiosas, considera que no es posible debatir con ellas (1992:138). Pero aún así puede haber otras razones para continuar intentando argumentar. Quizás alguna persona dubitativa y no tan apasionada esté escuchando. En ese caso, traten de tomárselo con paciencia (reconozco que yo no siempre la he tenido) y consideren que no discuten con simples mortales, sino con los pocos Escogidos, con los Verdaderos Creyentes y que Ud. no es más que un miembro más de la corte de Satanás. Ahí es nada.

Bibliografía.

Biblia de Jerusalén. Edición a cargo de José Angel Ubieta. Bilbao, Madrid, Ed. Desclée de Brouwer, Alianza Editorial, 1994.

Bloom, Harold (2006): Jesús y Yahvé. Los nombres divinos. Madrid, Taurus.

Carreira, Manuel (“Manny”), S.J. (2010): “The Shroud of Turin from  the Viewpoint of the Physical Sciences”, http://www.shroud.com/pdfs/carreira.pdf. Consultado on line, 12/09/2013 09:32.

Perry, Robert (1999): “What Does the Shroud of Turin Mean?”, http://www.shroud.com/rbtperry.pdf . Consultado on line, 15/09/2013 08:37.

Reverendo Albert R. (“Kim”) Dreisbach (2006): “The Ecumenical Implications of the Shroud of Turin”, Revised 2006, http://www.shroud.com/pdfs/dreisbach4.pdf . Consultado on line 14/09/2013 10:17.

Reverendo Joseph Marino, O.S.B. (1996): “Los Discípulos en el Camino hacia Turín”, Conferencia/Retiro celebrada por la Cofradía del Santo Sudario entre el 23-25 de agosto

de 1996. (Revisado); http://www.shroud.com/marino.htm . Consultado on line 12/09/2013 9:22.

Rinaldi, Gian Marco (2013): “La Notte della Sindone, il documentario di Francesca

Saracino. Parte I – Le accuse di complotto”. Consultada on line, http://sindone.weebly.com/uploads/1/2/2/0/1220953/notte_complottopart_1.pdf , 17/09/2013 11.11.

Rousseau, Jean-Jacques (1985): Emilio. Madrid, EDAF.

Witttenstein, Ludwig (1992): Lecciones y conversaciones sobre estética, psicología y creencias religiosas. Barcelona, Paidós.

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