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Otra conspiración contra el sudario. Jack Markwardt y Luigi Fossati contra Chevalier.

8 de junio de 2015

Conspiracion:

El término “conspiración” es notablemente ambiguo. Referido a conspirar contra una persona o institución, puede querer decir unirse para hacerle daño, según el diccionario online de la Real Academia Española de la Lengua. El Oxford dictionary añade el matiz de “con medios ilegales”.  En el habla popular, el término “conspiración” tiene connotaciones algo siniestras, en la medida en que al ser ilegal y dirigirse generalmente contra el poder o contra algún grupo o persona que se opone al poder, se le atribuye una connotación de ocultismo y oscuridad. Generalmente, los conspiradores se reúnen en lugares apartados de la luz del día y esconden sus propósitos durante la fabricación del complot. En otro sentido más general, “conspiración” es un término inocuo. Significa simplemente unirse para un mismo fin, según la RAE. Es de suponer que cuando se acusa a unas personas de estar conspirando se les supone en plan de reunirse secretamente para una actividad poco respetable o clandestina.

Galeazo Mondela. Entierro de Cristo (detalle). 1498-1500. Metropolitan Museum.

Los sindonistas y las conspiraciones.

Algunos sindonistas son muy dados a encontrar conspiraciones por todas partes. Ya vimos la teoría de fray Bonnet-Eymard. En cuanto descubren que dos o más personas les llevan la contraria, consideran que están siendo objeto de una conspiración. Ellos o su sagrada reliquia. Junto a los laboratorios que realizaron la datación de 1988 uno de los “conspiradores” que más les irrita es Ulysse Chevalier . Probablemente porque aquí pueden acusar a dos en uno. No sólo, según veremos, Chevalier conspiró con otros católicos ilustrados para inventarse el litigio del obispo d’Arcis contra los canónigos de la iglesia de Lirey, sino que el propio d’Arcis complotó con el rey y otras autoridades para inventarse unos documentos con los que pretendía arrebatar el sudario al capítulo de Lirey. Cómo es posible que se acuse al mismo tiempo a Chevalier de inventarse los escritos de d’Arcis- luego estos documentos son falsos-, y a d’Arcis de inventarse las acusaciones que figuran en los documentos  -luego no son inventados-, es uno de esos enigmas que el enrevesado estilo argumentativo de los sindonistas produce a veces. Aunque la cosa es complicada, trataré de explicarla a continuación.

Jack Markwardt y las conspiraciones.

Markwardt es un abogado metido a historiador. Como tal, parece que toda su bibliografía se limita a conferencias en congresos sindonistas y sus correspondientes PDFs. Un historiador sindonista clásico, por lo tanto. Según Markwardt, la conspiración contra la Sábana Santa se fraguó a finales del siglo XIX en los ambientes modernistas de la iglesia católica, influidos por la crítica racionalista alemana. La conspiración se puso en marcha para contrarrestar las “pruebas irrefutables” de la autenticidad del lienzo que constituían las fotografías de Secondo Pia. En qué consistía la irrefutabilidad es lo que no está claro en el artículo de Markwardt, pero puede uno hacerse una idea consultando la abundante bibliografía (PDFs) sobre el tema en las páginas sindonistas. Tampoco está muy claro como el trabajo de Ulysse Chevalier, al que Markwardt considera como epicentro del complot, pudo ser una actividad conspiratoria propiamente dicha. Chevalier, un historiador eclesiástico muy respetado entre sus colegas, presentó en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX una serie de documentos encontrados en diversos archivos, que recogían el enfrentamiento del obispo de Troyes, Pierre d’Arcis, con los canónigos de la iglesia de Lirey en torno a la exhibición que estos hacían regularmente de una pieza de tela con la imagen de Cristo: el sudario. En esta polémica intervinieron el rey de Francia y el papa de Avignon, y tuvo ciertas secuelas en el siglo XV. (Cfr. cuadro) ¿Cómo es posible que el hallazgo de una documentación  histórica pueda constituir una actividad conspirativa?

Cronología de los hechos más relevantes.

20 de Junio de 1353. Geoffroy I de Charny, un reputado caballero francés, funda la colegiata de Lirey, dedicada a la Anunciación.

30 de enero 1354 y ss.: diversas bulas del Papa Clemente VII confirman la fundación. Fecha controvertida: Los canónigos de Lirey y Geoffroy II (si antes no su padre) exhiben el sudario como si fuera el auténtico.

16 de octubre 1354: Primera reunión, elección del cabildo de canónigos y la lectura de la Ley de Donación;

1355 c.: Según Pierre d’Arcis, sucesor de Henri de Poitiers, éste prohíbe la ostensión.

28 de mayo 1356: Carta de alabanza y aprobación de Henri de Poitiers, a punto de ocupar el obispado de Troyes, a Geoffroy I.

19 de septiembre 1356: Muerte de Geoffroy I en la batalla de Poitiers; le sucede su hijo Geoffroy II.

5 de junio 1357: Doce prelados de la corte papal de Aviñón conceden indulgencias de subvenciones a los fieles que visitan la iglesia Lirey en los días santos especificados.

28 de julio 1389: Carta de Clemente VII a Geoffroy II de Charny, levantando la prohibición de exhibir el sudario, confirmando así la decisión anterior del cardenal Pierre de Thury.  (Chevalier 1903, Apéndice H)

4 de agosto de 1389: Carlos VI de Francia trata de impedir la exhibición del sudario, sin mucho éxito. Envía representantes para apoderarse del lienzo, pero los de Lirey lo esconden.

Finales de 1389 (fecha probable): Pierre d’Arcis redacta su Memorándum.

6 de enero 1390: Bula original de Clemente VII. Impone silencio al obispo d’Arcis y autoriza la exhibición del sudario, pero a condición de que se diga públicamente que no es el auténtico, sino una pintura. Emitida en febrero del mismo año. (Chevalier 1903, Apéndice J)

6 de enero 1390: Carta de Clemente VII a los funcionarios eclesiásticos de Autun, Langres y Chalons-sur-Marne,

1/11 de junio 1390: Emisión final de la bula de Clemente VII, modificada por Jean de Naples el día 30 de mayo. Se ha retirado la mención a la pintura aunque subsisten las otras expresiones que dicen que no es el sudario auténtico, sin una imagen (signo) o representación del mismo. (Chevalier 1903, Apéndice K)

1449: Episodio en Lieja. Informe del cronista Zantfliet: la comisión episcopal certifica que las bulas en poder de Marguerite de Charnay, nieta del primer Geoffroy, indican que la tela no es el sudario auténtico. La comisión dice que es una pintura.

Las pruebas principales de que la conspiración existió, según Markwart, son dos:

  1. a) Que Chevalier dio por sentado que el llamado “Memorandum d’Arcis” había sido enviado al Papa, cuando esto no es así.
  2. b) Que un tal Herbert Thurston S.J. publicó una defensa de Chevalier con una traducción del memorandum d’Arcis en la que faltaban algunas partes.

Dejando aparte la veracidad de estos dos asertos, lo que salta a la vista es que son pruebas más que endebles de que existiera una conspiración. Si hacer afirmaciones dudosa,s o incluso erróneas, y estar de acuerdo unos con otros son pruebas de una conjura, la más patente es la de los sindonistas (Fossati, Poulle, Markwardt, etc.) contra el canónigo Chevalier. Así que resulta bastante más interesante seguir la línea de argumentación de los “conjurados” contra Chevalier, que entrar en este tipo de cosas que son propias de los juegos de lenguaje sindonistas que, en este caso, deben haber heredado  la fobia antimasónica del catolicismo más rancio. Cuestiones como la participación de Thurston  son irrelevantes para la discusión sobre el memorándum de d’Arcis y no añaden más que confusión y cortinas de humo. Por lo tanto, capítulo aparte. Por otro lado, el tema de si Chevalier fue lo suficientemente claro en algunos aspectos o trató de ocultar otros, sinceramente no me interesa. No estoy aquí para salvar el prestigio como historiador erudito del canónigo francés que, como era de esperarse, no es intachable. El concepto de rigor en la historiografía ha variado bastante desde 1900 hasta la fecha y la retórica de la época nos suena hoy en día bastante pasada. Lo que trataré de hacer a continuación es establecer qué verdades pueden extraerse de la documentación que tenemos y si las conclusiones de los sindonistas son justificadas. Entierro de Cristo (detalle). Taller de Léonard Lomosin. Hacia 1560

¿Existió el memorándum de d’Arcis?

Les hago un resumen: el llamado “memorándum d’Arcis” es uno de los documentos que Ulysse Chevalier descubrió  en su investigación sobre el sudario de Lirey y al que concedió gran importancia. En este escrito, el obispo de Troyes, Pierre d’Arcis, se dirige al Papa Clemente VII protestando por las exhibiciones de un lienzo con la imagen de Cristo en la pequeña iglesia de Lirey. Según el obispo, la tela es una falsificación realizada por encargo del deán y los canónigos la están exhibiendo como el auténtico sudario de Cristo, pese a la prohibición de su antecesor en el cargo, Henri de Poitiers, y la suya propia. Se ofrece a presentarse personalmente al Papa cuando su salud lo permita y pide que prohíba las ostensiones, que están atrayendo a muchedumbres y hacen caer a las buenas gentes en la idolatría. Chevalier dató esta carta a finales del año de 1389, aunque la fecha no aparece en el documento. Existen dos copias de finales del XIV conservadas en los archivos de la colección Champagne de la Biblioteca Nacional de Francia. Chevalier mantiene que los otros documentos encontrados por él, una referencia y una especie de resumen, certifican la existencia del memorándum. (Chevalier, 1900, Apéndices H e I) Pero esta argumentación no convence a los sindonistas. Desde luego, no puede convencerles si lo que exigen es una demostración “absoluta”. (Markwardt, 2002: 7) Este tipo de demostraciones se da escasamente en los estudios de historia, que deben contentarse con un cierto grado de probabilidad más o menos alto. No presentar una evidencia absoluta de la autenticidad de un documento no significa que se esté mintiendo o que se haya inventado, como pretende Markwardt. (2002: 3) Ni siquiera dar un razonamiento con escasa plausibilidad. La obsesión por la “conjura” lleva al abogado-historiador a la atribución de intenciones perversas donde cree ver alguna conclusión indebidamente fundamentada o alguna argumentación que ignora lo que él, Markwardt, cree que es un dato relevante. Mal saldría parado él mismo si le aplicáramos el mismo rasero, como iremos viendo.

¿El memorándum d’Arcis llegó a Avignon?

Si dejamos aparte las afirmaciones exageradas (“simples rumores”, “falsificación directa”) con que nos obsequia continuamente, lo que Markwardt pone en duda es que el escrito de d’Arcis fuera enviado realmente al Papa. En esta suposición, evidencia indudable para él, sigue más o menos las tesis de Luigi Fossati, un sacerdote sindonista que escribió algunos trabajos contra el canónigo francés. Markwardt atribuye a Chevalier la afirmación de que era capital que el escrito hubiera sido enviado, aunque yo no he visto tal aserto en ningún escrito de los que he consultado. Como los sindonistas, en general, y Markward, en particular, tienen el vicio de no poner notas precisas a pie de página, no puedo verificar si la cita es correcta. Es cierto que el canónigo parisino dio por supuesto que el memorándum había sido enviado, si no con la forma exacta sí con el contenido que conocemos, y que la primera bula papal era una respuesta muy favorable a este escrito. La aserción de que el memorándum no fue expedido a Avignon se sustenta sobre la base de que el documento que conocemos no está redactado en un estilo eclesiástico administrativo y que hay algunas correcciones hechas a mano. Es, por tanto, un borrador. Tampoco hay constancia de su existencia en otros archivos, como el de Troyes. Chevalier piensa que el hecho de que se guardara en los archivos y se hiciera copias o resúmenes de él, certifica que no fue un simple documento privado. Ni Fossati ni Markwardt dan ningún ejemplo de lenguaje “no administrativo”, así que, de nuevo, es difícil evaluar su afirmación. En cuanto al hecho de que no existan documentos contemporáneos en los registros de la época, no sería un nada extraordinario. Fossati descarta de un plumazo (“demasiado fácil”) la explicación de que estos pudieran haberse perdido, pero él mismo da a continuación un ejemplo de algún documento que debería existir y no se encuentra. (1983: 26) Da la impresión de que los dos sindonistas piensan que están trabajando con una documentación completa, como si en los archivos medievales no hubiera continuas lagunas documentales, y el hecho de no encontrar un documento en particular implicara que éste no existió. Por el contrario, Chevalier señala que la desaparición de las súplicas que daban lugar a bulas papales de los archivos vaticanos es masiva. A 70 volúmenes de bulas sólo pueden oponerse 30 de súplicas. (1903: 11) La desaparición de documentación no tenía nada de extraordinario, pues.

Las verdades de d’Arcis.

Otra cosa muy diferente es preguntarse si los datos que se recogen en el memorándum de d’Arcis hay que darlos por ciertos (cómo hizo Chevalier). En una polémica en la que intervienen intereses personales hay que ser bastante precavido cuando sólo se conoce el punto de vista de una de las partes, y mucho más si hablamos de peleas eclesiásticas en el siglo XIV. Hay bastantes razones para dudar de algunas afirmaciones de Pierre d’Arcis. (Calvo: 2010) Dejemos aparte las vaguedades que aparecen en el texto. “Aproximadamente” hace treinta y cuatro años es una manera poco segura de fechar un acontecimiento. Tampoco d’Arcis resulta demasiado exacto cuando habla de qué consejeros intervinieron en el dictamen o qué pasó con el lienzo tras la prohibición del obispo Henri. Por otra parte, resulta bastante increíble que se juntaran multitudes en torno a Lirey, como él dice, porque la situación en Francia no estaba para andar viajando y, a diferencia de otras peregrinaciones contemporáneas, no ha quedado rastro de ésta en la documentación existente. Los sindonistas se extienden bastante sobre estos extremos en su particular caza contra Chevalier, pero, en mi opinión, la solución del problema no consiste en especular ni en un sentido ni en otro. Enviara o no enviara ese escrito en concreto, hay pruebas suficientes de que Pierre d’Arcis denunció las exhibiciones del sudario de Lirey en términos similares al memorándum. La expresión más fuerte de condena, “pintura”, aparece en los escritos del rey de Francia y en la primera redacción de la bula de Clemente VII, quien decidió en un principio recoger la queja del obispo en este punto. Aunque luego fuera eliminada, esto demuestra que la denuncia de d’Arcis le había llegado en sus términos más fuertes.

La posición del papa.

La referencia a la “pintura” desaparece de las siguientes redacciones de las bulas papales. El texto de la del 6 de enero de 1390 (ver recuadro), que según el propio Fossati es capital, es corregido por el secretario pontificio Jean de Naples, que elimina esta expresión junto a otras. Esto ocurre el 30 de mayo del mismo año.  La versión inicial de la bula había sido enviada en febrero, según consta en el documento de la Biblioteca Nacional de Francia (Chevalier 1903:13). Estas variaciones introducidas en la redacción final de la bula hacen afirmar a los sindonistas que Clemente VII “no estaba pensando en una copia” (Fossati: 27) y “aprobaba la tradición de que la tela era el auténtico sudario de Cristo” (Fossati: 28). Ni Fossati ni Markwardt incluyen el texto definitivo de la bula papal. No sé si esto es simple impericia de historiadores incompetentes, laguna inconsciente para no ver lo obvio o manipulación descarada. Ni me importa. Porque lo que realmente cuenta es que la bula afirma que “para evitar todo fraude”, cuando se exhiba el lienzo se omitirán todas las ceremonias que acompañan a las reliquias –vestiduras y cirios- y se dirá en voz alta que lo que se exhibe no es “el verdadero sudario de Nuestro Señor Jesucristo”, sino “una imagen (signo) o representación” del mismo. (Chevalier, 1903, Apéndice K). La palabra “pintura” ha desaparecido, pero la idea de una “representación” de algo implica la de una copia y no se entiende muy bien de qué manera se podía pensar una copia en la Edad Media si no era mediante la pintura u otra técnica similar. Pero, como quiera que sea, lo que el papa afirma explícitamente es que la tela no es el auténtico sudario de Cristo y asombra que Fossati no se dé cuenta de algo que se repite varias veces de forma explícita en los escritos papales. Decir que asombra es retórica, lo concedo. En realidad esta ceguera no causa ningún asombro porque es una estrategia habitual, es decir, olvidar lo que se tiene delante de forma manifiesta para ponerse a elaborar complicadas especulaciones sobre aspectos secundarios que no llevan a ninguna parte. En este caso, evitar el comentario directo del texto de las bulas y dedicarse a atacar la labor de Chevalier y conjeturar sobre lo que quería el papa en su fuero interno o el significado posible de frases secundarias. Por ejemplo: ¿Por qué razón la administración pontificia suprimió las expresiones más contundentes de la primera bula de 1390, cuando dejaba su contenido intacto en lo esencial? Sobre esto sólo se puede hacer especulaciones. Probablemente por los mismos motivos que  imponía silencio a d’Arcis mientras recogía lo fundamental de sus acusaciones. En mi modesta opinión, las bulas papales constituyen un perfecto ejemplo de la ambigüedad con que las autoridades católicas, el papado a la cabeza, han encarado el tema de la “Sábana Santa” a lo largo de la historia. Por un lado, se utilizan expresiones que no autorizan la creencia en la autenticidad, o la niegan simplemente como en este caso, y por otro, toleran o alientan la exhibición del lienzo, dejando campo libre a que los exhibidores sostengan la autenticidad de manera más o menos directa.  De esta forma se mantiene el negocio basado en la superstición, mientras se queda a resguardo de las críticas racionalistas. Dos barajas.

En el debate sobre el memorándum de d’Arcis se puede observar los efectos de este juego tramposo. Así, Markwardt se toma al pie de la letra el preámbulo de la carta de Clemente VII de julio del 89 que permite reanudar las exhibiciones del lienzo y considera que la expresión ex certa sciencia, que aparece en varias bulas, equivale a que el papa emite el escrito previa investigación particular de los hechos. Santa inocencia, porque la expresión en cuestión es repetida como una muletilla en otros documentos diferentes y porque, de ser cierta esta investigación, de la que no hay mención ni rastro, sus conclusiones serían que el lienzo no es el auténtico sudario de Cristo, como hemos visto. Pero las expresiones papales no se refieren nunca a la veracidad de los hechos, sino a lo que conviene al reino del Señor, expresión bastante más ambigua que encaja mejor con el santo doble lenguaje. Y por no tener en cuenta esta duplicidad, Fossati se mete en una deducción que es cuánto menos sorprendente. Porque piensa que del hecho de que el papa autorizara la exhibición del lienzo y alentara su veneración se debe presuponer que  creía que era auténtico, en lo cual comete un error inconcebible en alguien ungido por el sacramento del sacerdocio. Lo digo porque me resulta verdaderamente extraño que un ministro del Señor no sepa la doctrina católica establecida en el concilio segundo de Nicea, de acuerdo con la cual la veneración de imágenes u otros objetos es perfectamente legítima e, incluso, recomendable como acto que fomenta la piedad. (Cf. aquí, por ej. ). Sobre esta base, la Iglesia no ve ninguna dificultad en alentar el culto a una imagen que sabe que es mera representación. Todo vale si es para mayor gloria de Nuestro Señor Jesucristo, que diría Clemente.

Conclusiones y de qué vale la opinión de un papa.

Por todo ello, lo que el papa opinara sobre la autenticidad o falsedad de la supuesta reliquia no tiene demasiada importancia. Lo siento por el canónigo Chevalier y el Rvdo. Fossati, que tanto empeño han puesto en llevar el agua bendita a sus respectivos molinos.  El asunto de la disputa en Lirey no es significativo más que como una muestra de que el lienzo fue problemático en sus orígenes y sólo adquirió una vitola de autenticidad en siglos venideros. Ni siquiera los propietarios del lienzo defendían que fuera auténtico, por lo menos abiertamente. En la polémica que Marguerite de Charny sostuvo con los canónigos de Lirey por el usufructo de la tela, su marido, Humbert de la Roche, habla de ésta como “la imagen o representación del sudario de NJC”. (Chevalier 1900: 31) Y unos cuántos años más tarde, la comisión episcopal de Lieja  remacha que del examen del lienzo y de las bulas papales se concluye que es una pintura “miro artificio depicta” (“admirablemente pintada”). (Chevalier 1900: 34-5 y Apéndice U) Esto no es demostración absoluta de nada, pero cada cual puede sacar sus conclusiones acerca de a dónde apuntan los datos disponibles.

Referencias.

Calvo, José Luis: “Inauguramos una nueva sección (III)”,  Escritos desde el páramo, “Sábana Santa”, 17 de Noviembre de 2010 – 18:30, Consultado on line 05/06/2015 9:35, http://fenix.blogia.com/2010/111736-apostillas-a-la-sabana-santa-vaya-timo-.php

Chevalier, Ulysse: Étude critique sur l’origine du St.Suaire de Lirey-Chambéry-Turin, Paris, Alphonse Picard, 1900. https://archive.org/details/tudecritiquesur00chevgoog

Chevalier, Ulysse :  Autour des origines du suaire de Lirey, Paris, Alphonse Picard et Fils,  1903, http://ia600509.us.archive.org/7/items/autourdesorigine00chev/autourdesorigine00chev.pdf

Fossati, Luigi: “The Lirey Controversy “,  Shroud Spectrum International, Issue #8, September 1983. Consultado on line 06/06/2015 09:00:  https://www.shroud.com/pdfs/ssi08part5.pdf

Markwardt, Jack: “The Conspiracy Against the Shroud”, BSTS Newsletter No. 55,  2002. Consultado on line 06/06/2015 09:24: https://www.shroud.com/pdfs/n55part3.pdf

From → 2.1.D'Arcis

3 comentarios
  1. Después de hacer dos correcciones que me sugirió, Andrea me pidió que borrara dos comentarios suyos y mi respuesta. Hecho.

  2. Al Vaticano, no, a Avignon😉

    • Son los reflejos condicionados. Papa-Vaticano-Juan Pablo (todavía no los tengo actualizados). Corrijo rápido.

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