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Thomas de Wesselow. 3. Una obra destinada al gran público. (“Enigmas” y “evidencias”).

8 de septiembre de 2015

Wesselow, Thomas de: The Sign. The Shroud of Turin and the Secret of the Resurrection, London, Penguin Books, 2013.

Como dije más arriba, Wesselow  nos advierte desde el principio de que su obra no está dirigida al ámbito académico.  Esto parece en contradicción con sus esfuerzos para dejar patente que su hipótesis principal resuelve todos los “problemas” o “enigmas”  que se plantean en torno al Jesús histórico y a la expansión del cristianismo. Semejante revolución en la historia antigua merecería ser proclamada en un ámbito más académico y con un lenguaje menos sensacionalista. Porque si algo salta la vista desde las primeras páginas es que su autor utiliza toda una batería de trucos lingüísticos para crear un impacto electrizante. Desde el principio, especialmente el principio, el lector es asaltado por una avalancha de calificativos estruendosos muy propios de los best-sellers de divulgación y de la misteriología.  “Enigmático”, “asombroso”, “inquietante”, “misterioso”… “problemas”, “desafíos”, “retos”… Mezclen ustedes las posibles combinaciones y seguro que hay un párrafo en el libro en el que aparecen juntas porque Wesselow se dedica a trufar su estilo con estas muestras de lenguaje persuasivo hasta que acaba por empachar. “Fascinantes, desconcertantes y, sobre todo, seductores…”(71), vale como ejemplo de esta sobrecarga adjetivante que nos endosa a las primeras de cambio por si acaso nosotros no somos capaces de maravillarnos por nuestra cuenta.

(NOTA: los números entre paréntesis después de alguna cita corresponden a las páginas del libro).

María Magdalena con la candela. Georges La Tour, 1640

Así pues, sigue la primera regla de un libro de divulgación, que es despertar el interés de un lector o lectora que, en principio, no tiene por qué ser un apasionado del asunto. Wesselow ha elegido un tema que puede interesar a mucha gente, es decir, los comienzos del cristianismo, pero tiene que competir con otros muchos otros textos, serios o frívolos, que tratan esta materia.

Las técnicas literarias.

Pero no sólo el empalagoso estilo es muy propio del mundillo de la misteriología. También el desarrollo argumental presenta una estructura narrativa tanto o más que expositiva. En dos aspectos.

Por un lado, Wesselow gusta de ofrecernos algunas explicaciones noveladas de lo que él imagina que podría ser una escena evangélica.

Era temprano por la mañana cuando María Magdalena y sus compañeras se acercaron al sepulcro (…) El interior estaba oscuro, especialmente al amanecer, por lo que llevarían lámparas para iluminar su tarea (…) Las mujeres verían el ‘joven’ [es decir, lo que según Wesselow ellas interpretaron como un ángel] desde el momento que entraran. Las mujeres habrían apartado la parte superior de la tela, para llevar a cabo el embalsamamiento (…) y al hacer esto, al menos la parte frontal de la imagen  quedaría expuesta. Sus ojos estaban adaptados a la oscuridad del interior iluminado por la lámpara y pronto advirtieron las extrañas marcas sobre el puro lino. Imaginemos su conmoción y sorpresa cuando escrutaron la parte inferior del cuerpo y vieron, Sí sobre sus crispados nervios al ver la misteriosa cara del Sudario, apenas discernible a la luz de la lámpara, a unos centímetros de la cabeza torturada de Jesús. (245)

Pero donde Wesselow se supera es en la descripción del momento de su descubrimiento capital (que los ángeles y las apariciones de Jesús resucitado eran en realidad visiones del sudario de Turín). Seguro que les suena la historieta de que Newton descubrió la ley de gravedad debajo de un manzano. Pues pueden ustedes suponer bajo que árbol frutal se le apareció súbitamente a Wesselow la idea magistral de su trabajo. Sí señor, un manzano.

“Una mañana brillante y calurosa de principios de verano de 2004 paseaba junto a un campo de manzanas…” Con este delicado toque idílico comienza el capítulo 15, enfocado en la reconstrucción del momento estelar del libro. “Por encima de mí, los blancos capullos se agrupaban en las espaciadas ramas del manzano bajo cuya sombra me había colocado”. Uno piensa, “vaya con los capullos; no va a haber manzana cayendo en la cabeza”; pero no hay que preocuparse porque el relato tiene otros recursos. Después de contarnos la “fascinación” que le había provocado la lectura del libro de Ian Wilson, nos describe su estado mental: como agnóstico reconocido, la idea de que el sudario de Turín pudiera ser auténtico era “asfixiante”, así que no es de extrañar que la falta de respiración le hiciera sentirse muy “incómodo”. Hasta que llegó a la “asombrosa idea” de que la reliquia podía ser auténtica.  A partir de ahí, se suceden otra serie de pensamientos no menos “impactantes”. Pese a lo que todo el mundo cree, los evangelios sí hablan del sudario de Turín, sólo que de forma alusiva, esotérica, simbólica o como quiera llamarse. “Atrapado por este asombroso pensamiento, me lancé fuera del huerto y entré en la casa para revisar las historias evangélicas de la tumba vacía”. Estaba tan nervioso que “lo que podía haber llevado un minuto me consumió una hora”; pero, no podía ser de otra manera, empezó a encontrar “aparentes referencias” al lienzo de Turín en todos los evangélicos, los canónicos y los otros. “Estaba leyendo sobre el descubrimiento del sudario de Turín”, concluye. (192-202) ¡Así de golpe vienen las inspiraciones divinas, incluso a los agnósticos!

Noli me tangere. Amiens, 1197.

En este punto debo hacer una declaración: no tengo nada en contra de que se escriban novelas sobre temas históricos. Aunque sean literariamente infumables, como la mayoría de ellas, todo el mundo tiene derecho a intentar escribir best-sellers que fantaseen sobre la historia. Y Wesselow ya nos había advertido de que no había escrito un libro para eruditos. Pero una cosa es hacer una novela y otra entremezclar lo que parece ser un ensayo con cuentos y narraciones inventados, enredándolos de tal manera que al lector desprevenido no le resulta fácil separar unos de otros. Y ése es el método Wesselow. Es casi imposible encontrar una página en la que el autor no imagine algo, no sugiera una posibilidad hipotética, no recree un mundo de fantasía que, de pronto, aparecen como premisas de un razonamiento supuestamente formal y concluyente. En este sentido, la frivolidad con la que Wesselow habla de “evidencias” parece directamente tomada de los investigadores sindonistas, probablemente de su admirado Ian Wilson o de otros que incluye en su bibliografía.

Por lo tanto, volvemos a la pregunta inicial: si la Tradición de Jerusalén se basa en testigos visuales, ¿quiénes podrían haber sido esos testigos? La naturaleza del testimonio deja pocas dudas: era una mujer. (277)

Desafío a quien tenga ganas de embarcarse en la lectura de este libro a que presente una sola evidencia de que “la naturaleza” (?) del testimonio implica que era de una mujer. Todo lo que va a encontrar es unas cuántas referencias contradictorias a María Magdalena o/y otras mujeres en la literatura neotestamentaria y la infalible imaginación de Wesselow que encuentra en los relatos de la resurrección una “agenda (oculta) anti-machista”. Ahí es nada.

Esto afecta, y muy seriamente, a la tesis fundamental de su ensayo-novela, que la creencia en la resurrección de Jesús de Galilea fue producida por la contemplación directa de la doble imagen que había aparecido espontáneamente, pero no milagrosamente, en el lienzo funerario.

Para sostener su tesis, Wesselow necesita montar varias conjeturas que, de pronto, adquieran en carácter de evidencias.

-Que los evangelios son testimonios directos y fidedignos de los hechos de la pasión y que no son leyendas.

-Que la imagen del lienzo de Turín no está hecha por manos humanas.

-Que existe un medio natural de producir una imagen como la del sudario. Él parece decantarse por la tesis de la reacción Maillard, un efecto de la carne en descomposición, pero nunca ofrece una teoría coherente de cómo se puede producir una impronta tan compleja como la del sudario.

-Que existe un animismo innato, que funciona como él lo describe y que podía afectar a unos hipotéticos discípulos y discípulas que entraron en la tumba, hasta el punto de confundir la imagen de la tela unas veces con ángeles y otras con un Cristo parlante.

-Que el lienzo fue conservado clandestinamente durante siglos hasta su definitiva aparición en el siglo XIV.

Iremos viendo estos puntos a lo largo de esta serie.

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