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El velo de Manoppello (V). Consideraciones intempestivas.

6 de marzo de 2016

Decía Montaigne -esto va de cita pedantuela- que él estaba  naturalmente incapacitado para edificar sistemas de pensamiento complejos y que le iba más eso de dejar vagar la mente de aquí para allá (fin de la cita pedante). Me parece que Montaigne, aparte de ser el padre de los post-post-modernos, hermenéuticos antirracionalistas  y demás, era un vago. Escribió tres tomarros de ensayos, eso sí. Pero hay maneras y maneras de ser un vago. Dicen que Rossini era tan indolente que escribía sus partituras en la cama y si alguna se le caía al suelo prefería volver a escribirla antes que levantarse a por ella. Se puede tener la pluma fácil y cansarse de pensar demasiado. Yo también soy un vago y, aunque soy capaz de inventarme un sistema metafísico de narices en un momento, lo de desarrollarlo en cinco tomos de 1000 páginas cada uno es harina de otro costal. Así que me dedico con más gusto a hacer consideraciones intempestivas a mi aire, que es lo que voy a hacer ahora.

Velo de la Verónica, Francisco de Zurbarán, 1658. Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

Lo de la tendencia de los sindonistas a apuntarse a cualquier cosa que suene a la palabra “sudario” o “impronta milagrosa” me ha dejado siempre perplejo. José Luis Calvo lo ha mencionado por aquí, en un comentario que suscribo, pero que no voy a enlazar porque ya digo que tengo el día rossiniano. Si sumamos el sudario de Turín, el pañolón de Oviedo y el velo de Manoppello, resulta que los discípulos no sólo taparon el rostro de Jesús con un pedazo de tela (lo que era costumbre judía), sino con tres diferentes. Y si ya era complicado explicar cómo recurrieron a una tela tan costosa y de características tan poco judías como el sudario turinés, ahora hay que explicar cómo usaron un tejido tan sofisticado como el biso. Y todo eso con prisa, que se les echaba encima el Sabbat.

En mi opinión, esta gente tratando de sumar resta porque, añadiendo supuestas pruebas de convicción a favor de lo milagroso, acrecientan la improbabilidad de todo el tinglado en torno a los lienzos mortuorios de Jesús el Galileo. La única explicación que se me ocurre es que viven en un estado de bruma mental producido por alguna peculiaridad de su cerebro que sólo registra lo que refuerza sus creencias y se obtura ante las evidencias en contra. Creo que esto se llama habitualmente de varias maneras que no voy a mentar ahora para no ponerme ácido. A veces es simple estupidez. A veces no lo es. A veces es fruto de una argumentación tan sofisticada que se quiebra de puro sotil, que decía el trujamán de El Quijote. (Esta cita pedantuela no me cuesta nada porque la tomo prestada de El retablo de Maese Pedro de Falla, que con música se recuerda mejor la letra. Pero que conste que El Quijote me lo he leído entero porque lo trabajamos en un seminario moderado por el prof. Joan Baptista Llinares de la Universidad de Valencia. ¿Que por qué me enrollo tanto? Ya he dicho que esto son consideraciones intempestivas. Estaban advertidos/as). Pero este estado mental produce resultados tan simples y tan manifiestamente erróneos que me ha pasado encontrarme con la boca abierta o soltar la carcajada sin darme cuenta, literalmente hablando. Me ocurrió el otro día en el Dalmau- estupenda cafetería de mi pueblo en la que suelo tomar el almuerzo de media mañana-, que debí hacer un gesto raro mientras  leía y los de la mesa de al lado se me quedaron mirando con recelo. Un tío que lee libros en un bar y encima gesticula no es un vecino recomendable. La culpa, de la última publicación de Ian Wilson que estoy leyendo y que a veces produce estos efectos.

Bueno, que me voy. Vuelvo al tema. La segunda consideración la tomo de Rinaldi, que se limita a mostrar su extrañeza por el apoyo explícito que el velo ha recibido de un papa (el emérito) y 31 cardenales (último recuento, a finales del mes pasado). Como observa Rinaldi la cosa no deja de ser  curiosa porque el velo de Manoppello es un rival directo del de Verónica que se custodia en San Pedro de Roma. Si el de Manoppello es auténtico, los del Vaticano reconocen que cometieron y están cometiendo un fraude contra la feligresía. Por mi parte, encuentro una explicación muy sencilla: la madre Iglesia se apunta a un roto y a un descosido con tal de que den réditos espirituales y crematísticos. La coherencia se la refanfinfla. Otra explicación es que se han vuelto relativistas y piensan que todo velo puede ser verdad o mentira según el color del cristal a través del que se mira. Me gusta más la primera, aunque la segunda también habría que considerarla.

 

Benedicto XVI con sor Blandine

Los réditos de la imagen de Manoppello no alcanzan el volumen de los de Turín, pero parece ser que están constituyendo un foco de atención turística permanente que no viene nada mal a una región tan deprimida como los Abruzos. Y no digamos a la Iglesia. En estas circunstancias, realizar pruebas científicas no es una prioridad para las autoridades. En realidad, estamos ante una de las condiciones básicas para la creación del culto a una reliquia: la confluencia de intereses entre el poder político y el religioso. Véase: La Región de los Abruzos otorgará 900.000€ al santuario de la Santa Faz de Manoppello.

Otras condiciones necesarias para que un objeto se convierta en reliquia también están presentes en el caso de Manoppello. Por ejemplo, la mezcla de lo religioso con lo misterioso. Un pedazo de los pañales de Jesús, un centilitro de leche de María o una flor del báculo de San José pueden ser muy venerables, y lo fueron en el pasado, pero no tienen el mismo poder de seducción que un objeto con cualidades ocultas, que atrae tanto a la grey piadosa cuanto a los amantes de lo esotérico. La religiosidad tradicional está en decadencia en nuestra cultura -lenta, pero decadencia-, y está siendo reemplazada por cultos laicos, por llamarlos así. Como se ve en el caso de Manoppello, los milagros de toda la vida llaman menos la atención que el objeto enigmático al que se proporciona un origen rodeado de misterio y cuya sustancia se proclama inexplicable para la ciencia. Lo curioso es que aquí se invoca a la ciencia para certificar su propia incompetencia. Claro que es una ciencia un poco rarita. Evita publicaciones especializadas, se basa en presuntos trabajos cuyo informe detallado desconocemos, en “expertos/as” de relativa especialización, en fervorosos creyentes en éxtasis y en “X me dijo que…” Les suena, ¿no? De acuerdo con ello, el rol de los científicos que se implican en el montaje de la reliquia consiste en proporcionar las “divinas palabras” que sustituyan a las jaculatorias, oraciones, novenas y triduos. Es de suponer que al turista que acude a ver algo misterioso hay que aturdirlo con menciones a los estudios realizados por “científicos de fama mundial” armados de “los mejores instrumentos de óptica”, que han permitido “experimentos rigurosamente científicos” (cuantas más veces aparezca la palabra “científico”, mejor) que “demuestran de forma aplastante”, dejando sin argumentos a los “escépticos de siempre”, que el velo es algo “único, sin explicación posible”, que sólo puede ser el “auténtico sudario de Cristo”…, etc. Conviene adobar todo esto con expresiones como “asombro”, “excepcional”, “al principio era escéptico”, “inefable belleza”, “sensación de paz”  y otras similares que añadan a la fría constatación de los hechos una carga emocional. No vaya a ser que el simplón del visitante vaya a pensar que lo que se le ofrece no vale el precio de la entrada.

Oskar Kokoschka, 1909.

Ahora, para que la reliquia esté legitimizada no hace falta más que un buen milagro. Hay que decir que, en este punto, el velo de Manoppello es más deficitario que el lienzo de Turín, que ya es decir. Pero ya se está en la faena. Se dice, alguien cuenta o ha oído que, estando un padre capuchino en oración delante de la santa imagen, se le apareció el mismísimo padre Pio, que ya estaba en agonía (eso se llama técnicamente una bilocación), y le dijo algo tan extraño como “Ya no me fío de nada. Ruega por  mí y nos vemos en el Paraíso”. Es de agradecer que el padre Pio, al que le sobraban los milagros a puñados, prestara uno de los suyos para el velo. De todas formas, en las reliquias postmodernas la cuestión de los milagros no parece tan importante. Ayudan, ayudan sobre todo a redondear el tema publicitario, pero entre los expertos serios se pasa un poco de puntillas. (El prof. Fanti es una excepción, pero éste no es un experto cualquiera. Está investido de una misión por la Autoridad de lo Alto. Lo dice él, que conste). Ahí los mass media se lanzarán como flechas. ¿De qué viven si no es de lo sensacional  y asombroso?, –aparte de las noticias institucionales, claro-. En cuánto se engancha un titular en la prensa de ámbito internacional, Die Welt, en nuestro caso, la empresa está lanzada y ya no hay quien la pare porque cualquier periodista de hoja parroquial o diario de provincias puede escudarse en esa cabecera prestigiosa para otorgar crédito a su copia-y-pega y desmadres personales.

Conclusión: No sé si a Gian Marco Rinaldi le parece sorprendente la fabricación de una reliquia en pleno siglo XX. A mí no. A no ser que nos hayamos creído el mito de que vivimos en una época racionalista. Yo no.

 

(Para la entrevista milagrosa entre el padre Pio y Domenico da Cese, ver aquí ).

From → Manoppello

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