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Ciencia, visiones, pesas y TV. Sue Benford.

13 de septiembre de 2016

Cuando uno discute “amablemente” con los sindonistas de turno, cuando uno lee los artículos de los moderados o ecuánimes, como Hugh Farey, o se enfrenta a los obsesos por la peer review, puede acabar creyendo que esto de la sindonología es asunto de unos cuantos científicos o similares que ponen sus conocimientos al servicio de una creencia más o menos mística. Mitologías tecnocientíficas y esas cosas. Y de pronto uno se da de bruces con el sindonismo profundo, es decir, esos substratos totalmente irracionales que no son un fenómeno de la mitología tecnológica, sino que sustentan esa ideología con una serie de mecanismos mentales que vienen de lo más profundo de los miedos y deseos. Diría del subconsciente si creyera en eso. En todo caso, lo de siempre.

Buscando otra cosa en una base de datos, me di de bruces con uno de los infinitos libros escritos por los cruzados de la causa sobre el lienzo de Turín. Como lo podía consultar en línea, le eché un vistazo. Era lo de siempre. Las mismas exageraciones, vaguedades y falsedades. Muy monótono. Hasta que me encontré en el capítulo dedicado a Sue Benford. Éste sí que me hizo pararme en seco. Parece ser que la señora Benford tuvo una infancia bastante dura. A los cinco años padeció un cáncer infantil que tuvo que superar en condiciones médicas y hospitalarias bastante medievales (al parecer era de familia modesta). Según su biógrafo, salió del mal trago con un espíritu de superación y lucha de película y un record mundial de levantamiento de potencia (si no lo digo mal), una modalidad de halterofilia no olímpica. (Supongo que se trata de la misma Maggie “Sue” Strezze-Benford-Marino que consta aquí en el puesto 18 del ranking mundial).

En todo caso, también desarrolló una clara tendencia a oír voces y ver cosas. Al principio cosas no muy determinadas, pero según se fue confiando a un consejero espiritual cristiano, las visiones fueron mejorando de foco y al final tenía un contacto habitual con San Juan evangelista, que acabó presentándole a Jesucristo. Un día que estaban de plática, Jesucristo en persona le mandó a ver la televisión. Yo me quedaría bastante perplejo si Dios actuara como una guía televisiva y, dada la calidad media de los programas, me mostraría bastante escéptico de que por esos medios pudiera tener una revelación aceptable, pero los caminos del Señor son inescrutables y, cuando Sue encendió el aparato, se encontró con uno de los muchos documentales que cantan la belleza y excelsitud del lienzo de Turín. Y cuándo vio la imagen del sudario se quedó pasmada (como si todavía pudiera pasmarse después de las presencias celestiales y demás) porque descubrió que en la televisión estaba el rostro del Jesucristo, con el que había estado charlando aquellos últimos tiempos. Era la imagen del sudario de Turín. Ni que decir tiene que a partir de ese mismo momento Sue fue una acérrima propagandista de la Sábana Santa.

Andando el tiempo, Sue se convirtió en la señora de Joseph Marino, un monje sindonólogo al que hubo de sacar del monasterio para llevarlo al altar. Los dos se dedicaron en cuerpo y alma al asunto del sudario de Turín, hasta que en 1988 vino el mazazo: la prueba de radiocarbono enviaba el tejido a la Edad Media. Como para pedir explicaciones a Jesucristo, si es que todavía seguía por allí. Pero si ustedes creen que una mujer que puede levantar 300 kg se va a dejar hundir por tan poca cosa, es que no saben de qué era capaz la Sra. Marino… convenientemente ayudada por el Sr. Marino, San Juan y Jesucristo.

Claro que la pareja celestial no era siempre de mucha ayuda. Al parecer tenían un prurito educativo y se limitaban a dejar pistas y decir cosas confusas para que la Sra. Marino ejercitara la mente lo mismo que antaño había ejercitado los bíceps. Pero viendo que su cerebro no era de record mundial, como había sido su musculatura, al final Jesucristo se cansó y se lo dijo directamente: “La prueba de radiocarbono está equivocada porque han usado un remiendo invisible”. Y ya está. Si a uno le sopla la verdad el mismísimo Dios, eso no tiene mérito. A partir de ahí todo lo que había que hacer no era sino buscar las pruebas de una verdad revelada, que, como se sabe, no puede ser falsa. Yo diría que eso es jugar con ventaja, pero yo tengo una inclinación incrédula que me puede. Supongo que para captar revelaciones hay que tener fe.

El resto de la historia lo he contado en otra parte. Convencieron al mismísimo Raymond Rogers, publicaron un artículo en una revista peer reviewed y comieron perdices.

Para acabar esta fábula, quería hacer unas pocas observaciones. ¿Pero realmente son necesarias?

Ah sí, el libro que estaba leyendo era Wilcox, Robert K.. The Truth About the Shroud of Turin : Solving the Mystery. New York, US: Regnery Publishing, 2010. El capítulo dedicado a Sue Benford es el 18.

One Comment
  1. Odiseo permalink

    Los delirios de la señora Sue Benford con sus visiones de Jesucristo se pueden explicar fácilmente si se trata de un caso de identidad equivocada. Es mucho más probable que a quien viera en sus visiones fuera a Frank Zappa y no a Jesucristo, lo que explicaría muchas cosas debido a su parecido físico con el hombre de la Sábana:

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