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El Jesús histórico (III). El consenso de los expertos.

11 de febrero de 2017

Y ahora, un poco de metodología. Otras cuestiones de método irán apareciendo en su momento.

El recurso inmoderado al principio de autoridad es uno de los defectos básicos de las llamadas ciencias humanas, por no hablar de la filosofía o la crítica literaria. No sólo entre las personas inexpertas, sino entre los historiadores o sociólogos, no es raro que alguien pretenda zanjar una conversación citando a la autoridad competente. Es cierto que ya no estamos en los tiempos en que el dicho de Aristóteles o Santo Tomás de Aquino era concluyente y motivo de pena de exclusión, si no de excomunión. Pero la autoridad de un autor sacralizado ha sido sustituida subrepticiamente por el recurso a la opinión mantenida por una supuesta o real comunidad de expertos.

Hay una cierta lógica del asunto. Las personas que no se han instruido especialmente en una materia no están capacitadas para poner en cuestión las opiniones compartidas por aquellos que le han dedicado tiempo y han contrastado sus conocimientos con la comunidad de los que se supone que saben. Nos debemos fiar de la opinión unánime de los científicos respecto de que la tierra no es plana o de que la fuerza de gravedad atrae entre sí a los cuerpos dotados de masa. Aunque el mantenimiento de una teoría, como la de la evolución, no sea absolutamente unánime, la disensión es tan exigua entre los biólogos que sería poco serio no concederles crédito cuando afirman que la evolución es un hecho y el darwinismo la mejor explicación de ese hecho. Sin embargo, no en todos los dominios de conocimiento ni en todas las cuestiones el voto de confianza a los expertos  puede ser tan incontestable. En primer lugar porque, por muy positivistas que seamos, no podemos dejar de reconocer que en algunas cuestiones la actitud de los científicos está tan seriamente influenciada por factores que no son puramente desinteresados, que se puede albergar serias dudas de que su opinión, por coincidente que parezca, sea desprejuiciada. La ciencia, en su desarrollo, está bajo el control de intereses comerciales, políticos y de otro tipo que pueden torcer su desarrollo ideal. Por otro lado, el llamado consenso muchas veces oculta disensiones que se silencian en los medios públicos por las mismas razones. Los media, incluyendo a las revistas de divulgación, que es de donde sacamos habitualmente las ideas sobre materias que no dominamos, son todavía más sensibles a este tipo de presiones. Por no hablar de la simbiosis cada vez mayor entre las grandes empresas, dominadas por la lógica del beneficio, y las instituciones académicas, que hace tiempo presumían de independencia.

Andrea da Firenze: Triunfo de Santo Tomás de Aquino, 1366-67; Fresco del Cappellone degli Spagnoli, Santa Maria Novella, Florencia.

 

Si todo esto puede hacer que mantengamos ciertas cautelas razonables sobre el “consenso científico” en algunos temas precisos, la precaución es mucho más necesaria en ramas de conocimiento menos verificables, como es el caso de la historia, que es a donde va a parar toda esta digresión. Y todavía más en el tema de la historia del cristianismo primitivo.

Primero, porque en la historia no hay métodos racionales capaces de dirimir toda disputa  de forma inapelable. Sea cual sea el grado de rigor del método hipotético-deductivo, no existe un método similar en la historiografía. Y menos en la historia de la Antigüedad.

Segundo, porque la categoría de “experto”, en el tema del cristianismo primitivo es bastante imprecisa. No está nada claro que los teólogos sean expertos en historia, y la mayoría de los que se ocupan del tema tienen una formación de tales y ejercen en cátedras de contenido y denominación ambiguos como “Filosofía de la Religión” o similares, albergadas, con frecuencia, en universidades con un ideario cristiano.

Tercero, porque desde ese ámbito ambiguo se ha constituido un consenso académico en base a la exclusión de los que no aceptan las tesis dominantes. Los sistemas de acceso a los cargos universitarios son lo suficientemente jerárquicos como para impedir que las voces disidentes puedan integrarse en la escala académica o hacerse oír con fuerza, cuando, por accidente, llegan a los escalones más bajos. La carga de agresividad que se expresa a favor y en contra del mitismo, verdadera bestia negra del consenso académico, cuando no el simple ostracismo, revelan el importante sustrato emocional que subyace a cuestiones que deberían ser tratadas con más imparcialidad.

 

Detalle de la imagen anterior

Detalle de la imagen anterior

La presión ideológica y académica es tan importante que se puede inferir las conclusiones de un libro, con un grado mínimo de divergencia, nada más saber la filiación religiosa y el lugar en la escala jerárquica de su autor. Esto no quiere decir que haya que negar toda validez a un trabajo sobre el Jesús histórico porque su autor sea jesuita o rabino. En la entrada anterior he recomendado varios libros escritos por alguno de ellos. Esto quiere decir únicamente, que el consenso en los temas del cristianismo primitivo y, muy especialmente, referidos a su fundador, que para la mayoría de los expertos es nada menos que Dios en persona, está ideológicamente orientado y es una categoría inservible para cualquier tipo de argumentación. El lector que se enfrenta a un libro sobre el Jesús histórico, debe mantener siempre una saludable reserva respecto a afirmaciones que se dicen basadas en la unanimidad académica. A pesar de mis cautelas, me ha ocurrido con relativa frecuencia haber admitido una interpretación como un hecho naturalmente dado, cuando un examen un más profundo revelaba que se trataba en realidad de una afirmación ideológicamente condicionada.

 

Así, que la recomendación o moraleja de esta entrada es: sean cautos y no crean nada en este tema porque “lo dicen los expertos”.

 

Apéndice: Fernando Bermejo sobre el consenso.

Fernando Bermejo: “Historiografía, exégesis e ideología. La ficción contemporánea de las «tres búsquedas» del Jesús histórico” (I) y (II), Revista Catalana de Teología XXX/2 (2005) pp. 349-406; XXXI/1 (2006), pp. 53-114.

Para los que puedan considerar que mi punto de vista sobre el consenso es demasiado escéptico, aconsejaría la lectura de los artículos de Bermejo que cito ahí arriba, especialmente el segundo de ellos. No porque estén de acuerdo con lo que he dicho, que no lo están absolutamente, sino porque es una postura razonable, no dogmática, que merece alguna reflexión.

El punto de partida de Bermejo es similar al mío:

… en un caso en el que la neutralidad de los investigadores está en tela de juicio —la figura de Jesús es el fulcro de la religión actualmente mayoritaria, y por tanto de complejos mecanismos de poder y control social—, puede y debe descartarse de entrada la exigencia de que el consenso tenga su base en términos cuantitativos. Si el número de sujetos a favor o en contra de una posición no es un indicador fiable de verdad, allí donde se cierne la sombra de muy definidos intereses el argumento de la mayoría puede excluirse a priori con toda tranquilidad. (2006: 55)

            Sin embargo, Bermejo cree en la posibilidad de establecer un núcleo de creencias comunes entre los investigadores, siempre que se atengan a determinadas condiciones básicas: que sean de proveniencias culturales, temporales e ideológicas diversas. A este criterio básico, que considera una variante reforzada del principio de “atestiguación múltiple”, se añade, un tanto subrepticiamente, el de “verosimilitud”, que no está claramente definido (2006: 56), pero que, al incluir un consenso entre diversas tendencias y procedencias, podría considerarse integrado en él.

Sobre estas bases, Bermejo cree posible identificar los “resultados seguros” sobre el personaje histórico de Jesús (2006: 57-63). La lista incluye 26 ítems que abarcan desde el hecho de que fue crucificado hasta que protagonizó un incidente en el templo o que realizó acciones que tanto él como sus seguidores consideraron extraordinarias. No discutiré esta extensa lista, aunque creo que sobre algunas de sus afirmaciones el consenso sería bastante más débil de lo que él pretende. El punto 15, por ejemplo, “Comprendió el Reino de Dios que anunció como una realidad de carácter integral, en la que lo religioso y lo político son indisociables” (2006: 60), eliminaría a buena parte de los historiadores cristianos más conservadores, que entienden el contenido político como un malentendido, tendencia que se agrupa bajo el famoso “mi Reino no es de este mundo” (Juan 18: 36). De manera similar, otras de las afirmaciones que reseña Bermejo serían refutadas, desde el campo opuesto, tanto por los mitistas (que hacen una enmienda a la totalidad), como por los racionalistas clásicos estilo Bultmann. En otros casos, la propuesta de consenso de Bermejo es posible por haber estirado al máximo la vaguedad de algunos conceptos hasta dejarlos sin contenido preciso. “Dirigirse de forma ‘especial’ a los pecadores” o “mantenerse dentro de la Torá”, son conceptos cuyos márgenes no están en absoluto claros. Probablemente, en cuánto se especificaran, el consenso comenzaría a esfumarse.

Aparte de esta forma un tanto artificial de forzar la imagen de consenso, consistente en eliminar los extremos y difuminar sus términos, el concepto de atestiguación independiente de Bermejo tiene otro defecto básico: la independencia de los expertos se garantiza por tres criterios: época, localización cultural e ideología. Falta uno no desdeñable: la integración en un grupo específico de producción de la verdad que actúe como jerarquía excluyente.

En el terreno de las ciencias sociales, los mecanismos de producción de la verdad han sido estudiados por Michel Foucault y sus seguidores, como resultado de las relaciones de poder y dominación. (La bibliografía sobre este punto es muy extensa, pero, por la proximidad de nuestro tema, yo recomendaría Historia de la sexualidad. 1. La voluntad de saber (Madrid, Siglo XXI, 2006) y a quien quiera saber más sobre el tema del conocimiento y el poder, y tenga formación filosófica, La arqueología del saber, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002). Foucault ha analizado en extenso, y yo creo que demostrado en buena medida, que la formación del saber sobre el ser humano es el resultado de la constitución de grupos de expertos que elaboran un discurso generador de poder. El objeto de ese poder no existe de antemano como algo naturalmente dado, sino que se genera por las técnicas que permiten su control. En el campo de las ciencias humanas, los mecanismos que describe Foucault se desarrollan en la medida en que esas técnicas son eficaces. Dirigidas al control de comunidades marginales o subordinadas, operan también en el terreno del saber en general, constituyéndose en paradigmas de humanidad. El Hombre, en su conjunto, vendría a ser el producto de técnicas de disciplina psiquiátricas, jurídicas, confesionales, militares, carcelarias, etc. que, al mismo tiempo, generan un cuerpo de élite que es el encargado de dictaminar qué es y qué no es conocimiento. En mi opinión, las “microfísicas” de poder (como llama Foucault a las redes capilares que establecen pequeños, pero insistentes, mecanismos de dominación en la sociedad moderna), se extienden a otros espacios sociales y culturales que dependen menos de la eficacia disciplinaria que de mediois arbitrarios de consenso. Esto es, más allá de la ideología, lo que se exige es que el individuo que intenta pertenecer, y en su caso, ascender jerárquicamente, en la estructura del grupo, se someta a ciertas condiciones de selección y de emisión de discursos controladas por micromecanismos de poder. En concreto, la capacidad de ocupar un lugar señalado en el ámbito de ese saber, está en el sometimiento a técnicas de selección que implican contenidos, pero también formas de producción de ideología. (Soy consciente de que al enfatizar el término “ideología” me distancio de la teoría original de Foucault). No sólo se impone que el aprendiz de brujo se mantenga entre los límites de lo que puede ser dicho, sino que lo haga con fórmulas que sostienen la estructura jerárquica en su conjunto. Algo tan aparentemente imparcial como las reglas de citar, por ejemplo, esconde la obligación de una circularidad en las citas de quién y cómo puede ser citado (debo citar este tipo de documento y no este otro, tal fulano es autoridad, pero no tal otro) que consolida el grupo de poder.

De acuerdo con esto, pertenecer al conjunto de los expertos en el terreno de la búsqueda del “Jesús Histórico”,  significa someterse a tres conjuntos de reglas y ubicación jerárquica: las del lugar académico –que aquí incluye el ámbito de las facultades en Teología o similares‒, las de los medios de publicación y las de la participación en congresos especializados. Aunque están íntimamente relacionadas, estas vías de acceso no son totalmente independientes, por lo que permiten algunas grietas que siempre serán excepcionales y no irán demasiado lejos. Revisión inter pares en revistas, selección de aptitud académica y criba a cargo de asociaciones ad hoc, son los métodos habituales para descartar a los que adoptan un punto de vista hipercrítico. El enfrentamiento entre el consenso oficial y los que se sienten rechazados no hace sino reforzar las posiciones extremas entre unos y otros, impidiendo que la labor crítica, que debería ser integrada dentro del sistema, se ejerza desde fuera por cauces no reglados que promueven, junto a un escepticismo muy respetable, toda clase de disparates a través de medios alternativos –Internet, especialmente‒. La situación no será extraña para los que conocen un poco sobre el tema del sudario de Turín. No es tan desastrosa, pero va por el mismo camino.

 

En definitiva, si, somos un poco más abiertos a la hora de fijar nuestros criterios, habríamos de decir que el consenso que señala Bermejo es demasiado generoso. Yo diría que la comunidad de expertos exige unas cuántas condiciones mínimas para ser considerado uno de ellos, aunque sea algo excéntrico y tolerándolo con cierta condescendencia:

  1. Admitir que existió Jesús el Galileo y que fue condenado y ejecutado por actividades sediciosas por las autoridades romanas en torno al primer tercio del siglo I.
  2. Que predicó algo parecido a la inminente llegada del Reino de Yahveh, más o menos en la línea del mesianismo judío.
  3. Que el impulso y consolidación del Cristianismo se debe básicamente a la versión que de él da una comunidad de cristianos de la diáspora que se organiza a partir de Pablo de Tarso.
  4. Que la forma del cristianismo que triunfa con Constantino, tiene mucho de ajeno a las enseñanzas primarias del grupo de sus seguidores en la segunda mitad del siglo I.
  5. Que es posible extraer algo de lo que hizo o dijo Jesús de Galilea a través del análisis crítico de los evangelios y de la comprensión adecuada del entorno judío.

 

Y yo no pondría nada más a riesgo de dejar fuera a más de un sesudo catedrático de los que se encuentran en los extremos del espectro.

Es claro que estos principios se amplían más o menos de acuerdo con las escuelas, tendencias y sectas de los respectivos grupos de expertos. Pero lo que es claro también es que dejan fuera el totum revolutum que es llamado mitismo, es decir, la teoría de que el Jesús que conocemos es un constructo a base de una mezcla de mitos paganos y judíos y que, si es que existió –que en esto hay división entre ellos‒, de él no sabemos nada.

Como es lógico, si hemos de empezar por alguna parte es por esta banda de outsiders que acecha la plácida convivencia de los expertos regulados comme il faut. Es decir, el mitismo.

 

 

2 comentarios
  1. “El punto 15, por ejemplo, “Comprendió el Reino de Dios que anunció como una realidad de carácter integral, en la que lo religioso y lo político son indisociables””
    y
    “2.Que predicó algo parecido a la inminente llegada del Reino de Yahveh, más o menos en la línea del mesianismo judío.”
    No sé el porqué consideras que la afirmación del Sr. Bermejo sobre los puntos en los que existe un consenso bastante general es excesivamente generosa cuando la que haces tú es básicamente idéntica. Para el mesianismo judío (mesianismo que es de carácter apocalíptico, de ahí las continuas -y erradas- afirmaciones de Jesús el Galileo de que el fin del mundo estaba próximo) el Reino de Dios era un concepto no sólo religioso sino también político. Véase Daniel 7, 13-14 y Libro de Enoc: “En esos días los reyes, los poderosos y los que dominan la tierra suplicarán a los ángeles del castigo, a quienes habrán sido entregados, para que les den un poco de descanso, y puedan postrarse ante el Señor de los espíritus, adorarlo y reconocer sus pecados ante Él.
    2. Bendecirán y alabarán al Señor de los espíritus y dirán: “Bendito es el Señor de los espíritus, Señor de reyes, Señor de los poderosos, Señor de los ricos, Señor de gloria, Señor de sabiduría;
    3. Sobre todas las cosas secretas es esplendoroso tu poder de generación en generación y tu gloria por los siglos de los siglos; profundos e innumerables son tus misterios e inconmensurable es tu justicia.
    4. Ahora hemos aprendido que debemos alabar y bendecir al Señor de los reyes pues reina sobre todos los reyes”.

    • Se ve que no me expresé demasiado bien.Lo que yo decía no es que haya algunos puntos que propone Bermejo que no estén dentro del consenso académico, tal como yo lo he captado, sino que el conjunto me parecía excesivamente amplio. Que los “expertos” no están de acuerdo en tantas cosas. Pero no creo ser generoso con el ningún consenso sobre este tema. Me parece que es una categoría inútil en este caso porque está determinada por el peso de la visión “oficial” del cristianismo que tienen sus componentes. Como se verá poco a poco, yo no me sumaría a ningún consenso. Aunque, claro está, yo no soy un experto.

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