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El Jesús histórico (VI). El silencio de Pablo.

6 de mayo de 2017

El argumento del silencio.

El “argumento del silencio” se utiliza corrientemente en historia, dentro de ciertos límites, como un criterio de datación. Cuando un texto se considera bien datado, si falta en él una referencia a un hecho u otro texto que debería ser consignado por el autor, ello implica que estos tuvieron lugar en fecha posterior. Naturalmente, el método tiene sus limitaciones. Supone que los hechos o textos a datar deberían ser suficientemente públicos y pertinentes para el autor, de tal forma que su mención parezca necesaria y el silencio “clamoroso”, por así decirlo. Que un historiador romano no hiciera mención al sermón de la Montaña no implica necesariamente que éste no hubiera tenido lugar, sino que, de haber ocurrido, era un acontecimiento nimio del que no se tenía constancia pública en la capital del Imperio.

Pablo llevando un libro. Bury o Canterbury?, 1ª mitad del siglo XI.

 

Pablo no habla de los dichos y hechos de Jesús, cuando debería hacerlo.

Por esta razón, por el silencio, las epístolas paulinas resultan incómodas para los que quieren datar las enseñanzas recogidas en los evangelios en un periodo anterior a ellos. El hecho indudable es que en las cartas atribuidas a Pablo apenas se recogen tres o cuatro datos generales sobre la vida de Jesús en la tierra y casi ningún dicho que podamos vincular ciertamente con los de la abundante literatura evangélica. Ninguna cita concreta sobre el sermón de la Montaña, nada de episodios relevantes como el ataque contra los tenderetes del templo. Las epístolas se datan habitualmente en torno a la mitad del siglo I ‒punto de partida que no voy a discutir ahora‒, pero parece como si hubiera un vacío considerable hasta la aparición de las historias evangélicas. Los mitistas se apuntan al dato y concluyen que, antes de Pablo, no había nada que fuera la historia de Jesús. El cristianismo sería una invención de Pablo a partir de cero.

Algunos exégetas tradicionales han negado que el silencio de Pablo exista. Ofrecen una serie de citas en las que, según ellos, se encontrarían referencias a dichos y hechos que concuerdan con los evangelios. Si no son creación de los evangelistas, cosa bastante difícil de demostrar, si habrían sido tomados de la tradición oral que estuvo en su base.

Ahora bien, cuando los exégetas se dedican a buscar paralelismos entre diversos textos testamentarios, conviene extremar el principio de precaución porque muchas veces las comparaciones están traídas por los pelos.  Así (Dunn 2003, p. 182) cita las siguientes muestras “incontrovertibles” de que Pablo conocía los relatos que recogieron más tarde los evangelios: Romanos 1.16 (“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego”), remite a Marcos 3:38 (“Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adulterina y pecadora, el Hijo del hombre se avergonzará también de él, cuando vendrá en la gloria de su Padre con los santos ángeles”); Romanos 2:1 (“Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo”) a Lucas 6:37 (“No juzguéis, y no seréis juzgados: no condenéis, y no seréis condenados: perdonad, y seréis perdonados”); Romanos 12:18 (“Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” a Marcos 9:50 (“Buena es la sal; mas si la sal fuere desabrida, ¿con qué la adobaréis? Tened en vosotros mismos sal; y tened paz los unos con los otros”). Etc., etc.

Es obvio que estas vagas semejanzas (no avergonzarse de la fe, no juzgar al prójimo, estar en paz entre sí, amarse los unos a los otros) no permiten establecer ningún vínculo exacto entre Pablo y los dichos que recogen los evangelistas. Son mandatos bastante generales, expresiones muy vagas que pueden remitir a un fondo común de preceptos tanto cristianos como populares y que no nos autorizan a establecer un conocimiento de Pablo de la doctrina evangélica, ni una precedencia ni, mucho menos, un mandato concreto que venga de Jesús. Pablo podría estar echando mano de algo así como una doctrina precursora, en forma de tradición oral o recopilación de dichos, pero también podrían venir de cualquier fuente de inspiración personal, sea de lugares comunes, su peculiar inventiva o las visiones reveladoras de las que hace gala. Porque lo característico de Pablo es que ni siquiera las atribuye al maestro en un momento especial de su prédica en la tierra. Se limita a mencionarlas como lo que hay que hacer para ser buen cristiano. Esto es exactamente lo que dicen los mitistas. Si hemos de limitarnos a Pablo, el magisterio terrenal no existió.

Otros exégetas oficiales, que sí reconocen este vacío, tratan de explicarlo por el carácter especial de las cartas: no siendo tratados teológicos, sino comunicaciones personales de Pablo a algunas congregaciones, no es de esperar que aparezcan citas concretas a la enseñanza de Jesús. Pablo se referiría a dichos o hechos sólo cuando se viera forzado a “repetir la doctrina básica que él ya impartido al predicar por primera vez el Evangelio a una asamblea determinada” (Meier 1998, p. 69). Las cartas serían informales y, como tal, centradas en otros aspectos particulares no doctrinales. Por un lado, la  hipótesis de que Pablo ya habría hablado de los aspectos concretos que omite en sus cartas es simplemente ad hoc (Montserrat 2007, p. 18). Es decir, una mera posibilidad sin ninguna base documental, presentada para salvar la objeción. Por otro lado, es muy dudoso que las cartas no sean escritos doctrinales. Por su forma, no corresponden meramente a recomendaciones epistolares sobre aspectos organizativos o litúrgicos. Por el contrario, las epístolas tratan de algunos puntos del credo cristiano de forma polémica, se enfrentan a otros profetas del cristianismo –para los que Pablo reserva las más agresivas invectivas‒ y, en muchos casos, estas discusiones merecerían que se adujera citas más o menos exactas del maestro que permitieran reforzar la posición propia y desacreditar las de los falsos cristianos. Y Pablo nunca lo hace. Sería como si en unas cartas de Lenin a las agrupaciones del Partido, en las que polemizara con Kautsky, no citara nunca a Marx. Un poco duro de creer. En estas circunstancias, hay algunos casos en los que Pablo no sólo elude la cita del maestro, sino que demuestra un desconocimiento sorprendente. Por ejemplo, cuando en Romanos 8:26 afirma qué no sabemos cómo rezar a Dios, parece desconocer los pasajes evangélicos sobre el Padrenuestro (Mateo 6; Lucas 11) o la alusión de Marcos (11: 24-26).  En otros casos, prefiere apoyarse en el Antiguo Testamento antes que en los hechos y dichos de Jesucristo, su Mesías. Así en 2 Corintios 6:1-2, dice: “Nosotros, colaboradores de Dios, les rogamos que no reciban su gracia en vano. Porque Él dice: «En el momento propicio te escuché,  y en el día de salvación te ayudé». Les digo que este es el momento propicio de Dios; ¡hoy es el día de salvación!” Es decir, no es cierto, como pretende Meier, que las cartas eviten los temas doctrinales y las citas de refuerzo, sólo que, como en la anterior, cuando Pablo busca el respaldo en la autoridad, no cita a su Mesías, Jesucristo, sino a Isaías (49:8). Este es un recurso habitual en él. La abundancia de citas del Antiguo Testamento contrasta  con el silencio sobre el Jesús de los evangelios. Un silencio llamativo, pues, al que habrá que dar una explicación.

Jesucristo se aparece a Pablo. La ‘Pasión de Arnstein’, (Arnstein); c. 1170- c. 1180

 

 

Un apóstol atípico, un mensaje personal.

Cualquiera que sea la explicación que le demos, no se puede evitar la conclusión de que Pablo dice que ha recibido y pretende transmitir un mensaje personal, independiente de ninguna otra fuente.  “Pues quiero que sepáis, hermanos, que el evangelio que fue anunciado por mí no es según el hombre.  Pues ni lo recibí de hombre, ni me fue enseñado, sino por medio de una revelación de Jesucristo” (Gálatas 1:11-12). Resulta significativo que cuando Pablo cita las palabras del Cristo no sea por alguno de los dichos que le atribuye la tradición recogida en los evangelios, sino por lo que le ha sido manifestado directamente a través de una visión. Es obvio que está intentando justificar su rango de apóstol en oposición directa a los que dicen haber seguido a Jesús en sus andanzas por Galilea y Jerusalén. Habiendo recibido su ministerio también directamente, se coloca al mismo nivel que Pedro o Juan, los pilares de la iglesia jerosolimitana. Su palabra no es menos válida. Pero, según los mitistas, esto implica también que el Jesús de Pablo no tiene ninguna consistencia terrena. Es un personaje celestial que se manifiesta a los humanos desde su ámbito superior por medio de apariciones, no un alguien que, por naturaleza o por efecto de su descenso a la tierra, tuvo carne y huesos.

Naturalmente –y sigo el razonamiento mitista‒, Pablo no dice que los otros apóstoles no hubieran recibido el mensaje de Jesús. En la Primera epístola a los corintios (1 Cor 15) se enumera las distintas apariciones de Jesús resucitado –que, por cierto, no corresponden con las de los evangelios‒: Pedro, “los doce”, quinientos hermanos juntos, etc. Dice que esta información la recogió de otras personas, probablemente en su viaje a Jerusalén o en otras partes. Pero en ninguna epístola dice que estas apariciones no sean visiones semejantes a la suya. Por lo tanto serían manifestaciones de un espíritu divino, ensalzado por el Padre como Señor de los Cielos y la Tierra tras su muerte a mano de los demonios.

 

El himno de Filipenses.

En medio de la Epístola a los filipenses, se incluye unas líneas que no son homogéneas con el resto (Fil 2:6-11). Se consideran generalmente como un “himno”, aunque no está claro que sean exactamente eso (Fee 1992, p. 44). Tampoco está claro el origen del texto. Ni la forma ni el contenido parecen ser de Pablo y el problema reside en saber si corresponden o no a la teología paulina expresada en otras partes. Aunque la idea general es que no hay contradicción (Rodríguez 2011, p. 251), también resulta difícil de saber puesto que en ninguna otra parte de las epístolas aparece una formulación tan completa del concepto paulino de Cristo. Dicho de otra manera, no tenemos término de comparación y los criterios lingüísticos habituales para descartar interpolaciones no son aplicables aquí puesto que, aunque el lenguaje empleado no es propiamente paulino, no podemos saber si es una “interpolación” de un texto ajeno añadida por el mismo autor. Algunos intérpretes (Wilson 2011, p. 38) recalcan que existen versículos –el 8, notablemente‒ que son poéticamente forzados y parecen colocados ahí para introducir un concepto teológico. También hay unanimidad en señalar los elementos gnósticos del himno, lo que sirve a algunos mitistas para relacionar a Pablo con el gnosticismo del siglo II  y proclamar el concepto exclusivamente espiritual del Cristo (Couchoud 1939, p. 339). Es cierto que el himno alude a una cierta “forma” humana que adoptó Jesús, pero ésta puede interpretarse como una mera apariencia, de la misma manera que los ángeles toman la apariencia de jóvenes muchachos o Yahvé de zarza ardiente. “Tomó forma de siervo”, “semejante a los hombres”, traduce la Biblia Reina-Valera 1960.

La referencia a la crucifixión, el otro elemento que parece terreno, sería meramente simbólica. Esa muerte no tendría lugar en la Tierra. Por eso en 1 Corintios 2: 8 se refiere a unos inciertos “arcontes” (ἀρχόντων) cuando habla de la crucifixión. Estos serían  los poderes demoníacos y, a pesar de la localización –“de la tierra” o  “de la época”‒ se situaría su actuación en un espacio celeste intermediario (Godfrey 2011).

 

 

La conclusión mitista.

El análisis de las cartas paulinas, consideradas casi unánimemente anteriores a los evangelios, permite concluir que el apóstol Pablo desconocía cualquier referencia a una existencia terrena de Jesucristo. Para él, como para otros apócrifos que formaron la tradición docetista o gnóstica, el Cristo era una criatura celestial, como una emanación divina de forma similar a la Sabiduría de Filón de Alejandria, que habría sido combatido por los poderes demoníacos, crucificado ‒simbólicamente‒ en las regiones celestiales inferiores y exaltado por el Padre a un rango soberano. Los evangelios posteriores, canónicos y apócrifos, son un intento de dar cuerpo a esa divinidad debido, probablemente, a que era demasiado abstracta y difícil de asimilar por la población inculta.

 

Bibliografía:

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Couchoud, P. L.: The Creation of Christ. An Outline of the Beginnings of Christianity, Vol 2, London, Watts & Co., 1939

Detering, Hermann: “The Dutch Radical Approach to the Pauline Epistles”, Journal of Higher Criticism, 3/2 ; Fall 1996, consultado 01/05/2017 09:27; https://depts.drew.edu/jhc/detering.html

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Dunn, James D. G.: Jesus Rememberd. Christianity in the Making, vol. 1, Grand Rapids, Michigan / Cambridge, U.K., William B. Eerdmans Publishing Company, 2003.

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Meier, Joseph P.: Un judío marginal. Nueva visión del Jesús histórico, vol. I-IV, Estella, Verbo Divino, 1998-2005.

Montserrat Torrents, José: Jesús, el galileo armado. Historia laica de Jesús, Madrid, EDAF, 2007.

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