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El Jesús histórico (VII). Algunos problemas del mitismo.

20 de mayo de 2017

Si los autores mitistas pretenden basar su alegato en el silencio de Pablo, sus problemas provienen del hecho de que, aunque el autodenominado “apóstol” no conociera a Jesús, aunque su teología parece basarse en un ser divino preexistente y aunque la vida y milagros de Jesús están clamorosamente ausentes de sus epístolas, hay algunos pasajes en ellas en los que Pablo habla de un Jesucristo que tiene rasgos de humanidad innegables.

De la estirpe de David, según la carne.

Las epístolas paulinas hablan de Jesús de Galilea como un ser humano en diversas ocasiones. Sirvan de ejemplo estas dos:

            Acerca de su Hijo, que nació de la descendencia de David según la carne,  y que fue declarado Hijo de Dios con poder, conforme al Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos: nuestro Señor Jesucristo (Romanos 1:3-4)

            Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley (Gálatas 4: 4)

La primera manera de contrarrestar estos pasajes consiste en considerarlos interpolaciones. Se ha dado diversas razones de interpolación de Romanos 1:2-6 (Detering 1996). Me referiré a dos.

  1. No es lugar para colocar en medio del saludo inicial. Las salutaciones de las epístolas estaban redactadas en forma de breves referencias a los destinatarios. No tiene sentido que en esta epístola se incluya el desarrollo de una compleja teología, que podría haber sido incluida más adelante, de forma natural. Si se elimina el discurso teológico, la dedicatoria queda como todas las otras.
  2. Está en contradicción con otros pasajes en los que Pablo dice que no le interesa el aspecto carnal de Jesucristo (2 Cor 5:16: “De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así”.)

La segunda manera de contrarrestar las dos afirmaciones juntas es maximalista: todas las epístolas paulinas son falsas. (Detering 1996). Nótese que parece haber una inconsecuencia del tipo “No le dije eso a Pepe cuando le vi y además él no estaba en la ciudad cuando yo fui”. No es exactamente el caso. La idea consiste en que las epístolas de Pablo habrían sido falsificadas por Marción en los comienzos del siglo II como un intento de fundamentar los ideales espiritualistas del gnosticismo en un apóstol  genuino. Posteriormente, tras el triunfo absoluto de la corriente oficial del cristianismo, se les habría interpolado algunos pasajes que hablaran de la existencia terrena del Cristo.

Como dice Carrier (Carrier 2015), este tipo de argumentación se basa en demasiadas suposiciones sobre las iglesias cristianas del II y argumentos ad hoc (o sea, meras suposiciones de respaldo). Tomadas por separado, puede haber alguna que merezca consideración, pero en su conjunto son muy poco consistentes para mantener una crítica tan radical. Las menciones a una vida terrena de Jesús no justifican una reclamación de invalidez total. Pero la abundancia de las mismas tampoco parece justificar una invalidación punto por punto.

El hermano de Jesús.

            En varias ocasiones Pablo se refiere a la existencia de Jesús como humana. Una de las más traídas y llevadas es la referencia a Santiago, “el hermano del Señor” que aparece en Gálatas 1:19: “Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro, y permanecí con él quince días;  pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Santiago, el hermano del Señor”. Supongo que se insiste tanto en esta referencia por dos razones: porque se trata de un punto de fricción entre católicos y protestantes (si Jesús tenía hermanos, ¿dónde queda la virginidad de María?) y porque aparece en el relato de forma indirecta.

La implicación de la virginidad de María conduce a un extraño maridaje entre mitistas y católicos. Estos últimos no pueden admitir que Santiago fuera hermano carnal de Jesús y, lo mismo que en el pasaje de Marcos 3:31, en el que María y sus hermanos van a buscarlo, tratan de hacer esfuerzos para interpretar de manera forzada el término griego ἀδελφοὶ, que quiere decir justamente “hermano carnal” en griego y no “primo” o “pariente”. Es éste un buen ejemplo de cómo la confesionalidad de los expertos decide la agenda de su investigación, dicho sea de paso. Lo que es más raro es que los radicales de “izquierda” y de “derecha” –por así decirlo‒ se junten en el mismo bando. Tampoco es tan insólito, después de todo.  A veces ocurre.

En cualquier caso, el pasaje en el que se menciona la visita a Santiago, “el hermano del Señor”, tiene un aliciente adicional: está dicho de pasada. Quiero decir, que el inconveniente de muchas afirmaciones de los relatos evangélicos es que tienen un contenido doctrinal que pesa sobre su posible historicidad. No se sabe muy bien si algunos o muchos pasajes reflejan una simple narración, verdadera o inventada, o responden al intento de demostrar que el Cristo era el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento o aquél que sobrepasaba a los santos judíos en esta o aquella virtud. Pero aquí, la referencia al hermano de Jesús no es el centro de la perícopa.  Santiago no se nos presenta para demostrar su relación parental con el Mesías, sino que ésta se da por conocida en un contexto en que Pablo habla de otra cosa ‒ trata de justificar la legitimidad de su prédica‒. Santiago no es presentado como hermano del Señor para demostrar otra cosa que el poder que tenía para dar el aval a las prédicas de Pablo.

El caso es que hay una interpretación inmediata: si Jesús tenía hermanos, era un ser de carne y hueso como los demás mortales,  no un espíritu ubicado en los cielos que ocasionalmente se mostrara en la tierra con apariencia humana. Y, dado que los mitistas no pueden admitir tal cosa, habrán de encontrar una interpretación diferente del pasaje. Aparte de ciertos intentos muy minoritarios de datar la epístola de forma tardía –de los que hablaré en otra entrada‒, la línea principal de defensa se centra en considerar “hermano” como un genérico habitual referido a “ser cristiano”. Efectivamente, Pablo se refiere en alguna ocasión a las congregaciones como “hermanos del Señor” (Romanos 8: 29; 1 Corintios 9:5?), con lo que ésta referencia no implicaría que Santiago fuera hermano de sangre, sino sólo un “hermano espiritual” del Cristo (Carrier 2016 y Drews 1912; pp. 84-5). [NOTA: dejo de lado que en ninguna parte Pablo utiliza la expresión “hermanos del Señor” de una manera clara para referirse a los cristianos en general. En 1 Corintios 9:5, por ejemplo, no parece seguro que no se esté refiriendo de nuevo a hermanos carnales; en Romanos 8:29, emplea el término “primogénito” para referirse a Jesús; hay matices]. Se aduce, entonces, que la partícula “sino” sería excluyente, es decir, Santiago no estaría entre los apóstoles, como Pedro, sino como alguien diferente a los apóstoles, es decir, un cristiano más.  (Goodwin 1986; p. 126).

Pero el pasaje queda bastante raro con esta interpretación. “En Jerusalén vi a Pedro, entre los apóstoles, y al cristiano Santiago”. Resulta realmente incomprensible que para identificar a un Santiago, el que era el “pilar” de la iglesia de Jerusalén junto con Pedro y Juan, Pablo lo identifique como “el cristiano”. Cristianos eran todos los citados, por lo que, al llamar la atención acerca de con qué Santiago habló ‒”Jacobo” era un nombre muy común entre los judíos‒, no tiene sentido que destaque el rasgo genérico. Tendría que aparecer aquí algo individuante, que es lo que exactamente es “hermano” en el sentido carnal.

            Los arcontes de la Tierra.

Otro de los argumentos estrella del mitismo, relacionado con Pablo, se encuentra en 1Corintios 2:8: “…la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria”. La clave está en la expresión ἀρχόντων τοῦ αἰῶνος, que habitualmente se traduce como “príncipes –o gobernadores‒ de este siglo ‒o este mundo‒”.  El vocablo “arcontes” ya había aparecido en Efesios 6:12 (ἀρχάς) pero atribuyéndoselo a los poderes infernales que se enfrentan a los cristianos: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”. La conclusión, para los mitistas, es inevitable: el Mesías fue simbólicamente crucificado en una región supralunar por una hueste de demonios, los famosos “arcontes”.

Sin embargo, la conclusión no parece tan evidente si tomamos un poco de perspectiva. El mismo texto de 1 Corintios que se cita incluye un versículo anterior que hace difícil que sea referido a los ángeles infernales. En el versículo 6 se ha mencionado previamente a los “arcontes de este mundo” que son ajenos a la sabiduría divina porque “van desapareciendo”, o lo que es lo mismo, son perecederos. Es obvio que no se está refiriendo a los demonios que son perdurables.  Esto es plenamente coherente con el significado de “arcontes” en el griego de la época, que se refería concretamente a los gobernantes terrenales. No existiendo otra mención en el Nuevo Testamentoa los “arcontes” como seres infernales ‒ni en el Antiguo de la Septuaginta‒ , ésta es una mera suposición que no tiene demasiada base documental y que choca con el propio contexto.

NOTA: No discutiré ahora al pasaje en el que Pablo acusa a los judíos de haber matado a Jesucristo (1 Tesalonicenses 2:16). Desde luego, los judíos no son demonios celestiales, sino entidades muy terrenas, pero plantear ahora este pasaje obligaría a una discusión bastante enredada sobre su autenticidad y consecuencias. Creo que, por el momento al menos, ya he tratado el tema suficientemente.

Gema amuleto. British museum. Siglos II o III.

El argumento de dificultad contra el mitismo.

Hay un argumento comúnmente aceptado en contra del mitismo que se basa en el criterio de dificultad o embarrassment. El razonamiento así llamado parte de que determinado fragmento aparezca en un texto a pesar de que plantea una dificultad de integración con el trasfondo ideológico y, por lo tanto, es embarazoso. Se supone, entonces, que el autor o autores del texto se han visto obligados a incluirlo porque se trataba de un pasaje bien conocido por sus lectores, que no se ha podido soslayar. Generalmente, el contenido embarazoso es reelaborado para disimular su efecto, pero puede ser detectado porque encaja mal en el contexto o porque resulta ser llamativo a pesar de la labor de maquillaje.

Un caso típico sería el de la curación de la hija de la mujer sirofenicia o cananea (Marcos 7:24-30; Mateo 15: 21-28). En un momento del pasaje, Jesús se resiste a efectuar un milagro porque la que se lo pide es una mujer pagana y le dice: “No está bien quitarles la comida a los hijos para echársela a los perros”. El sentido de la frase es inequívoco y choca totalmente con la concepción religiosa de Pablo y los evangelistas. Para ellos, Jesús era el Mesías de los paganos tanto o más que de los judíos y, sin embargo, en este pasaje dice que su misión está reservada a los segundos. Hay dos motivos de embarazo aquí. El primero, que un ser celestial, si no divino, sea rebatido por una simple mujer. En segundo lugar, que Jesús aparezca pretendiendo que su magisterio se reduce a los judíos. Aunque después se rectifique esta afirmación, queda como algo que se atribuía a Jesús, si no del propio Jesús histórico, siendo tan contradictoria con el concepto del Cristo que se dirige a todas las naciones, que hay que reconocer forzosamente su validez histórica.

El argumento de la dificultad ha sido aplicado a la propia existencia de Jesús de Galilea, como refutación del principio mitista de que no existe ninguna prueba de su existencia. La muerte de Jesús en la cruz era un clásico caso de dificultad para los primeros cristianos, para los seguidores de Pablo que habían emprendido el proselitismo en los ambientes paganos del Imperio. En efecto, la muerte por crucifixión era un castigo extremadamente infamante que se aplicaba a la escoria de la sociedad: los esclavos, bandoleros o rebeldes contra Roma, categorías estas últimas que se mezclaban en el imaginario romano (Bermejo-Rubio 2014, p. 9; Hengel cit. por Crossan 1996, p. 144). Por ello resulta fuera de toda racionalidad que unos supuestos inventores de una religión dirigida a los habitantes del Imperio hubieran ideado un dios judío que muere como un miserable enemigo de Roma (Meier 1991, p. 185). Dioses que mueren y resucitan, a veces de manera no muy elegante, los hay en la mitología helénica, pero ninguno tan contradictorio. Desde luego, como ocurre con cualquier referencia al argumento de causalidad –un criterio bastante frágil por sí mismo, como ya comentaré más adelante‒ los mitistas pueden argumentar que la crucifixión de Jesús no parecía ser una molestia tan insalvable cuando los cristianos siguieron adelante con ella y la convirtieron en símbolo esencial de su prédica, que definitivamente se demostró bastante exitosa. Sin embargo, Puente Ojea desarrolla el argumento de forma que puede interpretarse como una respuesta a la objeción:

A mi juicio, la prueba mayor de que existió históricamente un hom­bre conocido después como Jesús de Nazaret o el Nazareno radica en las invencibles dificultades que los textos evangélicos afrontan para armonizar o concordar las tradiciones sobre este personaje con el mito de Cristo elaborado teológicamente en estos mismos textos. Nadie se esfuerza por superar aporías derivadas de «dos» conceptos divergentes y contrapuestos del mismo referente existencial, si dichas aporías no surgieran de testimonios históricamente insoslayables. La imposibili­dad conceptual de saltar de modo plausible del Jesús de la historia al Cristo de la fe constituye una evidencia interna —aunque aparente­mente paradójica— de la altísima probabilidad de que haya existido un mesianista llamado Jesús que anunció la inminencia de la instaura­ción en Israel del reino mesiánico de la esperanza judía en las prome­sas de su Dios. Ninguna otra prueba alcanza un valor de convicción comparable a los desesperados esfuerzos, a la postre  fallidos para una mirada histórico-crítica, por cohonestar el Cristo mítico de la fe con la memoria oralmente transmitida, de modo fragmentario, de un he­breo que vivió, predicó y fue ejecutado como sedicioso en el siglo I de nuestra era. (Puente Ojea 1992, p. 10).

Es decir, no se trata de hacer suposiciones acerca de lo que molestaba o no a los primeros cristianos, sino de constatar en la redacción de los evangelios y textos subsiguientes los esfuerzos denodados de sus autores por disfrazar de todas las maneras posibles el hecho de la crucifixión y la autoría de los romanos. Así, cuando Pablo atribuye la muerte de Jesús a los judíos (1Tesalonicenses 2,14-16)  ‒sea o no una interpolación, como pretende Carrier‒, está forzando el disimulo hasta casi lo imposible, puesto que cualquier habitante del imperio, o de la zona oriental al menos, sabía que la crucifixión era en la época un castigo que sólo los romanos usaban para reprimir a los “criminales” que se oponían a su ley (Drews 1912, p. 76).

Que la crucifixión de Jesús suponía una vergüenza para los cristianos dentro del imperio se demuestra también por el hecho de que hasta el siglo V las representaciones de Jesús colgado y, sobre todo, muerto en la cruz son inexistentes y sólo se han encontrado unos cuántos amuletos de datación incierta y significación muy marginal. (Harley-McGowan 2013; Carotta 2009, p. 180). En los primeros siglos, la cruz se representa desencarnada, en sarcófagos principalmente, en forma de un símbolo, staurograma , cruz de brazos iguales –con antecedentes en la iconografía judía‒, disfrazada en forma de áncora, etc. Incluso cuando aparece Jesús en posición de crucificado, la cruz misma es disimulada y la posición es ambigua, semejándose a la clásica del orante. (Puerta de Santa Sabina, siglo V). En la misma línea, exégetas como Justino, escriben con el trasfondo la muerte en la cruz, pero ponen el énfasis en su carácter simbólico, más que en el hecho mismo. (Justí 1993, p. 88) “Y hasta vuestros símbolos demuestran la fuerza de esta figura [de la cruz], me refiero a vuestros estandartes y trofeos con los que emprendéis vuestras  marchas por todas partes, mostrando  con ella el símbolo de vuestro poder, aunque sea sin daros cuenta” (1 Justino 55:6), les dice a los paganos.  (Ya se pueden imaginar de dónde han sacado algunos mitistas la idea de que la cruz cristiana es un mero símbolo inspirado en algunos iconos cruciformes imperiales).

Claro que el mitista puede argumentar contra el supuesto subyacente de la racionalidad de las creencias religiosas. Cuando se acude al argumento del criterio de dificultad contra la hipótesis del Jesús-mito, se supone que la religión sigue el principio psicológico según el cuál el ser humano actúa siempre de acuerdo con lo que racionalmente le resulta más conveniente o útil. Pero tal principio es más que dudoso. No hace falta ponerse a defender intuiciones “gnósticas” superiores a la racionalidad (Jung 1949, p. 32) para comprender que el ser humano se embarca con relativa frecuencia en actividades e ideas que son destructivas o que parecen serlo desde su propia perspectiva subjetiva. La creencia en paraísos ultraterrenos lanza a diversos tipos de fanáticos a morir matando o impulsa a los creyentes en esta o aquella religión a sacrificios a veces incomprensibles. Más prosaicamente, pulsiones aparentemente ininteligibles lanzan al ludópata por un camino que resulta ser finalmente autopunitivo. Dios me libre de equiparar a los terroristas fundamentalistas que se inmolan invocando la grandeza de este u otro dios, llevándose por delante todo lo que encuentran, con la pasión obsesiva de Justino Mártir con los leones que se lo iban a comer crudo, pero en los dos hay una pulsión de muerte que, si no es el tanatos freudiano, se le parece. Y tampoco hay que ponerse tan dramático, que cualquier portador/a de cilicio contraviene el principio confortable de la seguridad bajo el principio del dolor: “Nuestro más ardiente deseo es sufrir por amor de nuestro Señor Jesucristo”.  Así que regodearse con la humillación del propio dios, compartiendo su Cruz, confirma que la religión de los primeros cristianos no era sino locura e insulto a la inteligencia, como certifica cumplidamente quien se la inventó en buena medida, Pablo de Tarso: “Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres” (1 Cor 1:25).

Matthias Grünewald, Crucifixión (detalle), 1512-16.

En resumen, aunque la dificultad no es insalvable –pocas lo son en el ámbito de la exégesis evangélica‒, la invención de un dios judío y crucificado por una secta que predica un mito a los paganos romanos parece más que difícil de creer. Mucho más sencillo es suponer que los primeros cristianos tuvieron que bregar con un hecho que repugnaba a sus creencias iniciales, es decir, la muerte infamante de su profeta, y tuvieron por ello que proceder a complejas racionalizaciones a posteriori que hicieran asimilable la idea por parte de aquellos a los que predicaban.

Bibliografía:

Bermejo-Rubio, Fernando: “Jesus and the Anti-Roman Resistance. A Reassessment of the Arguments”, Journal for the Study of the Historical Jesus  12 (2014), pp. 1-105

Carotta, Francesco: “Orfeo báquico: la cruz desaparecida”, Isidorianum, Número 35, Año XVIII 2009, pp. 179-217.

Carrier, Richard: “Ehrman and James the Brother of the Lord” en Richard Carrier blogs, November 6, 2016; http://www.richardcarrier.info/archives/11516; consultado 28/04/2017 9:14.

Couchoud, P. L.: The Creation of Christ. An Outline of the Beginnings of Christianity, Vol 1y 2, London, Watts & Co., 1939

Crossan, John D.: Jesús. Biografía revolucionaria, Barcelona, Grijalbo, 1966.

Detering, Hermann: “The Dutch Radical Approach to the Pauline Epistles”, Journal of Higher Criticism, 3/2 ; Fall 1996, consultado 01/05/2017 09:27; https://depts.drew.edu/jhc/detering.html

Drews, Arthur: The Witnesses to the Historicity of Jesus, London, Watts & Co, 1912

Dunn, James D. G.: Jesus Rememberd. Christianity in the Making, vol. 1, Grand Rapids, Michigan / Cambridge, U.K., William B. Eerdmans Publishing Company, 2003.

Godfrey, Neil: “’Rulers of this age’– Dale Allison’s shotgun argument for human rulers”,  Vridar, 2011-10-05;  consultado en línea, 22/04/2017 11:07; http://vridar.org/2011/10/05/rulers-of-this-age-dale-allisons-shotgun-argument-for-human-rulers/

Goodwin, D. R.: “Ἐὰν μή, Gal. ii. 16”, Journal of the Society of Biblical Literature and Exegesis, Vol. 6, No. 1 (Jun., 1986), pp. 122-127

Harley-McGowan, Felicity: “The Maskell Passion Ivories and Greco-Roman art: notes on the iconography of crucifixion”, en Mullins, Juliet; Ní Ghrádaigh, Jenifer; Hawtree, Richard, ed.,  Envisioning Christ on the cross: Ireland and the early Medieval west , Dublin,  Four Courts Press, 2013; pp. 13-33.

Jung, Carl G.: Psicología y religión, Buenos Aires, Paidós, 1949.

Justí: “Primera Apologia” , en Martí i Aixalà, Josep, ed. Apologetes del segle II; Barcelona, Facultat de Teologia de Barcelona i Enciclopèdia Catalana, 1993

Meier, Joseph P.: Un judío marginal. Nueva visión del Jesús histórico, vol. I-IV, Estella, Verbo Divino, 1998-2005.

Puente Ojea, Gonzalo: El Evangelio de Marcos. Del Cristo de la fe al Jesús de la historia, Madrid, Siglo XXI, 1992.

3 comentarios
  1. Moreno permalink

    Excelente, como siempre.

    Una pregunta. Desde mi ignorancia…

    “·Las epístolas paulinas hablan de Jesús de Galilea como un ser humano en diversas ocasiones”

    Das dos posibles argumentos, o refutaciones, de los mitistas respecto a la existencia de Jesús de Nazareth:

    Una tercera… ¿no podría ser, simplemente, que Pablo ya hubiese conocido las leyendas orales sobre la existencia de un Jesús que -unos años antes- hubiese predicado la vuelta del reino de Israel / Judá a la Tierra?

    Después de todo, decenas de supuestos Mesías se presentaron en el Templo de Jerusalén en las primeras décadas del siglo I

    • Moreno permalink

      Me explico:
      – Pese a los heroicos intentos de los defensores de la historicidad de los evangelios, por el momento parece que algunas de las epístolas paulinas son más antiguas que cualquiera de los evangelios actualmente descubiertos.
      – Por lo tanto…
      – O creemos que Pablo se lo inventó todo…
      – O Pablo se basó en una tradición oral o escrita sobre un tal Jesús de Nazareth y sus hechos
      – Dado que en el siglo I se conocen decenas de autoproclamados mesías… ¿pudiera ser que Pablo se inspirara en la tradición mesiánica para construir un mesías “a modo”?

      • Gracias. Elogio benevolente. Mi ignorancia también es mucha.
        En efecto. Podemos suponer que Pablo había oído hablar de un líder de una pequeña secta judía, ejecutado por los romanos, sobre el que corrían algunas leyendas. De hecho, algunos mitistas reconocen esta posibilidad, que no sería muy diferente del partir de cero. Porque el hecho es que, si tal fue el caso, o no había muchas leyendas que contar o esas leyendas no le interesaban gran cosa y fabricó su propio personaje divino. Ambas cosas parecen posibles. Lo más raro es que se inventara totalmente el personaje. Él, o a quién se atribuya las epístolas, que para algunos era Marción. ¿A santo de qué inventarse un profeta judío crucificado por los romanos? ¿No podían haberse inventado un hombre santo sirio asesinado por un malvado demonio o un rey cruel, si les iba el exotismo orientalista? ¿Por qué la cruz y los romanos? Desde la racionalidad la cosa no cuaja. Desde la racionalidad, claro.

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