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El Jesús histórico (VIII). El origen del análisis crítico de los evangelios.

28 de mayo de 2017

En buena parte de las leyendas del pasado se puede encontrar algún dato que corresponda a un hecho histórico. Más difícil es averiguar cuáles son y cuáles no son. Este no es un problema privativo de los primeros textos cristianos. Los historiadores se vuelven locos intentando separar la paja del trigo en la Ilíada, el Cantar de Roldán o en los mitos pre-colombinos. La preocupación por la objetividad de los testimonios es válida para cualquier época, pero en estos casos nos encontramos con abundante material puramente imaginario, apenas ningún hecho relatado en el estilo propio de un historiador y algunos pasajes que sugieren una cierta autenticidad. No son acontecimientos que hayan sido mencionados por historiadores de la época ‒si los hubo‒, no hay rastros arqueológicos que los refuten o confirmen… ¿Cómo hacer para resolver el problema?

El nombre de la rosa (1984), Jean-Jacques Annaud

Estas dificultades para establecer la autenticidad de la narrativa del pasado –y no sólo la estrictamente legendaria‒ han pesado sobre la historiografía contemporánea. Se ha dejado atrás la fantasía novelesca que se justificaba en la “comprensión” de la historia, frente a la explicación de las ciencias, para construir relatos sobre Aníbal, Leónidas o el rey Salomón. Desde hace tiempo, las escuelas de historiadores se centran en los hechos y tendencias colectivas, económicas, sociales o culturales, más que en el empeño de adivinar el carácter de Pericles o qué pasó realmente entre Alejandro y Diógenes. No se trata aquí de discutir valoraciones. Algunos historiadores se dan con frecuencia a lamentaciones jeremíacas a propósito de la falta de “vivacidad” o “interés humano” de las historias que se ocupan de fijar lo colectivo y social en lugar de centrarse en los acontecimientos particulares. Efectivamente, puede uno embelesarse con la belleza del arco iris, pero esa legítima emoción estética no dirá nada de las causas del fenómeno que estamos observando. Si hemos de explicar, sea cual sea el sentido que le demos a la palabra, expliquemos. No se trata de desvalorizar ninguna realidad humana individual. La desconfianza hacia la “comprensión” de los acontecimientos históricos tiene su origen en la dificultad intrínseca de fijarlos de una manera objetiva y la facilidad con que interviene la subjetividad del observador o historiador cuando trata de sustituir lo que sabe por lo que imagina. Como es bien sabido, la descripción de un mismo acontecimiento por personas diferentes puede dar lugar a narrativas totalmente distintas. Y no hablemos de la memoria. Por ello los historiadores menos idealistas tienden a hablar de lo colectivo: mentalidades, culturas, sistemas de pensamiento, clases… Los individuos aparecerán en la historia como los narradores, los ideólogos, los espectadores o los proyectos que se entrecruzan entre las fuerzas colectivas. No como los entes excepcionales que configuran la historia.

Si esto es así en general, la cosa se hace más acentuada cuando se habla de la historia de la antigüedad. La razón es muy sencilla: al cronista de la antigüedad la objetividad le importaba un bledo. Entiéndase, la objetividad tal como la concebimos desde la modernidad. Esto quiere decir que la descripción de un hecho tal y como ocurrió estaba enteramente subordinada a la idea que el narrador se hacía de lo que éste debía ser. En nuestros tiempos sería impensable que un periodista atribuyera un discurso a un político insigne cambiando sus palabras por las propias. Es lo que hacía Tucídides, el más riguroso de los historiadores antiguos, cuando se trataba de transmitir lo que dijo Pericles o lo que respondieron los habitantes de Melos a los embajadores atenienses. Las comillas no existían en las lenguas antiguas, por así decirlo. De igual modo, si había que magnificar un hecho para darle más valor, se podía exagerar hasta lo inverosímil. Sin problemas. Añádase a esto la cantidad innumerable de veces que un monarca hacía grabar en estelas hechos fabulosos de su reinado que ni él se creía, la descripción de monstruos imposibles o las intervenciones de los dioses para pronunciar oráculos que daban sentido a los triunfos y fracasos de los héroes de la historia.Y luego vinieron los copistas de la Edad Media, que colocaban la santidad –y otros intereses menos sublimes‒ por encima de cualquier otra cosa. El panorama es el que es y no hay más.

Eso no quiere decir que el historiador de las edades antiguas deba arrojar los trastos por la ventana y dedicarse a otra cosa. Pero su labor es muy diferente de la que se atribuyeron los cronistas del pasado.
Los documentos que manejaban los primeros eruditos eran las más de las veces escritos que se presentaban a sí mismos o que uno presentaba tradicionalmente como de un autor o una época dada, y que narraban deliberadamente tal o cual acontecimiento. ¿Decían verdad? ¿Son realmente de Moisés los libros calificados de “mosaicos” [, y de Clodoveo los diplomas que llevan su nombre?] ¿Qué valen los relatos del Éxodo? Ése era el problema. Pero a medida que la historia fue llevada a hacer un uso cada vez más frecuente de los testimonios involuntarios, dejó de limitarse a evaluar las afirmaciones [explícitas] de los documentos. También tuvo que arrebatarles la información que no tenían intención de proporcionarle. ( Bloch 2001; p. 104)

El auténtico historiador no se limita a contar las hazañas de un héroe sangriento o los milagros de un santo prodigioso, no repite viejos relatos de forma pasiva, sino que los interroga –les aplica “un tercer grado”, decía Collingwood‒ para que revelen lo que ocultan. Ahí está la verdad profunda de la historia. Por el contrario, “cuando un historiador acepta la autoridad de un testimonio y lo trata como la verdad histórica, pierde obviamente el nombre de historiador”. (Collingwood 1978, p. 256).

Seguidor de Hieronimus Bosch: Jesús entre los doctores; siglo XVI.

Los inicios de la crítica aplicada al Nuevo Testamento.

Aunque sea a remolque, y casi siempre de manera incompleta, la tendencia crítica de la historia ha afectado también a la interpretación bíblica. En un principio fue impulsada por historiadores no confesionales, como David Strauss o Bruno Bauer, pero acabó llegando también a los creyentes. Desde finales del siglo XIX a principios del XX la exégesis denominada “liberal” (Historia de las Formas, Rudolf Bultmann, Albert Schweitzer…) acometió la revisión crítica de la hermenéutica cristiana desde dentro. Sus resultados resultan demoledores para la pretensión de conocer al auténtico Jesús, incluso desde los parámetros de hoy en día: dicha pretensión debe ser abandonada. Las razones de este dictamen son diversas, como lo son sus consecuencias teóricas en los diferentes autores, pero en toda ellas pesa la influencia de los nuevos métodos de hacer historia. Desde luego, y hablando de autores cristianos, no se puede pensar que se adhirieran a una posición mitista. Según ellos, las narraciones evangélicas no pueden ser consideradas históricas. Deben su redacción a los seguidores de Jesús y los hechos allí narrados son de dudosa autenticidad. No sabemos nada del carácter de Jesús, de sus milagros o de sus palabras exactas, pero queda un algo auténticamente cristiano. “La verdad es que no es Jesús como históricamente conocido, sino un Jesús que se alza espiritualmente entre los hombres, que es significativo para nuestro tiempo y puede ayudarlo. No el Jesús histórico, sino el espíritu que le acompaña a Él y que lucha en las almas humanas por un nuevo influjo y una nueva ley, es el que triunfa sobre el mundo” (Schweitzer 1911, p. 587). “Cuando encontramos las palabras de Jesús en la historia, no las juzgamos como un sistema filosófico, válido por su racionalidad, sino porque nos colocan ante la cuestión de cómo tenemos que enfrentarnos a nuestra propia existencia” (Bultmann 1934). Como buenos luteranos, los exégetas liberales sustituyen el conocimiento de Jesús por la fe, puesto que “la fe es el reconocimiento de la actividad de Dios en nuestra vida” (Bultmann 1934). Uno o una se puede sorprender de que personas tan escépticas se muestren tan seguras de lo que dijo Jesús o lo que significa Jesús. ¿Si a través de los evangelios sólo captamos las sucesivas modificaciones que ha padecido el Jesús de Galilea real, cómo podemos captar su “significación” o su “enseñanza”? Aquí parece haber una contradicción de primer orden. O sabemos o no sabemos. Pero Schweitzer o Bultmann resuelven la cuestión cortando el nudo gordiano: lo sabemos por la fe. El segundo, especialmente, parece mucho más un filósofo irracionalista que un historiador. Sus explicaciones sobre la libertad y responsabilidad del ser humano ante la decisión de creer, como un acto gratuito de libertad absoluta, suenan a un Heidegger pasado por el agua del bautismo. Es decir, un Kierkegaard un tanto blando.

Así que, partiendo de la modernidad más radical, acabamos en el mundo de los antiguos. El viejo expediente de criticar la racionalidad para reivindicar la creencia sin trabas ya fue utilizado por el nominalismo ockhamista y más atrás. Su aparente modernidad consiste en utilizar las armas de la crítica de la Razón para ensalzar la Sinrazón. Si nada vale objetivamente, puedo poner mi subjetividad por encima de todo sin el menor escrúpulo epistemológico. “El examen de la historia no consiste en una orientación objetiva sobre determinados acontecimientos pasados, sino que está motivado por la pregunta de cómo nosotros, que pertenecemos a la historia actual, conseguimos comprender nuestra propia existencia” (Bultmann 1934). La conclusión no puede ser más luterano-existencialista: “La obediencia [que Jesús reclama] es fácil porque depende del juicio y responsabilidad del que está concernido [no de las complejas reglas de la interpretación doctoral]. Ciertamente desde otro ángulo es más difícil porque para el hombre débil es un descanso que la responsabilidad de la decisión la tenga otro. Y esta es la carga que Jesús arroja sobre los hombres. Les enseña que están llamados a hacer una elección entre el bien y el mal, entre la voluntad de Dios y la suya propia” (Bultmann 1934). Decisión que no puede estar regida por ninguna “comprensión del pasado” y que, por lo tanto es “enteramente libre”.

¡La teología (racional) ha muerto, viva la teología (existencial)!

La respuesta de los teólogos-historiadores.

No estoy muy al tanto de los avatares de la religión luterana, así que no puedo saber si Bultmann y Schweitzer siguen siendo bienvenidos entre los seguidores de las iglesias reformadas. Pero entre los adeptos del Jesús histórico no los traga nadie. Especialmente entre los católicos, para los que el libre examen de los textos sagrados sigue oliendo a cuerno quemado. Teólogos irreverentes, excomulgados y similares aparte, claro está.

El caso es que ambos autores fueron relegados al ámbito de un pasado ideológicamente remoto de ideas trasnochadas, superado por lo que se llama en la jerga de la profesión “las tres búsquedas” –o Quests, si se escribe en inglés que suena más prestigioso‒. Se supone que, tras el periodo puramente negativo de la teología liberal, los historiadores del primer cristianismo han depurado sus métodos, sobrepasando el temible escepticismo fideísta hasta conseguir una visión objetiva, necesariamente más contenida que la de la teología convencional, pero mucho más segura. Ahora sabemos quién era Jesús en realidad. Gracias a los “criterios de historicidad”. Sobre ellos tratarán las siguientes entradas.

NOTA: La aversión de los historiadores católicos por Bultmann y Schweitzer sólo es superada por los exégetas confesionales de cualquier orientación contra todo lo que huela a John D. Crossan y el Jesus Seminar. Probablemente porque Bultmann es un poco complicado de digerir y Schweitzer, al fin y al cabo, se dedicó a las misiones.

Bibliografía.

Bloch, Marc: Apología para la historia o el oficio de historiador, México, Fondo de Cultura Económica, 2ª ed. 2001

Bultmann, Rudolf: Jesus and the Word, New York, London, C. Scribner’s sons, 1934; consultado en linea: 25/05/2017 11:12; http://www.religion-online.org/showbook.asp?title=426

Collingwood, R. G.: The Idea of History, Oxford University Press, 1978.

Schweitzer, Albert: The Quest of the Historical Jesus. A Critical Study of its Progress From Reimarus to Wrede, London, Adam and Charles Black, 1911.

Para una visión crítica de las “Tres Búsquedas” y su superación, recomendaría: Bermejo, Fernando: “Historiografía, exégesis e ideología. La ficción contemporánea de las «tres búsquedas» del Jesús histórico (I)”, Revista Catalana de Teología, XXX/2 (2005), pp. 349-406. En linea: http://www.raco.cat/index.php/RevistaTeologia/article/view/71497/104000

One Comment
  1. Odiseo permalink

    Ejem ejem… La película “El nombre de la rosa” es de 1986, no 1984.

    ¿Por qué has cambiado el año? ¿Acaso fuiste inspirado por el Diablo?

    ¡Penitenciagite!

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