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El Jesús histórico (XI). Marc Bloch y el valor de los testimonios.

30 de agosto de 2017

El testimonio más convincente que se puede ofrecer en un tribunal es el de un testigo que ha visto o escuchado lo que atestigua. Ahora bien, es razonablemente cierto que todos los escritores del Evangelio fueron testigos oculares de la mayoría de los eventos registrados por ellos en las historias del Evangelio. Tanto Mateo como Juan estaban entre los Doce que constantemente asistían al Maestro en todas sus peregrinaciones, oyeron sus discursos, presenciaron la realización de sus milagros y proclamaron su fe después de que él se fuera. (24)
(Walter M. Chandler: The Trial of Jesus).

El testimonio que ofrece indirectamente Jesús de los fariseos de su tiempo es confirmado por los relatos de su posterior proceso. (David Flusser: Jesús en sus palabras y su tiempo, p. 70)

Hace tiempo, durante un relevo nocturno, vi cómo se transmitía a lo largo de la fila el grito: “¡Cuidado! ¡Hoyos de obuses a la izquierda!” El último hombre recibió el grito bajo la forma: “Háganse a la izquierda”, dio un paso hacia ese lado y se desplomó. (Marc Bloch: Apología para la historia o el oficio de historiador, p. 77)

Entre el primer y el tercer texto que acabo de citar hay un abismo, y no sólo por el lapso histórico entre ellos. Se trata de dos maneras encarar los testimonios y dos maneras de ver la historia también. En palabras de Robin G. Collingwood (1978, p. 235), la primera de ellas “implica que la verdad histórica, en la medida en que es accesible para el historiador, sólo es alcanzable porque existe ya hecha en las declaraciones de sus autoridades. Estas declaraciones son para él un texto sagrado cuyo valor depende totalmente de la inquebrantable tradición que representan”.  Por el contrario, el historiador científico no se limita a leer el texto, sino que lo somete a un “tercer grado” para que confiese lo que está debajo de sus pretensiones de verdad (p. 270). El término resulta chocante porque Collingwood está comparando la labor del historiador con la de la brutalidad policial, pero es bastante gráfico. Por mucho que adorne sus razonamientos con “lo que dice la Ley”, Chandler –a pesar de su apellido‒ no parece ser siquiera un buen lector de novelas policiacas . Su posición es la del abogado defensor del inculpado que trata de purificar su testimonio de algunos “errores secundarios”, para quedarse con la “sustancia verdadera” del relato. A ver si cuela. Hoy en día, cuando se ha leído un poco sobre el tema, hace sonreír tanta ingenuidad. Sólo la exégesis más conservadora y menos académica mantiene hoy que los autores de los evangelios están claramente identificados como los que la tradición designó. Ni siquiera expurgando sus numerosos errores y afirmaciones imposibles pueden considerarse testigos de primera mano. Pero la posición de partida, la de considerar los textos evangélicos como documentos válidos, todavía subsiste, aunque la eliminación de elementos imposibles o más que sospechosos se haya ampliado, de acuerdo con metodologías que se pretenden más científicas. La cita de Flusser que he incluido ‒un profesor hebreo que, como tal, debería sacralizar menos los evangelios‒, incurre con total tranquilidad en el mismo defecto del que hablo, al considerar que el proceso de Jesús, tal como allí se narra, transmite una imagen fiable de los fariseos de principios del siglo I. Al método que consiste en apartar lo que nos molesta del texto para quedarnos con la parte de ellos que encaja con nuestros preconceptos, Collingwood lo llamó plásticamente “cortar y pegar”.

Para ilustrar la versión opuesta de la historia, menos dogmática y más científica, he elegido a Marc Bloch. Marc Léopold Benjamin Bloch (1886 – 1944 ), es un historiador francés que, junto a Lucien Febvre, fundó la escuela y la revista Annales, una de las más influyentes del siglo XX. Antiguo combatiente en la I Guerra Mundial –de ahí la cita de más arriba‒, participó en la Resistencia francesa. Arrestado por los nazis fue torturado y ejecutado el 16 de junio de 1944.

San Marcos, evangelista; segunda mitad del siglo XIV o primera del XV. Noyon.

Bloch se especializó en la historia de la Edad Media. Apologie pour l’histoire ou Métier d’historien, apareció después de su muerte y es una reflexión sobre la metodología de la historia antigua y de la Edad Media, en la que se dedica especial atención al trabajo de análisis de textos (capítulos 2 y 3). Hablando de la actitud de los historiadores ante los testimonios, antes de la revolución crítica de la modernidad, Bloch comenta: “si no había de antemano fuertes razones para sospechar que los testigos o los narradores mentían, todo hecho afirmado era las más de las veces un hecho aceptado” . Esta no era la actitud de la masa ignorante y crédula solamente, sino la de los intelectuales más encumbrados que hacían historia. “¿Contaban que había caído una lluvia de sangre? Eso significaba, pues, que había lluvias de sangre”. Incluso el más pirrónico de los filósofos renacentistas, Michel de Montaigne, si “leía en sus queridos clásicos tal o cual tontería acerca de la fuerza prodigiosa del pez rémora o del país cuyos habitantes nacen sin cabeza, las inscribía sin chistar entre los argumentos de su dialéctica” (Bloch 2001, p. 137). Era capaz de someter a una crítica demoledora todas las opiniones humanas –o casi todas porque ante la autoridad de la Iglesia echaba un paso atrás‒, pero en cuanto a los testimonios acerca de hechos, por más insólitos que fueran, ni se le ocurría ponerlos en duda. Y en eso coincidía con todos los cronistas e historiadores hasta la más reciente modernidad. La consecuencia es que la historia antigua y medieval fue un caldo de cultivo para toda suerte de bulos y falsedades que corrían de copista en copista, de boca en boca, sin la menor contención. Por un lado, las noticias más disparatadas eran transmitidas por los viajeros y pasadas de boca en boca. Por otra, el control de la información por parte de un restringido grupo de poder (el clero y la nobleza) podía generar documentos de propaganda groseramente falsos sin el menor impedimento (Bloch 2001, p. 83). Así se creaban de la nada visitas de Carlomagno a los Santos Lugares o conspiraciones de los leprosos y los judíos para acabar con la cristiandad. El resultado podía ser sangriento, como los pogromos contra las leproserías del siglo XIV (Ginzburg 2003, p. 75). O la construcción de una historia ficción, como las hagiografías de muchos mártires pre y post-constantinianos.
Los exegetas cristianos metidos a historiadores deberían demostrar de alguna manera por qué creen que la literatura evangélica escapa a la norma que exige cautela. El argumento más manido es invocar la cercanía de los hechos narrados. Se supone que, o bien las falsas noticias de los evangelios habrían sido desmentidas por los testigos de los hechos, o bien que los evangelistas, en el caso de haber querido contar algo falso, habrían renunciado ante el riesgo de ser descubiertos. El argumento no se tiene en pie. La extensión de los bulos y leyendas sobre un acontecimiento particular es con mucha frecuencia contemporánea al hecho mismo. Los cronistas de la época, recogen no sólo rumores, sino noticias “ciertas” –de acuerdo con los peculiares criterios medievales‒ de que los leprosos se habían coaligado con los judíos en una vasta operación para envenenar pozos, fuentes y ríos, conspiración que, según otras fuentes también “indudables”, incluía al rey moro de Granada. La cosa se tomó tan en serio que, unas veces por pogromos populares y otras por mandato real y tribunales ad hoc, fueron miles los leprosos y judíos que acabaron en la hoguera. En el evento participó el inquisidor dominico Bernard Gui, al que Uds. recordarán porque hacía de malo en la película de Jean-Jacques Annaud El nombre de la rosa (1984). Se llegó, incluso, a detallar la composición de la pócima letal: sangre y orina humanas, una hostia consagrada y algunas hierbas no especificadas (Ginzburg 2003, p. 81). Lo digo por si alguno quiere probarla en casa, pero que sepa que con tomillo y mejorana no funciona.
Sabemos de toda esta demencial, pero incontenible producción de bulos porque algunas autoridades menos insensatas, o que no compartían los fines políticos que estaban mezclados en todo ello, protestaron y consiguieron, en algunos casos, frenar un poco el frenesí inquisidor y justiciero. Aunque muy minoritarios, algunos textos han llegado hasta nuestros días en este sentido. Pero la situación en la Palestina del siglo I no es la misma. Frente a la minuciosa constatación del informe de Gui, la jurisprudencia y otras crónicas que se referían a la peste y a los leprosos en tiempo real, nada de esto existió en la Palestina del siglo I o nada de esto subsiste, si lo hubo. Los relatos acerca de lo que había dicho o hecho un oscuro profeta palestino que, según algunos era divino, corrían de boca en boca por todo el imperio. Con frecuencia los cristianos de una ciudad italiana o egipcia recibían visitas de quienes se decían apóstoles, profetas o discípulos del Cristo, que predicaban cosas que podían ser contradictorias. En otros casos, los más, la conversión no se producía por un mensaje de una autoridad pretendida, sino por lo que decía un vecino o familiar (Ehrman 2009, p. 146). Se adoptaba el bando que más cuadraba con los propios preconceptos y sentimientos, y se formaba parte de él con todas las consecuencias.

La presión uniformadora de la Iglesia hizo el resto. Primero con la adopción de un canon, por criterios que no tenían nada que ver con motivos científicos de depuración histórica. Luego, durante toda la Edad Media, con la persecución inquisitorial contra las herejías, quema de libros incluida. El resultado es que, para la mayoría de ellas, especialmente las más antiguas, no tenemos más información que lo que les atribuyen sus perseguidores y enemigos acérrimos, y lo que podamos conjeturar acerca de su verdadero alcance a partir de ello. En esas circunstancias, pretender que las posibles discrepancias sobre el contenido de los evangelios quedaran sometidas a la crítica racional de los que las escuchaban y que estos pudieran dejar siempre constancia de su desacuerdo, es de una ingenuidad apabullante… e interesada.

GIOTTO di Bondone, Escenas de la vida de San Juan Evangelista, detalle, c. 1315, Santa Croce, Florence

De hecho, en los evangelios se recogen acontecimientos verdaderamente inverosímiles, o sea, simplemente falsos, que nadie ha osado discutir durante siglos. De la supuesta fiabilidad por cercanía de los evangelios debería desprenderse una crónica común,coherente y sin elementos fantásticos. Y esto no es así. La constante contradicción entre sí de los supuestos testimonios directos, las incoherencias dentro del propio relato, las incongruencias con el marco histórico y geográfico en el que se desarrollan, desmienten la supuesta fiabilidad por cercanía y cualquier otra (Ehrman 2009, p. 91ss, por ejemplo, a propósito de estas contradicciones). El cuadro resultante es que en la redacción de los evangelios se entrecruzan múltiples líneas de disensión ‒manipuladas en su mayor parte para acomodarlas a una línea doctrinal concreta‒, respecto a puntos fundamentales de la doctrina o los hechos de la vida de Jesús, que ofrecen más el espectáculo de enfrentamientos primarios que la armónica testificación de eventos reales. El historiador, el verdadero historiador, no está en situación de evaluar en detalle la veracidad o falsedad de esta o aquella frase. Se encuentra con un material opaco, que lo único que revela es cuál era la situación del cristianismo a finales del siglo I y comienzos del II –si es que las fechas finales de los textos que nos han llegado son estas‒.

“Las narraciones históricas nos dicen menos sobre la realidad que sobre los que las elaboraron” (Ginzburg 2011, p. 2). Con los debidos matices sobre lo consciente y lo involuntario, este es el principio insoslayable de la historiografía moderna que se salta el 99% de los historiadores del llamado “Jesús histórico”. Más o menos.

Bibliografía.

Bloch, Marc: Apología para la historia o el oficio de historiador, México, Fondo de Cultura Económica, 2ª ed., 2001.
Chandler ,Walter M.: The Trial of Jesus, New York, The Empire Publishing Co., 1908
Collingwood, Robin G.: The Idea of History, Oxford University Press, 1961, reimp. 1978.
Ehrman, Bart: Jesus, Interrupted: Revealing the Hidden Contradictions in the Bible (And Why We Don’t Know About Them). New York, Harper Collins, 2009
Flusser, David: Jesús en sus palabras y su tiempo, Madrid, Ediciones Cristiandad, 1975.
Ginzburg, Carlo: Historia nocturna. Las raíces antropológicas del relato, Barcelona, Península, 2003.
Ginzburg, Carlo: Threads and traces : true, false, fictive, University of California Press, 2011

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