Saltar al contenido.

El Jesús histórico. XIV. Conclusiones.

26 de noviembre de 2017

Montoire-sur-Loire; Capilla de Saint-Gilles, siglo XI

Cuando se busca un objeto siempre hay una presuposición básica: que puede existir. Normal. Uno no busca un marcianito verde con orejas-trompetillas si no está convencido de que es una hipótesis razonable. Pero hay otro tipo de búsqueda: sabes que la cosa existe, pero no dónde encontrarla o qué forma tiene exactamente. Las famosas “quest” (búsquedas) del Jesús histórico se parecen más bien al segundo tipo. Una pléyade de teólogos e historiadores a la caza de una pieza codiciada que en alguna parte tiene que esconderse. Para algunos de ellos, el Jesús de la historia no está muy claro qué es. Pero la mayoría ya tiene una idea precisa de lo que anda buscando. Se trata de ajustar algunos puntos secundarios y exhibir la pieza ante los incrédulos. “¡Ahí lo tienes! ¡Y tú que decías que el monstruo del lago Ness no existía!” Más o menos así.

Lo que pasa es que la pieza se muestra elusiva. Al igual que Nessie, nunca aparece claramente. Algunos dicen que la han visto escabullirse entre los arbustos; otros que oyeron sus bramidos en el páramo; los de más allá aseguran que cenan con él todas las noches, pero cuando uno pasa por su casa, ese día el invitado no ha acudido… Todo esto provoca las risitas de los escépticos, que ponen de muy mala uva a los cazadores, especialmente si su convicción es fuerte y llevan años detrás de la cosa. Así que no es nada de extrañar que los escépticos no sean bienvenidos entre la hueste cinegética.

Me perdonarán la parábola, pero es que tanto bregar con los versículos y las perícopas no deja de pasar factura. Por poco no empiezo esta última entrada con el “en verdad, en verdad os digo…”

El caso es que el destino del mitista, en el tema del Jesús histórico, viene a ser como el del hereje: por mucho que haga no provoca sino rechazo. Pero hay algo sintomático. La reacción violenta de los historiadores teólogos es comprensible. Les están tocando la fibra. Un poco más intrigante es cuando el historiador no confesional reacciona de la misma manera. Esto se entiende sólo si el mitista le está tocando algo más que las narices: su modus vivendi. Entiéndaseme, que no quiero decir que las respuestas airadas de Ehrman, Puente Ojea o Piñero sean deshonestas y conscientemente preocupadas por destruir cualquier amenaza a sus garbanzos. Ellos piensan sinceramente que el mitista es un insensato. Y tienen razones para ello. Pero su respuesta emocionalmente agresiva denota por fuerza otra cosa. Si se cuestionan la existencia de Jesús, se cuestionan su lugar en el mundo académico y la imagen que se dan a sí mismos de respetabilidad escolar. A nadie le gusta que le zarandeen de esa manera, y menos si las razones para hacerlo están poco claras.

Porque hay que destacar una cosa: si, como he tratado de mostrar en esta serie de entradas, la evidencia en favor de la existencia de Jesús es poco contundente, la argumentación de los mitistas se acerca en muchas ocasiones a la historia ficción y sus desarrollos teóricos tienen multitud de patas cojas. O sea, el asunto pende de un hilo.

Dejando aparte la doctrina ilusoria de los creyentes metidos a historiadores que encuentran “evidencias” en todo, los mejores argumentos a favor de la existencia de Jesús el Galileo dependen de fuentes de dudosa fiabilidad (textos obviamente manipulados como Flavio Josefo), vagas referencias (Suetonio, Tácito…), documentos de difícil datación (cartas de Pablo) y poco más. Todo acaba focalizándose en el argumento de dificultad: ¿Cómo una secta palestina del siglo I con pretensiones ecuménicas iba a inventarse una cosa tan contraria a sus intereses como un dios crucificado por los romanos? ¿Estaban locos o qué? Pero, como ocurre con cualquier otra cosa que queramos deducir del argumento de dificultad, ésta inferencia reposa sobre el prejuicio racionalista de que todos los seres humanos actúan de acuerdo con sus intereses de una manera racional o, al menos, son capaces de reconocerlos. En ética puede que este presupuesto resulte convincente —muy seguro no estoy—. Pero en el campo de las religiones, dar por supuesto que las pulsiones humanas son de orden racional y que no pueden ofuscar la claridad de nuestras percepciones y nuestro intelecto es más que muy dudoso. En este caso conviene recordar la afirmación de Pablo de Tarso: “Lo nuestro es necedad para la inteligencia” (1Corintios 1: 18-21).

Pero donde los mitistas se pierden es cuándo pretenden explicar la génesis del cristianismo. Los intentos de recurrir a símiles forzados, préstamos culturales estrambóticos o suposiciones gratuitas hacen que uno acabe desconfiando de su escepticismo. Si el academicismo tiene sus grandes peligros de soberbia, el mitismo peca frecuentemente por la audacia del diletante. Sus teorías son castillos de naipes que, muchas veces, superan a los de los historiadores teólogos en inestabilidad. Esto ocurre porque el argumento que utilizaba más arriba sobre los presupuestos del discurso académico puede volverse contra el mitista. También él vive del Jesús histórico —entiéndase, por dios, que cuando digo que “vive de” no me refiero exclusivamente a los aspectos más vulgarmente materiales de la existencia, sino al vivir como estilo humano de existencia—. Su proyecto dejaría de funcionar como tal desde el momento en que desaparecieran los “jesusistas”. ¿Contra qué iba a escribir? ¿Tendría que clausurar un proyecto que le lleva toda su vida? Así que mitistas y anti-mitistas se necesitan mutuamente, aunque parezca que se odien a muerte.

Pero como yo no soy ni lo uno ni lo otro, puedo intentar establecer un punto equidistante. Si me preguntan si yo creo que existió Jesús el Galileo, yo diría que, ateniéndonos al mero enunciado de existencia, me parece que sí, subrayando “me parece” veinte veces. En mi opinión, seriamente hablando, el Jesús histórico es un supuesto inverificable que se mantiene solamente por la presión doctrinaria. Las razones para pensar —o no pensar— que anduvo deambulando por la Palestina del siglo I hasta su muerte son más bien inclinaciones a creer algo por motivos que muchas veces no tienen que ver con el cálculo de probabilidades ni de forma remota. Si Jesús no fuera el origen de una religión que ha sido el pensamiento único durante siglos y todavía domina el panorama de la cultura popular en todo el mundo, se le dedicaría una docena de monografías al año, y casi nadie se preocuparía por estudiar su vida y milagros más allá de las leyendas que contienen los evangelios. La historia del cristianismo sería la de una secta que aparece en el siglo I en la Palestina romana, sus creencias y su evolución. Y punto final.

Y como mi interés por este asunto se refiere sólo a la construcción de mitos y no me siento personalmente implicado en él —más allá de ciertos recuerdos de infancia no demasiado agradables— doy por finalizada mi modestísima aportación al tema y me dedicaré a otra cosa a partir de ahora.

Si no me pica otra vez el morbo, claro está. Como dijo el famoso fisgón, “nunca digas nunca jamás”.

One Comment
  1. Odiseo permalink

    He de felicitarte, David Mo, por la extensa e interesante exposición de tus opiniones sobre el Jesús histórico. Yo también estoy de acuerdo en que la figura del “Jesús histórico” tal como se la considera actualmente es más bien dudosa, tendiendo a creer por mi parte que incluso no hubo un personaje real llamado Jesús sobre el que se construiría posteriormente el mito de Jesucristo, sino que más bien hubo varios personajes anónimos reales (independientemente de los mitos asociados a Jesucristo) en los cuales se basó la idea de Jesús como maestro por un lado, y como el mesías esperado por el pueblo judío por el otro.

    En otras palabras, en el dudoso “Jesús histórico” podrían confluir por lo menos dos figuras con trasfondo histórico. Primero, el de un maestro religioso judío con ideas afines a la escuela de Hillel, que sería responsable de la literatura que dio origen al “Documento Q” (concretamente el primer estrato de dicho documento, el llamado Q1, que se considera el cuerpo doctrinal más cercano al Jesús histórico, siendo todo lo demás añadidos posteriores). Y segundo, el de un peligroso mesianista judío que mereció ser crucificado por los romanos entre otros muchos en ese periodo. Siempre me ha llamado la atención que en la determinación de las características históricas de Jesús, nadie ha sabido explicar, a mi parecer, cómo era posible que un maestro que predicaba ideas inofensivas sobre el amor al prójimo hubiese podido sufrir un castigo tan brutal. Cuando crucificaba a judios, Roma ejecutaba a terroristas sediciosos y no a pupilos del maestro Hillel.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: