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La flagelación de Cristo y la Sábana Santa.

16 de enero de 2018

La devoción es una cosa extraña. En buena lógica racionalista, los universos imaginarios que construimos deliberadamente deberían ser siempre amables y consoladores. Ante un mundo erizado de dificultades y amenazas personales y globales, deberíamos refugiarnos en imágenes apacibles y serenas como los famosos Relaxing Classic Music de Youtube. Pues no. El creyente religioso tiende a recrear imágenes tortuosas, violentas o mórbidas con la misma frecuencia —o más— que imagina paraísos azules repletos de tortitas de miel, túnicas blancas y cantos angélicos. Algo se pega a los no creyentes de esta fascinación terrible cuando nos paramos delante de las macabras imágenes de Caravaggio o Grünewald los que somos incapaces de ver como le dan dos puntos de sutura a nuestro perro. Quédese la explicación para la psicología, que no es tema de esta bitácora. Si digo lo anterior es para explicar que, a pesar de esta fascinación, las delectaciones con que los sindonistas, místicos o científicos, se entretienen en el recuento de llagas, sangres y clavos sobre la santa sábana siempre me han echado para atrás. Si he tocado el tema en entradas anteriores, ha sido intentando hacerlo lo más asépticamente posible. Pero como todo llega y el tema del santo sudario está realmente aburrido, me voy a parar a hacer un breve comentario sobre uno de los últimos artículos de Andrea Nicolotti que tenía aparcado en una carpeta. Lo hago con gusto, por otra parte, porque en el muermo panorama del tema de este blog, Nicolotti es de lo poco que queda que investiga las cosas con seriedad y detalle. Por las razones que sea, Gian Marco Rinaldi y Antonio Lombatti —otros dos de la “escuela” italiana a los que solía contactar— han paralizado sus blogs. En el campo contrario, hasta el profesor Fanti parece haber agotado su imaginación para continuar sus asombrosos estudios a partir de una micronésima parte de cierta fibra que alguien le había pasado no se sabe como.

Nicolotti es una rara avis en el terreno de los estudios sobre el sudario de Turín. Siendo historiador académico sólo se preocupa por estudiar sobre aquello que concierne a la historia. Con tantos escrúpulos no se hará célebre en el terreno de la sindonología, pero nos dejará una serie de escritos de lectura imprescindible para los que nos hemos metido en la materia. En “The Scourge of Jesus and the Roman Scourge. Historical and Archaeological Evidence” (Journal for the Study of the Historical Jesus, 15 (2017), pp. 1-59), hace un detallado análisis de las investigaciones que sindonistas y otros fervorosos historiadores han llevado a cabo especialmente desde el siglo pasado hasta la fecha.

Lo que no puede sorprendernos de su análisis es que en los hallazgos e interpretaciones de los historiadores confesionales, vamos a encontrar los mismos errores que en los sindonistas de pro.

Lo mismo que en el caso de la sindonología, se trabaja aquí con fotografías de dudosa calidad y dibujos que reconstruyen a su manera restos arqueológicos que el investigador no se molesta en verificar.
Así, en esta escena de un maestro (sileno) golpeando a un alumno (sátiro) —o algo así— …

…aparece misteriosamente un látigo de forma muy similar al que el fervoroso investigador anda buscando.


Naturalmente, el fervoroso investigador no se molesta en acudir al Museo Nacional de Nápoles, donde se habría  visto frente a una sencilla refutación de su doctrina en el nº de catálogo 69500.: el dibujo es una reproducción errónea del original.  Habiendo encontrado una “evidencia”, no necesita nada más. Eureka, pues.

En segundo lugar, el fervoroso historiador no es realmente un especialista. Por eso, son capaces de inventarse términos inexistentes en latín, como el flagrum talis tessellatum, por tesseratum, y construir a partir de ahí toda una teoría, o convertir en el terrible flagrum romano lo que en realidad son ornamentos litúrgicos etruscos como estos:

Estos y otros disparates ilustran claramente el peligro que para la investigación científica supone el que el estudioso acuda con una carga emocional intensa que le predisponga a aceptar a la primera los datos que parecen favorecer sus creencias sin el más mínimo reparo. Los prejuicios son prácticamente inevitables en algunos campos de la ciencia, especialmente en las humanas, pero una cosa es estar afectado por ellos sin ser consciente y otra muy diferente que se sean los propios prejuicios los que guían la investigación. El problema de los historiadores cristianos se remite a la angustiosa exclamación de Pablo de Tarso: “Si el Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana” (1 Corintios 15:14). Con semejante presión no es difícil que se vea látigos donde no los hay. Sobre todo si, como en el caso de los sindonistas, se pretende contra toda evidencia que ningún artista medieval podía inventarse marcas como las del sudario de Turín, porque sólo los auténticos látigos romanas las podían causar. Como Nicolotti demuestra cumplidamente, nadie sabe realmente como eran las marcas del flagrum, en el que los historiadores confesionales han centrado sus preferencias. No hay restos arqueológicos de él, porque sus materiales eran perecederos y las descripciones en imágenes y relatos no son suficientemente claras al respecto. Y, además, los artistas medievales pintaron en numerosas ocasiones instrumentos con bolas semejantes la las que se supone que causaron los golpes en el sudario de Turín. (Dejando aparte de que sobre este punto hay “visiones” muy diferentes entre los que dicen verlas). Pretender hacer de nuestro desconocimiento del tema y de las suposiciones que sobre él se pueden montar evidencias absolutas de nuestra creencia es el método sindonista en estado puro, como creo haber demostrado a lo largo de este blog. Pero como el artículo que comento nos muestra, no sólo los sindonistas se dedican a este dudoso método. En realidad lo han calcado de lo que es la historia piadosa de las reliquias, no de la ciencia, como ellos pretenden.

From → 3.4. Otros

2 comentarios
  1. Absolutamente de acuerdo con su tesis. Al iguál que en lo referente al Jesús histórico. Cualquier estudiante de bellas artes; -por escasos que sean sus conocimientos de anatomia-, puede advertir las enormes desproporciones de la figura que representa la archi-famosa sábana. Son: ocho cabezas y media lo que mide la extraña figura, cuando las proporciones naturales cotejadas en arte, son de siete y media. Para uno, con ese simple detalle, es más que suficiente. Sobran todos los argumentos “irrefutables”; -tal y como expresan sus defensores-, acerca de cómo se creó la imagen, la procedencia del lino, las moneditas sobre los ojos, y un larguísimo etcétera. Gracias por las aportaciones en su estupendo blog. Le sigo fielmente. Saludos cordiales.

    • Gracias por el comentario.
      Efectivamente, hay varias desproporciones en la figura del lienzo de Turín que algún sindonista (Zugibe) ha considerado debidas a deformaciones malsanas de Jesús. Lógicamente lo de tener por Señor a un ser deforme no es del agrado del conjunto del sindonismo. Ellos prefieren ver en la imagen una perfección anatómica imposible en un artista del final del gótico. Aparte de que ninguna de las dos cosas son ciertas, lo significativo es que esas deformaciones, básicamente consistentes en el alargamiento anormal de los miembros, son típicas de ese periodo artístico. En esta bitácora he puesto algunos ejemplos que cualquier estudiante de historia del arte -con nota- conoce. Los expertos sindonistas, no.

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