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David Hume, sobre los milagros. (Y la Sábana Santa).

18 de enero de 2017
Ciencia y sentido común. (Sólo para rumiantes).

Sólo para rumiantes.

 

 

 

 

Después de haber tocado varias veces este tema de manera dispersa y haber hecho varias alusiones en la entrada anterior, se me ocurre hacer unas pocas precisiones más para dejar a David Hume   en su sitio, dentro de mis modestas posibilidades.

Hume trató el tema de los milagros especialmente en la sección 10 de su Investigación sobre el conocimiento humano. Yo he utilizado la versión de Jaime de Salas Ortueta para Alianza Editorial (Madrid, Col. Área del Conocimiento, 2001). La sección 7 del mismo libro también es útil para entender los conceptos de necesidad, ley y causa, que están implicados en el debate. Se puede acceder a diversas versiones en línea de este tratado. No he consultado ninguna, pero me imagino que las que provengan de alguna fuente especializada serán respetables. El Proyecto Gutemberg dispone de la edición inglesa de 1777  en varios formatos digitales:  El acceso es libre.

Se hace responsable a Hume de dos tesis básicas: que un milagro es una vulneración de las leyes naturales y que la existencia de los milagros debe ser rechazada a priori como una imposibilidad (Taylor  2007).

Ambas tesis han de ser corregidas y matizadas.

Santo Domingo de Calerueja (sic) y el milagro del libro que no se quemaba, Paris, Maestro de la Cité des Dames (illuminator); c. 1400-1410

 

Definición de milagro.

Hume proporciona dos definiciones diferentes de milagro. (1) “Un milagro es la violación de las leyes de la naturaleza” (153). (2) “Un milagro puede definirse con precisión como la transgresión de la ley de la naturaleza por una volición particular de una deidad o por la interposición de algún agente invisible” (nota p. 154). Como vimos en los capítulos en los que he mencionado a Hume (Schoen 1999), sus detractores suelen utilizar tan sólo el primero de los significados. Sin embargo, esta opción parece ser contradicha por el énfasis de las cursivas (son de Hume) y por el hecho de que advierta que (2) es la definición “precisa”. A simple vista no parece haber motivo para limitarse a (1), si ésta es la definición más inexacta. La razón poddría encontrarse en las agendas de los críticos: eliminando la mención expresa a la intervención de la deidad, el concepto queda bastante más difuso y permite desarrollar una argumentación en la que los cambios de leyes científicas abran la puerta a la posibilidad de hechos “milagrosos”. Que un fenómeno implique la violación de una ley no es algo imposible en la ciencia contemporánea; que lo haga a causa de la manifiesta voluntad de una divinidad, es algo más infrecuente, por así decirlo. Sobre todo porque ese deseo manifiesto de la voluntad divina resulta incomprensible desde la perspectiva de una mentalidad moderna. Por ejemplo, la administración del santuario de Lourdes lleva un listado de supuestas curaciones. (Para una crítica del mismo es interesante esta página y sus enlaces). De los varios millones que han acudido en unos 150 años, los responsables alegan 67 curaciones. ¿Puede alguien explicar racionalmente por qué la Virgen decidió sanar a estas 67 personas y dejar al resto en la desesperación? ¿Es que no rezaban con suficiente unción? ¿Está el milagro destinado a los pecadores o a los intachables? ¿Hace falta tener una buena hoja de servicios? Demos las respuestas que demos, el milagro, en lugar de servir como confirmación de la fe ante los incrédulos, parece que funciona para conceder la fe a las que ya la tienen y aumentar la confusión en las demás. Cosa extraña.

El conocimiento de la naturaleza desautoriza los testimonios acerca de milagros pasados.

De hecho, no es que sea infrecuente, sino que un milagro no ha sido corroborado nunca de manera científica y el avance de la ciencia tiene mucho que ver con ello.

Realmente Hume no hace una referencia explícita a la ciencia. Pero implícitamente se está refiriendo a ella al contraponer las razones de la experiencia que establece leyes naturales al poder de los testimonios que atestiguan la existencia de los milagros. Un conocimiento que se basa en la experiencia para establecer leyes naturales es  la ciencia, pero Hume invoca también al sentido común y la mera racionalidad, algo que en la actualidad quizás podría entenderse como filosofía crítica.

Por tanto, un hombre sabio adecua su creencia a la evidencia. En las conclusiones que se fundan en una experiencia infalible anticipa el suceso con el último grado de seguridad y considera la experiencia pasada como una prueba concluyente de la existencia futura de tal acontecimiento. En los demás casos procede con mayor cautela  (…) Toda probabilidad, por tanto, supone una oposición de experiencias (experiments) y observaciones, encontrándose que una posibilidad aventaja a las otras y engendra una gran evidencia proporcional a su seguridad (149).

Sea como sea, se ha reprochado a Hume el haber defendido la teoría de la imposibilidad misma de los milagros. De ahí a la condena de un apriorismo irracional no hay más que un paso. Pero su argumento no es un presupuesto de orden racional o irracional, sino que deriva de la historia misma de la creencia en milagros. Si pensamos, como hace Hume, que todo nuestro conocimiento se basa (diríamos mejor, “se confirma”) en la experiencia, no es imposible que exista algún tipo de observación capaz de convencernos de la existencia del milagro. Consideremos el siguiente caso:

Así, supóngase que todos los autores, en todas las lenguas, se ponen de acuerdo en que, a partir del primero de enero de 1600, hubo una oscuridad total en todo el mundo durante ocho días, supóngase que la tradición de este acontecimiento es aún fuerte y vivaz entre la gente, que todos los viajeros que vuelven de países extraños nos traen relatos de la misma tradición , sin la más mínima variación o contradicción; es evidente que nuestros filósofos actuales, en lugar de poner el hecho en duda, deben tomarlo como cierto, y deben buscar las causas de las que deriva. (170)

Pero los testimonios que se han aducido en favor de los milagros nunca presentan la misma contundencia. “Pues, en primer lugar, no se puede encontrar en toda la historia ningún otro milagro atestiguado por un número suficiente de hombres de tan incuestionable buen sentido, educación y conocimientos  como para salvarnos de cualquier equivocación a su respecto” (155). En suma, lo que Hume cuestiona es, en primer lugar, el dato constatable de que, frente a la continua y bien atestiguada acción de las leyes de la naturaleza, se nos presenta un testimonio oscuro y sin garantías de la observación de hechos públicos ni repetibles. En estas condiciones, la actitud de los científicos o los hombres cultos de desdeñar los reclamos inconsistentes de milagros es perfectamente comprensible  porque se basa en la comprobada inanidad de cierto tipo de testimonios desmesurados. Dicho en otros términos, la contraposición se establece entre oscuros testimonios del pasado contra procedimientos científicos. Por eso “los tontos son activos propagando el engaño, mientras que los sabios y cultos se contentan burlándose del asunto, sin informarse debidamente” (159). Esta situación es una de las causas de la fácil propagación de las supersticiones. Pero la frase de Hume incluye una velada crítica a la actitud de los hombres “sabios”. Su desdén respecto a las supersticiones puede estar fundado en razones sólidas, pero cuando se niegan a ejercer una crítica pública de las mismas, dejan el campo a los charlatanes y crédulos.

Si esto era cierto en el siglo XVIII lo es igualmente referido a la atención morbosa que los media, especialmente televisivos, conceden hoy en día a las pseudociencias y misteriologías de todo tipo. Sin hablar de la barra libre de internet, copada por todo lo que signifique devoción fanática, admiración papanatas por lo oculto y refocile en “sabidurías orientales” de chicha nabo. La confusión del término “filosofía” o “alternativo” con el mundo del ilusionismo y la palabrería sirve de coartada para que quienes están integrados en el sistema de la cabeza a los pies se sientan justificados en sus actividades lucrativas o narcisistas. Y como “hasta la sabiduría vende la Universidad”, ahí tenemos el reiki, la homeopatía y la Sábana Santa en las aulas… Si vende…

Fin de la digresión. Volvamos al tajo.

Judío haciéndose bautizar después de un milagro eucarístico; Paris, post. 1384

 

La sábana y la ciencia.

Pese a lo que pretenden sus contradictores, la milagrosa Sábana Santa no es una refutación, sino una confirmación de la crítica de Hume a los milagros.

En los evangelios, los milagros de Jesús no siempre cumplían la misma función. Mientras que en los sinópticos el milagro es una recompensa a la fe (“tu fe te ha salvado”), en Juan son la manifestación de la divinidad que convence a los incrédulos mediante el prodigio. La modernidad es más bien joánica en esto (Harrison 2006, p. 494). Pero, en la medida en que los no creyentes de las sociedades llamadas “occidentales” tienden a confiar en la ciencia más que en la autoridad de las iglesias –tendencia ni obvia, ni irreversible, por cierto‒, parece que la creencia en acciones milagrosas va perdiendo fuelle. Incluso los adeptos a curaciones extraordinarias, que siguen siendo legión, ahora las atribuyen más a fuerzas cósmicas o biológicas de origen esotérico que a la acción de divinidades benevolentes, cabreadas o inescrutables[1]. Y aquí llega el sudario de Turín al rescate de la religión milagrera. (Schoen 1991, p. 220) Sería uno de los pocos casos en los que el milagro se ha sustantivado en un objeto permanente, capaz de ser sometido a un escrutinio científico en pleno siglo XXI. Milagro y ciencia de la mano. Hume aniquilado.

Quien haya leído estudios críticos acerca de la sábana milagrosa en lugar de tragarse sin más la literatura sindonista, tiene motivos para dudarlo. ¿Estamos ante una situación como la que describía Hume? ¿Es el sudario de Turín similar a un apagón del sol en toda la Tierra durante ocho días? Más bien no. El desarrollo de la autodenominada sindonología durante más de un siglo de existencia tiene todas las características de una pseudociencia y no ha conseguido ni un asomo de justificación de la naturaleza milagrosa de la imagen del sudario de Turín. Para tantos años de “investigaciones rigurosas” de un solo objeto pretendidamente sacro, los magros resultados deberían haber descorazonado a los adeptos, pero esto tiene una explicación por las características mismas de la “ciencia” que estos pretenden. Haré un breve resumen a modo de recordatorio.

 

Ciencia de un objeto solo. Cosa insólita, no se trata aquí de que unos científicos especializados en una o varias ramas de conocimiento se ocupen de investigaciones interdisciplinares centradas en un objeto. Los expertos en sindonología no son notorios especialistas en las ramas de la ciencia que aplican al lienzo en un 99% de los casos, como sería de esperar en alguien que estudia un cuadro del Renacimiento o un resto arqueológico.

Constituida por un grupo cerrado. Así pueden descalificar a expertos acreditados que estudien el sudario porque no pertenecen al grupo autoacreditado para estudiar el objeto único de su “ciencia”, la sindonología. Hasta el punto de llegar a constituirse en una especie de secta a la que sólo se accede a través de rituales (congresos ad hoc) o acatamiento de normas y creencias controladas por una jerarquía (STURP).

Abundancia de estudios sin ningún valor. Los criterios que priman para ser acreditado como especialista en sindonología (acatamiento a una jerarquía y a la creencia en la autenticidad) implican que cualquier papel presentado y admitido en un congreso ad hoc, un centro autorizado o una página web autoprestigiada, es recibido con el mismo entusiasmo que una comunicación realizada de acuerdo a los cánones científicos y publicada en medios especializados. El resultado es una “ciencia” de PDFs, en la que los resultados presentados en riguroso formato científico se cuentan con los dedos de una mano.

Indicios contra pruebas. Debido a lo anterior, en la exposición pública de los contenidos de la sindonología,  figura una amalgama indistinta de disparates, teología y datos más o menos empíricos, que se presentan todos con un mismo grado de evidencia. Para un sindonólogo, las especulaciones teológicas de John Jackson, las incompetentes afirmaciones científicas de Isabel Piczek y los resultados de la datación de radiocarbono, efectuada por tres de los mejores laboratorios de mundo, tienen el mismo nivel de evidencia. Después suman, restan y ganan por goleada.

Conclusiones sin fundamento. El principio básico de que es sindonólogo aquél que colabora en la creencia de la autenticidad del lienzo, lleva a forzar con frecuencia los resultados de las investigaciones realizadas para que se adecue a lo que se espera que se debe concluir. Los estudios parten con frecuencia de meras hipótesis que en las conclusiones se presentan como evidencias, análisis estadísticos que se convierten en conclusiones fácticas, pequeñas pegas de detalle que afirman invalidar estudios globales y resultados inconcluyentes que se estiran para que parezcan lo que no son. Claro está que estas conclusiones fantásticas se presentan sólo ante medios no especializados o congresos de adeptos, que no están en condición de poner pegas a lo que se pregona. Ni desean hacerlo.

Estudios irreproducibles. Muestras ocultas. El carácter cerrado del grupo sindonista se refuerza por el hecho de que son los únicos en tener acceso (haber tenido, sería más correcto) a la reliquia. Salvo dos ocasiones (McCrone y radiocarbono), el lienzo ha sido inaccesible para equipos de investigación fuera del ámbito del sindonismo. No sin las protestas de los custodios de la legitimidad del grupo, que también suelen enfrentarse cuando uno de los sectores del mismo recibe el excepcional favor de poder tocar el objeto de sus deseos. Esta inaccesibilidad –que no hace falta decir que es anticientífica-, ha propiciado un mercadeo de muestras clandestinas que, repartidas por aquí y por allá, han llegado a emerger de su semi-candestinidad veinte años más tarde de su recolección, provocando el anatema de la Iglesia, que recela del uso que se puedan hacer de ellas. Sin que le falte parte de razón, al menos.

Una base religiosa. Toda esta supuesta ciencia tiene un fundamento piadoso que se manifiesta de diferentes formas. Por una parte, la presencia de sacerdotes, obispos y cardenales en los actos en torno a la imagen, no sólo en las exhibiciones que se producen de tanto en tanto, sino también en congresos aparentemente científicos, realizados a cobijo de entidades que se dicen laicas. Por otra parte, a través del trasvase de adeptos y devociones entre los sindonistas y los creyentes en otras reliquias menos celebradas que el Santo Sudario. A pesar de que la incredulidad que ellas provocan se extiende a los estudios de los científicos-cultores del lienzo turinés.

 

            Conclusiones.

Los que afirman que el sudario de Turín es una refutación de la crítica humeana a los milagros no saben lo que dicen. O malinterpretan los argumentos de Hume o desconocen la naturaleza de la sindonología o las dos cosas. No existe ni un solo estudio con garantías científicas que sugiera que el lienzo tiene un origen milagroso. El desconocimiento de la verdadera naturaleza de la imagen es debido, en lo que se puede saber, al ocultismo y secretismo que ha guiado el comportamiento de la iglesia católica respecto al mismo, que se mantiene a lo largo del tiempo a causa de las circunstancias religiosas y crematísticas que rodean su culto y celebración. Nada que se sepa hasta ahora justifica que se cuestione la datación que remitió el tejido a la Edad Media y nada se podrá saber sobre la imagen si no se realizan estudios independientes y rigurosos sobre la misma. Por lo tanto, habrá que coincidir con Hume en que

La afección de sorpresa y asombro que producen los milagros, al ser una emoción agradable, produce una fuerte propensión a creer en los acontecimientos milagrosos de los que se deriva. Y esto va tan lejos que, incluso los que no pueden disfrutar de este placer inmediatamente ni pueden creer en los acontecimientos milagrosos de los que se informa, sin embargo, gustan de participar en la satisfacción de segunda mano o, de rechazo, encuentran placer y orgullo en excitar la admiración de los otros. (…) Si el espíritu religioso se une al gusto por el asombro, se acabó el sentido común (156).

 

Referencias:

Harrison, Peter: “Miracles, Early Modern Science, and Rational Religion”, Church History; Sep 2006; 75, 3; pp. 493-510.

Hume, David: Investigación sobre el conocimiento humano, trad. de Jaime de Salas Ortueta; Madrid, Alianza Editorial, Col. Area del Conocimiento, 2001.

Noxon, James: La evolución de la filosofía de Hume, Madrid, Revista de Occidente, 1974; parte V, cap. 3.

Schoen, Edward L.: “David Hume and the Mysterious Shroud of Turin”, Religious Studies, Vol. 27, No. 2 (Jun., 1991), pp. 209-222.

Taylor, James E.: “Hume on Miracles: Interpretation and Criticism”, Philosophy Compass, Volume 2, Issue 4, July 2007 ;  pp. 611–624.

 

NOTAS:

[1] No estoy diciendo que el avance del pensamiento racional sea la causa única de todo esto. Probablemente pesan más otras razones de orden cultural o social.

From → 6.Diversos

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