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El Jesús histórico (XII). La transmisión oral y los testimonios evangélicos.

 

“Sin embargo, uno de los principales problemas con la hipótesis de la leyenda, que casi nunca es abordado por los críticos escépticos, es que el tiempo entre la muerte de Jesús y la escritura de los evangelios es demasiado corto para que se produzca” (William Craig, “The Evidence for Jesus,” s.f. (consultado 03/09/2017 10:59,

Online: http://www.leaderu.com/offices/billcraig/docs/rediscover2.htm )

 

 

Como decía en la entrada anterior los defensores de la fiabilidad de los evangelios, suelen argumentar que son demasiado cercanos a los hechos que narran para que se hubiera podido introducir en ellos acontecimientos inexistentes o alteraciones importantes de lo ocurrido. Como traté de explicar, esta afirmación se contradice con lo que de hecho podemos observar en los propios evangelios. Las diferencias en las narraciones de los evangelios implican que diversas versiones sobre lo que realmente dijo o hizo Jesús podían existir en el siglo I, sin excluir otras que no hayan subsistido a la criba ideológica que realizó la todopoderosa iglesia del Imperio. Las afirmaciones históricamente refutables o evidentemente míticas, demuestran que la capacidad de inventiva de los narradores no pudo ser contrastada por ninguna crítica racional. Sin embargo, una modificación más sutil de este argumento puede encontrarse en Adrian N. Sherwin-White (1963, p. 190). “…Incluso dos generaciones [alrededor de setenta años en total] son demasiado cortas para permitir a la tendencia mítica queprevalezca sobre el duro núcleo histórico de la tradición oral”. El argumento va dirigido directamente contra el mitismo, pero puede ser utilizado para negar el carácter legendario de los asombrosos hechos de Jesús de Galilea. La sutileza consiste en el “prevalecer” y, como la mayoría de las sutilezas de los exegetas-historiadores, se basa en una cierta ambigüedad y una confusión entre la conclusión aparente y la analíticamente correcta. “Prevalecer” significa, según la Real Academia Española de la Lengua, obtener algún tipo de ventaja sobre otras cosas. Si no malinterpretamos a Sherwin-White, quiere decir que los elementos míticos de la vida de Jesús habrían sido contrarrestados por los históricos, pero la conclusión no está clara: ¿Qué no hay elementos míticos en los evangelios? Esto es absolutamente disparatado, puesto que haberlos háylos. ¿Qué los elementos históricos son más que los míticos? Para eso habría que tener un criterio claro para distinguir  unos y otros, lo que, como vengo insistiendo en esta serie de comentarios, no ocurre. ¿Qué significa, entonces, “prevalecer”? No tengo ni idea.

Savonarola predicando.

Sea lo que sea, Kris Komarnitsky (2013), ha mostrado como los hechos míticos prevalecen en falsas biografías de hombres célebres que aparecen poco después de su muerte. Los historiadores señalan el nacimiento y predominio de toda suerte de mitos y leyendas en torno a Alejandro el Magno en el mismo momento de su muerte. Conocemos que son legendarias porque nos ha llegado al menos una biografía redactada según los cánones del método histórico, Arriano de Nicomedia, (la Anábasis de Alejandro, siglo II), que se basaba en otras biografías anteriores, y así podemos comparar y separar la paja del grano. Pero la situación de los evangelios no es en nada parecida a esto. Ningún historiador profesional siguió o recogió las andanzas de Jesús de Galilea. Todas las fuentes que nos han llegado por escrito derivan de tradiciones orales incontroladas. Por lo tanto, el predominio de las construcciones míticas se puede producir en menos tiempo del que va de la muerte de Jesús a las redacciones evangélicas, unos 70 años, como dice Sherwin-White, y la posibilidad de desentrañarlo mediante el contraste con fuentes históricas, no existe en este caso.

 

La tradición informal controlada.

Los exégetas-historiadores, conscientes de esta dificultad para sus reconstrucciones del Jesús histórico, suelen producir con regularidad intentos de superarlas más o menos fundados. El último que conozco y merece atención es el de Kenneth Bailey, “La tradición oral informal controlada y los evangelios sinópticos”  (1991), que fue publicitado con entusiasmo por James Dunn (2003, p. 206).

Bailey distingue dos formas de tradición oral, la informal y la controlada. La primera se produce en contextos abiertos, en los que los rumores proliferan con facilidad. Véase los bulos que se suelen publicar en las redes sociales, por poner un ejemplo actual. La segunda, que remite a un sistema de control de la transmisión, produce una repetición más o menos exacta de los contenidos del relato. El caso que cita Bailey es el de la enseñanza del Corán en las madrasas. El ejemplo no resulta demasiado adecuado puesto que la transmisión no es exactamente oral, sino controlada por un texto escrito que sirve de referencia. Más apropiado hubiera sido citar los poemas de Homero en la antigua Grecia o de otras técnicas rapsódicas modernas en los Balcanes, investigadas por Lord y Parry (Trapero 2008). Estas permiten al cantor mantener un poema salmodiado, incluso muy extenso, con asombrosa fidelidad, aunque sin evitar totalmente las modificaciones. El contenido no permanece intacto, sino que evoluciona y se transforma de acuerdo con el personal estilo de rapsoda y sus peculiares maneras de enfocarlo. (Jaume Pórtulas: Introducción a la Ilíada, Barcelona, Alpha, 2009, p. 399).

Branko Perovic y Milorad Miso Vujovic; dos guslari contemporáneos. Audio: https://www.youtube.com/watch?v=UIUQAzKRJpE.

Según Bailey, ninguna de las dos es apta para explicar las coincidencias en los relatos evangélicos. La primera de ellas, porque, obviamente, no explica la supuesta uniformidad de los testimonios neotestamentarios. La segunda, porque no se advierte en los evangelios ninguna estructura social de aprendizaje semejante a la de las escuelas rabínicas ni ninguna de las técnicas rapsódicas de recitado, que se pueden detectar en los textos homéricos. En su lugar, propone una nueva forma de tradición oral, a la que llama “Tradición oral informal controlada” (TIC, a partir de ahora). La teoría de la TIC supondría un espaldarazo a las hipótesis de la autenticidad evangélica porque proporcionaría una explicación de la forma de transmisión que garantizara su relativa permanencia.

 

El origen de la teoría del TIC está en las observaciones de Bailey durante su estancia en Oriente Medio. Concedió especial relevancia a la vida y dichos de John Hogg, un misionero presbiteriano que fundó una congregación en Egipto hacia 1860, del que queda una biografía redactada por su hija Rena. Ya en el siglo XX, Bailey visitó los lugares en los que había vivido el religioso y observó una “asombrosa” coincidencia entre lo que contaban los lugareños y las anécdotas del libro. Al mismo tiempo, descubrió el método que permitía  esta transmisión más o menos exacta a través de la tradición oral. Cada comunidad se reunía periódicamente en asamblea para escuchar recitados sagrados, incluyendo las historias acerca de Hogg. Los narradores eran regularmente los ancianos u otros líderes que se consideraban especialmente aptos para la tarea. Según Bailey, cuando el recitador se desviaba de la “verdadera” historia, era reprendido por los asistentes. Así, aunque se admitiera una cierta libertad en aspectos inesenciales, como los referidos a sucesos particulares, lo importante, es decir, los dichos del santo Hogg, en este caso, se mantenían inalterables a lo largo del tiempo. (NÓTESE que, como buen protestante, a Bailey lo que le interesaba era lo dicho, no lo hecho).

Sin embargo, algunos autores más minuciosos que Dunn, han realizado una dura crítica contra la metodología de Bailey, que era un hombre religioso, no un historiador o antropólogo profesional. Aquí seguiré sustancialmente la de Theodore J. Weeden  (2009).

Lo primero que observa Weeden es que Bailey afirma que ciertos dichos y hechos del misionero Hogg son asombrosamente coincidentes en la biografía que escribió su hija y en lo que le contaron los lugareños, pero no presenta estas semejanzas más que en dos casos que, justamente, no tienen gran cosa de coincidentes. Véase el ejemplo con un sencillo paralelismo (Weeden, p. 11):

Versión de Bailey:

“La gente de una aldea contó orgullosamente cómo Hogg estaba predicando en un patio del pueblo y el alcalde, queriendo causarle problemas, mandó a un guardia que se subiera al techo y orinara sobre él. Hogg  se apartó, tomó un pañuelo de su bolsillo, se secó la cabeza y continuó predicando sin mirar arriba. El alcalde estaba tan avergonzado que más tarde se unió a la iglesia y se convirtió en uno de sus líderes”.

Versión de Rena Hogg:

“No era raro que se arrojara las basuras a la calle a su paso, mientras se gritaba porquerías en tono de desprecio y burla. En una ocasión le tiraron a la cabeza “agua sucia” desde el techo de una casa de la que se había expulsado a la fuerza a la gente que le escuchaba”.

            Como se puede observar, el parecido entre las dos versiones es escaso. Aunque se conserva la anécdota, el significado de toda la historia cambia profundamente. Lo que en Rena Hogg es una mera descripción de las dificultades a las que se enfrentaba la misión de su padre, entre los fieles se convierte en una exaltación de la serenidad del Maestro y de su capacidad casi milagrosa para convertir a los incrédulos. Lo que se ha cambiado aquí es justamente lo “esencial” del relato. Pero  el ejemplo cuestiona algo más profundo: el concepto mismo de esencial. Lo que para la hija del pastor resulta significativo de la historia puede ser algo muy diferente de lo que la comunidad considera como tal cincuenta años más tarde. Tanto más cuando las comunidades evolucionan con el tiempo y su idea de “lo que es esencial” puede cambiar con ellas.

Otros ejemplos mencionados por el propio Bailey, que no se refieren al pastor Hoggs, muestran como el empeño en transmitir lo que la comunidad considera “esencial” puede llevar a construir narraciones falsas que se convierten en la “historia oficial” que debe ser transmitida. Así, en un incidente en el que un campesino egipcio mató accidentalmente a otro, la comunidad, interesada en evitar el inicio de una guerra interna de represalias y tratando de alejar a la policía, fabricó una versión que evitaba ambas contingencias. Y ésa fue la que se transmitió oralmente (Weeden, p. 29). Lo que esto implica es que no sólo los eventos neutrales o que son indiferentes pueden sufrir una modificación sustancial a lo largo de la transmisión oral, “controlada” o no, sino que otras razones de tipo “interés general” pueden introducir censuras y modificaciones importantes en la transmisión –llegando incluso a recrear hechos ficticios–.  Es más, a pesar de que Bailey pretende que la transmisión es controlada por la asamblea, él mismo ofrece varios indicios de que es la autoridad de los dirigentes de la comunidad, los ancianos, la que se encarga del recitado de las historias verdaderas y dirime los casos en que se puedan enfrentar versiones contrapuestas.

 

La TIC y el cristianismo primitivo.

La teoría de Bailey no explica como la comunidad de los cristianos primitivos pudo haber transmitido un relato fiable de las andanzas de Jesús en la tierra. Tomemos una perícopa cualquiera de los evangelios. La de la mujer adúltera, por ejemplo, que es de las simpáticas (Juan 8, 1-11). La estructura del episodio podría reflejarse como sigue:

  1. Los escribas y fariseos traen una mujer adúltera y le preguntan si hay que lapidarla, como dice la Ley.
  2. Jesús discute con ellos.
  3. Pronuncia la famosa frase: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.
  4. Los escribas y fariseos se avergüenzan y se van.
  5. Jesús perdona a la mujer adúltera.

Si no somos demasiado ingenuos, encontraremos el episodio bastante dudoso: sólo ha sido transmitido por Juan —a pesar de ser bastante llamativo—, está relatado en el evangelio más tardío y la súbita vergüenza de los escribas, que les hace abandonar el lugar, suena bastante infantil. Pero ha sido transmitido por la comunidad de Juan y figura en uno de los evangelios, luego, según la teoría TIC, debería tener un núcleo esencial verdadero. ¿Cuál? Puesto que desconocemos la ideología de la comunidad que lo mantuvo durante décadas, —si es que el evangelio no fue modificado en su recorrido fuera de ella—, no podemos saber qué era esencial para los creyentes y qué era un adorno de los sucesivos relatores. O del último que lo transmitió. Puede ser que hubiera una discusión con los escribas sobre el adulterio, sin mujer por en medio. Puede que Jesús no pronunciara una sentencia tan comprometida, sino algo parecido. Puede que no hubiera perdón… Puede que la historia en su conjunto sea inventada a partir de otros dichos que no se han conservado. Por eso, no podemos saber si es un episodio más o menos auténtico o no, ni separar la paja del grano.

 

En definitiva, la teoría de la transmisión informal controlada, que parece ser la última alternativa que queda para garantizar la historicidad de los testimonios sobre Jesús el Galileo, es tan inútil como las anteriores.

 

Bibliografía.

Bailey, Kenneth: “La tradición oral informal controlada y los evangelios sinópticos”,   Asia Journal of Theology, Vol. 5.1 (April 1991), pp. 34-54; Traducido por Edward Harry Horne ; Original en inglés en :  http://www.biblicalstudies.org.uk/article_tradition_bailey.html; consultado 24/09/2017 11:22),

Craig, William Lane: “The Evidence for Jesus”, en Raisonable Faith, S/F; consultado en linea: 03/09/2017 10:59, http://www.leaderu.com/offices/billcraig/docs/rediscover2.htm

Dunn, James: Jesus Remembered. Christianity in the Making. Vol. 1, Grand Rapids/Cambridge, William B. Eerdmans, 2003.

Komarnitsky, Kris: “Myth Growth Rates and the Gospels: A Close Look at A.N. Sherwin-White’s Two-Generation Rule” (The Bible and Interpretation, May 2013, consultado en línea, 03/09/2017 10:32, http://bibleinterp.com/articles/2013/kom378030.shtml#sdfootnote1anc )

Sherwin-White, Adrian N.: Roman Society and Roman Law in the New Testament, Oxford, New York: Oxford University, 1963.

Trapero, Maximiliano: “Voces de tradición: reflexiones ante la figura mitificada de un guslari”, en Homenaje a Ismael Fernández de la Cuesta (, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria,  en prensa, 2008; http://www.webs.ulpgc.es/canatlantico/pdf/8/8/tradicion_guslari.pdf . Consultado 24/09/2017 10:13)

Weeden, Theodore J.: “Kenneth Bailey’s Theory of Oral Tradition: A Theory Contested by Its Evidence”, Journal for the Study of the Historical Jesus, 7 (2009), pp. 3–43

 

 

El Jesús histórico (XI). Marc Bloch y el valor de los testimonios.

El testimonio más convincente que se puede ofrecer en un tribunal es el de un testigo que ha visto o escuchado lo que atestigua. Ahora bien, es razonablemente cierto que todos los escritores del Evangelio fueron testigos oculares de la mayoría de los eventos registrados por ellos en las historias del Evangelio. Tanto Mateo como Juan estaban entre los Doce que constantemente asistían al Maestro en todas sus peregrinaciones, oyeron sus discursos, presenciaron la realización de sus milagros y proclamaron su fe después de que él se fuera. (24)
(Walter M. Chandler: The Trial of Jesus).

El testimonio que ofrece indirectamente Jesús de los fariseos de su tiempo es confirmado por los relatos de su posterior proceso. (David Flusser: Jesús en sus palabras y su tiempo, p. 70)

Hace tiempo, durante un relevo nocturno, vi cómo se transmitía a lo largo de la fila el grito: “¡Cuidado! ¡Hoyos de obuses a la izquierda!” El último hombre recibió el grito bajo la forma: “Háganse a la izquierda”, dio un paso hacia ese lado y se desplomó. (Marc Bloch: Apología para la historia o el oficio de historiador, p. 77)

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El Jesús histórico (X). El problema de los testimonios independientes que no lo son.

El criterio de testimonio múltiple o independiente es una transposición de un procedimiento judicial habitual al ámbito de la historia. Cuando tres testigos, que no se conocen entre sí, describen similarmente un mismo acontecimiento, el tribunal da validez a su testimonio. Si los tres testigos tienen relatos  diferentes, el tribunal pone en duda a los tres… en ausencia de otros criterios (!). Pero la diferencia de los testimonios en un proceso judicial con el “interrogatorio” de textos antiguos como los evangelios, de los que desconocemos las condiciones concretas de producción, es inmensa. Los sinópticos, que son considerados anteriores al cuarto evangelio, se originan a partir de una tradición oral múltiple. Más aún, Lucas comienza hablando de “muchos” testimonios escritos, de los que ahora nada conocemos (Lucas 1: 1). Que esa tradición no era homogénea, queda atestiguado por las imprecaciones de Pablo contra otras escuelas cristianas contrarias a su prédica y por ciertos indicios de los propios evangelios, como las contradicciones entre ellos y dentro de ellos, que no sólo se refieren a hechos concretos, sino a perspectivas diferentes y a concepciones diversas de lo que fue dicho o hecho. El criterio de testimonio múltiple ignora estas circunstancias, de la misma manera que ignora lo que son las presiones ideológicas y gregarias que transforman la percepción de los acontecimientos de una persona y, sobre todo, la memoria que de ellos se tiene.

Lambert Lombard (1505-1566, Liège), El milagro de los peces y los panes. Amberes.

 

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El Jesús histórico (IX). Los criterios de historicidad (I). Atestiguación múltiple.

La teología “liberal” de Bultmann y Schweitzer escandalizó a los buenos cristianos de siempre, especialmente a los católicos, que saben dogmáticamente que la razón puede demostrar las verdades de la fe, o al menos dejarlas a punto de caramelo. No estoy seguro de cuándo fue dictaminado este dogma tan absurdo, pero me lo contó en su día mi profesor de Ontología. Eso es lo que pretendía Tomás de Aquino, que fue el santo filósofo oficial de la religión católica, si no lo es todavía. La Razón ‒católica, por supuesto‒ puede demostrar lo que la fe nos hace conocer indubitablemente. ¿Entonces, para qué se necesita la fe? Me permitirán que no siga por este camino porque en cuestiones de sutilidad teológica yo me pierdo. El caso es que el irracionalismo existencial teológico molestaba mucho a la mayoría de los cristianos. Leer más…

El Jesús histórico (VIII). El origen del análisis crítico de los evangelios.

En buena parte de las leyendas del pasado se puede encontrar algún dato que corresponda a un hecho histórico. Más difícil es averiguar cuáles son y cuáles no son. Este no es un problema privativo de los primeros textos cristianos. Los historiadores se vuelven locos intentando separar la paja del trigo en la Ilíada, el Cantar de Roldán o en los mitos pre-colombinos. La preocupación por la objetividad de los testimonios es válida para cualquier época, pero en estos casos nos encontramos con abundante material puramente imaginario, apenas ningún hecho relatado en el estilo propio de un historiador y algunos pasajes que sugieren una cierta autenticidad. No son acontecimientos que hayan sido mencionados por historiadores de la época ‒si los hubo‒, no hay rastros arqueológicos que los refuten o confirmen… ¿Cómo hacer para resolver el problema?

El nombre de la rosa (1984), Jean-Jacques Annaud

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El Jesús histórico (VII). Algunos problemas del mitismo.

Si los autores mitistas pretenden basar su alegato en el silencio de Pablo, sus problemas provienen del hecho de que, aunque el autodenominado “apóstol” no conociera a Jesús, aunque su teología parece basarse en un ser divino preexistente y aunque la vida y milagros de Jesús están clamorosamente ausentes de sus epístolas, hay algunos pasajes en ellas en los que Pablo habla de un Jesucristo que tiene rasgos de humanidad innegables.

De la estirpe de David, según la carne.

Las epístolas paulinas hablan de Jesús de Galilea como un ser humano en diversas ocasiones. Sirvan de ejemplo estas dos:

            Acerca de su Hijo, que nació de la descendencia de David según la carne,  y que fue declarado Hijo de Dios con poder, conforme al Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos: nuestro Señor Jesucristo (Romanos 1:3-4)

            Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley (Gálatas 4: 4)

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El sudario de Oviedo y el de Turín: un nuevo artículo.

Nicolotti, Andrea: “El Sudario de Oviedo: historia antigua y moderna”, Territorio, Sociedad y Poder, nº 11, 2016, pp. 89-111. https://www.unioviedo.es/reunido/index.php/TSP/article/view/11790/10930

Andrea Nicolotti ha publicado un nuevo trabajo sobre el Sudario de Oviedo que tiene un doble interés. Aparte de un resumen crítico sobre la historia de esta reliquia, se hace una comparación con los estudios sobre la Sábana Santa de Turín, que tienen el común denominador de estar organizados en torno a las asociaciones sindonológicas. Nicolotti hace un documentado y demoledor análisis de los métodos de esta peculiar “escuela” que seguro que interesarán a los y las que tengan interés por el tema de las reliquias y el maridaje entre tecnología y religión. Imprescindible.

Un obispo. Corpus pelagianum. Siglo XII.

 

Quien acuda a la página de la revista de estudios medievales que incluye el artículo, encontrará otros estudios académicos de interés que son críticos con la versión oficial religiosa. El “grupete” al que se refería el Sr. Obispo de Oviedo.

 

El Jesús histórico (VI). El silencio de Pablo.

El argumento del silencio.

El “argumento del silencio” se utiliza corrientemente en historia, dentro de ciertos límites, como un criterio de datación. Cuando un texto se considera bien datado, si falta en él una referencia a un hecho u otro texto que debería ser consignado por el autor, ello implica que estos tuvieron lugar en fecha posterior. Naturalmente, el método tiene sus limitaciones. Supone que los hechos o textos a datar deberían ser suficientemente públicos y pertinentes para el autor, de tal forma que su mención parezca necesaria y el silencio “clamoroso”, por así decirlo. Que un historiador romano no hiciera mención al sermón de la Montaña no implica necesariamente que éste no hubiera tenido lugar, sino que, de haber ocurrido, era un acontecimiento nimio del que no se tenía constancia pública en la capital del Imperio.

Pablo llevando un libro. Bury o Canterbury?, 1ª mitad del siglo XI.

 

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El Jesús histórico (V). El mito de Jesús y el judaísmo.

“Enoc anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó”  (Génesis 5:24).

“Y mientras ellos iban caminando y hablando, de pronto apareció un carro de fuego, con caballos también de fuego, que los separó, y Elías subió al cielo en un torbellino” (2 Reyes 2: 11).

En los últimos tiempos la exégesis neotestamentaria ha hecho mucho hincapié en las bases judías del cristianismo primitivo. No sólo entre los expertos más heterodoxos o provenientes del judaísmo, como Geza Vermes o Daniel Boyarin, sino también entre los cristianos confesionales (John P. Meier o John D. Crossan) se tiende a subrayar aquellos aspectos de los evangelios que vinculaban a su protagonista con las creencias judías de su tiempo. También se ha hecho notar la permanencia de los primeros cristianos en el ámbito de la sinagoga, al menos hasta la destrucción del Templo en 70 E.C. Según algunos autores, la mayor parte del proselitismo cristiano se dirigía las juderías de la diáspora hasta el siglo V inclusive (Stark 2009, p. 67). El concepto de judeo-cristianismo ha pasado a primer plano en los estudios recientes, contraponiéndolo a los helenistas y al desarrollo posterior del cristianismo como algo originario, atribuible al propio Jesús de Galilea. Naturalmente, y generalmente dependiendo de sus vínculos con la estructura eclesiástica de los diversos cristianismos actuales, la “originalidad” del mensaje de Jesús ha sido más o menos enfatizada junto a la innegable herencia judía. Leer más…

El Jesús histórico (IV). El mito de Jesús y las religiones mistéricas.

Hay diversas maneras de afirmar que Jesús de Galilea es un mito. La más extrema sostiene que jamás existió un personaje con este nombre ni, mucho menos con la historia que se le atribuye. Muy cercana a lo anterior es la creencia en que, existiera o no un oscuro campesino judío ajusticiado por Roma, nada de lo que se le atribuyó en los evangelios y posteriormente es real, sino una construcción a partir de materiales míticos de origen helénico y hebreo. Adicionalmente se puede constatar diversas formas de minimalismo, que reducen la figura del “Jesús histórico” a una limitada serie de hechos y dichos, dejando lo demás para la leyenda, pero las dos primeras son las formas usuales que han venido a llamarse con el feo neologismo de “mitismo”.

 

A lo largo de las entradas que siguen, me referiré a alguna de las críticas que el mitismo ha hecho a la exégesis normalizada, la de los diversos consensos de expertos. Como yo no estoy metido en el campo académico, me lo puedo permitir. En esta entrada me centraré en exponer algunas líneas fundamentales  de esta corriente y sus problemas, dejando para más adelante sus críticas contra el Jesús histórico del consenso académico.

Panel con la imagen de Serapis. Egipto, hacia 100 E.C.

Panel con la imagen de Serapis. Egipto, hacia 100 E.C.

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El Jesús histórico (III). El consenso de los expertos.

Y ahora, un poco de metodología. Otras cuestiones de método irán apareciendo en su momento.

El recurso inmoderado al principio de autoridad es uno de los defectos básicos de las llamadas ciencias humanas, por no hablar de la filosofía o la crítica literaria. No sólo entre las personas inexpertas, sino entre los historiadores o sociólogos, no es raro que alguien pretenda zanjar una conversación citando a la autoridad competente. Es cierto que ya no estamos en los tiempos en que el dicho de Aristóteles o Santo Tomás de Aquino era concluyente y motivo de pena de exclusión, si no de excomunión. Pero la autoridad de un autor sacralizado ha sido sustituida subrepticiamente por el recurso a la opinión mantenida por una supuesta o real comunidad de expertos. Leer más…

El Jesús histórico (II). Bibliografía personal.

El primer punto que debería aclarar es cuáles son mis fuentes para hablar de este tema. No voy a contar todas, porque no estoy haciendo una tesis o escribiendo un libro, sino que me limitaré a comentar algunos de los textos que más han influenciado mi visión de Jesús de Galilea y los orígenes del cristianismo. Empezaré por los autores.

Pablo Picasso. Mujer con libro. 1932

Pablo Picasso. Mujer con libro. 1932

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El Jesús histórico (I). Introducción.

Tengo la intención de iniciar aquí una especie de digresión sobre el tema del lienzo de Turin. Cuando se discute sobre este asunto, es frecuente encontrarse con personas  que dan por sentado que el hombre retratado en el lienzo de Turin, sea éste verdadero o falso, existió y que la imagen refleja los pormenores de su muerte y entierro (dejemos por el momento la resurrección). Esta es una suposición que ha sido admitida sin pestañear no sólo por conspicuos creyentes, sino por algunos de los autodenominados agnósticos que se han referido al tema. (Que realmente lo sean o no, es otra cuestión).

¿Pero existió realmente Jesús de Galilea? ¿Fue ejecutado por las autoridades romanas ‒o por los judíos, como dicen Pablo y Lucas? ¿De la forma en que está reflejado en los evangelios y que más o menos recoge el sudario turinés?

Medallón esmaltado del siglo XI. Metropolitan Museum.

Medallón esmaltado del siglo XI. Metropolitan Museum.

Estas y otras preguntas similares tienen difícil respuesta. Al menos, son objeto de disputas, no siempre pacíficas, entre historiadores y teólogos. Durante los últimos años he leído algunas cosas al respecto, he tomado parte en algunos debates-trifurca a través de Internet y algo he aprendido. No soy un experto, ni mucho menos, pero por formación, profesión y afición creo que algo puedo decir que no sea demasiado insensato. Ésta y otras entradas que seguirán son un intento de poner en orden mis ideas, de forma que puedan servir como orientación a las personas que, sin querer entrar en las peleas de las que hablaba ni leer una extensa bibliografía, quieran saber  lo que yo sé y preguntarse las cosas que yo me pregunto. Sin más pretensiones.

David Hume, sobre los milagros. (Y la Sábana Santa).

Ciencia y sentido común. (Sólo para rumiantes).

Sólo para rumiantes.

 

 

 

 

Después de haber tocado varias veces este tema de manera dispersa y haber hecho varias alusiones en la entrada anterior, se me ocurre hacer unas pocas precisiones más para dejar a David Hume   en su sitio, dentro de mis modestas posibilidades.

Hume trató el tema de los milagros especialmente en la sección 10 de su Investigación sobre el conocimiento humano. Yo he utilizado la versión de Jaime de Salas Ortueta para Alianza Editorial (Madrid, Col. Área del Conocimiento, 2001). La sección 7 del mismo libro también es útil para entender los conceptos de necesidad, ley y causa, que están implicados en el debate. Se puede acceder a diversas versiones en línea de este tratado. No he consultado ninguna, pero me imagino que las que provengan de alguna fuente especializada serán respetables. El Proyecto Gutemberg dispone de la edición inglesa de 1777  en varios formatos digitales:  El acceso es libre. Leer más…

La sábana milagrosa y la ciencia de los milagros. (Edward L. Schoen).

Edward L. Schoen: “David Hume and the Mysterious Shroud of Turin”, Religious Studies, Vol. 27, No. 2 (Jun., 1991), pp. 209-222

Ciencia y sentido común. (Sólo para rumiantes).

Hace bastante tiempo que no utilizo la advertencia gráfica “para rumiantes”.

Creo que es el momento de volver a hacerlo porque el artículo que voy a comentar no es el clásico panfleto confeccionado por un aficionado ni la investigación de un médico metido a historiador, sino que está escrito por un profesor universitario, publicado en una revista seria con el adecuado aparato crítico. Edward L. Schoen, profesor en la Western Kentucky University (Departamento de Filosofía y Religión), es un experto en temas teológicos y ha escrito también sobre filosofía de la ciencia. El artículo que  me ocupa tiene indudables pretensiones filosóficas y científicas, lo que implica tomárselo con más precaución que la típica literatura sobre el tema de la Sábana Santa. (Para más información sobre el autor puede acudirse a los siguientes enlaces: https://philpapers.org/s/Edward%20L.%20Schoen  y http://people.wku.edu/edward.schoen/ ).

Como ya escribí en otro sitio acerca del tema de los milagros, no voy a tratarlo en extenso ahora, sino sólo en los puntos del artículo de Schoen que me parecen relevantes. No voy a discutir aquí la crítica a Hume, aunque me parece equivocada en varios aspectos y un poco cargada de tensión emocional –llamar “caricatura” repetidamente a la teoría humeana de la causalidad no me parece muy científico‒. La minuciosa discusión de qué dijo verdaderamente Fulanito suele ser un tema que apasiona a los seguidores, detractores y profesores de la materia relacionada con Fulanito, pero sólo a ellos. Defenderé la idea de que un milagro es una suspensión de una o varias leyes fundamentales de la ciencia que no supone un cambio de paradigma y que manifiesta la voluntad o intención de una entidad supernatural. Creo que esta definición es correctamente humeana, pero no me voy a enfadar si alguien dice que no. En todo caso, es la mía.

Dios en acción.

Dios en acción.

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