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Hugh Farey, a vueltas con la formación de la imagen del sudario de Turín.

Hace unos días Hugh Farey envió un par de comentarios a este foro. En uno de ellos remitía un trabajo suyo que se había publicado en Academia.edu. (Farey 2018) y que no ha aparecido en el boletín de la Sociedad Británica de sindonología, a pesar de su evidente interés. Es de suponer que al nuevo director de esta publicación no le debe hacer mucha gracia el método sindonológico independiente de Farey.

En este artículo se hace una revisión de las teorías del origen del medieval, sugiriendo alguna hipótesis sobre su formación que se mueve en una línea similar a la de Charles Freeman (Ver entradas de 2014 y 2018). Quiero decir, como un tejido elaborado en torno a ceremonias religiosas. Aparte de la validez de la hipótesis, que tiene sus más y sus menos, Farey hace unos cuántos comentarios sobre la formación de la imagen que me han llamado la atención. Me centraré en las que se refieren a un tema que sólo toco tangencialmente porque excede mis competencias: las teorías sobre la composición de las manchas que figuran ser la sangre del Cristo (“de sangre”, para abreviar).

 

Cuando se habla de este tema los sindonistas suelen citar tres autoridades: Walter McCrone, Alan Adler y John Heller. McCrone afirmó que las manchas eran pintura y se convirtió en el enemigo nº1 del sindonismo anterior a la datación de 1988 —a partir de entonces fue relegado a la segunda posición en el ranking de bestias negras—. Adler y Heller son citados habitualmente como los expertos que refutaron el trabajo de McCrone. Claro que, en realidad, ninguno de ellos era experto en ciencia forense o arqueología científica —ni siquiera en las pruebas de detección de sangre—, pero éste es otro tema que concierne a la concesión de titulaciones dentro del sindonismo, que es tan laxa como la Universidad Juan Carlos I de Madrid o más. Debido a todo esto, no extraña que todos ellos “hicieron observaciones confusas y contradictorias, y llegaron a conclusiones confusas y conflictivas”, como dice Farey (p. 19). Pasa cuando los aficionados se meten a expertos o cuando los expertos se meten en campos que no conocen.

Respecto a McCrone, Farey señala como dio versiones sucesivas de la coloración de las fibras sin razonar los cambios. En su conocido —en el mundillo sindonista— Judgement Day for the Turin Shroud, de 1996, afirmó que la imagen corporal era producida por fibras amarillas, color que se debía a la aplicación de un aglutinante para el pigmento de tipo de la goma arábiga. La imprecisión en la mención del “amarillo” no ayuda precisamente a entender lo que decía —la imagen es más bien “parda”—. En todo caso, en un trabajo anterior de 1889, “The Shroud of Turin: Blood or Artist’s Pigment” (McCrone 1990), había afirmado que toda la imagen estaba formada por partículas de pigmento rojo que eran más abundantes en la sangre y menos abundantes en la zona del cuerpo. Desde luego, toda su vida mantuvo que la sangre era un pigmento rojo de tipo bermellón.

Farey trata las “conclusiones confusas y conflictivas” entre sindonistas con más extensión, o bien porque sean más complejas o porque son más confusiones.

Los fallos de Adler y Heller comienzan porque critican los resultados de McCrone después de haber procedido a una limpieza intensiva de las fibras que este había devuelto. “No es extraño que hubieran quedado pocos materiales adheridos a las fibras” de los que McCrone había encontrado (p. 23). A pesar de ello, concluyeron que la imagen corporal no estaba formada por partículas de color, sino por una deshidratación de las fibras. Sin embargo, esta conclusión fue desautorizada años más tarde por Raymond Rogers, que mantenía que la coloración se debía a una capa de almidón, de la que nadie había hablado antes de él (Rogers 2001). Unos y otros se lanzaron a hipótesis sin sustento mientras que se avanzaba a base de “pisotear” las observaciones anteriores (p. 24).

En cuanto a la sangre, los espectros de reflectancia daban valores diferentes en unos casos que en otros. Rogers y Marion obtuvieron un espectro que no correspondía con la sangre, mientras que a Adler y Heller les salía positivo —en el mismo sentido Bollone, Lucotte y Fanti—. Por otra parte, los partidarios de sólo sangre quedan refutados con los análisis de Morris et al. que encontraban una proporción de hierro muy superior a la de la sangre (p. 22).

En suma, un maldito embrollo.

Aunque Farey reconoce que ninguno de los estudios al respecto resulta “individualmente convincente” , él se inclina por pensar que algo de sangre debe de haber, pero que el resultado final resulta “un misterio” (p. 32). Personalmente, no acabo de entender esta conclusión que parece basarse en algo así como un tanteo del partido: 4 a 1 a favor los de la sangre. Parece olvidar que de los “ganadores” del partido sólo uno, Baima Bollone, se puede considerar experto en el tema, pero con las debidas reservas a la objetividad de sus estudios, que han sido refutados en ocasiones por los propios sindonistas.

Para los que lean inglés, el artículo de Farey es un recorrido mesurado y con sentido común sobre las hipótesis de la formación de la imagen. No es que yo coincida con todo lo que dice —no sería siquiera lógico— pero es un buen resumen en el que no se encuentra ninguno de los disparates en los que suelen incurrir los sindonistas fervorosos y que apunta inteligentemente las perplejidades que envuelven el tema. Un buen punto a su favor.

Referencias citadas por Farey y recogidas en esta entrada.

-Farey, Hugh (2018): “The Medieval Shroud The beginning of an exploration into its Purpose, Process and Provenance”, 20 February 2018; http://www.academia.edu/35960624/THE_MEDIEVAL_SHROUD

-Fanti, Giulio and Zagotto, Giuseppe, (2017). “Blood Reinforced by Pigments in the Reddish Stains of the Turin Shroud”, Journal of Cultural Heritage, Vol 25, pp 113-120

-Freeman, Charles, (2014). “The Origins of the Shroud of Turin”, History Today, Vol 64, Issue 11

-Heller, John and Adler, Alan, (1981). “A Chemical Investigation of the Shroud of Turin”, Canadian Society of Forensic Science Journal, Vol 14, No 3, pp 81-103

-Lucotte, Gérard, (2015). “Red Blood Cells on the Turin Shroud”, Jacobs Journal of Hematology,

Vol 2, Issue 1

-McCrone, Walter, (1990). “The Shroud of Turin: Blood or Artist’s Pigment”, Accounts of Chemical Research, Vol 23, No 3, p 77

-McCrone, Walter, (1996). Judgement Day for the Turin Shroud, Microscope Publications, Chicago

-Morris, R.A., Schwalbe L.A., and London J.R., (1980). “X-Ray Fluorescence Investigation of the Shroud of Turin”, X-Ray Spectrometry, Vol 9, No 2, pp 40-47

-Rogers, Raymond, (2001). “An Alternate Hypothesis for the Image Color”, http://shroud.com/pdfs/rogers10.pdf

Una conferencia de Walter McCrone sobre el sudario de Turín.

McCrone, Walter C., “ Antiquities: Authentication of Art & Archaeological Objects – The Turin Shroud & the Vinland Map”, 67, Medico-Legal Journal, pp. 135-146 (1999);

Conferencia en la Royal Society of Medicine, el 13 de mayo de 1999. Moderador: Mr Alec Samuels, Presidente de la sociedad.

 

Buscando por aquí y por allá he encontrado el texto de una conferencia de Walter McCrone, Bestia n.º1 del sindonismo clásico. Se refiere a dos éxitos del Instituto McCrone —al menos, así los considera él—: el mapa de Vinland y el sudario de Turín.

Básicamente McCrone tiene razón al aducir que sus experiencias habían probado que este documento, atribuido a los vikingos en la Edad Media, era falso. Para más precisiones, remito a esta página.

En lo que concierne a la sábana de Turín, McCrone no aporta revelaciones sensacionales. Sólo son destacables algunos puntos particulares que comento ahora brevemente.

Los sindonistas despistados suelen aducir que McCrone era tan malo que sus trabajos sólo fueron publicados por las revistas de su instituto. Aquí tienen una refutación de tal cosa. Sobre el prestigio de McCrone he escrito algo (/2012/08/19/1978-sturp/) que refuta esta afirmación. El hecho de que fuera una de las autoridades requeridas para testificar sobre la autenticidad del mapa de Vinland, también es un dato significativo al respecto.

También he oído decir que McCrone no era capaz de atribuir una posible autoría de la pintura del lienzo de Turín, o sea, que tampoco tenía ni idea de la pintura europea del momento. Nuevo desmentido: aquí cita la escuela de Simone Martini (1284-1344) —al que ya me he referido en otras partes — y “una docena” más de posibles candidatos (p. 139). (Yo mencionaría las escuelas de Florencia o Siena, pero yo no soy McCrone y no sé lo que tenía en la cabeza). No es cierto, pues, que no supiera quién podría ser capaz de hacer la falsificación. De cualquier modo, él supone que la tela pudo haberse confeccionado como una representación sacra del sudario que hubiera sido convertida por otros en reliquia (p. 139). Añade además, que puede certificar que la pintura no fue retocada (p. 140)

En el turno de preguntas, McCrone afirma que hizo exactamente las mismas pruebas que Adler y Heller sobre la sangre de la imagen y que dieron negativo todos ellas. Aquí sólo detalla una, a la que ya se había referido en otros escritos. Como ni los autores mencionados ni él mismo dieron una explicación completa de las mismas, la cuestión queda en una mera guerra de descalificaciones mutuas, que sería muy fácil de resolver con los métodos de los que se dispone hoy en día. No se aplicarán porque la iglesia católica no tiene ningún interés en que se hagan nuevas pruebas sobre el lienzo que remachen su falsedad. Coincido con Charles Freeman en esto.

Y, cotilleo final, en la sala se encontraba David Rolfe, nuevo director del boletían de la British Society for the Shroud of Turin, que se presenta a sí mismo como “cineasta” y hace una pregunta muy modosita, o sea anodina (p. 142). Es uno de los que más ha combatido las tesis de McCrone en varios documentales de exaltación sindonista. Al parecer, aquí se encontraba un poco cohibido por el ambiente científico de la sala. Muy típico.

Charles Freeman: El sudario de Turín como tela litúrgica.

Charles Freeman: “The Real Mystery of the Shroud of Turin Why Does the Catholic Church Not Publicly Declare That It Is Not Authentic?”, Journal of Information Ethics / Volume 24, Number 2 / Fall 2015 / pp. 63 –75 /

 

 

Charles Freeman es un historiador free lance, es decir, no universitario, que ha publicado más de una decena de libros relacionados con el mundo antiguo y las religiones, especialmente el cristianismo. En este blog ya le dediqué una entrada comentando un artículo suyo aparecido en History Today. Un año después publicó el trabajo que ahora presento brevemente.
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Iconografía del Cristo en la tumba. Vir dolorum o Varón de dolores.

Junto con las representaciones del Santo Entierro, el embalsamamiento del cuerpo o las Santas Mujeres ante la tumba vacía, los artistas del gótico tardío inventaron un género específico, el llamado Vir dolorum, o Varón de dolores, que era una representación simbólica de la muerte del Cristo.
En general, se representa al Cristo de pie, emergiendo medio cuerpo del sepulcro, en posición estática. Cuando aparecen figuras secundarias, suelen ser ángeles, la Virgen y San Juan o los instrumentos de la Pasión. A diferencia del Cristo triunfante de la escena de la resurrección, aquí se propone una reflexión sobre los sufrimientos y la muerte.
Las representaciones del Vir dolorum son escasas antes de 1400. La mayoría proceden de los siglos XV y XVI. Dan Scavone sitúa la primera representación del Varón de dolores en 1300 (iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén de Roma). Cf. “Greek Epitaphioi and Other Evidence for the Shroud in Constantinople Up To 1204”; p. 3.

Varón de dolores de la iglesia de la Santa Croce de Gerusalemme de Roma. Hacia 1300.

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A vueltas con la sangre del sudario de Turín. Marc Antonacci.

Suelo advertir de vez en cuando que no soy un experto en todo —no podría serlo—, pero donde me encuentro más perdido es en los estudios puramente científicos con multitud de terminología aparentemente científica, matematizaciones aparentemente científicas y discusiones sobre conceptos que parecen científicos, de los que no tengo ni idea. A lo más que llego es a evaluar los momentos en los que los supuestos experimentos científicos se convierten en hagiografía, pero eso es fácil de detectar. También puedo entender a veces cuando se habla en términos vulgares de temas más abstrusos. Es el caso del documento que voy a comentar a continuación. Se trata de “Hypothesis that Explains the Shroud’s Unique Blood Marks and Several Critical Events in the Gospels”, de Marc Antonacci y Arthur C. Lind, que, a pesar de su largo título no parece haber sido publicado en parte alguna. Es de 2014. Leer más…

La flagelación de Cristo y la Sábana Santa.

La devoción es una cosa extraña. En buena lógica racionalista, los universos imaginarios que construimos deliberadamente deberían ser siempre amables y consoladores. Ante un mundo erizado de dificultades y amenazas personales y globales, deberíamos refugiarnos en imágenes apacibles y serenas como los famosos Relaxing Classic Music de Youtube. Pues no. El creyente religioso tiende a recrear imágenes tortuosas, violentas o mórbidas con la misma frecuencia —o más— que imagina paraísos azules repletos de tortitas de miel, túnicas blancas y cantos angélicos. Algo se pega a los no creyentes de esta fascinación terrible cuando nos paramos delante de las macabras imágenes de Caravaggio o Grünewald los que somos incapaces de ver como le dan dos puntos de sutura a nuestro perro. Quédese la explicación para la psicología, que no es tema de esta bitácora. Si digo lo anterior es para explicar que, a pesar de esta fascinación, las delectaciones con que los sindonistas, místicos o científicos, se entretienen en el recuento de llagas, sangres y clavos sobre la santa sábana siempre me han echado para atrás. Si he tocado el tema en entradas anteriores, ha sido intentando hacerlo lo más asépticamente posible. Pero como todo llega y el tema del santo sudario está realmente aburrido, me voy a parar a hacer un breve comentario sobre uno de los últimos artículos de Andrea Nicolotti que tenía aparcado en una carpeta. Lo hago con gusto, por otra parte, porque en el muermo panorama del tema de este blog, Nicolotti es de lo poco que queda que investiga las cosas con seriedad y detalle. Por las razones que sea, Gian Marco Rinaldi y Antonio Lombatti —otros dos de la “escuela” italiana a los que solía contactar— han paralizado sus blogs. En el campo contrario, hasta el profesor Fanti parece haber agotado su imaginación para continuar sus asombrosos estudios a partir de una micronésima parte de cierta fibra que alguien le había pasado no se sabe como. Leer más…

El Jesús histórico. XIV. Conclusiones.

Montoire-sur-Loire; Capilla de Saint-Gilles, siglo XI

Cuando se busca un objeto siempre hay una presuposición básica: que puede existir. Normal. Uno no busca un marcianito verde con orejas-trompetillas si no está convencido de que es una hipótesis razonable. Pero hay otro tipo de búsqueda: sabes que la cosa existe, pero no dónde encontrarla o qué forma tiene exactamente. Las famosas “quest” (búsquedas) del Jesús histórico se parecen más bien al segundo tipo. Una pléyade de teólogos e historiadores a la caza de una pieza codiciada que en alguna parte tiene que esconderse. Para algunos de ellos, el Jesús de la historia no está muy claro qué es. Pero la mayoría ya tiene una idea precisa de lo que anda buscando. Se trata de ajustar algunos puntos secundarios y exhibir la pieza ante los incrédulos. “¡Ahí lo tienes! ¡Y tú que decías que el monstruo del lago Ness no existía!” Más o menos así. Leer más…

El Jesús histórico (XII). Donde Jesús de Galilea se cruza con la Sábana Santa.

 

Habermas, Gary R.: Evidencia a favor del Jesús Histórico: ¿Es el Jesús de la Historia el mismo Cristo de la Fe?, eBook editado por GaryHabermas.com, 2015

Extractos de una entrevista televisiva en el show de John Ankerberg http://www.daystar.com/shows/the-john-ankerberg-show-with-john-ankerberg/ , mayo 2000‒.

En el movimiento sindonista jamás se cuestiona la existencia de Jesucristo ni los datos de su vida recogidos en los evangelios. Son puntos de partida inapelables. Claro que, cuando los relatos resultan contradictorios, se ignora discretamente los que no convienen, pero en lo esencial se toma el libro sagrado como la historia incuestionable de un personaje real que es el Hombre de la Sindone “personalmente en persona”. La historia oficial del Jesús Histórico, una figura creada trabajosa y conflictivamente por los exegetas historiadores más o menos ligados a diversas facciones del cristianismo, es ignorada por los sindonistas en la misma medida en que estos son ignorados por la exegesis oficial.

El Santo Sudario de Besançon; siglo XIX-

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El Jesús histórico (XII). La transmisión oral y los testimonios evangélicos.

 

“Sin embargo, uno de los principales problemas con la hipótesis de la leyenda, que casi nunca es abordado por los críticos escépticos, es que el tiempo entre la muerte de Jesús y la escritura de los evangelios es demasiado corto para que se produzca” (William Craig, “The Evidence for Jesus,” s.f. (consultado 03/09/2017 10:59,

Online: http://www.leaderu.com/offices/billcraig/docs/rediscover2.htm )

 

Como decía en la entrada anterior los defensores de la fiabilidad de los evangelios, suelen argumentar que son demasiado cercanos a los hechos que narran para que se hubiera podido introducir en ellos acontecimientos inexistentes o alteraciones importantes de lo ocurrido. Como traté de explicar, esta afirmación se contradice con lo que de hecho podemos observar en los propios evangelios. Las diferencias en las narraciones de los evangelios implican que diversas versiones sobre lo que realmente dijo o hizo Jesús podían existir en el siglo I, sin excluir otras que no hayan subsistido a la criba ideológica que realizó la todopoderosa iglesia del Imperio. Las afirmaciones históricamente refutables o evidentemente míticas, demuestran que la capacidad de inventiva de los narradores no pudo ser contrastada por ninguna crítica racional. Sin embargo, una modificación más sutil de este argumento puede encontrarse en Adrian N. Sherwin-White (1963, p. 190). “…Incluso dos generaciones [alrededor de setenta años en total] son demasiado cortas para permitir a la tendencia mítica queprevalezca sobre el duro núcleo histórico de la tradición oral”. El argumento va dirigido directamente contra el mitismo, pero puede ser utilizado para negar el carácter legendario de los asombrosos hechos de Jesús de Galilea. La sutileza consiste en el “prevalecer” y, como la mayoría de las sutilezas de los exegetas-historiadores, se basa en una cierta ambigüedad y una confusión entre la conclusión aparente y la analíticamente correcta. “Prevalecer” significa, según la Real Academia Española de la Lengua, obtener algún tipo de ventaja sobre otras cosas. Si no malinterpretamos a Sherwin-White, quiere decir que los elementos míticos de la vida de Jesús habrían sido contrarrestados por los históricos, pero la conclusión no está clara: ¿Qué no hay elementos míticos en los evangelios? Esto es absolutamente disparatado, puesto que haberlos háylos. ¿Qué los elementos históricos son más que los míticos? Para eso habría que tener un criterio claro para distinguir  unos y otros, lo que, como vengo insistiendo en esta serie de comentarios, no ocurre. ¿Qué significa, entonces, “prevalecer”? No tengo ni idea. Leer más…

El Jesús histórico (XI). Marc Bloch y el valor de los testimonios.

El testimonio más convincente que se puede ofrecer en un tribunal es el de un testigo que ha visto o escuchado lo que atestigua. Ahora bien, es razonablemente cierto que todos los escritores del Evangelio fueron testigos oculares de la mayoría de los eventos registrados por ellos en las historias del Evangelio. Tanto Mateo como Juan estaban entre los Doce que constantemente asistían al Maestro en todas sus peregrinaciones, oyeron sus discursos, presenciaron la realización de sus milagros y proclamaron su fe después de que él se fuera. (24)
(Walter M. Chandler: The Trial of Jesus).

El testimonio que ofrece indirectamente Jesús de los fariseos de su tiempo es confirmado por los relatos de su posterior proceso. (David Flusser: Jesús en sus palabras y su tiempo, p. 70)

Hace tiempo, durante un relevo nocturno, vi cómo se transmitía a lo largo de la fila el grito: “¡Cuidado! ¡Hoyos de obuses a la izquierda!” El último hombre recibió el grito bajo la forma: “Háganse a la izquierda”, dio un paso hacia ese lado y se desplomó. (Marc Bloch: Apología para la historia o el oficio de historiador, p. 77)

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El Jesús histórico (X). El problema de los testimonios independientes que no lo son.

El criterio de testimonio múltiple o independiente es una transposición de un procedimiento judicial habitual al ámbito de la historia. Cuando tres testigos, que no se conocen entre sí, describen similarmente un mismo acontecimiento, el tribunal da validez a su testimonio. Si los tres testigos tienen relatos  diferentes, el tribunal pone en duda a los tres… en ausencia de otros criterios (!). Pero la diferencia de los testimonios en un proceso judicial con el “interrogatorio” de textos antiguos como los evangelios, de los que desconocemos las condiciones concretas de producción, es inmensa. Los sinópticos, que son considerados anteriores al cuarto evangelio, se originan a partir de una tradición oral múltiple. Más aún, Lucas comienza hablando de “muchos” testimonios escritos, de los que ahora nada conocemos (Lucas 1: 1). Que esa tradición no era homogénea, queda atestiguado por las imprecaciones de Pablo contra otras escuelas cristianas contrarias a su prédica y por ciertos indicios de los propios evangelios, como las contradicciones entre ellos y dentro de ellos, que no sólo se refieren a hechos concretos, sino a perspectivas diferentes y a concepciones diversas de lo que fue dicho o hecho. El criterio de testimonio múltiple ignora estas circunstancias, de la misma manera que ignora lo que son las presiones ideológicas y gregarias que transforman la percepción de los acontecimientos de una persona y, sobre todo, la memoria que de ellos se tiene.

Lambert Lombard (1505-1566, Liège), El milagro de los peces y los panes. Amberes.

 

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El Jesús histórico (IX). Los criterios de historicidad (I). Atestiguación múltiple.

La teología “liberal” de Bultmann y Schweitzer escandalizó a los buenos cristianos de siempre, especialmente a los católicos, que saben dogmáticamente que la razón puede demostrar las verdades de la fe, o al menos dejarlas a punto de caramelo. No estoy seguro de cuándo fue dictaminado este dogma tan absurdo, pero me lo contó en su día mi profesor de Ontología. Eso es lo que pretendía Tomás de Aquino, que fue el santo filósofo oficial de la religión católica, si no lo es todavía. La Razón ‒católica, por supuesto‒ puede demostrar lo que la fe nos hace conocer indubitablemente. ¿Entonces, para qué se necesita la fe? Me permitirán que no siga por este camino porque en cuestiones de sutilidad teológica yo me pierdo. El caso es que el irracionalismo existencial teológico molestaba mucho a la mayoría de los cristianos. Leer más…

El Jesús histórico (VIII). El origen del análisis crítico de los evangelios.

En buena parte de las leyendas del pasado se puede encontrar algún dato que corresponda a un hecho histórico. Más difícil es averiguar cuáles son y cuáles no son. Este no es un problema privativo de los primeros textos cristianos. Los historiadores se vuelven locos intentando separar la paja del trigo en la Ilíada, el Cantar de Roldán o en los mitos pre-colombinos. La preocupación por la objetividad de los testimonios es válida para cualquier época, pero en estos casos nos encontramos con abundante material puramente imaginario, apenas ningún hecho relatado en el estilo propio de un historiador y algunos pasajes que sugieren una cierta autenticidad. No son acontecimientos que hayan sido mencionados por historiadores de la época ‒si los hubo‒, no hay rastros arqueológicos que los refuten o confirmen… ¿Cómo hacer para resolver el problema?

El nombre de la rosa (1984), Jean-Jacques Annaud

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El Jesús histórico (VII). Algunos problemas del mitismo.

Si los autores mitistas pretenden basar su alegato en el silencio de Pablo, sus problemas provienen del hecho de que, aunque el autodenominado “apóstol” no conociera a Jesús, aunque su teología parece basarse en un ser divino preexistente y aunque la vida y milagros de Jesús están clamorosamente ausentes de sus epístolas, hay algunos pasajes en ellas en los que Pablo habla de un Jesucristo que tiene rasgos de humanidad innegables.

De la estirpe de David, según la carne.

Las epístolas paulinas hablan de Jesús de Galilea como un ser humano en diversas ocasiones. Sirvan de ejemplo estas dos:

            Acerca de su Hijo, que nació de la descendencia de David según la carne,  y que fue declarado Hijo de Dios con poder, conforme al Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos: nuestro Señor Jesucristo (Romanos 1:3-4)

            Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley (Gálatas 4: 4)

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El sudario de Oviedo y el de Turín: un nuevo artículo.

Nicolotti, Andrea: “El Sudario de Oviedo: historia antigua y moderna”, Territorio, Sociedad y Poder, nº 11, 2016, pp. 89-111. https://www.unioviedo.es/reunido/index.php/TSP/article/view/11790/10930

Andrea Nicolotti ha publicado un nuevo trabajo sobre el Sudario de Oviedo que tiene un doble interés. Aparte de un resumen crítico sobre la historia de esta reliquia, se hace una comparación con los estudios sobre la Sábana Santa de Turín, que tienen el común denominador de estar organizados en torno a las asociaciones sindonológicas. Nicolotti hace un documentado y demoledor análisis de los métodos de esta peculiar “escuela” que seguro que interesarán a los y las que tengan interés por el tema de las reliquias y el maridaje entre tecnología y religión. Imprescindible.

Un obispo. Corpus pelagianum. Siglo XII.

 

Quien acuda a la página de la revista de estudios medievales que incluye el artículo, encontrará otros estudios académicos de interés que son críticos con la versión oficial religiosa. El “grupete” al que se refería el Sr. Obispo de Oviedo.