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Los Guardianes están entre nosotros (III). El profeta crucificado y la sábana santa.

Si hemos de creer a los evangelios, la muerte infamante de Jesús el Galileo sumió en la consternación y el pasmo a sus seguidores, que salieron corriendo como conejos. “Entonces les dice Jesús: «Todos vosotros vais a escandalizaros de mí esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño»”. (Mateo 26, 31). Pero, pasado un cierto tiempo volvieron a juntarse, fuera porque comprendieron que las autoridades parecían conformarse con eliminar a su líder y poco más o porque se arrepintieran de su cobardía: “Y Pedro se acordó de aquello que le había dicho Jesús: «Antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces.» Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente”. (Mateo 26, 75)

A partir de entonces comienza un salto adelante que se parece mucho al que realizó el grupo de Lake City. (A los que tengan un poco de tiempo les recomiendo repasar los asteriscos que he colocado en las dos primeras entradas de la serie).

Rembrandt van Rijn: : Los discípulos de Emaús; hacia 1625.

No hace falta hacer un estudio exhaustivo para constatar en los evangelios la existencia de una sensación de fracaso en dos tiempos. En primer lugar, la desbandada ante la crucifixión de su líder, ejemplificada dramáticamente en la negación de Pedro. En segundo lugar, el desvanecimiento de las expectativas de una segunda venida del Cristo. (Véase los comentarios en la entrada anterior). Es este último el que me parece más importante, porque está claramente consignado en los textos, mientras que el primero se remite al nebuloso terreno de las leyendas. Si se analiza los cinco textos fundamentales del Nuevo Testamento, (las epístolas paulinas y los evangelios canónicos) y se admite la secuencia temporal más comúnmente aceptada (Pablo, Marcos, Mateo, Lucas, Juan), no es difícil darse cuenta de que la inminencia del Reino, que es un supuesto básico de los tres primeros, comienza a descafeinarse en Lucas, para quedarse como aguachirri en Juan. Paralelamente, el contenido material del Reino que en los primeros evangelistas tiene un claro matiz terrenal, según la tradición judía, se va convirtiendo en una cosa celestial, cuyo mensaje fundamental es de orden espiritual e íntimo. (Marcos 10, 29-30: “Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna”; Mateo 5, 5: “Bienaventurados los mansos porque ellos tendrán la tierra en heredad”; Juan: 18, 36: “Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí”). Exactamente lo mismo que para los del grupo de Lake City que acaban considerando que lo importante es el efecto personal que la frustrante experiencia tuvo en ellos.

En los dos casos, el punto de arranque del salto adelante consiste en una revisión del mensaje. Leyendo los evangelios, resulta sorprendente que Jesús hubiera escogido como apóstoles de la Buena Nueva a semejante grupo de estúpidos. A pesar de que les repite una y otra vez que el día de su muerte está cercano, ni uno solo es capaz de estar prevenido para el luctuoso evento. (Marcos 9, 31-32: “Porque enseñaba a sus discípulos, y les decía: El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán; pero después de muerto, resucitará al tercer día.Pero ellos no entendían esta palabra, y tenían miedo de preguntarle”; Mateo 16, 23: “Entonces él, volviéndose, dijo á Pedro: “Quítate de delante de mí, Satanás; me eres escándalo; porque no entiendes lo que es de Dios sino lo que es de los hombres”). Una y otra vez, incluso cuando su mensaje es claro y sin ambages, les tiene que reprender porque no están entendiendo lo que les dice. En ocasiones se desespera de la torpeza de su grey –-como si no fuera su responsabilidad haberla elegido personalmente—. Es de suponer que los discípulos no eran realmente tan torpes. Probablemente Jesús no les predijo las cosas que los evangelistas cuentan a posteriori y, si algo pudo barruntar de lo que se le venía encima, se lo explicó de manera tan críptica que los que le oían se quedaban con la boca abierta. Algo de esto último se puede encontrar en Lake City. Los mensajes de los Guardianes se formulan de manera esotérica y no demasiado clara, lo que facilitó las cosas para su revisión posterior: seguramente no se habían entendido bien o el medio no era el adecuado.

A partir de ahí, tanto en el cristianismo primitivo como entre los ufólogos místicos, se abre paso la vía de los símbolos. Agustín de Hipona explica el mecanismo: si el mensaje del Señor es claro, se acepta literalmente. Si no es claro o incluso contradictorio, se busca su interpretación simbólica. ¿Y cómo saber lo que no es claro? Lo que contradice la enseñanza de la Iglesia, claro está. Por lo tanto, la verdad de un texto acaba coincidiendo necesariamente con los preconceptos con los que el lector acude y toda la cuestión radica en como acomodar el evento o el texto desagradable a la interpretación canónica. (Cit. por Todorov 1978, pp. 92, 101)

Todo ello desemboca en una reinterpretación de la palabra divina que permite aplazar sine die el terrible Juicio Final y conformarse mientras tanto con una salvación meramente individual y de orden espiritual. El Reino ya no es de este mundo. Las naves del planeta Clarion vendrán cuando vengan y mientras tanto contentémosnos con el conocimiento de la Verdad Revelada, que nos hace santos, y confiemos en la gracia del Señor que nos salvará cuando venga el Fin de los Tiempos. Con platillos volantes, o sin ellos.

El proceso de reinterpretación no se limita a la narrativa profética. El grupo en crisis reinventa también los hechos que pueden confirmar su creencia cuestionada. En Lake City las visitas de los enviados jugaron un papel destacado en este sentido. La Sra. Keech dirigió las creencias de los adeptos, estableciendo señales que certificaban, mediante las apariciones misteriosas de extraterrestres, que los mensajes que transmitía, aunque pudieran haber sido mal entendidos, eran auténticos y promisorios. Además, se incorporaba cualquier “dato” que los creyentes pudieran aportar para confirmar creencias, aunque no hubiera ninguna evidencia de él. Me resulta especialmente significativo el episodio de los discípulos de Emaús. Lo mismo que los del grupo estadounidense pueden estar hablando con una persona que creen normal, hasta que la Sra. Keech descubre a posteriori que realmente han estado ante una presencia extraterrestre, los discípulos de Emaús pueden estar hablando horas con Jesús resucitado sin reconocerlo. “Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Lucas 24, 31-2) Recuérdese la “experiencia” totalmente inventada de uno de los observadores y como fue acogida por el grupo sin el menor espíritu crítico.

Finalmente, uno de los puntos de contacto más llamativos entre la secta de Lake City y la de los primeros cristianos es la renuncia a todo lazo con el mundo. Ante la inminencia del apocalipsis final, los más convencidos de los adeptos “quemaron todas sus naves”, en palabras del doctor Armstrong. Vendieron sus propiedades y dejaron a sus familias para entregarse a la causa en cuerpo y alma. ¿No es lo mismo que hicieron los discípulos más allegados al Cristo? Hay numerosos párrafos en los evangelios que ilustran de cómo el Señor iba creando su grupo de discípulos favoritos exigiéndoles la renuncia a todo lo terreno. Él mismo da ejemplo, negándose a recibir a su propia madre cuando ésta pide verlo, en uno de los pasajes en los que Jesús resulta menos simpático. (Lucas 8, 19-21: “Entonces su madre y sus hermanos llegaron a donde él estaba, pero no podían acercarse a él debido al gentío. Y le avisaron: Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren verte. Pero respondiendo él, les dijo: Mi madre y mis hermanos son estos que oyen la palabra de Dios y la hacen”.) Como explica al joven rico, hay que desprenderse de todo y seguirle o la salvación se hace imposible (Marcos 10, 16-23) o casi (Mateo 19, 16-30). Fuera ésta una actitud consciente para formar un núcleo de incondicionales o fuera la consecuencia de una moral ascética pre-apocalíptica, el resultado fue el mismo: un grupo de seguidores estaba fuertemente motivado para dar el salto hacia delante. Dado que no había “vuelta atrás” —de nuevo Armstrong— y que la realidad era destructiva, había que negar la verdad sangrienta de los hechos para embarcarse en un nuevo camino que, sin anular la posición inicial, la creencia en la recompensa final, la superara con una nueva perspectiva. Así nació el cristianismo.

…y la sábana santa de Turín.

Establecer algunos puntos de contacto no es creer que los acontecimientos necesariamente ocurrieron así, ni tampoco pretender que no hay suficientes puntos de disimilitud. La narrativa evangélica debe ser tomada con cuidado y los adeptos a los platillos volantes no son exactamente una secta religiosa del siglo I; muchas cosas los separan. Pero la hipótesis de que un fenómeno similar a la disonancia cognitiva ocurrió entre los primeros cristianos es más que plausible y ofrece una explicación racional al salto hacia delante, que los exegetas más exaltados consideran como “inexplicable” o “milagroso”. ¿Como un grupo de pescadores y campesinos ignorantes se resistió a considerar su intentona como definitivamente aplastada bajo la cruz de su Mesías? ¿Cómo es que no entendieran nada de lo que su maestro les explicaba? ¿Cómo es que en los evangelios se entrecruzan los mensajes puramente apocalípticos con la visión espiritual del Reino? Estas y otras preguntas similares pueden responderse adecuadamente mediante la comparación con la peripecia —menos dramática, por cierto— de la secta de la Ciudad del Lago.

Otra cosa es la comparación con la secta de los adoradores de la Sábana Santa. Aquí las diferencias son más acusadas. Sin embargo, algún paralelismo puede establecerse.

Para el grupo de creyentes que se reunió en Albuquerque en 1977, el descubrimiento “científico” del sudario de Turín fue un acontecimiento similar a la aparición del Cristo en persona. Las expresiones de éxtasis personal que algunos de ellos han dejado por escrito no difieren mucho de las que podían producir las visitas del Cristo resucitado a sus fieles en la Palestina antigua. Para los adoradores del sudario era, simplemente, una confirmación de su fe en medio de un mundo en el que el cristianismo se había convertido en una rutina. Una sacudida, vaya. La datación por radiocarbono de 1988 fue un mazazo en sentido inverso. Que la ciencia en persona, por medio de tres prestigiosos laboratorios que aplicaban un método de datación bien contrastado, desautorizara sus creencias mito-científicas en la reliquia, los dejaba fuera de juego. Sin embargo, las desafecciones fueron mínimas. Fueron pocos los que se sintieron vacilar o, directamente, se desentendieron del sindonismo. El resto emprendió un salto hacia delante: desde 1988 el grueso de los trabajos de la sindonología se ha dedicado a desacreditar la datación por todos los medios imaginables e inimaginables que he ido describiendo en esta bitácora. Se inventaron conspiraciones diabólicas, se intentó desacreditar el mismísimo método de datación por radiocarbono, se “descubrieron” bacilos inexistentes, se dio crédito a falsarios profesionales, se manipularon textos antiguos para que dijeran lo que no decían, se inventaron fabulosos remiendos invisibles, se acudió a pareidolias delirantes, teorías patafísicas de radiaciones producidas por resurrección, métodos de datación inseguros que nadie aplica realmente… Todo valía y todo quedaba arrinconado conforme se demostraba que aquello no tenía poder de persuasión más que para los que estaban ya persuadidos.

Toda esta parafernalia de pseudociencia y mitología juntas no ha resultado muy satisfactoria para los sindonistas. A pesar de que gustan de proclamar que su sábana santa —porque la consideran cosa suya— es el objeto histórico más estudiado de la historia, saben que la ciencia y la historia les dan la espalda ostensiblemente. Fuera de sus círculos y congresos ad hoc, los escasos pronunciamientos que algunos expertos independientes han hecho sobre la reliquia han resultado negativos. Sentirse sindonista hoy en día, a pesar de las manifestaciones de orgullo y satisfacción, es asumir la pertenencia a una secta tecno-religiosa que ni siquiera ha recibido un espaldarazo claro por parte de la Iglesia católica. Pero, como el cristianismo primitivo demuestra, los saltos adelante son la manera habitual de resolver las disonancias cognitivas y un grupo de creyentes contumaces puede mantener viva la llama de su fe aunque todas las fuerzas mundanas —incluidos los “arcontes de la Tierra” de los que hablaba Pablo— se conjuren contra ella. El sindonismo está en ello.

Referencias.

En la psicología moderna el proceso de salto hacia delante se llama “disonancia cognitiva”, que fue un término desarrollado por Leon Festinger en otro libro: A Theory of Cognitive Dissonance, Stanford University Press, 1957. Consultable on line: https://archive.org/details/theoryofcognitiv00fest

Quién le interese este tema y no tenga ganas de leerse el libro de Festinger puede acudir, en castellano, a:

Ovejero, Anastasio: “Teoría de la disonancia cognitiva”, Psicothema, 1993, vol. 5, 1, pp. 201-205, p. 201 (En relación a Festinger)

Bermejo, Fernando: “La pretensión regia de Jesús el Galileo. Sobre la historicidad de un motivo en los relatos evangélicos”, Studia Historica. Historia Antigua., 33, 2015, pp. 135-167. https://gredos.usal.es/jspui/bitstream/10366/129286/1/La_pretension_regia_de_Jesus_el_Galileo_.pdf; consultado on line 01-07-2018; se hace una referencia a Festinger.

He mencionado también: Todorov,Tzvetan : Symbolisme et interprétation. Paris, Editions du Seuil, 1978

Los Guardianes están entre nosotros (2). El fracaso de las profecías.

En realidad las profecías de la Sra. Keech no fracasaron una sola vez. Hubo una serie de intentos fallidos cada vez más espectaculares y alguna replicación, como después de un terremoto.

Se puede hablar de una serie de decepciones de las expectativas que, sin embargo, no sumieron al grupo en una crisis sino cuando el fracaso final puso la guinda.

Como dije en mi anterior entrada, los avisos de inminentes visitas de extraterrestres causaban un gran revuelo entre los adeptos, aunque no siempre se expresaban con claridad. Pero uno de ellos, que sí fue formulado sin ambages provocó un fracaso que conmocionó al grupo. De acuerdo con las instrucciones recibidas, se desplazaron hacia un campo cercano en espera de la aparición, pero esperaron en vano. Allí no se presentó ningún extraterrestre. Sin embargo, la Sra. Keech salvó la situación cuando apareció un caminante, quizás un curioso. Apenas se hubo ido, la proclamó que la conducta reservada —“extraña”— del hombre y otros signos —había aparecido “de la nada”— indicaban sin confusión posible que se trataba del enviado y que si no había hecho manifiesta su presencia era por razones que había que estudiar. Al parecer la explicación fue generalmente aceptada, sin apenas reservas. Una comunicación posterior de Sananda, que confirmaba la identidad del personaje, acabó con las dudas que pudiera haber.

A veces los Guardianes apostaban fuerte en sus predicciones. Así, vaticinaron una vez la muerte y resurrección del marido de la Sra. Keech —poca broma—, quien, como era bastante escéptico, se fue a dormir sin esperar a ver que pasaba. Como es de suponer, el evento no tuvo lugar, lo que fue rápidamente reinterpretado como que se trataba realmente del anuncio de una muerte y resurrección espirituales.

No obstante, la primera predicción que acabó en un revés contundente fue la de la nave que había de rescatar a los creyentes antes del cataclismo. Hubo hasta tres convocatorias fallidas. Los adeptos se preparaban concienzudamente siguiendo las extrañas instrucciones que daban los extraterrestres: destruían la documentación que tuvieran relativa al acontecimiento, se despojaban de todos los objetos metálicos y cosas por el estilo. En la última ocasión, permanecieron en el jardín de la casa de la Sra. Keech, a la vista del público y los medios de comunicación, hasta altas horas de la noche y aguantaron el tipo como pudieron. Allí se manifestaron los primeros signos de decepción, que fueron confirmados cuando el día señalado para el cataclismo predicho, un poco antes de Navidad, éste no tuvo lugar. Un intento de aplazarlo hasta la Nochebuena no surtió efecto y, como se puede suponer, la conmoción fue total.

Reacciones.

Cuando ya en la madrugada de la noche señalada se hizo patente que la ciudad del Lago no iba a ser inundada ni nada parecido, el estado anímico de los creyentes cayó en picado. Pero el resultado no fue exactamente el que cabía esperar. Durante el primer cuarto de hora hubo sollozos, caras descompuestas y la impresión de que el grupo estaba a punto de desintegrarse. Pero luego hubo una fase de subidas y bajadas de ánimo sucesivas. Los intentos de recuperación de la situación comenzaron in situ y las reacciones finales fueron algo extrañas: en lugar de una desbandada general sólo hubo dos desafecciones.

La respuesta final de los adeptos fue preparada por los cambios de actitud que se produjeron en las fechas previas al acontecimiento. Especialmente un día antes, la labor de proselitismo, que había sido descuidada, cuando no contemplada con aversión durante los meses anteriores, adquirió una actividad frenética. Se atendió prolijamente tanto a los visitantes espontáneos cuanto a la prensa, que había sido vista con recelo desde los primeros contactos. Se practicó una política de puertas abiertas en la casa de la Sra. Keech que favoreció la multiplicación de encuentros. Si hasta entonces los líderes del grupo habían efectuado una cuidadosa selección de los neófitos que fueran aptos para la salvación, ahora toda persona que accedía a la casa se consideraba automáticamente una “elegida”.

Reinterpretaciones.

El expediente más utilizado para superar anímicamente la situación fue la reinterpretación de las profecías. Los mensajes en sí mismos se consideraban auténticos y correctos pero las interpretaciones no habían sido efectuadas por las personas correctas o habían sido recibidos confusamente∗. Esto permitía mantener la ficción principal de una interacción con seres superiores de otras galaxias y la convicción de que las personas del grupo habían sido seleccionadas para la consecución de una vida superior. Así, se pone en entredicho la autoridad de algunos miembros del grupo, sin necesidad de señalarlos directamente, aunque aquellas personas que manifiestan un cierto criticismo escéptico pasan a ser ignoradas por el resto. Nadie trata de convencerlos, sino que se les aparta. Los mensajes no cesan con el primer fallo. Se añaden nuevos métodos de recepción como el teléfono, la radio o la televisión—cualquier conversación banal con un curioso se convierte en signo y es analizada minuciosamente en busca de mensajes ocultos—. Se busca ansiosamente en las noticias de prensa cualquier referencia a algún hecho luctuoso con un vago parecido con la profecía para interpretarlo como un indicio de que los Vigilantes habían cambiado sus planes o que todo el episodio era una especie de prueba para que los creyentes demostraran su fe. Los mensajes del exterior, lejos de cesar, se multiplican. En especial, algunos de los creyentes dan un giro de 90º y pretenden que la interpretación literal de las catástrofes y los otros acontecimientos ilustrados era errónea, puesto que se trataba de mensajes con un contenido simbólico.∗Ese contenido simbólico remite a lo religioso, en última instancia. Las referencias a Dios y Jesucristo, que habían sido apuntadas desde el principio, pasan ahora a primer plano, desviando la evaluación de la situación hacia los beneficios espirituales que los participantes habían recibido. ∗

La idea de que este acontecimiento había sido un primer ensayo llevó inmediatamente a la de que la predicción no había dejado de ser cierta, sino que simplemente había sido aplazada por razones que las personas del grupo no estaban en situación de comprender totalmente∗. Pero ahora el tiempo no importaba: tarde o temprano, el Apocalipsis tendría que ocurrir∗.

La huida hacia delante.

El equipo del Dr. Festinger no pudo hacer un seguimiento pormenorizado y detallado de la evolución de los miembros del grupo tras la profecía fallida. Tras unas semanas sólo pudo tener noticias de algunos de los más destacados. En general, el grupo como tal, se rompió, aunque la Sra. Keech continuó su actividad hasta su muerte acompañada de un pequeño grupo de seguidores. Al parecer siguió en contacto con algunos de los de Lake City. Se puede decir que, incluso las personas que cejaron la actividad inmediatamente tras la noche fatídica, siguieron moviéndose en el ámbito del ufismo espiritualista —si se me permite la expresión—, es decir una amalgama entre un vago misticismo y el culto a los platillos volantes.∗

Parece que en la disgregación del grupo como tal pesaron dos motivos principalmente: el miedo al ridículo y a la presión de la policía que había intensificado su vigilancia sobre ellos.

Festinger señala como conclusiones que las personas admitieron las distintas versiones del salto hacia delante condicionadas por sus propias circunstancias. El libro resalta las cinco más importantes que hicieron que algunos resistieran la frustración.

1. La persona debería estar convencida. (Sin embargo, hemos visto como hubo alguna excepción a la regla que hizo que algunos escépticos se convirtieran justo tras la decepción final). ∗

2. Esa convicción debía manifestarse en forma de un compromiso con las actividades del grupo. Cuanto más se entregaba la persona al grupo y cortaba con los lazos que le unían al exterior más proclive era a superar la frustración.

3. La convicción debía estar abierta a una posible refutación.

4. La disconfirmación se produce.

5. El grupo es capaz de crear una solidaridad interna después de la refutación.

Todo esto quedaría resumido en lo que el Dr. Armstrong confesó a uno de los observadores en la tensión previa al cataclismo fallido: “He quemado mis naves; no puedo permitirme dudar” (171) ∗.

Los Guardianes están entre nosotros (I). Cuando la profecía falla.

A mediados de los años cincuenta del siglo pasado, un equipo de investigadores norteamericanos siguió de cerca las andanzas de una secta que habitaba los alrededores del Gran Lago, especialmente en Lake City, una pequeña población de unos cuantos miles de habitantes.

De aquí resultó un libro: Leon Festinger, Henry Riecken, Stanley Schachter: When Prophecy Fails: A Social and Psychological Study of a Modern Group That Predicted the Destruction of the World, New York; Harper-Torchbooks, 1956. (Yo he consultado la edición de la Universidad de Minnesota de la misma fecha).

En mis, a veces tormentosas, conversaciones con los creyentes en Jesucristo, les he recomendado con frecuencia la lectura de este instructivo texto. No me consta que lo hayan hecho en ningún caso. Más bien creo que no. Pensando que esta falta de atención no se debía a que no les pareciera interesante el tema ni a que les provocara una molesta desazón, sino que el libro no es fácil de conseguir o que no todo el mundo tiene conocimientos básicos de inglés para meterse en este fregado, he pensado que sería bueno hacer una especie de recensión del volumen con especial referencia los puntos que me parecen de más interés. Para que se hagan una idea, el título traducido es:

Cuando la profecía falla: Un estudio social y psicológico de un grupo moderno que predijo la destrucción del mundo.

Confesarán que promete. Leer más…

Hugh Farey, a vueltas con la formación de la imagen del sudario de Turín.

Hace unos días Hugh Farey envió un par de comentarios a este foro. En uno de ellos remitía un trabajo suyo que se había publicado en Academia.edu. (Farey 2018) y que no ha aparecido en el boletín de la Sociedad Británica de sindonología, a pesar de su evidente interés. Es de suponer que al nuevo director de esta publicación no le debe hacer mucha gracia el método sindonológico independiente de Farey.

En este artículo se hace una revisión de las teorías del origen del medieval, sugiriendo alguna hipótesis sobre su formación que se mueve en una línea similar a la de Charles Freeman (Ver entradas de 2014 y 2018). Quiero decir, como un tejido elaborado en torno a ceremonias religiosas. Aparte de la validez de la hipótesis, que tiene sus más y sus menos, Farey hace unos cuántos comentarios sobre la formación de la imagen que me han llamado la atención. Me centraré en las que se refieren a un tema que sólo toco tangencialmente porque excede mis competencias: las teorías sobre la composición de las manchas que figuran ser la sangre del Cristo (“de sangre”, para abreviar).

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Una conferencia de Walter McCrone sobre el sudario de Turín.

McCrone, Walter C., “ Antiquities: Authentication of Art & Archaeological Objects – The Turin Shroud & the Vinland Map”, 67, Medico-Legal Journal, pp. 135-146 (1999);

Conferencia en la Royal Society of Medicine, el 13 de mayo de 1999. Moderador: Mr Alec Samuels, Presidente de la sociedad.

 

Buscando por aquí y por allá he encontrado el texto de una conferencia de Walter McCrone, Bestia n.º1 del sindonismo clásico. Se refiere a dos éxitos del Instituto McCrone —al menos, así los considera él—: el mapa de Vinland y el sudario de Turín.

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Charles Freeman: El sudario de Turín como tela litúrgica.

Charles Freeman: “The Real Mystery of the Shroud of Turin Why Does the Catholic Church Not Publicly Declare That It Is Not Authentic?”, Journal of Information Ethics / Volume 24, Number 2 / Fall 2015 / pp. 63 –75 /

 

 

Charles Freeman es un historiador free lance, es decir, no universitario, que ha publicado más de una decena de libros relacionados con el mundo antiguo y las religiones, especialmente el cristianismo. En este blog ya le dediqué una entrada comentando un artículo suyo aparecido en History Today. Un año después publicó el trabajo que ahora presento brevemente.
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Iconografía del Cristo en la tumba. Vir dolorum o Varón de dolores.

Junto con las representaciones del Santo Entierro, el embalsamamiento del cuerpo o las Santas Mujeres ante la tumba vacía, los artistas del gótico tardío inventaron un género específico, el llamado Vir dolorum, o Varón de dolores, que era una representación simbólica de la muerte del Cristo.
En general, se representa al Cristo de pie, emergiendo medio cuerpo del sepulcro, en posición estática. Cuando aparecen figuras secundarias, suelen ser ángeles, la Virgen y San Juan o los instrumentos de la Pasión. A diferencia del Cristo triunfante de la escena de la resurrección, aquí se propone una reflexión sobre los sufrimientos y la muerte.
Las representaciones del Vir dolorum son escasas antes de 1400. La mayoría proceden de los siglos XV y XVI. Dan Scavone sitúa la primera representación del Varón de dolores en 1300 (iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén de Roma). Cf. “Greek Epitaphioi and Other Evidence for the Shroud in Constantinople Up To 1204”; p. 3.

Varón de dolores de la iglesia de la Santa Croce de Gerusalemme de Roma. Hacia 1300.

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A vueltas con la sangre del sudario de Turín. Marc Antonacci.

Suelo advertir de vez en cuando que no soy un experto en todo —no podría serlo—, pero donde me encuentro más perdido es en los estudios puramente científicos con multitud de terminología aparentemente científica, matematizaciones aparentemente científicas y discusiones sobre conceptos que parecen científicos, de los que no tengo ni idea. A lo más que llego es a evaluar los momentos en los que los supuestos experimentos científicos se convierten en hagiografía, pero eso es fácil de detectar. También puedo entender a veces cuando se habla en términos vulgares de temas más abstrusos. Es el caso del documento que voy a comentar a continuación. Se trata de “Hypothesis that Explains the Shroud’s Unique Blood Marks and Several Critical Events in the Gospels”, de Marc Antonacci y Arthur C. Lind, que, a pesar de su largo título no parece haber sido publicado en parte alguna. Es de 2014. Leer más…

La flagelación de Cristo y la Sábana Santa.

La devoción es una cosa extraña. En buena lógica racionalista, los universos imaginarios que construimos deliberadamente deberían ser siempre amables y consoladores. Ante un mundo erizado de dificultades y amenazas personales y globales, deberíamos refugiarnos en imágenes apacibles y serenas como los famosos Relaxing Classic Music de Youtube. Pues no. El creyente religioso tiende a recrear imágenes tortuosas, violentas o mórbidas con la misma frecuencia —o más— que imagina paraísos azules repletos de tortitas de miel, túnicas blancas y cantos angélicos. Algo se pega a los no creyentes de esta fascinación terrible cuando nos paramos delante de las macabras imágenes de Caravaggio o Grünewald los que somos incapaces de ver como le dan dos puntos de sutura a nuestro perro. Quédese la explicación para la psicología, que no es tema de esta bitácora. Si digo lo anterior es para explicar que, a pesar de esta fascinación, las delectaciones con que los sindonistas, místicos o científicos, se entretienen en el recuento de llagas, sangres y clavos sobre la santa sábana siempre me han echado para atrás. Si he tocado el tema en entradas anteriores, ha sido intentando hacerlo lo más asépticamente posible. Pero como todo llega y el tema del santo sudario está realmente aburrido, me voy a parar a hacer un breve comentario sobre uno de los últimos artículos de Andrea Nicolotti que tenía aparcado en una carpeta. Lo hago con gusto, por otra parte, porque en el muermo panorama del tema de este blog, Nicolotti es de lo poco que queda que investiga las cosas con seriedad y detalle. Por las razones que sea, Gian Marco Rinaldi y Antonio Lombatti —otros dos de la “escuela” italiana a los que solía contactar— han paralizado sus blogs. En el campo contrario, hasta el profesor Fanti parece haber agotado su imaginación para continuar sus asombrosos estudios a partir de una micronésima parte de cierta fibra que alguien le había pasado no se sabe como. Leer más…

El Jesús histórico. XIV. Conclusiones.

Montoire-sur-Loire; Capilla de Saint-Gilles, siglo XI

Cuando se busca un objeto siempre hay una presuposición básica: que puede existir. Normal. Uno no busca un marcianito verde con orejas-trompetillas si no está convencido de que es una hipótesis razonable. Pero hay otro tipo de búsqueda: sabes que la cosa existe, pero no dónde encontrarla o qué forma tiene exactamente. Las famosas “quest” (búsquedas) del Jesús histórico se parecen más bien al segundo tipo. Una pléyade de teólogos e historiadores a la caza de una pieza codiciada que en alguna parte tiene que esconderse. Para algunos de ellos, el Jesús de la historia no está muy claro qué es. Pero la mayoría ya tiene una idea precisa de lo que anda buscando. Se trata de ajustar algunos puntos secundarios y exhibir la pieza ante los incrédulos. “¡Ahí lo tienes! ¡Y tú que decías que el monstruo del lago Ness no existía!” Más o menos así. Leer más…

El Jesús histórico (XII). Donde Jesús de Galilea se cruza con la Sábana Santa.

 

Habermas, Gary R.: Evidencia a favor del Jesús Histórico: ¿Es el Jesús de la Historia el mismo Cristo de la Fe?, eBook editado por GaryHabermas.com, 2015

Extractos de una entrevista televisiva en el show de John Ankerberg http://www.daystar.com/shows/the-john-ankerberg-show-with-john-ankerberg/ , mayo 2000‒.

En el movimiento sindonista jamás se cuestiona la existencia de Jesucristo ni los datos de su vida recogidos en los evangelios. Son puntos de partida inapelables. Claro que, cuando los relatos resultan contradictorios, se ignora discretamente los que no convienen, pero en lo esencial se toma el libro sagrado como la historia incuestionable de un personaje real que es el Hombre de la Sindone “personalmente en persona”. La historia oficial del Jesús Histórico, una figura creada trabajosa y conflictivamente por los exegetas historiadores más o menos ligados a diversas facciones del cristianismo, es ignorada por los sindonistas en la misma medida en que estos son ignorados por la exegesis oficial.

El Santo Sudario de Besançon; siglo XIX-

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El Jesús histórico (XII). La transmisión oral y los testimonios evangélicos.

 

“Sin embargo, uno de los principales problemas con la hipótesis de la leyenda, que casi nunca es abordado por los críticos escépticos, es que el tiempo entre la muerte de Jesús y la escritura de los evangelios es demasiado corto para que se produzca” (William Craig, “The Evidence for Jesus,” s.f. (consultado 03/09/2017 10:59,

Online: http://www.leaderu.com/offices/billcraig/docs/rediscover2.htm )

 

Como decía en la entrada anterior los defensores de la fiabilidad de los evangelios, suelen argumentar que son demasiado cercanos a los hechos que narran para que se hubiera podido introducir en ellos acontecimientos inexistentes o alteraciones importantes de lo ocurrido. Como traté de explicar, esta afirmación se contradice con lo que de hecho podemos observar en los propios evangelios. Las diferencias en las narraciones de los evangelios implican que diversas versiones sobre lo que realmente dijo o hizo Jesús podían existir en el siglo I, sin excluir otras que no hayan subsistido a la criba ideológica que realizó la todopoderosa iglesia del Imperio. Las afirmaciones históricamente refutables o evidentemente míticas, demuestran que la capacidad de inventiva de los narradores no pudo ser contrastada por ninguna crítica racional. Sin embargo, una modificación más sutil de este argumento puede encontrarse en Adrian N. Sherwin-White (1963, p. 190). “…Incluso dos generaciones [alrededor de setenta años en total] son demasiado cortas para permitir a la tendencia mítica queprevalezca sobre el duro núcleo histórico de la tradición oral”. El argumento va dirigido directamente contra el mitismo, pero puede ser utilizado para negar el carácter legendario de los asombrosos hechos de Jesús de Galilea. La sutileza consiste en el “prevalecer” y, como la mayoría de las sutilezas de los exegetas-historiadores, se basa en una cierta ambigüedad y una confusión entre la conclusión aparente y la analíticamente correcta. “Prevalecer” significa, según la Real Academia Española de la Lengua, obtener algún tipo de ventaja sobre otras cosas. Si no malinterpretamos a Sherwin-White, quiere decir que los elementos míticos de la vida de Jesús habrían sido contrarrestados por los históricos, pero la conclusión no está clara: ¿Qué no hay elementos míticos en los evangelios? Esto es absolutamente disparatado, puesto que haberlos háylos. ¿Qué los elementos históricos son más que los míticos? Para eso habría que tener un criterio claro para distinguir  unos y otros, lo que, como vengo insistiendo en esta serie de comentarios, no ocurre. ¿Qué significa, entonces, “prevalecer”? No tengo ni idea. Leer más…

El Jesús histórico (XI). Marc Bloch y el valor de los testimonios.

El testimonio más convincente que se puede ofrecer en un tribunal es el de un testigo que ha visto o escuchado lo que atestigua. Ahora bien, es razonablemente cierto que todos los escritores del Evangelio fueron testigos oculares de la mayoría de los eventos registrados por ellos en las historias del Evangelio. Tanto Mateo como Juan estaban entre los Doce que constantemente asistían al Maestro en todas sus peregrinaciones, oyeron sus discursos, presenciaron la realización de sus milagros y proclamaron su fe después de que él se fuera. (24)
(Walter M. Chandler: The Trial of Jesus).

El testimonio que ofrece indirectamente Jesús de los fariseos de su tiempo es confirmado por los relatos de su posterior proceso. (David Flusser: Jesús en sus palabras y su tiempo, p. 70)

Hace tiempo, durante un relevo nocturno, vi cómo se transmitía a lo largo de la fila el grito: “¡Cuidado! ¡Hoyos de obuses a la izquierda!” El último hombre recibió el grito bajo la forma: “Háganse a la izquierda”, dio un paso hacia ese lado y se desplomó. (Marc Bloch: Apología para la historia o el oficio de historiador, p. 77)

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El Jesús histórico (X). El problema de los testimonios independientes que no lo son.

El criterio de testimonio múltiple o independiente es una transposición de un procedimiento judicial habitual al ámbito de la historia. Cuando tres testigos, que no se conocen entre sí, describen similarmente un mismo acontecimiento, el tribunal da validez a su testimonio. Si los tres testigos tienen relatos  diferentes, el tribunal pone en duda a los tres… en ausencia de otros criterios (!). Pero la diferencia de los testimonios en un proceso judicial con el “interrogatorio” de textos antiguos como los evangelios, de los que desconocemos las condiciones concretas de producción, es inmensa. Los sinópticos, que son considerados anteriores al cuarto evangelio, se originan a partir de una tradición oral múltiple. Más aún, Lucas comienza hablando de “muchos” testimonios escritos, de los que ahora nada conocemos (Lucas 1: 1). Que esa tradición no era homogénea, queda atestiguado por las imprecaciones de Pablo contra otras escuelas cristianas contrarias a su prédica y por ciertos indicios de los propios evangelios, como las contradicciones entre ellos y dentro de ellos, que no sólo se refieren a hechos concretos, sino a perspectivas diferentes y a concepciones diversas de lo que fue dicho o hecho. El criterio de testimonio múltiple ignora estas circunstancias, de la misma manera que ignora lo que son las presiones ideológicas y gregarias que transforman la percepción de los acontecimientos de una persona y, sobre todo, la memoria que de ellos se tiene.

Lambert Lombard (1505-1566, Liège), El milagro de los peces y los panes. Amberes.

 

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El Jesús histórico (IX). Los criterios de historicidad (I). Atestiguación múltiple.

La teología “liberal” de Bultmann y Schweitzer escandalizó a los buenos cristianos de siempre, especialmente a los católicos, que saben dogmáticamente que la razón puede demostrar las verdades de la fe, o al menos dejarlas a punto de caramelo. No estoy seguro de cuándo fue dictaminado este dogma tan absurdo, pero me lo contó en su día mi profesor de Ontología. Eso es lo que pretendía Tomás de Aquino, que fue el santo filósofo oficial de la religión católica, si no lo es todavía. La Razón ‒católica, por supuesto‒ puede demostrar lo que la fe nos hace conocer indubitablemente. ¿Entonces, para qué se necesita la fe? Me permitirán que no siga por este camino porque en cuestiones de sutilidad teológica yo me pierdo. El caso es que el irracionalismo existencial teológico molestaba mucho a la mayoría de los cristianos. Leer más…