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El Jesús histórico (IX). Los criterios de historicidad (I). Atestiguación múltiple.

La teología “liberal” de Bultmann y Schweitzer escandalizó a los buenos cristianos de siempre, especialmente a los católicos, que saben dogmáticamente que la razón puede demostrar las verdades de la fe, o al menos dejarlas a punto de caramelo. No estoy seguro de cuándo fue dictaminado este dogma tan absurdo, pero me lo contó en su día mi profesor de Ontología. Eso es lo que pretendía Tomás de Aquino, que fue el santo filósofo oficial de la religión católica, si no lo es todavía. La Razón ‒católica, por supuesto‒ puede demostrar lo que la fe nos hace conocer indubitablemente. ¿Entonces, para qué se necesita la fe? Me permitirán que no siga por este camino porque en cuestiones de sutilidad teológica yo me pierdo. El caso es que el irracionalismo existencial teológico molestaba mucho a la mayoría de los cristianos.

Un intento de contrarrestarlo fue el llamado “Seminario de Jesús” (Jesus Seminar). En 1985, bajo la dirección de Robert Funk, se juntó un grupo de intelectuales más o menos expertos –John Dominic Crossan es probablemente el más conocido‒ que votó con fichas de colorines qué pasajes de los evangelios podían considerarse ciertos, cuales dudosos o menos ciertos y cuáles rigurosamente falsos. Es decir, una solución de consenso que, como era de esperar, redujo el Jesús “histórico” considerablemente ‒incluyendo la resurrección‒ y no satisfizo a casi nadie. Lo que, al menos, dejó claro el Seminario de Jesús es que la vieja exégesis dogmática que partía de una creencia sin fisuras en que los evangelios eran la palabra de Dios o documentos históricos de primera mano ya no se sostenía fuera de círculos estrictamente beatos. Había que buscar otros fundamentos racionales de la fe, y eso es lo que intentaron los exégetas metidos a historiadores con los llamados “criterios de historicidad”.

Un criterio de historicidad es un método para establecer qué pasajes de los evangelios son “históricos”, es decir, pueden atribuirse a Jesús en persona, y cuáles provienen de la mano de los sucesivos redactores, que fueron poniendo, quitando y retocando esto y lo otro. Se admite, por lo tanto, que los evangelios no son “enteramente” documentos históricos de primera mano, pero se pretende, al mismo tiempo, que la investigación crítica puede encontrar la capa auténtica escondida bajo la paja.

El jesuita John P. Meier (Meier 1998) es probablemente el más cualificado defensor de los criterios, o al menos el que yo mejor conozco. Para una crítica fácilmente consultable, recomendaría los blogs de Antonio Piñero (cf. bibliografía; el texto es el mismo en cualquiera de ellos ), que hizo una evaluación escueta pero clara. Como veremos más adelante, me parece algo benigna, pero es una buena base y me dispensará de hacer una crítica pormenorizada de cada uno de los criterios.

Salterio Arundel, Inglaterra (Canterbury, Christ Church); entre 1012 y 1023

Los criterios de autenticidad no son una invención reciente. San Jerónimo ya hablaba de algo similar para descubrir la autoría de un texto, y en la investigación histórica se recurre a criterios como el anacronismo para descartar determinados documentos. De esto saben bastante los que persiguen fraudes modernos o antiguos. El problema es la utilización que se ha querido hacer de ellos como una herramienta sistemática que conduce a una visión (casi) científica del Jesús histórico. Resumidos en palabras de Meier, quedarían así:

“El criterio de “dificultad” o “contradicción” se centra en acciones o dichos de Jesús que habrían desconcertado o creado dificultades a la Iglesia primitiva” (Meier 1998, p.184).
“El criterio de discontinuidad (llamado también de disimilitud, de originalidad o de irreductibilidad dual) se centra en las palabras o hechos de Jesús que no pueden derivarse del judaísmo de su época ni de la Iglesia primitiva posterior a él” (Meier 1998, p. 187).
“El criterio de testimonio múltiple (o de “referencias cruzadas”) se centra en aquellos dichos y hechos de Jesús que están atestiguados en más de una fuente literaria independiente (p. ej., Marcos, Q, Pablo, Juan) y/o en más de una forma o género literario”(Meier 1998, p.190).
“El criterio de coherencia sostiene que otros hechos y dichos que encajan bien en la “base de datos” preliminar, establecida mediante la aplicación de los tres primeros criterios, tienen buenas probabilidades de ser históricos” (Meier 1998, p. 191).
“El criterio relativo al rechazo y a la ejecución de Jesús difiere notablemente de los cuatro primeros criterios. No indica directamente si un determinado dicho o hecho de Jesús es auténtico. Lo que hace es guiar nuestra atención hacia el hecho histórico de que Jesús encontró un violento final a manos de funcionarios judíos y romanos, y luego nos pregunta qué palabras y hechos históricos de Jesús pueden explicar su muerte y crucifixión como “rey de los judíos”(Meier 1998, p.193).
Luego vendrían otros cinco criterios más, que el propio autor considera “dudosos”, lo cual me exime de tener que ocuparme de ellos. Los anteriormente expuestos indicarían los pasajes que se pueden considerar auténticos.
Si se me permite decirlo, con toda modestia, yo diría que esto es una chapuza. El quinto criterio, ni siquiera sirve para su objetivo, es “orientativo” (?) y, realmente, podría ser considerado como un apéndice del de dificultad. El cuarto criterio, el de coherencia, es dependiente de los tres primeros y sería relevante sólo si estos lo fueran. En sentido estricto, por lo tanto, los cinco criterios son tres y valen lo que valgan estos que, en mi opinión, no es mucho.

Sedulius Scotus, Expositio super primam edicionem Donati grammatici, 2ª mitad del siglo XII.

Lo que valen los criterios de historicidad.

El criterio de discontinuidad parte de una deficiencia fundamental: apenas sabemos nada de la religiosidad judía de la época. Tampoco de la cristiana de las primeras décadas. ¿Qué era lo que pensaban los primeros cristianos de la naturaleza divina de Jesús? Tenemos como única muestra los escritos de Pablo, que datan de unos veinte años después de la muerte del Mesías, en el mejor de los casos, y que son un simple botón de muestra. No podemos deducir alegremente que el cristianismo paulino era atribuible a todos los profetas y apóstoles cristianos sólo por lo que dice el propio Pablo en unas cuántas epístolas, cuya autoría puede ser puesta en entredicho en muchos pasajes. Que las cartas se centren especialmente en dos puntos de fricción con la facción judeocristiana, los alimentos impuros y la circuncisión, no permite suponer que estos fueran los únicos temas en los que su magisterio era discutido. Sobre todo, por la continua ambigüedad de sus imprecaciones o sumisiones a la Ley, que nunca dejan claro cuál era su exacta posición. Las epístolas están plagadas de juegos lingüísticos del estilo “sí y no”, metáforas y digresiones como para considerarlas documentos veraces acerca de la situación de la corriente paulina en el conjunto de la cristiandad primitiva. Por otra parte, la oposición entre judíos y cristianos, que los rabinos y sacerdotes ahondaron con el tiempo, no oculta el hecho de que hasta bien entrado el periodo de dominio de la cristiandad sobre el Imperio, los contactos y trasvases entre las dos comunidades parecen frecuentes, y ciertas formas de sincretismo, incluso involuntario, posibles. Se encuentra así en los escritos posteriores referencias a mártires que comían kosher, comunidades cristianas que celebraban su fiesta del Sabbat junto al domingo y cálculos de la Pascua cristiana en base a la judía. Si esto es así, sin que existiera una declaración formal de herejía, “sería imposible declarar fenomenológicamente quién es judío y quién cristiano. Los límites son borrosos, y esto tiene sus consecuencias” (Boyarin 1998, p. 584). Por lo tanto sería muy difícil establecer con precisión qué elementos provienen en estado puro de una u otra comunidad y el criterio de discontinuidad tendría unos límites tan difusos como los de cristianismo y judaísmo en aquellas circunstancias.

La situación ni siquiera es mejor para el judaísmo del siglo I. “Muchos estudiosos del Nuevo Testamente son culpables de un masivo y continuado anacronimso en el uso de las fuentes rabínicas. Una y otra vez nos los encontramos citando textos de los siglos III, IV o V, o incluso más tarde, para ilustrar textos judíos del siglo I” (Avalos 2017). Sin comentarios.

El criterio de contrariedad muestra su inconsistencia mejor si lo traducimos del inglés: criterio de embarazo. Parece bastante lógico: nadie crea gratuitamente una idea que le ponga en dificultades. Se podría resumir todavía más, diciendo que nadie piensa contra sí mismo. Pero, aunque dicho tan contundentemente parece irrefutable, es un principio con pies de barro que un análisis minucioso puede desmontar. Dos son los fallos del argumento que quiero resaltar aquí: parte de un supuesto intelectualista o racionalista extremo difícil de mantener, y confunde la psicología individual con la gestación social de ideologías y prácticas.

¿Es posible pensar contra sí mismo?

Y tanto que se puede. Sigmund Freud estudió algunos casos en que los traumas severos que padecían los pacientes eran debidos a impulsos ocultos, que provenían de su bagaje inconsciente, y que afloraban de modo anómalo al ser reprimidos. Debido a que esos deseos ignorados eran altamente rechazables por los sentimientos sociales de las personas, una parte de sus mentes los manifestaba indirectamente mediante una enfermedad ficticia. Así es como ellos “pensaban” contra sí mismos (Sos 2010). Se crea o no se crea la teoría psicoanalítica de Sigmund Freud, se puede sacar de ella una moraleja. Las personas no son mecanismos de relojería racionalmente controlados, como suponía René Descartes y algún que otro racionalista exaltado –si es que él creía eso, que tengo mis dudas‒. “Yo” no soy un ser pensante que calibra fríamente todas las circunstancias que le rodean y actúa, consecuentemente, eligiendo la que mejores posibilidades le ofrece de acuerdo con sus previos razonamientos. En muchas ocasiones el ser humano opta por actitudes que el observador racional consideraría “insensatas” y sólo a veces encuentran explicación los impulsos de la sinrazón. “Yo” puede llegar a autodestruirse por una pulsión irrefrenable y oscura que no controla. “Yo” puede elegir un líder derrotado que sólo promete sufrimiento en este mundo… con o sin perspectivas de felicidad eterna.
Pero –y esto hay que considerarlo especialmente‒ cuando hablamos de movimientos colectivos nos encontramos con frecuencia con algunos en la que la suma de las irracionalidades es una irracionalidad todavía mayor que es exhibida con orgullo. Los bandoleros populares encarnan ocasionalmente las aspiraciones del campesinado, sus deseos de emancipación y lucha contra los opresores. Se construyen así mitos del bandolero “honrado”, tipo Robín de los Bosques, que robaba a los ricos para dárselo a los pobres, en muchas culturas diferentes. Hay que suponer que esas mitologías son muy poco objetivas, y corresponden más a bien a los ideales y sublimaciones de los campesinos que deben cumplir determinadas condiciones imaginarias o reales. Entre ellas la de convertirse en un mártir derrotado por las fuerzas del estado y los terratenientes. (Hobsbawm 2001, p. 184). Es decir, un final contrario a sus deseos racionales de resarcimiento que, dicho sea de paso, corresponde exactamente con el del Cristo. Pasar por alto esta circunstancia en la época de los terroristas suicidas tiene su miga.

Si el sufrimiento o la contradicción pueden ser buscados por las personas y los movimientos socioculturales en determinadas circunstancias difícilmente predecibles, ¿qué queda entonces del famoso criterio de embarazo? ¿Podemos considerar auténtica una característica de la vida de Jesús porque podría poner en dificultades a esos seguidores de una pieza, coherentemente orientados a un fin razonable, que le hemos imaginado? ¿Y qué si estos querían demostrarse a sí mismos algo atribuyéndose una cruz y debían construirse un motivo resplandeciente para cargarla? Naturalmente, si esto es así en algo tan absolutamente convulsivo como el martirio, que va en contra de los más elementales impulsos de supervivencia, la duda respecto al verdadero alcance del principio de contrariedad se vuelve más inquietante cuando es referida a cuestiones de menos transcendencia, en las que la contrariedad tiene un papel relativo.
También hay que tener en cuenta la pluralidad de la sociedad cristiana primitiva. Los que hablan de que algo sería contrario al cristianismo primitivo, lo reducen a una fuerza unitaria que excluiría cualquier contradicción en su seno. Por el contrario, aunque de la verdadera naturaleza del cristianismo primitivo, vale decir, del siglo I, tenemos poco más que nada, los indicios hablan de una pluralidad de tendencias en su interior. Están, por un lado, los destinatarios de las maldiciones de Pablo, aquellos falsos cristianos que harían mejor en castrarse antes que seguir con sus maquinaciones (Gálatas 5:12). Aunque se ha querido reducir las tensiones internas a la oposición circunstancial de la corriente judeo-cristiana con la paulina, que el mismo Pablo circunscribe a la observancia de dos o tres preceptos de la Ley judía, la violencia de sus imprecaciones y otras menciones alusivas (ser “de Apollo” o ser “de Pablo”), hacen suponer que las disensiones iban más lejos. De hecho, hace bastante tiempo ‒Bauer o Wrede, en el siglo XIX, por ejemplo‒, ya se hizo notar que si no explicábamos las abundantes contradicciones de los evangelios como el resultado de tendencias opuestas recogidas en los mismos textos (una corriente tradicional y otra literaria, decía Wrede) no hay manera de entenderlos (Schweitzer 1911, p.332ss). En mi opinión, no es que haya dos tendencias enfrentadas, sino todo un calidoscopio, un conjunto de voces diferentes que se encuentran en el mismo texto en diferentes estadios y extensión. Lo que se ha llamado una redacción polifónica. Es como si el redactor o redactores definitivos hayan tomado un abanico de citas insoslayables y de procedencia diversa y haya tratado de encajarlas en sus preconceptos doctrinales como buenamente ha podido.

En realidad, el criterio de contrariedad tiene una versión más sutil que se utiliza con frecuencia en las historias antigua y medieval. Resulta menos espectacular, pero es bastante más sólido. Me refiero a buscar lo implícito en los textos. Hablaré de esto en el próximo episodio de este serial, cuando me refiera al valor de los testimonios.

Y es que el criterio de testimonio múltiple o independiente merece tratamiento aparte.

 

Bibliografía.

Avalos, Hector: “Jesus as Whippersnapper: John 2:15 and Prophetic Violence”, The Bible and Interpretation, Mayo 2017; consultado en línea: 22/06/2017 12:00; http://www.bibleinterp.com/articles/2017/05/ava418022.shtml.

Bermejo, Fernando: “La figura histórica de Jesús y los patrones de recurrencia por qué los límites de los criterios de autenticidad no abocan al escepticismo”, Estudios Bíblicos, 70,3 (2012), pp. 371-401.

Boyarin, Daniel: “Martyrdom and the Making of Christianity and Judaism”, Journal of Early Christian Studies, Volume 6, Number 4, Winter 1998, pp. 577-627

Del Cerro, Gonzalo: “Criterios de historicidad para la reconstrucción de la figura del Jesús histórico. Algunas reflexiones sobre su valor”, en Antonio Piñero ed. ¿Existió Jesús realmente? El Jesús de la historia a debate, Madrid, Editorial Raíces, 2008, pp. 201-228.

Hobsbawm, Eric: Bandidos, Barcelona, Editorial Crítica, 2001

Meier, John P.: Un judío marginal. Nueva visión del Jesús histórico, tomo I, Estella, Verbo Divino, 1998.

Piñero, Antonio: El blog de Antonio Piñero y Cristianismo e historia, http://www.tendencias21.net/crist/Siguen-siendo-validos-los-Criterios-de-autenticidad-en-la-investigacion-sobre-Jesus-I_a2189.html . Fechas de las entradas: del 29 de Noviembre al 8 de Diciembre de 2016.

Schweitzer, Albert: The Quest of the Historical Jesus. A Critical Study of its Progress From Reimarus to Wrede, London, Adam and Charles Black, 1911.

Sos Peña, Rosa: “Mujeres histéricas psicoanalizadas por Freud”, Dossiers Feministes, 14, 2010, pp. 95-107; consultable en línea.

El Jesús histórico (VIII). El origen del análisis crítico de los evangelios.

En buena parte de las leyendas del pasado se puede encontrar algún dato que corresponda a un hecho histórico. Más difícil es averiguar cuáles son y cuáles no son. Este no es un problema privativo de los primeros textos cristianos. Los historiadores se vuelven locos intentando separar la paja del trigo en la Ilíada, el Cantar de Roldán o en los mitos pre-colombinos. La preocupación por la objetividad de los testimonios es válida para cualquier época, pero en estos casos nos encontramos con abundante material puramente imaginario, apenas ningún hecho relatado en el estilo propio de un historiador y algunos pasajes que sugieren una cierta autenticidad. No son acontecimientos que hayan sido mencionados por historiadores de la época ‒si los hubo‒, no hay rastros arqueológicos que los refuten o confirmen… ¿Cómo hacer para resolver el problema?

El nombre de la rosa (1984), Jean-Jacques Annaud

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El Jesús histórico (VII). Algunos problemas del mitismo.

Si los autores mitistas pretenden basar su alegato en el silencio de Pablo, sus problemas provienen del hecho de que, aunque el autodenominado “apóstol” no conociera a Jesús, aunque su teología parece basarse en un ser divino preexistente y aunque la vida y milagros de Jesús están clamorosamente ausentes de sus epístolas, hay algunos pasajes en ellas en los que Pablo habla de un Jesucristo que tiene rasgos de humanidad innegables.

De la estirpe de David, según la carne.

Las epístolas paulinas hablan de Jesús de Galilea como un ser humano en diversas ocasiones. Sirvan de ejemplo estas dos:

            Acerca de su Hijo, que nació de la descendencia de David según la carne,  y que fue declarado Hijo de Dios con poder, conforme al Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos: nuestro Señor Jesucristo (Romanos 1:3-4)

            Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley (Gálatas 4: 4)

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El sudario de Oviedo y el de Turín: un nuevo artículo.

Nicolotti, Andrea: “El Sudario de Oviedo: historia antigua y moderna”, Territorio, Sociedad y Poder, nº 11, 2016, pp. 89-111. https://www.unioviedo.es/reunido/index.php/TSP/article/view/11790/10930

Andrea Nicolotti ha publicado un nuevo trabajo sobre el Sudario de Oviedo que tiene un doble interés. Aparte de un resumen crítico sobre la historia de esta reliquia, se hace una comparación con los estudios sobre la Sábana Santa de Turín, que tienen el común denominador de estar organizados en torno a las asociaciones sindonológicas. Nicolotti hace un documentado y demoledor análisis de los métodos de esta peculiar “escuela” que seguro que interesarán a los y las que tengan interés por el tema de las reliquias y el maridaje entre tecnología y religión. Imprescindible.

Un obispo. Corpus pelagianum. Siglo XII.

 

Quien acuda a la página de la revista de estudios medievales que incluye el artículo, encontrará otros estudios académicos de interés que son críticos con la versión oficial religiosa. El “grupete” al que se refería el Sr. Obispo de Oviedo.

 

El Jesús histórico (VI). El silencio de Pablo.

El argumento del silencio.

El “argumento del silencio” se utiliza corrientemente en historia, dentro de ciertos límites, como un criterio de datación. Cuando un texto se considera bien datado, si falta en él una referencia a un hecho u otro texto que debería ser consignado por el autor, ello implica que estos tuvieron lugar en fecha posterior. Naturalmente, el método tiene sus limitaciones. Supone que los hechos o textos a datar deberían ser suficientemente públicos y pertinentes para el autor, de tal forma que su mención parezca necesaria y el silencio “clamoroso”, por así decirlo. Que un historiador romano no hiciera mención al sermón de la Montaña no implica necesariamente que éste no hubiera tenido lugar, sino que, de haber ocurrido, era un acontecimiento nimio del que no se tenía constancia pública en la capital del Imperio.

Pablo llevando un libro. Bury o Canterbury?, 1ª mitad del siglo XI.

 

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El Jesús histórico (V). El mito de Jesús y el judaísmo.

“Enoc anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó”  (Génesis 5:24).

“Y mientras ellos iban caminando y hablando, de pronto apareció un carro de fuego, con caballos también de fuego, que los separó, y Elías subió al cielo en un torbellino” (2 Reyes 2: 11).

En los últimos tiempos la exégesis neotestamentaria ha hecho mucho hincapié en las bases judías del cristianismo primitivo. No sólo entre los expertos más heterodoxos o provenientes del judaísmo, como Geza Vermes o Daniel Boyarin, sino también entre los cristianos confesionales (John P. Meier o John D. Crossan) se tiende a subrayar aquellos aspectos de los evangelios que vinculaban a su protagonista con las creencias judías de su tiempo. También se ha hecho notar la permanencia de los primeros cristianos en el ámbito de la sinagoga, al menos hasta la destrucción del Templo en 70 E.C. Según algunos autores, la mayor parte del proselitismo cristiano se dirigía las juderías de la diáspora hasta el siglo V inclusive (Stark 2009, p. 67). El concepto de judeo-cristianismo ha pasado a primer plano en los estudios recientes, contraponiéndolo a los helenistas y al desarrollo posterior del cristianismo como algo originario, atribuible al propio Jesús de Galilea. Naturalmente, y generalmente dependiendo de sus vínculos con la estructura eclesiástica de los diversos cristianismos actuales, la “originalidad” del mensaje de Jesús ha sido más o menos enfatizada junto a la innegable herencia judía. Leer más…

El Jesús histórico (IV). El mito de Jesús y las religiones mistéricas.

Hay diversas maneras de afirmar que Jesús de Galilea es un mito. La más extrema sostiene que jamás existió un personaje con este nombre ni, mucho menos con la historia que se le atribuye. Muy cercana a lo anterior es la creencia en que, existiera o no un oscuro campesino judío ajusticiado por Roma, nada de lo que se le atribuyó en los evangelios y posteriormente es real, sino una construcción a partir de materiales míticos de origen helénico y hebreo. Adicionalmente se puede constatar diversas formas de minimalismo, que reducen la figura del “Jesús histórico” a una limitada serie de hechos y dichos, dejando lo demás para la leyenda, pero las dos primeras son las formas usuales que han venido a llamarse con el feo neologismo de “mitismo”.

 

A lo largo de las entradas que siguen, me referiré a alguna de las críticas que el mitismo ha hecho a la exégesis normalizada, la de los diversos consensos de expertos. Como yo no estoy metido en el campo académico, me lo puedo permitir. En esta entrada me centraré en exponer algunas líneas fundamentales  de esta corriente y sus problemas, dejando para más adelante sus críticas contra el Jesús histórico del consenso académico.

Panel con la imagen de Serapis. Egipto, hacia 100 E.C.

Panel con la imagen de Serapis. Egipto, hacia 100 E.C.

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El Jesús histórico (III). El consenso de los expertos.

Y ahora, un poco de metodología. Otras cuestiones de método irán apareciendo en su momento.

El recurso inmoderado al principio de autoridad es uno de los defectos básicos de las llamadas ciencias humanas, por no hablar de la filosofía o la crítica literaria. No sólo entre las personas inexpertas, sino entre los historiadores o sociólogos, no es raro que alguien pretenda zanjar una conversación citando a la autoridad competente. Es cierto que ya no estamos en los tiempos en que el dicho de Aristóteles o Santo Tomás de Aquino era concluyente y motivo de pena de exclusión, si no de excomunión. Pero la autoridad de un autor sacralizado ha sido sustituida subrepticiamente por el recurso a la opinión mantenida por una supuesta o real comunidad de expertos. Leer más…

El Jesús histórico (II). Bibliografía personal.

El primer punto que debería aclarar es cuáles son mis fuentes para hablar de este tema. No voy a contar todas, porque no estoy haciendo una tesis o escribiendo un libro, sino que me limitaré a comentar algunos de los textos que más han influenciado mi visión de Jesús de Galilea y los orígenes del cristianismo. Empezaré por los autores.

Pablo Picasso. Mujer con libro. 1932

Pablo Picasso. Mujer con libro. 1932

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El Jesús histórico (I). Introducción.

Tengo la intención de iniciar aquí una especie de digresión sobre el tema del lienzo de Turin. Cuando se discute sobre este asunto, es frecuente encontrarse con personas  que dan por sentado que el hombre retratado en el lienzo de Turin, sea éste verdadero o falso, existió y que la imagen refleja los pormenores de su muerte y entierro (dejemos por el momento la resurrección). Esta es una suposición que ha sido admitida sin pestañear no sólo por conspicuos creyentes, sino por algunos de los autodenominados agnósticos que se han referido al tema. (Que realmente lo sean o no, es otra cuestión).

¿Pero existió realmente Jesús de Galilea? ¿Fue ejecutado por las autoridades romanas ‒o por los judíos, como dicen Pablo y Lucas? ¿De la forma en que está reflejado en los evangelios y que más o menos recoge el sudario turinés?

Medallón esmaltado del siglo XI. Metropolitan Museum.

Medallón esmaltado del siglo XI. Metropolitan Museum.

Estas y otras preguntas similares tienen difícil respuesta. Al menos, son objeto de disputas, no siempre pacíficas, entre historiadores y teólogos. Durante los últimos años he leído algunas cosas al respecto, he tomado parte en algunos debates-trifurca a través de Internet y algo he aprendido. No soy un experto, ni mucho menos, pero por formación, profesión y afición creo que algo puedo decir que no sea demasiado insensato. Ésta y otras entradas que seguirán son un intento de poner en orden mis ideas, de forma que puedan servir como orientación a las personas que, sin querer entrar en las peleas de las que hablaba ni leer una extensa bibliografía, quieran saber  lo que yo sé y preguntarse las cosas que yo me pregunto. Sin más pretensiones.

David Hume, sobre los milagros. (Y la Sábana Santa).

Ciencia y sentido común. (Sólo para rumiantes).

Sólo para rumiantes.

 

 

 

 

Después de haber tocado varias veces este tema de manera dispersa y haber hecho varias alusiones en la entrada anterior, se me ocurre hacer unas pocas precisiones más para dejar a David Hume   en su sitio, dentro de mis modestas posibilidades.

Hume trató el tema de los milagros especialmente en la sección 10 de su Investigación sobre el conocimiento humano. Yo he utilizado la versión de Jaime de Salas Ortueta para Alianza Editorial (Madrid, Col. Área del Conocimiento, 2001). La sección 7 del mismo libro también es útil para entender los conceptos de necesidad, ley y causa, que están implicados en el debate. Se puede acceder a diversas versiones en línea de este tratado. No he consultado ninguna, pero me imagino que las que provengan de alguna fuente especializada serán respetables. El Proyecto Gutemberg dispone de la edición inglesa de 1777  en varios formatos digitales:  El acceso es libre. Leer más…

La sábana milagrosa y la ciencia de los milagros. (Edward L. Schoen).

Edward L. Schoen: “David Hume and the Mysterious Shroud of Turin”, Religious Studies, Vol. 27, No. 2 (Jun., 1991), pp. 209-222

Ciencia y sentido común. (Sólo para rumiantes).

Hace bastante tiempo que no utilizo la advertencia gráfica “para rumiantes”.

Creo que es el momento de volver a hacerlo porque el artículo que voy a comentar no es el clásico panfleto confeccionado por un aficionado ni la investigación de un médico metido a historiador, sino que está escrito por un profesor universitario, publicado en una revista seria con el adecuado aparato crítico. Edward L. Schoen, profesor en la Western Kentucky University (Departamento de Filosofía y Religión), es un experto en temas teológicos y ha escrito también sobre filosofía de la ciencia. El artículo que  me ocupa tiene indudables pretensiones filosóficas y científicas, lo que implica tomárselo con más precaución que la típica literatura sobre el tema de la Sábana Santa. (Para más información sobre el autor puede acudirse a los siguientes enlaces: https://philpapers.org/s/Edward%20L.%20Schoen  y http://people.wku.edu/edward.schoen/ ).

Como ya escribí en otro sitio acerca del tema de los milagros, no voy a tratarlo en extenso ahora, sino sólo en los puntos del artículo de Schoen que me parecen relevantes. No voy a discutir aquí la crítica a Hume, aunque me parece equivocada en varios aspectos y un poco cargada de tensión emocional –llamar “caricatura” repetidamente a la teoría humeana de la causalidad no me parece muy científico‒. La minuciosa discusión de qué dijo verdaderamente Fulanito suele ser un tema que apasiona a los seguidores, detractores y profesores de la materia relacionada con Fulanito, pero sólo a ellos. Defenderé la idea de que un milagro es una suspensión de una o varias leyes fundamentales de la ciencia que no supone un cambio de paradigma y que manifiesta la voluntad o intención de una entidad supernatural. Creo que esta definición es correctamente humeana, pero no me voy a enfadar si alguien dice que no. En todo caso, es la mía.

Dios en acción.

Dios en acción.

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Giulio Fanti, o el poder de la oración.

En la galería de personajes del sindonismo que voy desarrollando en este blog ‒para evitar el aburrimiento y la falta de incentivos en este tema que me ocupa‒, acude ahora el Dr. Giulio Fanti, profesor asociado en Medidas Mecánicas y Técnicas del Departamento de Ingeniería Industrial de la Universidad de Padua. Lo traigo de la mano de Andrea Nicolotti, que ha tenido la amabilidad de proporcionarme su último trabajo (La Sindone, banco di prova per esegesi, storia, scienza e teologia. Considerazioni a margine di alcune recenti pubblicazioni”, Annali di Storia dell’Esegesi, 33/2, 2016; pp. 459-510). Se trata de un artículo que, con el habitual cuidado de su autor, hace un repaso a las influencias metodológicas extra-científicas de los sindonólogos. Entre ellos destaca, por méritos propios, el prof. Fanti. Leer más…

La túnica de Argenteuil, el sudario de Turín y la ciencia.

La túnica de Argenteuil es una especie de camisa larga de lana confeccionada sin costuras, una técnica rara en Occidente, pero conocida en Oriente desde hace tiempo. Presenta unas manchas rojizas en forma de sangre. Los primeros documentos conocidos que la mencionan (de época medieval tardía) afirman que era la túnica que Jesucristo llevaba antes de ser ejecutado y que llegó a Occidente por mediación del mismísimo Carlomagno. Leer más…

Algo se mueve Mr. Rogers (3ª entrega). Hugh Farey interviene en la polémica entre Bella y Latendresse.

Hugh Farey: “Spectrometry in ‘Studies on the Radiocarbon Sample’”, British Society for the Turin Shroud,  Newsletter 83; June 2016; pp. 9-14. Consultado en línea (13/10/2016 12:00): https://www.shroud.com/pdfs/n83part3.pdf

Desde el boletín de la British Society, Hugh Farey hace una breve recensión de los últimos artículos de la polémica. (Ver en esta bitácora). Leer más…