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El Jesús histórico (III). El consenso de los expertos.

Y ahora, un poco de metodología. Otras cuestiones de método irán apareciendo en su momento.

El recurso inmoderado al principio de autoridad es uno de los defectos básicos de las llamadas ciencias humanas, por no hablar de la filosofía o la crítica literaria. No sólo entre las personas inexpertas, sino entre los historiadores o sociólogos, no es raro que alguien pretenda zanjar una conversación citando a la autoridad competente. Es cierto que ya no estamos en los tiempos en que el dicho de Aristóteles o Santo Tomás de Aquino era concluyente y motivo de pena de exclusión, si no de excomunión. Pero la autoridad de un autor sacralizado ha sido sustituida subrepticiamente por el recurso a la opinión mantenida por una supuesta o real comunidad de expertos.

Hay una cierta lógica del asunto. Las personas que no se han instruido especialmente en una materia no están capacitadas para poner en cuestión las opiniones compartidas por aquellos que le han dedicado tiempo y han contrastado sus conocimientos con la comunidad de los que se supone que saben. Nos debemos fiar de la opinión unánime de los científicos respecto de que la tierra no es plana o de que la fuerza de gravedad atrae entre sí a los cuerpos dotados de masa. Aunque el mantenimiento de una teoría, como la de la evolución, no sea absolutamente unánime, la disensión es tan exigua entre los biólogos que sería poco serio no concederles crédito cuando afirman que la evolución es un hecho y el darwinismo la mejor explicación de ese hecho. Sin embargo, no en todos los dominios de conocimiento ni en todas las cuestiones el voto de confianza a los expertos  puede ser tan incontestable. En primer lugar porque, por muy positivistas que seamos, no podemos dejar de reconocer que en algunas cuestiones la actitud de los científicos está tan seriamente influenciada por factores que no son puramente desinteresados, que se puede albergar serias dudas de que su opinión, por coincidente que parezca, sea desprejuiciada. La ciencia, en su desarrollo, está bajo el control de intereses comerciales, políticos y de otro tipo que pueden torcer su desarrollo ideal. Por otro lado, el llamado consenso muchas veces oculta disensiones que se silencian en los medios públicos por las mismas razones. Los media, incluyendo a las revistas de divulgación, que es de donde sacamos habitualmente las ideas sobre materias que no dominamos, son todavía más sensibles a este tipo de presiones. Por no hablar de la simbiosis cada vez mayor entre las grandes empresas, dominadas por la lógica del beneficio, y las instituciones académicas, que hace tiempo presumían de independencia.

Andrea da Firenze: Triunfo de Santo Tomás de Aquino, 1366-67; Fresco del Cappellone degli Spagnoli, Santa Maria Novella, Florencia.

 

Si todo esto puede hacer que mantengamos ciertas cautelas razonables sobre el “consenso científico” en algunos temas precisos, la precaución es mucho más necesaria en ramas de conocimiento menos verificables, como es el caso de la historia, que es a donde va a parar toda esta digresión. Y todavía más en el tema de la historia del cristianismo primitivo.

Primero, porque en la historia no hay métodos racionales capaces de dirimir toda disputa  de forma inapelable. Sea cual sea el grado de rigor del método hipotético-deductivo, no existe un método similar en la historiografía. Y menos en la historia de la Antigüedad.

Segundo, porque la categoría de “experto”, en el tema del cristianismo primitivo es bastante imprecisa. No está nada claro que los teólogos sean expertos en historia, y la mayoría de los que se ocupan del tema tienen una formación de tales y ejercen en cátedras de contenido y denominación ambiguos como “Filosofía de la Religión” o similares, albergadas, con frecuencia, en universidades con un ideario cristiano.

Tercero, porque desde ese ámbito ambiguo se ha constituido un consenso académico en base a la exclusión de los que no aceptan las tesis dominantes. Los sistemas de acceso a los cargos universitarios son lo suficientemente jerárquicos como para impedir que las voces disidentes puedan integrarse en la escala académica o hacerse oír con fuerza, cuando, por accidente, llegan a los escalones más bajos. La carga de agresividad que se expresa a favor y en contra del mitismo, verdadera bestia negra del consenso académico, cuando no el simple ostracismo, revelan el importante sustrato emocional que subyace a cuestiones que deberían ser tratadas con más imparcialidad.

 

Detalle de la imagen anterior

Detalle de la imagen anterior

La presión ideológica y académica es tan importante que se puede inferir las conclusiones de un libro, con un grado mínimo de divergencia, nada más saber la filiación religiosa y el lugar en la escala jerárquica de su autor. Esto no quiere decir que haya que negar toda validez a un trabajo sobre el Jesús histórico porque su autor sea jesuita o rabino. En la entrada anterior he recomendado varios libros escritos por alguno de ellos. Esto quiere decir únicamente, que el consenso en los temas del cristianismo primitivo y, muy especialmente, referidos a su fundador, que para la mayoría de los expertos es nada menos que Dios en persona, está ideológicamente orientado y es una categoría inservible para cualquier tipo de argumentación. El lector que se enfrenta a un libro sobre el Jesús histórico, debe mantener siempre una saludable reserva respecto a afirmaciones que se dicen basadas en la unanimidad académica. A pesar de mis cautelas, me ha ocurrido con relativa frecuencia haber admitido una interpretación como un hecho naturalmente dado, cuando un examen un más profundo revelaba que se trataba en realidad de una afirmación ideológicamente condicionada.

 

Así, que la recomendación o moraleja de esta entrada es: sean cautos y no crean nada en este tema porque “lo dicen los expertos”.

 

Apéndice: Fernando Bermejo sobre el consenso.

Fernando Bermejo: “Historiografía, exégesis e ideología. La ficción contemporánea de las «tres búsquedas» del Jesús histórico” (I) y (II), Revista Catalana de Teología XXX/2 (2005) pp. 349-406; XXXI/1 (2006), pp. 53-114.

Para los que puedan considerar que mi punto de vista sobre el consenso es demasiado escéptico, aconsejaría la lectura de los artículos de Bermejo que cito ahí arriba, especialmente el segundo de ellos. No porque estén de acuerdo con lo que he dicho, que no lo están absolutamente, sino porque es una postura razonable, no dogmática, que merece alguna reflexión.

El punto de partida de Bermejo es similar al mío:

… en un caso en el que la neutralidad de los investigadores está en tela de juicio —la figura de Jesús es el fulcro de la religión actualmente mayoritaria, y por tanto de complejos mecanismos de poder y control social—, puede y debe descartarse de entrada la exigencia de que el consenso tenga su base en términos cuantitativos. Si el número de sujetos a favor o en contra de una posición no es un indicador fiable de verdad, allí donde se cierne la sombra de muy definidos intereses el argumento de la mayoría puede excluirse a priori con toda tranquilidad. (2006: 55)

            Sin embargo, Bermejo cree en la posibilidad de establecer un núcleo de creencias comunes entre los investigadores, siempre que se atengan a determinadas condiciones básicas: que sean de proveniencias culturales, temporales e ideológicas diversas. A este criterio básico, que considera una variante reforzada del principio de “atestiguación múltiple”, se añade, un tanto subrepticiamente, el de “verosimilitud”, que no está claramente definido (2006: 56), pero que, al incluir un consenso entre diversas tendencias y procedencias, podría considerarse integrado en él.

Sobre estas bases, Bermejo cree posible identificar los “resultados seguros” sobre el personaje histórico de Jesús (2006: 57-63). La lista incluye 26 ítems que abarcan desde el hecho de que fue crucificado hasta que protagonizó un incidente en el templo o que realizó acciones que tanto él como sus seguidores consideraron extraordinarias. No discutiré esta extensa lista, aunque creo que sobre algunas de sus afirmaciones el consenso sería bastante más débil de lo que él pretende. El punto 15, por ejemplo, “Comprendió el Reino de Dios que anunció como una realidad de carácter integral, en la que lo religioso y lo político son indisociables” (2006: 60), eliminaría a buena parte de los historiadores cristianos más conservadores, que entienden el contenido político como un malentendido, tendencia que se agrupa bajo el famoso “mi Reino no es de este mundo” (Juan 18: 36). De manera similar, otras de las afirmaciones que reseña Bermejo serían refutadas, desde el campo opuesto, tanto por los mitistas (que hacen una enmienda a la totalidad), como por los racionalistas clásicos estilo Bultmann. En otros casos, la propuesta de consenso de Bermejo es posible por haber estirado al máximo la vaguedad de algunos conceptos hasta dejarlos sin contenido preciso. “Dirigirse de forma ‘especial’ a los pecadores” o “mantenerse dentro de la Torá”, son conceptos cuyos márgenes no están en absoluto claros. Probablemente, en cuánto se especificaran, el consenso comenzaría a esfumarse.

Aparte de esta forma un tanto artificial de forzar la imagen de consenso, consistente en eliminar los extremos y difuminar sus términos, el concepto de atestiguación independiente de Bermejo tiene otro defecto básico: la independencia de los expertos se garantiza por tres criterios: época, localización cultural e ideología. Falta uno no desdeñable: la integración en un grupo específico de producción de la verdad que actúe como jerarquía excluyente.

En el terreno de las ciencias sociales, los mecanismos de producción de la verdad han sido estudiados por Michel Foucault y sus seguidores, como resultado de las relaciones de poder y dominación. (La bibliografía sobre este punto es muy extensa, pero, por la proximidad de nuestro tema, yo recomendaría Historia de la sexualidad. 1. La voluntad de saber (Madrid, Siglo XXI, 2006) y a quien quiera saber más sobre el tema del conocimiento y el poder, y tenga formación filosófica, La arqueología del saber, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002). Foucault ha analizado en extenso, y yo creo que demostrado en buena medida, que la formación del saber sobre el ser humano es el resultado de la constitución de grupos de expertos que elaboran un discurso generador de poder. El objeto de ese poder no existe de antemano como algo naturalmente dado, sino que se genera por las técnicas que permiten su control. En el campo de las ciencias humanas, los mecanismos que describe Foucault se desarrollan en la medida en que esas técnicas son eficaces. Dirigidas al control de comunidades marginales o subordinadas, operan también en el terreno del saber en general, constituyéndose en paradigmas de humanidad. El Hombre, en su conjunto, vendría a ser el producto de técnicas de disciplina psiquiátricas, jurídicas, confesionales, militares, carcelarias, etc. que, al mismo tiempo, generan un cuerpo de élite que es el encargado de dictaminar qué es y qué no es conocimiento. En mi opinión, las “microfísicas” de poder (como llama Foucault a las redes capilares que establecen pequeños, pero insistentes, mecanismos de dominación en la sociedad moderna), se extienden a otros espacios sociales y culturales que dependen menos de la eficacia disciplinaria que de mediois arbitrarios de consenso. Esto es, más allá de la ideología, lo que se exige es que el individuo que intenta pertenecer, y en su caso, ascender jerárquicamente, en la estructura del grupo, se someta a ciertas condiciones de selección y de emisión de discursos controladas por micromecanismos de poder. En concreto, la capacidad de ocupar un lugar señalado en el ámbito de ese saber, está en el sometimiento a técnicas de selección que implican contenidos, pero también formas de producción de ideología. (Soy consciente de que al enfatizar el término “ideología” me distancio de la teoría original de Foucault). No sólo se impone que el aprendiz de brujo se mantenga entre los límites de lo que puede ser dicho, sino que lo haga con fórmulas que sostienen la estructura jerárquica en su conjunto. Algo tan aparentemente imparcial como las reglas de citar, por ejemplo, esconde la obligación de una circularidad en las citas de quién y cómo puede ser citado (debo citar este tipo de documento y no este otro, tal fulano es autoridad, pero no tal otro) que consolida el grupo de poder.

De acuerdo con esto, pertenecer al conjunto de los expertos en el terreno de la búsqueda del “Jesús Histórico”,  significa someterse a tres conjuntos de reglas y ubicación jerárquica: las del lugar académico –que aquí incluye el ámbito de las facultades en Teología o similares‒, las de los medios de publicación y las de la participación en congresos especializados. Aunque están íntimamente relacionadas, estas vías de acceso no son totalmente independientes, por lo que permiten algunas grietas que siempre serán excepcionales y no irán demasiado lejos. Revisión inter pares en revistas, selección de aptitud académica y criba a cargo de asociaciones ad hoc, son los métodos habituales para descartar a los que adoptan un punto de vista hipercrítico. El enfrentamiento entre el consenso oficial y los que se sienten rechazados no hace sino reforzar las posiciones extremas entre unos y otros, impidiendo que la labor crítica, que debería ser integrada dentro del sistema, se ejerza desde fuera por cauces no reglados que promueven, junto a un escepticismo muy respetable, toda clase de disparates a través de medios alternativos –Internet, especialmente‒. La situación no será extraña para los que conocen un poco sobre el tema del sudario de Turín. No es tan desastrosa, pero va por el mismo camino.

 

En definitiva, si, somos un poco más abiertos a la hora de fijar nuestros criterios, habríamos de decir que el consenso que señala Bermejo es demasiado generoso. Yo diría que la comunidad de expertos exige unas cuántas condiciones mínimas para ser considerado uno de ellos, aunque sea algo excéntrico y tolerándolo con cierta condescendencia:

  1. Admitir que existió Jesús el Galileo y que fue condenado y ejecutado por actividades sediciosas por las autoridades romanas en torno al primer tercio del siglo I.
  2. Que predicó algo parecido a la inminente llegada del Reino de Yahveh, más o menos en la línea del mesianismo judío.
  3. Que el impulso y consolidación del Cristianismo se debe básicamente a la versión que de él da una comunidad de cristianos de la diáspora que se organiza a partir de Pablo de Tarso.
  4. Que la forma del cristianismo que triunfa con Constantino, tiene mucho de ajeno a las enseñanzas primarias del grupo de sus seguidores en la segunda mitad del siglo I.
  5. Que es posible extraer algo de lo que hizo o dijo Jesús de Galilea a través del análisis crítico de los evangelios y de la comprensión adecuada del entorno judío.

 

Y yo no pondría nada más a riesgo de dejar fuera a más de un sesudo catedrático de los que se encuentran en los extremos del espectro.

Es claro que estos principios se amplían más o menos de acuerdo con las escuelas, tendencias y sectas de los respectivos grupos de expertos. Pero lo que es claro también es que dejan fuera el totum revolutum que es llamado mitismo, es decir, la teoría de que el Jesús que conocemos es un constructo a base de una mezcla de mitos paganos y judíos y que, si es que existió –que en esto hay división entre ellos‒, de él no sabemos nada.

Como es lógico, si hemos de empezar por alguna parte es por esta banda de outsiders que acecha la plácida convivencia de los expertos regulados comme il faut. Es decir, el mitismo.

 

 

El Jesús histórico (II). Bibliografía personal.

El primer punto que debería aclarar es cuáles son mis fuentes para hablar de este tema. No voy a contar todas, porque no estoy haciendo una tesis o escribiendo un libro, sino que me limitaré a comentar algunos de los textos que más han influenciado mi visión de Jesús de Galilea y los orígenes del cristianismo. Empezaré por los autores.

Pablo Picasso. Mujer con libro. 1932

Pablo Picasso. Mujer con libro. 1932

Ante todo, Gonzalo Puente Ojea, fallecido días antes de redactar esta entrada. Su libro Ideología e Historia. La formación del Cristianismo como fenómeno ideológico. (Madrid, Ed. Siglo XXI, 1974), me abrió las puertas de un problema que no me interesaba demasiado por aquél entonces. Sigue siendo de lectura obligada. Después de éste, Puente Ojea escribió otros libros que también son muy relevantes –más actualizados, lógicamente‒ y que no nombraré para no alargar esto.

No recuerdo si compré la Vida de Jesús, de Ernest Renan (Madrid, EDAF, 1968) en una librería de segunda mano o estaba en las estanterías de la biblioteca de mi padre, que eran muchas. Hace demasiado tiempo. Pero, en todo caso, y aunque los puristas digan que está superado en algunos aspectos, sigo pensando que es de lectura obligatoria, casi todo lo que dice sigue siendo válido y a mí me enseñó, y me enseña cuando lo repaso, muchas cosas.

John Dominic Crossan, es otro de los que se dicen superados. Pero me permito dudarlo. La finura de análisis no se pasa por mucho que cambien las modas. Jesús: vida de un campesino judío (Barcelona, Crítica, 1991) es un libro que, después de haberlo leído hace tiempo, todavía consulto de vez en cuando. Da gusto leerlo.

Si uno tiene que leer, o consultar, algún trabajo escrito desde el credo católico, que lo haga con los cinco volúmenes de John P. Meier: Un judío marginal. Nueva visión del Jesús histórico, Estella, Verbo Divino, 1998. Es de lo más inteligente y bien documentado desde esa perspectiva. No he leído todos los tomos (algunos sí), pero lo consulto con frecuencia.

Del lado protestante, me resultó interesante, aunque muy discutible, de James D. G. Dunn, Christianity in the Making: Vol. 1, Jesus Remembered. Grand Rapids, Eerdmans, 2003. Los dos volúmenes siguientes los tengo a la espera de tener tiempo para leerlos. También desde la perspectiva protestante y para entender (algo) la relación del Jesús evangélico con el contexto judío, yo echaría un vistazo a E. P. Sanders: Jesús y el judaísmo, Madrid, Trotta, 2004. Pongo “algo” porque del judaísmo del siglo I no hay prácticamente textos y hay que inferir muchas, demasiadas, cosas. Pero es lo que hay. Algo de esto se puede ver también en los libros de Geza Vermes, autor que cabalgó entre el catolicismo y el judaísmo. Especial atención a sus dos libros La Pasión y La Resurrección (Madrid, Ed. Crítica), por lo que tienen que ver con el tema de este blog. Se leen fácilmente.

Aunque la manía de montar debates espectaculares, muy anglosajona, me deja frio, uno de los habituales participantes en ellos que más me ha impactado es Bart Ehrman. Está a medio camino entre la erudición y el best seller, pero es bastante serio. Jesus, Interrupted: Revealing the Hidden Contradictions in the Bible (And Why We Don’t Know About Them), Harper Collins, 2009, que ha merecido hasta un artículo de Wikipedia y que he consultado en version e-book, es un clásico.

Una perspectiva interesante, por lo iconoclasta, de Jesús de Galilea se puede ver en José Montserrat: Jesús. El galileo armado. Historia laica de Jesús, Madrid, EDAF, 2007. Rompedor y todo lo discutible que se quiera.

Me parece de lectura obligada para entrar en el tema el libro de Antonio Piñero, editor, ¿Existió realmente Jesús?, Madrid, Raíces, 2008, una recolección de ponencias de diversos autores que da un panorama global, desde las respuestas más radicales hasta las intermedias.

Me declaro fan de Fernando Bermejo Rubio, cuyos puntos de vista comparto en gran medida o bastante. Son fáciles de encontrar a través de Internet y su página en academia.edu (http://uned.academia.edu/FernandoBermejoRubio).

Y ya que me he metido en línea, la página de Antonio Piñero, es el referente fundamental para tener una visión seria del problema de la historicidad de Jesús. No he encontrado otra igual en castellano. Aconsejo saltarse las intervenciones de los lectores. Son tediosas de puro repetitivas y no añaden nada. En este blog se encuentran abundantes referencias de otras lecturas provechosas, incluyendo los libros del propio Piñero.

El mitismo, es decir, la teoría que afirma que Jesús no existió realmente, sino que es una figura ficticia formada a partir de mitos, tiene su página más interesante en el blog de Neil Godfrey, Vridar. Ahí se puede encontrar enlaces a los representantes más notables de esta corriente –Richard Carrier, Arthur Drews, Earl Doherty y otros‒, a los que la corriente académica condena habitualmente al ostracismo. No hay que desdeñarlos por eso, dado el carácter doctrinal que casi siempre ostenta lo que he llamado “corriente académica”. Justamente por marginales, suelen plantear cuestiones incómodas y apuntar agujeros negros que los demás no ven.

Para una visión ortodoxa del cristianismo, un autor muy de moda en línea es Larry Hurtado, que mantiene un blog interesante. En relación con mi anterior comentario, no hay que desdeñar tampoco a los “ortodoxos” porque sean confesionales. Aparte de sus sesgos, pueden estar muy informados y aportar cosas nuevas y polémicas inteligentes, como es el caso que ahora menciono.

Un blog por el que siento especial cariño es el de Matthew Ferguson, Κέλσος . Me gusta, entre otras cosas, porque analiza en detalle cuestiones aparentemente marginales que los demás dan por sentadas y de las que, sin embargo, Ferguson saca jugo.

Todo esto, como panorama general. A lo largo de las entradas siguientes, si todo va como espero, iré añadiendo otras referencias de artículos y autores que, aunque ahora no me vengan a la cabeza, pueden ser de primer orden, dentro de mi modesto entender.

El Jesús histórico (I). Introducción.

Tengo la intención de iniciar aquí una especie de digresión sobre el tema del lienzo de Turin. Cuando se discute sobre este asunto, es frecuente encontrarse con personas  que dan por sentado que el hombre retratado en el lienzo de Turin, sea éste verdadero o falso, existió y que la imagen refleja los pormenores de su muerte y entierro (dejemos por el momento la resurrección). Esta es una suposición que ha sido admitida sin pestañear no sólo por conspicuos creyentes, sino por algunos de los autodenominados agnósticos que se han referido al tema. (Que realmente lo sean o no, es otra cuestión).

¿Pero existió realmente Jesús de Galilea? ¿Fue ejecutado por las autoridades romanas ‒o por los judíos, como dicen Pablo y Lucas? ¿De la forma en que está reflejado en los evangelios y que más o menos recoge el sudario turinés?

Medallón esmaltado del siglo XI. Metropolitan Museum.

Medallón esmaltado del siglo XI. Metropolitan Museum.

Estas y otras preguntas similares tienen difícil respuesta. Al menos, son objeto de disputas, no siempre pacíficas, entre historiadores y teólogos. Durante los últimos años he leído algunas cosas al respecto, he tomado parte en algunos debates-trifurca a través de Internet y algo he aprendido. No soy un experto, ni mucho menos, pero por formación, profesión y afición creo que algo puedo decir que no sea demasiado insensato. Ésta y otras entradas que seguirán son un intento de poner en orden mis ideas, de forma que puedan servir como orientación a las personas que, sin querer entrar en las peleas de las que hablaba ni leer una extensa bibliografía, quieran saber  lo que yo sé y preguntarse las cosas que yo me pregunto. Sin más pretensiones.

David Hume, sobre los milagros. (Y la Sábana Santa).

Ciencia y sentido común. (Sólo para rumiantes).

Sólo para rumiantes.

 

 

 

 

Después de haber tocado varias veces este tema de manera dispersa y haber hecho varias alusiones en la entrada anterior, se me ocurre hacer unas pocas precisiones más para dejar a David Hume   en su sitio, dentro de mis modestas posibilidades.

Hume trató el tema de los milagros especialmente en la sección 10 de su Investigación sobre el conocimiento humano. Yo he utilizado la versión de Jaime de Salas Ortueta para Alianza Editorial (Madrid, Col. Área del Conocimiento, 2001). La sección 7 del mismo libro también es útil para entender los conceptos de necesidad, ley y causa, que están implicados en el debate. Se puede acceder a diversas versiones en línea de este tratado. No he consultado ninguna, pero me imagino que las que provengan de alguna fuente especializada serán respetables. El Proyecto Gutemberg dispone de la edición inglesa de 1777  en varios formatos digitales:  El acceso es libre. Leer más…

La sábana milagrosa y la ciencia de los milagros. (Edward L. Schoen).

Edward L. Schoen: “David Hume and the Mysterious Shroud of Turin”, Religious Studies, Vol. 27, No. 2 (Jun., 1991), pp. 209-222

Ciencia y sentido común. (Sólo para rumiantes).

Hace bastante tiempo que no utilizo la advertencia gráfica “para rumiantes”.

Creo que es el momento de volver a hacerlo porque el artículo que voy a comentar no es el clásico panfleto confeccionado por un aficionado ni la investigación de un médico metido a historiador, sino que está escrito por un profesor universitario, publicado en una revista seria con el adecuado aparato crítico. Edward L. Schoen, profesor en la Western Kentucky University (Departamento de Filosofía y Religión), es un experto en temas teológicos y ha escrito también sobre filosofía de la ciencia. El artículo que  me ocupa tiene indudables pretensiones filosóficas y científicas, lo que implica tomárselo con más precaución que la típica literatura sobre el tema de la Sábana Santa. (Para más información sobre el autor puede acudirse a los siguientes enlaces: https://philpapers.org/s/Edward%20L.%20Schoen  y http://people.wku.edu/edward.schoen/ ).

Como ya escribí en otro sitio acerca del tema de los milagros, no voy a tratarlo en extenso ahora, sino sólo en los puntos del artículo de Schoen que me parecen relevantes. No voy a discutir aquí la crítica a Hume, aunque me parece equivocada en varios aspectos y un poco cargada de tensión emocional –llamar “caricatura” repetidamente a la teoría humeana de la causalidad no me parece muy científico‒. La minuciosa discusión de qué dijo verdaderamente Fulanito suele ser un tema que apasiona a los seguidores, detractores y profesores de la materia relacionada con Fulanito, pero sólo a ellos. Defenderé la idea de que un milagro es una suspensión de una o varias leyes fundamentales de la ciencia que no supone un cambio de paradigma y que manifiesta la voluntad o intención de una entidad supernatural. Creo que esta definición es correctamente humeana, pero no me voy a enfadar si alguien dice que no. En todo caso, es la mía.

Dios en acción.

Dios en acción.

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Giulio Fanti, o el poder de la oración.

En la galería de personajes del sindonismo que voy desarrollando en este blog ‒para evitar el aburrimiento y la falta de incentivos en este tema que me ocupa‒, acude ahora el Dr. Giulio Fanti, profesor asociado en Medidas Mecánicas y Técnicas del Departamento de Ingeniería Industrial de la Universidad de Padua. Lo traigo de la mano de Andrea Nicolotti, que ha tenido la amabilidad de proporcionarme su último trabajo (La Sindone, banco di prova per esegesi, storia, scienza e teologia. Considerazioni a margine di alcune recenti pubblicazioni”, Annali di Storia dell’Esegesi, 33/2, 2016; pp. 459-510). Se trata de un artículo que, con el habitual cuidado de su autor, hace un repaso a las influencias metodológicas extra-científicas de los sindonólogos. Entre ellos destaca, por méritos propios, el prof. Fanti. Leer más…

La túnica de Argenteuil, el sudario de Turín y la ciencia.

La túnica de Argenteuil es una especie de camisa larga de lana confeccionada sin costuras, una técnica rara en Occidente, pero conocida en Oriente desde hace tiempo. Presenta unas manchas rojizas en forma de sangre. Los primeros documentos conocidos que la mencionan (de época medieval tardía) afirman que era la túnica que Jesucristo llevaba antes de ser ejecutado y que llegó a Occidente por mediación del mismísimo Carlomagno. Leer más…

Algo se mueve Mr. Rogers (3ª entrega). Hugh Farey interviene en la polémica entre Bella y Latendresse.

Hugh Farey: “Spectrometry in ‘Studies on the Radiocarbon Sample’”, British Society for the Turin Shroud,  Newsletter 83; June 2016; pp. 9-14. Consultado en línea (13/10/2016 12:00): https://www.shroud.com/pdfs/n83part3.pdf

Desde el boletín de la British Society, Hugh Farey hace una breve recensión de los últimos artículos de la polémica. (Ver en esta bitácora). Leer más…

Algo se mueve, Mr. Rogers (2ª parte).

Bella, M., Garlaschelli, L., Samperi, R.: “Comments on the analysis interpretation by Rogers and Latendresse regarding samples coming from the Shroud of Turin”, Thermochimica Acta, Volume 632, 20 May 2016, pp. 52-55

 

Las Santas Mujeres, Siglo XIV, Toulouse, Musée des Augustins

Las Santas Mujeres, Siglo XIV, Toulouse, Musée des Augustins

 

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Ciencia, visiones, pesas y TV. Sue Benford.

Cuando uno discute “amablemente” con los sindonistas de turno, cuando uno lee los artículos de los moderados o ecuánimes, como Hugh Farey, o se enfrenta a los obsesos por la peer review, puede acabar creyendo que esto de la sindonología es asunto de unos cuantos científicos o similares que ponen sus conocimientos al servicio de una creencia más o menos mística. Mitologías tecnocientíficas y esas cosas. Y de pronto uno se da de bruces con el sindonismo profundo, es decir, esos substratos totalmente irracionales que no son un fenómeno de la mitología tecnológica, sino que sustentan esa ideología con una serie de mecanismos mentales que vienen de lo más profundo de los miedos y deseos. Diría del subconsciente si creyera en eso. En todo caso, lo de siempre. Leer más…

Dan Scavone: Mesarites, de Clari y el Vir dolorum. Tótum revolútum.

The “Man of Sorrows” also resonates Nicholas Mesarites’ and Robert de Clari’s texts, both who referred to the shroud in Constantinople in 1200 as gradually rising or standing up. (Daniel Scavone: “GREEK EPITAPHIOI AND OTHER EVIDENCE FOR THE SHROUD IN CONSTANTINOPLE UP TO 1204”, p. 3. Sin datos editoriales, consultado on line, https://www.shroud.com/pdfs/scavone.pdf, 13/08/2016 11:52.

Traducción: “Los textos de Nicolás Mesarites y Robert de Clari, que se refieren a un sudario en 1200 en Constantinopla que gradualmente se levantaba o ponía en pie,  resuenan en el tema del Vir dolorum.”

Si Ud. lee este texto y no tiene conocimientos previos de qué va la cosa, lo más probable es que haya entendido que existen dos testigos que describen cómo un sudario con la imagen del Cristo se pone en pie en torno a 1200 y que esto es lo que vuelve a pintarse, más o menos exactamente, en el motivo del Vir dolorum. Es decir, habrá sacado una idea totalmente equivocada de lo uno y de lo otro. Para empezar, el único que habla de un sudario del Cristo que se levanta o pone en pie hacia 1204, es de Clari (enlace). Dice que en el lienzo, que se exhibía en la iglesia de Santa María de las Blanquernas, se veía la figura del Cristo, pero no da más detalles, así que no podemos saber cómo sería esta representación ni su posible comparación con el Vir dolorum o cualquier otra imagen. Leer más…

El pulgar desaparecido. Una cita.

El tema de los pulgares escondidos es uno de los más característicos de la especulación sindonológica. Procede de dos interpretaciones arbitrarias, esto es, dirigidas a encontrar “evidencias” en todas partes y a no examinar las alternativas.

Fue aducido como una prueba de que la herida en la parte inferior de la mano era coherente con la ocultación de los pulgares en la imagen y, en consecuencia, una demostración de la autenticidad de la imagen (Dr. Barbet). Y fue aducido también por E. Poulle y otros como prueba de que las imágenes del códice Pray eran una copia del lienzo de Turín. Sobre las inconsistencias de ambas interpretaciones he hablado en este blog.

 

Peter of Peckham, La lumiere as lais; Apocalipsis (the ‘Welles Apocalypse’), Primer cuarto del siglo XIV.

 

Pero acabo de leer un artículo que dice lo siguiente:

El pulgar no se flexiona debido a la pérdida del abductor pollicis longus y de la función del extensor pollicis brevis, y no se puede ocultar o ser colocado hacia delante en ángulo recto con la palma de la mano (oponiéndose a la otros dedos para formar un puño), debido a la pérdida de las funciones del abductor corto y el oponente del pulgar.(Jacqueline M. Regan, Kiarash Shahlaie & Joseph C. Watson, “Crucifixion and Median Neuropathy”, Brain and Behavior, 2013; 3(3); pp. 243–248; On line: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3683284/)

Esto es plenamente coherente con el hecho de que en las fotos que hizo el Dr.Barbet (abstenerse corazones sensibles), en contra de lo que él mismo afirmaba, el pulgar no estaba contraído, sino en la misma posición que se puede observar en el artículo de Regan et al.

Sangre o no sangre en el sudario de Turín.

Di Minno, Giovanni; Scala, Rosanna; Ventre, Itala; Gaetano, Giovanni de: “Blood stains of the Turin Shroud: beyond personal hopes and limitations of techniques”, Internal and Emergency Medicine,  (2016) 11, pp. 507–516.

 

El otro día encontré este artículo y, después de echarle un vistazo, me pareció que merecía la atención. El trabajo estaba presentado en una revista especializada y su formato era impecablemente académico. Además, en la página 508, al explicar la metodología empleada, prometía que se basaría en estudios sometidos al arbitraje y la revisión inter pares. Y me lo creí.

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Iconografía de la resurrección del Cristo.

La iconografía de la resurrección del Cristo en la Edad Media es menos abundante que la de la crucifixión o las otras escenas de la Pasión. En su mayor parte, ofrece representaciones elusivas, como la de las Santas Mujeres ante la tumba vacía, que no es propiamente una imagen del momento de la resurrección, sino una alusión a ella, como en el caso del noli me tangere,   otra referencia indirecta. Esto resulta sorprendente, puesto que desde la concepción paulina de la vida del Cristo, dominante en los escritos neotestamentarios, la resurrección, junto a la segunda venida, son los puntos esenciales que dan sentido al cristianismo (y prácticamente los únicos que le interesan al apóstol).

Podría argumentarse que los relatos evangélicos canónicos no relatan la escena, que ocurre fuera de campo, por expresarlo en términos cinematográficos. Los evangelios dan cuenta del momento en que se cierra la losa y del encuentro con la tumba vacía, pero omiten todo lo que ocurre entremedio. Sin embargo, otras escenas profusamente representadas en la Edad Media, como la del portal de Belén o el descenso a los Infiernos, provienen de los evangelios apócrifos o de las leyendas medievales[1]  y, sin embargo, son frecuentes en capiteles, tablas y manuscritos. De hecho, el énfasis en el poderío del Cristo se centra durante toda la Edad Media en su posición triunfante de pantocrátor, y sólo más tarde en la victoria sobre la muerte en el momento de alzarse de la tumba.

 

Breviario al uso de París, siglo XIV

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Copias del sudario de Turín: Arquata.

Paolo Di Lazzaro y su equipo de físicos nucleares metidos a sindonólogos están muy activos últimamente. Uno de sus últimos trabajos es una investigación sobre una réplica bien documentada del lienzo de Turín, la de Arquata del Tronto (Italia), del siglo XVI, con resultados que, al menos para mí, resultan intrigantes. El estudio se realizó mediante la técnica de fluorescencia inducida por láser, que permite analizar los componentes materiales de un objeto sin afectarlo. En sus conclusiones destacan que la imagen del sudario de Arquata no parece haber sido pintada con medios convencionales, de manera similar al sudario de Turín (p. 6). Asimismo, el análisis de las manchas de sangre no coincide con los pigmentos habituales en la época, lo que hace suponer que se utilizó otro desconocido o que se mezcló con sangre (p.5). Leer más…