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¿Sangre o pigmento? II. Reguerillos.

29 de diciembre de 2012

ÍNDICE.

1. Halos de suero.

2. Marcas de azotes.

3. “Reguerillos” imposibles.

4. Conclusiones.

Como decía en mi anterior entrada, aunque dejemos en suspenso el juicio acerca de la naturaleza de las manchas de sangre del lienzo de Turín, otras consideraciones acerca de la autenticidad de las mismas son posibles basándose en su apariencia fenoménica, que diría un pedante o un filósofo.

Esto no quiere decir que una reproducción de la figura del lienzo nos permita sacar conclusiones profundas acerca de aspectos que sólo pueden ser aclarados mediante una observación directa. Hacer una autopsia del supuesto cadáver observando una fotografía, como se ha hecho en algunas ocasiones, me parece un ejercicio de ilusionismo que sólo puede engañar a los fetichistas de la tecno-ciencia y de los argumentos de autoridad. Sin embargo, determinados aspectos superficiales pueden ser evaluados sin necesidad de alardes tecnológicos, que con frecuencia estorban más que ayudan cuando los interpretan personas inexpertas. Un negativo puede dar información que no es captable a simple vista. Es decir, que pasa desapercibida al ojo desnudo. Pero también puede engañar haciendo ver lo que no hay. El negativo, la fotografía ultravioleta, las lentes de aumento, etc., no reflejan la realidad sin más. Son medios que deben ser interpretados por ojos entrenados. Y esas interpretaciones deben comprobarse con el objeto real representado. Mientras tanto, hay que ser cauteloso en las conclusiones. O rechazar directamente las puramente subjetivas estilo veo-veo, que en vez de revelar hechos pueden acabar en pareidolias  .

1. Halos de suero.

Un ejemplo típico de lo que estoy diciendo es el descubrimiento de suero en las manchas de sangre que es lanzado a la palestra desde los primeros trabajos de Adler y Heller. Se creyó observar que en determinadas zonas de las manchas de sangre se presentaba como un halo pálido que se interpretó como el suero sanguíneo procedente de la sangre coagulada.

Pero esta no es la única interpretación posible. De hecho, otros autores, como Barbet, interpretan esta zona pálida como fluido pericardial a la que se referiría el relato evangélico de la lanzada. Algunos exaltados ven en el mismo efecto de halo en la cabeza de la imagen el aura divina de Cristo. Otra posibilidad menos mística es que se trate de un resultado de la mezcla de pigmentos. Quién ha utilizado témperas o acuarelas sabe muy bien que determinados colores “escupen” a otros (tierra sombra quemada con algunos azules, por ejemplo), creando el efecto de halo. De hecho, una superficie más pálida que rodea la imagen también se produce en zonas no sanguíneas como la cabeza, como acabo de decir. Igualmente, algunos pigmentos se separan del medium formando zonas más claras que rodean la imagen (Nickell 1998:67). Por lo tanto, de la apariencia de los halos en torno a la figura y la sangre no se puede deducir sin más la presencia de suero sanguíneo.

La teoría del suero, a pesar de sus débiles bases, sigue siendo repetida con frecuencia como un complemento de la teoría de los coágulos de sangre. Habrá que examinar ésta por separado.

2. Marcas de azotes.

En la imagen del Hombre de Turín se puede observar un número indeterminado (entre 120 y 200, según autores) de pequeñas marcas longitudinales del mismo tono rojizo que el resto de las heridas. Algunas de ellas acaban en una forma redondeada que ha llevado a los sindonistas a afirmar que son una prueba de la autenticidad de la imagen. En efecto, el abultamiento en un extremo de las señales correspondería exactamente a la forma del flagrum romano y, dado que un artista medieval desconocería este instrumento, ello implica que hemos de retrotraer la imagen a los tiempos de Roma.

El argumento no se tiene en pie. En primer lugar, no se conoce exactamente la forma del flagelo. Sabemos que llevaba pequeñas piezas duras, metales o huesos, entre las correas, pero no existe una descripción que diga si de ésta u otra manera. Por otro lado, los pintores medievales representaron la forma del látigo romano en diversas escenas de flagelación y lo hicieron de forma similar a las manchas del lienzo de Turín. Se puede observar en muchas miniaturas y frescos desde el período románico.

Jean de Pucelle. Heures de Jeanne d’Evreux. 1324-28

Pero, lo que es peor para los sindonistas, la forma de las marcas es una prueba a contrario de la autenticidad. No se corresponde en absoluto con las que debía dejar un látigo romano. Por lo que sabemos de testimonios de la época el flagrum era un instrumento brutal que desgarraba la carne hasta el hueso. Tenemos testimonios de Séneca, Horacio y Cicerón. En los castigos habituales se limitaba la cantidad de impactos a un número bastante más bajo que los cientos de la imagen de Turin. Evidentemente no por bondad, sino para evitar que la víctima se quedara en el sitio demasiado pronto. Sin embargo, en el caso del Hombre de Turín los azotes son marcas bien perfiladas que no coinciden prácticamente nunca. (Cfr. aquí, Figure 1. ) Es decir, todo lo contrario de unas verdaderas marcas de azotes. Habría que suponer en los verdugos de Pilatos una delicadeza y una capacidad artística asombrosas. Mucho más fácil es suponerlas en un pintor de la Edad Media.

Estas marcas también desmienten su origen natural por otros motivos. Si seguimos el relato de la ejecución de Jesús en los evangelios -y otra cosa no tendría demasiado sentido para los sindonistas-, el lapso de tiempo entre la flagelación y el entierro es de casi un día. En estas circunstancias las heridas de primera hora, los latigazos, deberían haber dejado de sangrar y en modo alguno podrían haber pasado de forma tan nítida a la tela. Y es esta una característica de la imagen del Hombre de Turín que conviene resaltar. Lo representado en el lienzo no es la imagen en el momento del entierro u otro cualquiera, sino un icono que condensa en sí mismo diversos hechos de la Pasión, porque tienen un significado teológico. Los pintores medievales y del primer Renacimiento no eran pintores realistas, sino que concebían su asunto simbólicamente. El símbolo es intemporal y no localizado, y de ello se derivarán algunas de las características de la imagen, que establece prioritariamente relaciones conceptuales y no espacio-temporales. Al intentar interpretarlas como naturales, los sindonistas van a parar a callejones sin salida. Como el caso de las heridas.

3. “Reguerillos” imposibles.

Cuando se embriagan de admiración beatífica los sindonistas son capaces de decir que las manchas de sangre son huellas naturales y perfectamente adecuadas a las heridas de la Pasión. El Dr. Villalaín, por ejemplo (Heras et allia, 1998). Cuando están un poco más sobrios puede ocurrir que no lo tengan tan claro. El Dr. Zugibe, por ejemplo, destacó algo que es tan obvio que no hace falta ser ningún médico especializado para apercibirse de ello: un cuerpo sanguinoliento que se envuelve en una sábana no deja esas imágenes de reguerillos de sangre perfectamente perfilados que corren de aquí para allá (Zugibe 1989). Los roces del transporte y la tendencia de los líquidos a empapar las telas con que se cubren hubieran dejado una amalgama de manchas indefinidas. En su opinión, y rectificando los relatos evangélicos, las manchas de sangre debieron producirse tras el lavado del cuerpo como consecuencia de su manipulación.

Pero la teoría de Zugibe tiene sus inconvenientes propios. Aunque él demuestra que presionando la herida de un cadáver se puede producir una supuración, aun admitiendo el tremendo descuido de los embalsamadores que habrían dejado amplios regueros sin limpiar, no es posible que las gotas de sangre de un cuerpo tumbado corran de la frente a la barbilla o de las manos a los codos, que es lo que pasa con el hombre del Sudario. A menos que por un milagro se hubiera producido una momentánea suspensión de la Ley de Gravedad (todo es posible con los milagros), la sangre hubiera resbalado hacia los costados y no horizontalmente. Así se ve en las imágenes que el propio Zugibe presenta como ilustración de su teoría.

(Nota bene: evitaré a los y las lectoras sensibles toda la batería de fotografías gore que se exhibe en estos casos. Quien guste de estas cosas puede verlas en los artículos que incluyo en la bibliografía).

Pero todavía hay un rasgo más sorprendente de los reguerillos de sangre del Hombre de Turín: corren por encima de los cabellos. Aunque los sindonistas no suelen reparar en esta incómoda circunstancia, algunos han intentado darle una explicación. Generalmente siguen a Gilbert R. Lavoie (2010), quien, siguiendo las teorías de la formación de la imagen a partir de una proyección ortogonal, supuso que las manchas de sangre se produjeron por contacto y, posteriormente, la imagen del cuerpo se trasladó ortogonalmente a la tela extendida, por medio de alguna emanación o radiación no precisada. Al pasar de la forma curvada a la forma plana, los regueros de sangre se trasladaron de las mejillas y la frente a los cabellos. Dejando aparte los supuestos milagrosos que la teoría supone -imprescindibles para explicar como una tela se pone a flotar en el aire-, otras dificultades son insalvables para ella.

En primer lugar, a pesar de la rectificación, algunos de los regueros se empeñan obstinadamente en correr por encima del cabello, tanto en la parte superior del cráneo como sobre la barba (Brillante et allia 2002:fig.7 ).  La corrección es hábil, pero insuficiente.

En segundo lugar, Lavoie y sus seguidores trabajan sobre la imagen frontal del rostro. Por una inadvertencia incomprensible no han ido a mirar en la nuca. Aquí la cosa no tiene apaño. En la parte posterior del cabello los regueros de sangre corren tan campantes en todas las direcciones, lo que es tanto más sorprendente cuando se supone que: a) el hombre del Sudario estaba en pie, en cuyo caso no se entiende cómo los regueros van de derecha a izquierda, o b) estaba tumbado sobre una losa y no se puede entender como la sangre, presionada por la tela y el peso de la cabeza, corre libremente por encima del pelo. De derecha a izquierda, para más INRI.


4. Conclusiones.

Los regueros que figuran sangre, sean lo que sean, no pueden haber sido transferidos a la tela por ningún proceso natural. Como dijo el Dr. Baden, especialista forense norteamericano: “Por lo que sé de cadáveres y de cadáveres envueltos, esta especie de transferencia nunca ocurre. Y la sangre nunca fluye en forma de bonitos y nítidos reguerillos sobre el cabello, sino que forma coágulos. La precisión anatómica corresponde más a una pintura de Miguel Ángel que a la de un cuerpo real” (Mueller 1983).  En efecto, ningún sindonista ha presentado jamás una imagen de sangre o líquido similar que se haya transferido naturalmente a una tela de la forma que aparece en el lienzo de Turín. Aunque Vignon y otros lo intentaron sin éxito con sangre normal y coagulada y algunos dicen haberlo hecho (Adler 1986:58), las pruebas no se conocen (Antonacci 2002:5). Y hay que hacer notar que no estamos hablando aquí de una incompatibilidad técnica, sino que las manchas de sangre no se comportan como cualquier líquido en el mundo natural en que vivimos. Sólo tenemos dos opciones: o pretender que un milagro ha ocurrido, que es la vía que sigue Gilbert Lavoie (2010:8), o admitir que un pintor ejecutó los reguerillos de sangre siguiendo convenciones propias de la época, que no realísticamente.

Respecto a la primera, los milagros, hablaré en otra entrada. Respecto a la segunda, hay que hacer notar que la teoría sindonista mantiene que la sangre se imprimió en la tela primero y la imagen después. Es eso lo que deducen del hecho de que al disolver las manchas de sangre con enzimas proteolíticas debajo no quede nada. Desconozco si la explicación es la única satisfactoria, pero, de ser cierta, esto representaría un problema para el sindonismo, puesto que si las manchas de sangre han sido pintadas, como acabo de demostrar, es inevitable que la imagen del cuerpo, siendo superpuesta, sea también el resultado de un proceso artificial.

Sobre la imagen del cuerpo hablaré a continuación.

Bibliografía.

Adler, Alan: D.: “The origin and nature of blood on the Turin Shroud”, in: Turin Shroud – Image of Christ? Proceedings of the Symposium of Hong Kong, 3-9 March 1986, Cosmos Printing Press Ltd., Hong Kong, March 1987, pp. 57-59.

Antonacci, Mark: “ Reply To Ray Rogers’ Review of His Book”. 2002, http://www.shroud.com/pdfs/antonaci.pdf

Brillante, Carlo; Fanti, Giulio; Marinelli, Emanuela: “Caratteristiche delle macchie di sangue a considerare in una reconstruzione in laboratorio della Sindone di Torino”. IV Symposium Scientifique  International  du CIELT, Paris, Abril 2002. www.fidesvita.org/uploads/2010/05/analisi-sulle-macchie-di-sangue.pdf

Faccini, Barbara; Fanti, Giulio: “New Imaging processinf of the Shroud of Turin scourge marks”, ”. International Workshop on the Scientific Approach to the Acheiropoietos Images, ENEA Research Center of Frascati (Italy), Mayo 2010. http://www.acheiropoietos.info/proceedings/FacciniWeb.pdf

Heras, Guillermo; Villalaín, José Delfín; Rodríguez Almenar, Jorge Manuel: “Estudio comparativo entre el Sudario de Oviedo y La Sõndone de Turõn (sic)”. III Congresso Internazionale di studi sulla Sindone, Torino, 5/7 de Junio DE 1998. http://www.shroud.com/heraspan.pdf

Lavoie, Gilbert R.: “Turin Shroud: a medical forensic study ot its blood marks and image”. International Workshop on the Scientific Approach to the Acheiropoietos Images, ENEA Research Center of Frascati (Italy), Mayo 2010. http://www.acheiropoietos.info/proceedings/LavoieWeb.pdf

Mueller, Marvin M.: “Comments to William Meacham’s ‘The Authentication of the Turin Shroud: An Issue in Archaeological Epistemology’”, Current Anthropology – Vol. 24 – N° 3 – (June 1983), http://www.shroud.com/meacham2.htm (Consultado 28/12/2012 11:57 )

Nickell, Joe: Inquest of the Shroud of  Turin,  New York, Prometheus Books, 1998

Zugibe, Frederick T.: “The Man of the Shroud Was Washed”. Sindon N. S., Quad. No. 1, June 1989. http://www.crucifixion-shroud.com/Washed.htm (Consultado 29/12/2012 8:19).

One Comment
  1. Simplemente perfecto tu análisis. Uno de los detalles más importantes es posiblemente el hecho de que durante el transporte, la sangre habría formado manchas de forma indefinida, así como marcas alargadas debidas al restregar del cuerpo dentro de la tela. Obviamente es de suponer un inevitable movimiento de vaivén del cuerpo con cada paso de las personas que lo transportaban, eso por no hablar de que debieron de sortear obstáculos del terreno, subiendo y bajando el cuerpo y en definitiva, un montón de movimientos que producirían manchas irregulares sobre la tela. No comprendo como los “expertos” en manchas de sangre que han tratado el asunto desde la perspectiva “sindonológica” han sido capaces de distinguir el suero de la sangre propiamente dicha, o incluso distinguir la sangre venosa de la arterial, pero sin embargo no han caído en cosas tan obvias como las que has mencionado. Claro que, con milagros, todo es posible. La prueba es que hay quien puede ver lo que no hay, o no ver lo evidente. La “sindonología” parece ser un milagro en sí misma.

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