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A vueltas con la sangre del sudario de Turín. Marc Antonacci.

1 de febrero de 2018

Suelo advertir de vez en cuando que no soy un experto en todo —no podría serlo—, pero donde me encuentro más perdido es en los estudios puramente científicos con multitud de terminología aparentemente científica, matematizaciones aparentemente científicas y discusiones sobre conceptos que parecen científicos, de los que no tengo ni idea. A lo más que llego es a evaluar los momentos en los que los supuestos experimentos científicos se convierten en hagiografía, pero eso es fácil de detectar. También puedo entender a veces cuando se habla en términos vulgares de temas más abstrusos. Es el caso del documento que voy a comentar a continuación. Se trata de “Hypothesis that Explains the Shroud’s Unique Blood Marks and Several Critical Events in the Gospels”, de Marc Antonacci y Arthur C. Lind, que, a pesar de su largo título no parece haber sido publicado en parte alguna. Es de 2014.
La primera parte del trabajo no me interesa gran cosa. Es una repetición de casi todos los mitos de la sindonología con los clásicos sonsonetes acerca de lo que piensa “toda la comunidad científica”, etc. Nada nuevo. La segunda parte es la que voy a comentar.

No es que los experimentos que allí se relatan tengan demasiada altura —supongo que por eso los he entendido—. Parecen más bien pensados y ejecutados con un laboratorio de juguete estilo “El Futuro Genio. Haga que sus hijos aprendan deleitándose” o similar. Pero son curiosos y significativos en varios aspectos.

Los autores analizan la coagulación de la sangre humana y de cerdo en varias superficies y con algunas variantes ambientales. Utilizan como soporte plásticos —no sé por qué—, piel humana y de gallina. Mezclan la sangre con anticoagulantes naturales y experimentan, bajo diversos grados de humedad, las maneras como la sangre se puede transferir a una tela. Las conclusiones son terminantes: “Ninguna de las manchas elaboradas corresponde a las características [del sudario de Turín]” (p. 35). Si acaso se parecen más las que se elaboran pintando con un pincel o apretando firmemente la tela sobre la manchas de sangre en condiciones de humedad del 100%, lo que no podría ocurrir en un auténtico sudario, lógicamente.

Se echa a faltar que los autores no hayan considerado con más rigor las condiciones ambientales del experimento. Dan por sentado que la narrativa evangélica responde al cien por cien a un acontecimiento histórico, la muerte y enterramiento de Jesús de Galilea, y no van más allá. Aún ateniéndose a este punto de partida sesgado, las variables que examinan están en muchos casos alejadas de las circunstancias hipotéticas en las que un posible crucificado podría haber sido desenclavado, transportado y enterrado en una tumba judía de la época. Un asesoramiento de historiadores y arqueólogos —no doctrinarios, por supuesto— podría haber encauzado mejor las cosas. Y un poco de sentido común, también.

Por otra parte, no crean que las conclusiones afectan demasiado a sus proponentes. El artículo ha pasado sin pena ni gloria entre sindonistas porque les escuece. Sus fantasías sobre la manera en que un cuerpo ensangrentado deja huellas en una sábana reciben una sacudida una vez más. Pero hay que advertir que eso es lo que buscaba Antonacci. Partidario de las hipótesis atómicas sobre la formación de la imagen, con bombardeos de neutrinos, desmaterializaciones corporales y resurrecciones patafísicas, es eso justamente lo que quería demostrar. Y lo ha demostrado: sólo mediante medios “nucleares” se puede explicar la formación milagrosa de la imagen en la Sábana Santa. Lo demás son monsergas.
Así que, pese a la apariencia rompedora, este artículo es más de lo mismo. El sindonista quiere demostrar lo que quiere demostrar y eso es lo que demuestra.

Ah, se me olvidaba: los autores muestran una simulación de regueros de sangre en el brazo de un voluntario (p. 28). No tiene nada que ver con la forma artística de los regueros en el lienzo de Turín. Naturalmente, esto lo pasan por alto. Ni siquiera se dan cuenta. O eso parece.

From → 3.4. Otros

2 comentarios
  1. Subscribo plenamente lo que dice acerca de la fidelidad histórica de los evangelios, promulgada y siempre respetada por los “sindonistas”. Después de una década de haber indagado en ellos; -y me refiero a los evangelios canónicos-, sólo saco la conclusión historicista de haber conocido el ajusticiamiento de un profeta judío del siglo I por parte de Roma, como consecuencia de un delito de alta sedición. Lo demás, todo cuanto se narra, me parecen injertos y retales procedentes del Antiguo Testamento y algún que otro plagio sobre Filón de Alejandría y especialmente Platón. El cuarto evangelio es puramente “platónico” y hasta los propios teólogos católicos así lo confirman. Si los miramos con lupa de detective nos saltarán tantas incongruencias o extrañas escenas como la narrada por Mateo, aceca del lavatorio de Pilato, dejando en manos del pueblo judío la suerte de condenar a unos presos. Sabiendo como se las gastaban los mandatarios romanos, la escena resulta de lo más “naíf” e infantil. De haberlo hecho, el prefecto hubiera durado apenas horas en el cargo. O la fantasiosa figura de “Barrabás”, a todas luces legendaria, o el papel otorgado al pobre anciano José de Arimatea, haciéndole “salir del armario” como saduceo para reconvertirle via “exprés” en seguidor de Jesús. Y no entremos en el festival teológico acerca de la “resurrección”… Aún así reconozco la belleza literaria que desprenden y me parece el mejor argumento y guión para teatro que se haya elaborado jamás.

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  1. La sangre del sudario: Sánchez Hermosilla vs. Garlaschelli. Serpientes de verano. | La sombra en el sudario

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