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Retorno a Ítaca.

Itaca

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

C. P. Cavafis.

Traducción, Pedro Bádenas de la Peña

 

 

 

Cuando empecé esta bitácora me propuse llegar a Ítaca. Pensaba en el viaje como un recorrido por diversos puertos que me llevara al definitivo. Dejar atrás cantos de sirena, cíclopes, magas traicioneras y vientos furiosos y descansar en casa.

Ahora estoy avistando Ítaca.

Pero, si alguien conoce la poesía de Kavafis, autor por el que tengo una debilidad extrema, sabrá que en el viaje a Ítaca lo importante no es la llegada, sino el propio viaje. Y si alguien no la conoce, directamente o con la versión musical de Llach/Riba, ahí arriba se la dejo para que se ilustre.

Así que creo que todo el o la que me lea comprenderá por qué ante las costas de Ítaca que se acercan en el horizonte doy media vuelta al timón y me alejo de la isla. Mejor no apresurar el fin del viaje. Todavía quedan otros puertos, pequeñas radas o caletas no demasiado conocidas, pero que piden demorarse un poco en ellas.

NOTA: La foto la recoge Álvaro Pérez en su blog Vagon293  . Va que ni anillo al dedo.

¿Fraude?

Mi estimado maestro en Sindonología Crítica por la Universidad de Magonia, José Luis Calvo, ha reprendido varias veces en mi presencia virtual a algunos vehementes escépticos que habían calificado de fraude el lienzo turinense. A él le voy a dedicar este suelto que no tiene mayor objetivo que ver si paso el rato discutiendo con alguien que diga cosas serias en lugar de perderlo con “astutos” sindonistas que, en cuanto ven la cosa fea, se vuelven al principio o se esfuman como el fantasma de Patroclo. Y que duda cabe que una de las cosas más apasionantes de una discusión es cuando se pone la cosa fea para alguien -incluso para uno mismo-, porque para discutir naderías que a nadie interesan ya están los filósofos.

Guerrero etrusco del Metropolitan. Se descubrió a sus ingeniosos autores.

 

Según la Academia Española de la Lengua, un fraude es aquel acto contrario a la verdad y la virtud que se realiza para perjudicar a terceros. O algo así.

Aunque la Academia no lo diga en la entrada correspondiente, es de obligado cumplimiento para que exista el fraude que la persona que lo lleve a cabo actúe con dolo, lo que según la Academia, quiere decir que exista una voluntad manifiesta de cometer algo ilícito.

En el caso del lienzo de Turín, José Luis Calvo sostiene que no puede hablarse propiamente de daño a terceros, puesto que con el juego de pintar y exponer telas no se hacía daño propiamente a nadie.

Sostiene también José Luis Calvo que ni lo uno ni lo otro (engaño y daño) puede probarse respecto a los que propalaron el bulo de que la imagen pintada era la auténtica huella del cadáver no resurrecto (lo digo por los ojos cerrados) de Jesucristo Dios. Ni siquiera el autor de este prodigioso lienzo puede ser acusado de dolo, ergo fraude, si no se demuestra que lo fabricó relamiéndose los labios mientras pensaba en los emolumentos que iba a obtener por engañar a aquel atajo de estúpidos o asunto similar en que estuviera pensando.

Por lo tanto, cuando el Museo Británico tuvo la osadía de incluir la Sábana Santa en una muestra sobre fraudes artísticos (9 de marzo al 2 de septiembre de 1990: Fake. The Art of Deception) y recibió el ataque furibundo del Vaticano y del sindonismo en pleno, también hubiera podido escucharse la voz crítica de José Luis Calvo (si le hubiera dado la gana vocear y si yo no he malinterpretado su manera de pensar al respecto).

Para reforzar su posición remite a una carta del supervisor del proceso de datación de 1988, Michael Tite, del Museo Británico, a Luigi Gonella. Esta carta, que es traducida e interpretada sesgadamente por muchos medios sindonistas para certificar una especie de conversión oculta o cinismo manifiesto de Mr. Tite, contiene el siguiente párrafo:

Siguiendo nuestro reciente encuentro en París le escribo para constatar que yo mismo considero que la datación realizada a la sábana santa de Turín no demuestra que sea un fraude. Tal como usted indica acertadamente, la calificación de fraude implica una deliberada intención de engaño, y la datación por radiocarbono no es una prueba que avale tal hipótesis… (Traducción de Félix Ares. Los sindonistas suelen ocultar la segunda frase).

Obviamente estas palabras no certifican la autenticidad del lienzo ni la perversidad de nadie, sino que desmarcan la cuestión de la datación -y Tite estaba convencido de la fiabilidad de la de 1988-, de la calificación de fraude, para lo cuál sería necesario demostrar procesos intencionales.

Un hada. Se tragó esta y otras fotos similares el mismísimo Sir Arthur Conan Doyle.

Concedo que si nos ponemos estrictos una calificación de fraude es imposible. Aunque el obispo d’Arcis lanzó esta acusación en su memorial dirigido al papa Clemente VII, que también recoge el término en su bula, sus afirmaciones deben ser tomadas con cautela, como nos advierte Calvo. En especial, la de que podía presentar al autor de la pintura si era preciso, me parece bastante sospechosa. No me cuadra que el artista, al parecer bastante dotado, estuviera tan pancho unos 35 años después de su hazaña. Considero razonable suspender el juicio en este punto.

Pero si la acusación de fraude ha de hacerse con los estrictos requisitos que propone José Luis Calvo, hablar de fraude fuera de un proceso formalmente legal con documentación precisa sería imposible. Tendríamos que inventar un nuevo término para designar el mercadillo universal que los fabricantes de reliquias montaron en la Edad Media, en especial el muy lucrativo business que los últimos caballeros cruzados organizaron para vender miles de coronas de espinas, sudarios enteros o a retales, cruces más altas que el monte Sinaí, carretas de clavos, etc. Esta quincallería que todavía permanece en muchas iglesias, en forma más o menos manifiesta, sería como un monumental engaño sin engañadores, un fraude sin perpetradores.

Porque yo mantengo que existe un fraude con las reliquias en el sentido de que con ellas se ha creado un daño a terceros. Las multitudes que acudían a los centros de peregrinaje, los donantes que daban grandes o pequeñas sumas de dinero o bienes a los monjes y los difuntos que habían testado a favor de la colegiata, o sus familiares, estaban siendo perjudicados por una creencia falsa que difundían con entusiasmo los beneficiarios de sus dones. Cierto que muchos de estos beneficiarios, quizás la gran mayoría, creía firmemente en lo que estaba haciendo. No se trataba, como no se trata manifiestamente con los sindonistas actuales, de cínicos ventajistas, aunque en muchos casos su conducta comercial con los santos objetos fuera repelente en sí misma para una espiritualidad un poco más depurada. Véase si no los sucesivos movimientos reformistas que pulularon por la Edad Media hasta desembocar en la Reforma propiamente dicha.

Establecido que hubo daño a terceros, debo decir que me resulta difícilmente creíble que en medio de todo el trasiego de reliquias de allí para allá, que era manifiesto y cantado en todas partes, los que fabricaban una santa lanza o un divino prepucio o los que encargaban el artilugio no tuvieran el más mínimo deseo de engañar. O el artesano que veía su obra convertida en objeto sagrado o el que encargaba el trabajito en el más riguroso silencio debían de tener algo no estrictamente confesable. Y que los benditos cruzados fueran capaces de producir árboles de espinos sin parase a pensar en qué estaban haciendo me resulta igualmente increíble. Más que lo del artesano dispuesto a confesar al que se refería d’Arcis. Así que perpetradores de fraudes los hubo, y tuvieron que ser bastantes.

Otra cosa es que seamos capaces de identificarlos. Por supuesto que tengo el convencimiento que la inmensa mayoría de las personas que creen en reliquias son honradas. Incluso las que se benefician de ellas. Y eso vale para el Santo Sudario. Ya lo he dicho antes, pero conviene insistir. El hecho de que no seamos capaces de decir quién y en qué momento se dio cuenta de que estaba creando una falsa reliquia y quién y en qué momento pensó obtener pingües beneficios con ello no implica descartar que esos anónimos perpetradores del fraude existieran. Lo contrario sería suponer un mundo demasiado angélico, poblado únicamente por seres ingenuos o fanáticos, pero sin mala intención. Que tales seres existen es innegable. Pero los listillos también y no vamos a discutir ahora en qué proporción.

Tiara Saitafarnes del Louvre. Falsa.

Por lo tanto, no creo que el lienzo de Turín estuviera fuera de lugar en la exposición sobre fraudes artísticos del Museo Británico junto con el sarcófago etrusco del British o la tiara de Saitafarnes del Louvre (Jones, 1990:30, 33). Y, aunque no puede probarse su autoría, los que hablan del “fraude de la Sábana Santa”, como de las reliquias en general, no hacen un uso demasiado inconveniente del término. En esto, como en otras pocas cosas, no estoy de acuerdo con José Luis Calvo.

Bibliografía.

Calvo, José Luis (2010): “Inauguramos una nueva sección (VIII-a)”, Publicado: 17/11/2010 17:44, e “Inauguramos una nueva sección (y X)”, Publicado: 17/11/2010 11:27; en Escritos desde el páramo, “La Sábana Santa”, consultado on line 05/05/2013 8:40; http://fenix.blogia.com/temas/sabana-santa.php .

Jones, Mark, ed. (1990): Fake?: The Art of Deception, University of California Press. http://books.google.co.uk/books/about/Fake.html?id=LaUnOztbkP4C&redir_esc=y

Los médicos historiadores.

Como dije en una entrada anterior, los médicos sindonistas tienen una inmoderada tendencia a transmutarse en historiadores, saltándose los principios básicos de precaución metodológica, esto es, un médico sabe medicina y un historiador, historia y para pasar de una a otra disciplina hace falta especializarse en ambas, o sea, dedicarles años de estudio antes de meterse a la faena.

Pero los médicos sindonistas no son historiadores cualesquiera, sino del género “historiador omnisciente” que tanto abunda en los best-seller de divulgación o en las revistas de consulta médica, que gustan de cubrirse con una pátina de cultura humanista. Es decir, sin molestarse en justificar cómo lo hacen, son capaces de contarnos con pelos y señales qué le dijo Jesús a Caifás y qué respondió el Bautista a Salomé desde el fondo del pozo. Eso es porque no necesitan de una preparación histórica especial. Encuentran directamente su materia en los evangelios.

Hipócrates y Galeno. Catedral de Anagni. Siglo XIII

 Lo mismo que vimos en el caso de los estudios de anatomía forense del Dr. Villalaín, hay que ser muy ingenuo para no darse cuenta de que los médicos sindonistas metidos a historiadores llevan una agenda muy concreta: demostrar que los relatos evangélicos son históricos al pie de la letra. El método se mezcla con las conclusiones y llega a resultados asombrosos. Bucklin es capaz de medir el trecho, yarda más yarda menos, entre el palacio de Poncio Pilatos y el monte Gólgota, que realmente nadie sabe exactamente dónde estaba. “La distancia que realmente recorrió Cristo con la cruz fue aproximadamente seiscientas yardas” (Bucklin, 1970). Para conseguir esta precisión en los datos no hay más que tomar los evangelios como descripciones periodísticas de testigos de primera mano. Cierto que los evangelios no siempre se ponen de acuerdo en cosas como si le ayudaron a llevar la cruz, qué autoridad judía intervino, la hora de la Crucifixión, lo que dijo Jesús, cuánto tiempo estuvo sepultado, quién descubrió la tumba vacía y este tipo de de “detalles sin importancia”. Pero para los médicos-historiadores esto, en lugar de una molestia, representa una ventaja, puesto que, al ir a encajar sus teorías con los hechos evangélicos, pueden elegir los que más convienen a sus intereses y olvidarse del resto. Así todo cuadra.

San Mateo

Voy a tomar como ejemplo de médico-historiador sindonista el primer trabajo del Dr. Bucklin que he consultado (Bucklin, 1970).

Aparte de los evangelios, Bucklin trabaja con materiales muy diversos. Aunque, como suele ocurrir con los trabajos sindonistas, la bibliografía está presentada deficientemente (sólo se cita el apellido del autor consultado y no se hace ninguna referencia a las páginas que se citan), puede uno seguirle la pista a algunos de los libros mencionados. La bibliografía no está muy actualizada, que digamos. Casi todos son volúmenes de la primera parte del siglo XX y el más reciente, aparte del que luego se menciona, es de 1957. No parece que el Dr. Bucklin, que escribe en 1970, hubiera hecho un esfuerzo para actualizarse. Normalmente se trata de divulgadores y exégetas cristianos, especialmente de sindonistas, pero hay alguna cosa curiosa. Entre ellos aparece un historiador heterodoxo, que es el único que se acerca a la fecha de la redacción del trabajo que comento: Brandon, 1968.

Samuel G. F. Brandon   (1907-71), fue un pastor anglicano que, contra las posturas ortodoxas de la exégesis confesional, mantuvo que Jesús fue condenado por actividades revolucionarias, aunque no necesariamente violentas, cercanas a los zelotes, esto es, la rama radical de la resistencia anti-romana, y que las creencias paulinas son diferentes a las que mantuvo el Jesús histórico y fueron las que dieron base al cristianismo institucionalizado. Obviamente, Brandon no cree que los evangelios sean un relato de testigos directos, ni que lo que se cuenta en ellos sobre el juicio de Jesús -que es lo que preocupa al Bucklin-, pueda tomarse al pie de la letra. Los evangelios están escritos por manos diferentes con agendas teológico-políticas muy concretas, en especial la de exculpar en lo posible a los romanos de la muerte de Jesús y hacer recaer el deicidio sobre la cabeza de “los judíos” y su descendencia. Es necesario, por tanto, un arduo trabajo de interpretación textual y contextual para descubrir lo que verdadera o plausiblemente sucedió. Sorprende que Bucklin cite un libro tan contrario a sus presupuestos de partida sin hacer el menor esfuerzo por rebatirlo. No sorprende tanto que las razones que ofrece para creer de manera diferente a Brandon sean tan endebles.

San Juan

Bucklin parte de un supuesto que sólo los exégetas más doctrinales mantendrían hoy en día: los evangelios fueron escritos por testigos de primera o segunda mano perfectamente identificados: Marcos, Mateo, Lucas y Juan. Los santos, claro está. Sin embargo, la aparición de unos evangelios semejantes a los que conocemos ahora y su atribución a los cuatro evangelistas, la formación del canon, deben retrasarse hasta la segunda mitad del siglo II, en concreto, con Ireneo de Lyon (Contra los herejes. III, 1.1). Otros cristianos anteriores, como el apologeta Justino,  no identifican a los autores y sus escasas citas no son textuales (Primera apología, LXVII, 2). Justino ni siquiera se refiere a los “evangelios”, sino a las “Memorias de los apóstoles” (Martí, 1993:92). Los errores históricos (Crossan, 1994:429) y geográficos, que aparecen ya con el primer evangelio sinóptico de Marcos (Carotta, 2008:105), junto con el idioma en que fueron redactados -el griego-, sugieren que fueron escritos en la Diáspora por gente que, aunque tenía un cierto conocimiento de la vida de Palestina del siglo I, no era de ninguna manera primario. Se sabe por Clemente de Alejandría, que en el siglo II corrían tres versiones distintas del evangelio de Marcos (Carrier, 2000:XII).

Las razones para la formación del canon evangélico son diversas. Por una parte de armonización de las diversas versiones de los evangelios que circulaban. No sólo entre sí, sino con las epístolas paulinas, que eran conocidas anteriormente. (Clemente de Roma las cita en el año 95, aunque no los evangelios (Carrier, 2000:II)). Por otra parte, intervienen criterios ideológicos, en especial la lucha contra el gnosticismo que es parte esencial de los escritos de Ireneo. Y, finalmente, también algunos razonamientos de tipo teológico-místico, tales como que los evangelios deben ser cuatro porque cuatro son los puntos cardinales. Con semejante amalgama, se atribuye la autoría de los evangelios a cualquier personaje citado en la tradición que convenga a la idiosincrasia que reflejan su estilo, lenguaje o ideología. Si en Colosenses (4:14) se habla de un médico llamado Lucas y el tercer evangelio parece demostrar un conocimiento de la terminología médica, se le endosa a Lucas y todo el mundo queda contento, aunque la fuente sea una carta apócrifa.

Cuando la propia asamblea episcopal norteamericana ha reconocido que los evangelios no pueden ser considerados documentos históricos de primera mano (Goldhagen, 2002:457), resulta significativo que nuestro médico-historiador caiga en semejante fundamentalismo doctrinal. Como Bucklin no acompaña sus afirmaciones con las correspondientes citas y sus fuentes parecen variopintas, es difícil saber en quién se está basando, pero algunos razonamientos que nos ofrece nos dan idea de los cimientos de su teoría. Según él, la “perfecta” sincronía entre los datos aportados por los evangelistas demuestra que sus autores eran testigos de primera mano. Como hemos visto, la perfecta coincidencia de los relatos evangélicos sólo está en su cabeza. Nada más en lo que se refiere a los relatos de la Pasión se puede encontrar una serie de discrepancias que serían incomprensibles en testigos de primera mano. Pero si ampliamos la lista a los cuatro evangelios canónicos, para seguir a Bucklin, las diferencias son aún más importantes. No hay acuerdo sobre el carácter y fecha de la comida pascual, ni si fue Pedro o no quién agredió a los enviados a prender a Jesús, que no queda claro quiénes eran. No se sabe dónde se llevó a cabo el juicio de las autoridades judías, ni quién estaba presente. Hasta la existencia misma del juicio desaparece en Lucas y Juan. Jesús responde de manera diferente a las preguntas de Pilatos y la actitud del procurador romano varía notablemente de Marcos a Lucas. Incluso la flagelación, tan cara a los sindonistas, desaparece en el evangelio de Lucas. No digamos el juicio de Herodes, que sólo un evangelista parece conocer. Etc., etc., hasta llegar al improbable José de Arimatea (que, sospechosamente,  en arameo quiere decir “mejor discípulo”) y su regia sábana comprada sobre la marcha, según Marcos (15, 46) junto a cantidades ingentes de ungüentos (Juan, 19, 39). Para todas estas incongruencias es útil consultar el libro de Geza Vermes, La Pasión, que las sintetiza en unas tablas muy visuales (p. 133ss). También en Ehrman (2009), que puede consultarse on line.

En estas condiciones, decir que los datos médicos que pueden observarse en el Hombre de Turín confirman “los evangelios” suena un poco exótico. Porque habría que preguntarse cuál de ellos. Pero los intentos de comparar esta mezcolanza de datos con lo que se sabe de la tradición judicial judía son todavía más dudosos.

San Lucas

Utilizar como testimonio del siglo I un texto muy posterior, como la Mishná judía, una tradición no compilada hasta finales del II, es un riesgo, como señala Meier  (1998.113). Sin embargo, la cuestión no es ésta. Otros autores -Vermes, que he citado antes, por ejemplo-, lo hacen con las debidas cautelas. La verdadera cuestión es cómo valorar las continuas discrepancias que los relatos evangélicos presentan respecto de lo que sabemos por los testimonios antiguos acerca de la justicia judía y romana. Para evaluar qué significa hay que hacerlo desde la plausibilidad y el contexto de los evangelios.

Desde la plausibilidad, no es normal que un juicio doble se hiciera tanto en la justicia judía como en la romana con una quiebra absoluta de todos los principios legales. Que los muy legalistas fariseos y el rígido gobernador o prefecto, más estrictamente hablando, romano Pilatos hubieran montado un espectáculo de pasiones no es fácilmente creíble. Salvo si uno es un médico-historiador sindonista, claro.

Desde el punto de vista de la coherencia intratextual, hay que recordar que los evangelios presentan un relato lleno de incoherencias de tipo geográfico o histórico y de efectos entre lo literario y legendario, que alcanzan incluso a la tela que envolvió el cuerpo de Jesús, que Juan, más acorde a la tradición judía, refleja como “telas” o “vendas” (ὀθονίοις) en lugar de una sábana (Calvo, 2010).

También por razones de contrastación con otras fuentes, puesto que estas narraciones son tan poco fiables como documentos literales que incluyen cosas realmente inverosímiles como los cientos de resucitados que se pasearon por Jerusalén tras la muerte de Jesús, los terremotos y eclipses coincidentes, etc., que, desde luego, ningún historiador contemporáneo refleja.

Por las tres razones combinadas se entiende habitualmente que los evangelistas no recogen sendos juicios que se llevaron a cabo escandalosamente, sino que, en lugar de reflejar fielmente hechos realmente ocurridos, tomaron leyendas que circulaban en los ambientes paleo-cristianos de la Diáspora. Con unos y otros, hechos y leyebndas, construyeron un corpus de creencias populares que fue modificándose con los siglos. Aunque sólo es una anécdota, es significativa la que cuenta Filón: para hacer befa de Herodes Agripa I, que visitaba la ciudad, los alejandrinos vistieron a un loco con capa real, le pusieron una corona y se dedicaron a insultarlo y golpearlo. El loco se llamaba Carabás. Quizás sea una mera coincidencia, como dice Vermes (2007:104), pero muestra una escena muy similar en estructura a la del escarnio evangélico.

San Marcos

A lo largo de la primera cristiandad los creyentes fueron modificando la iconografía pictórica y mental del Salvador. A partir de diversos relatos evangélicos construyeron imágenes sintéticas que fueron reemplazando a la lectura evangélica en la religiosidad popular (Calvo, Ibid). Si tomamos las de Jesús en la tumba, veremos como en una misma imagen es posible condensar a Juan Nicodemo y José de Arimatea (Juan) que embalsaman el cuerpo, las tres santas mujeres con ungüentos (Lucas) y el discípulo amado (que no aparece en ninguna escena evangélica de la tumba). Estoy pensando en el códice Pray, pero hay otras muchas similares. Con estos mimbres, que en la imaginación piadosa se mezclan incluso hoy en día, el pintor medieval y del Trecento construyen una imagen con latigazos, coronas de espinas, una sábana más o menos larga, lavatorios o sangre. Todos estos detalles pueden ser imitados de forma realista o, como es el caso del lienzo de Turín, recogidos de manera convencional. Así, cuando el médico-historiador sindonista cree que la presencia de ésta o aquella marca (más o menos visibles para el resto de la concurrencia), revelan la verdad de los evangelios, lo que está revelando es simplemente la imaginería de los siglos medievales y de los pintores que en el pre-Renacimiento recogieron las síntesis evangélicas que eran comunes en su tiempo. Y que nada tiene que ver con lo que pasaba en un juicio y una ejecución en la Palestina del siglo I.

Y no es extraño que aficionados metidos a sabios cometan este tipo de errores tan simples cuando lo que les guía no es la ciencia que les falta sino la fe que les sobra.

Bibliografía.

Bermejo, Fernando (2011): “¿Por qué poner en cuestión la historicidad de los Evangelios?”, El Blog de Antonio Piñero, 15.09.11 http://blogs.periodistadigital.com/antoniopinero.php/2011/09/15/ipor-que-poner-en-cuestion-la-historicid#comments , Consultado on line 17/04/2013 8:31

Bucklin, Robert (1970): “The Legal and Medical Aspects of the Trial and Death of Christ”, Medicine, Science and the Law, January, 1970. Consultado on line, 27/04/2013 09:08, http://www.shroud.com/bucklin2.htm

Calvo, José Luis (2010): “Inauguramos una nueva sección (VIII-a)”. Escritos desde el páramo. “La Sábana Santa”. Publicado: 17/11/2010 17:44. Consultado on line, 01/05/2013 8:45, http://fenix.blogia.com/temas/sabana-santa.php .

Carotta, Francesco (2008): “Los evangelios como transposición diegética”, en Piñero ed.: ¿Existió Jesús realmente?, Las Rozas, Editorial Raíces

Carrier, Richard (2000): “The Formation of the New Testament Canon (2000)”, Consultado on line 29/04/2013 08:43 http://www.infidels.org/library/modern/richard_carrier/NTcanon.html

Crossan, John D. (1994): Jesús, vida de un campesino judío, Barcelona, Crítica.

Ehrman, Bart (2009): Jesus, Interrupted, Harper Collins e-books;

Goldhagen, Daniel Jonah (2002): La Iglesia Católica y el Holocausto: una deuda pendiente, Madrid, Taurus.

Martí i Aixalà, Josep, ed. (1993): Apologetes del segle II, Barcelona, Edicions Proa.

Meier, John P. (1998): Un judío marginal. Nueva visión de un Jesús histórico. Tomo I. Estella, Verbo Divino.

Piñero, Antonio (2009): “El mesías como ‘hijo de David’ desde el punto de vista de Brandon y otros investigadores”, Cristianismo e historia, Miércoles, 23 de Septiembre 2009. Consultado on line, 28/04/2013 8:52. http://www.tendencias21.net/crist/El-mesias-como-hijo-de-David-desde-el-punto-de-vista-de-Brandon-y-otros-investigadores-2-27-54_a271.html

Vermes, Geza (2007): La Pasión. La verdad sobre el acontecimiento que cambió la historia de la humanidad. Barcelona, Crítica.

Manual de medicina forense sindonista (y IV). Consistencia científica.

Lejos de mi la audacia de negar competencia al Dr. Villalaín en los asuntos de su materia. Me resulta extraño que el rigor mortis que aquejaba, según él, al cadáver del Hombre de Turín fuera tan inestable que pasara de ser completo a ablandarse para permitir la manipulación de los brazos y los dedos (no de la cabeza o las piernas) y volviera luego a una rigidez total para que no se aplastaran los glúteos en la losa. Pero esto es lo que afirma el Dr. Villalaín y, como él es un forense experto, no hay por qué dudar de sus palabras, a menos que otro experto las contradiga.

Apocalipsis de Bamberg.Siglo XI

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Manual de medicina forense sindonista (III). Más allá de los límites.

Índice.

1.Objetivos de la medicina sindonista.

2. Lo que ve (o no ve) el Dr. Villalaín.

3. Lo que un pintor no puede pintar.

1. Objetivos de la medicina sindonista.

Se puede hacer una autopsia de un cadáver, como cualquier otro trabajo científico, sin presuponer cuál ha de ser la conclusión. Pero también se puede hacer una autopsia con un interés muy concreto: demostrar que el preso murió en la enfermería o en un tiroteo. O que una imagen es la huella directa de un cuerpo real.

La disección – Gui de Chauliac, Grande Chirurgie, siglo XIV.

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Manual de medicina forense sindonista (II). Los autores y su obra.

El Dr. Robert Bucklin, M.D., J.D., se presenta a sí mismo como un experto médico forense que ha realizado más de 25.000 autopsias a lo largo de su vida profesional. Parece una cifra impresionante, aunque no estoy capacitado para evaluarla. Tampoco estoy capacitado para saber si el Dr. Bucklin es, como se le presenta en medios sindonistas, un prestigioso analista forense. Se supone que si el prestigio de un especialista traspasa los círculos sindonistas se podrá encontrar algo sobre él en páginas de referencia en Internet, pero yo no he encontrado nada. Supongamos por lo tanto que el Dr. Bucklin tiene experiencia en su campo y por ello está autorizado para hacer algunas observaciones plausibles sobre medicina forense.

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Manual de medicina forense sindonista (I). Consideraciones preliminares.

Inicio aquí una serie de entradas referidas a lo que a veces se llama pomposamente “estudios médicos” sobre el Hombre de Turín. Ya he tocado en parte el tema en otras entradas (aquí  y aquí  ), en las que hice mención de los trabajos del Dr. Barbet y las críticas que recibió, por lo que no volveré sobre ellos. Sin embargo, el tema de los “estudios médicos” merece algo más de atención.

Le pie donne al sepulcro. Pulpito de Guglielmo, Duomo de Pisa, Siglo XII


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El profesor Fanti y la revisión inter pares.

Ya avisé en una entrada anterior que el asunto de la nueva invención del profesor Fanti no iba a terminar tan pronto en el blog de Dan Porter. Ahí ha publicado  el notorio sindonista una especie de comunicado o desafío, que no sé muy bien si considerarlo como lo uno o lo otro.
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Gian Marco Rinaldi recensiona a Fanti.

Gian Marco Rinaldi ha publicado en Query (4 de abril de 2013), una recensión  del libro de Fanti que anunciaba en otra entrada. (Más concretamente del capítulo 3, dedicado a la datación de fragmentos del lienzo de Turín). Un amplio resumen puede leerse en el blog de Dan Porter.
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La posición de la Iglesia

Índice:

1. La cautelosa posición de la Iglesia.

2. Las reliquias, un maldito embrollo.

3. ¡Es la economía, estúpidos!

Dicen los conspiracionistas, en su versión fuerte y en la descafeinada, que la Iglesia aceptó la datación de 1988 presionada por grupos de confabulados ateos y/o masones y por su propia quinta columna racionalista. Recordemos los lamentos de fray Bonnet-Eymard sobre la declaración oficial leída por el cardenal Ballestrero (Cfr. más abajo):

Él, el Custodio Pontifico del Santo Sudario, se permitió pronunciar tales palabras insultantes hacia la Sagrada Reliquia y sus devotos, que el Padre Rinaldi, vicepresidente de la Holy Shroud Guild, pidió su dimisión del cargo. (Abbé Georges de Nantes; Hermano Bruno de Jesus, S/F).

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La Sábana Santa en Magonia.

Luis Alfonso Gámez incluye un atinado comentario  en su blog Magonia sobre la exposición sevillana dedicada a la Sábana Santa. Incide especialmente en las incongruencias de la posición que se supone al Hombre de Turín.

El Prof. Fanti vuelve a la carga con hilos no identificados.

Como estamos en Semana Santa y lo de la ostensión televisiva no es bastante para el sindonismo,  el profesor Giulio Fanti vuelve a la carga con la enésima refutación de la prueba del carbono 14 que se basa en materiales de origen sospechoso. En un libro que ha aparecido “causalmente” estos días dice haber utilizado fibras del lienzo de Turín que le proporcionó Riggi di Numana, algunas de las cuales habían sido utilizadas por Raymond Rogers, para aplicar dos técnicas infalibles de datación, rayos infrarrojos y espectroscopia Raman, que demuestran que el sudario es del siglo I. De la incertidumbre acerca de las muestras que utilizó Rogers ya hablé en otra entrada.  En el caso de las nuevas muestras el desmentido inmediato ha venido de dos fuentes tan poco sospechosas de parcialidad como el Centro Internacional de Sindonología y el arzobispo de Turín. Ambas recuerdan que las muestras “privadas” fueron desautorizadas hace tiempo por la Iglesia, que es su legítima propietaria, y no existe de ellas ningún registro que pueda certificarlas.

Uno se pregunta por qué el profesor Fanti, que debe conocer bien esta circunstancia, ha vuelto a la carga sin aportar más pruebas de la procedencia de las muestras que su palabra (dado que Riggi di Numana falleció hace cinco años). Él dice tener pruebas de la trazabilidad de las muestras en su libro. Esperemos que se hagan públicas, porque por el momento, se desconocen. Personalmente, dada su primera respuesta y todo lo que se ha debatido sobre Rogers y sus muestras, me declaro escéptico al respecto.

La polémica ha sido recogida en los blogs de Antonio Lombatti y, con más delectación, claro, en el de Dan Porter.

ADENDA:  Para leer en castellano la posición del Centro Internacional de Sindonología, pinchar aquí.

El sindonismo como mito (VIII). Hipercausalismo y una primera conclusión apta para canguros.

En estas entradas estoy analizando cómo, a través de diversas actividades multifacéticas (blogs, foros, peregrinaciones, artículos científicos, congresos ad hoc, etc.), se va formando un  cuerpo de creencias y ritos en torno a un mito a medias arcaico y a medias posmoderno, el del Santo Sudario. Pero aviso:

Esta sección está dirigida a rumiantes.

Para los cristianos del siglo XXI, la identificación de su religión con un determinismo rígido está fuera de toda consideración. Hasta los luteranos parecen haber olvidado el argumento de la predestinación que alguna vez predicó su fundador, que yo sepa, y el dogma cristiano se asocia a la teoría del libre albedrío, sin la cuál justificar lo del pecado original y la bondad divina es problemático. Cuando se plantea la contradicción entre la omnipotente bondad divina y la existencia constatable del mal, es lugar común de los creyentes acudir a la libertad humana de elegir el mal, que Dios nos concedió “graciosamente”. (Que esto conduzca a otras aporías insolubles es tema que no importa en estos momentos). Parece, pues, que el determinismo es propio de materialismos que sus rivales no dudan en tachar de decimonónicos, tales como el neodarwinismo, el positivismo y otros. Sin embargo, los sindonistas son mucho más deterministas que los propios positivistas clásicos.

Cristo Pantocrator. Arta, Panagia Parigoritissa. 1290.


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Nueva ostensión virtual.

Noticia leida en la Summa Sindonica Virtualis, o sea el blog de Daniel R. Porter. Según la Gazzetta del Sud on line, Joseph Ratzinger, conocido anteriormente como Benedicto XVI, dejó ordenado antes de jubilarse que el lienzo de Turín fuera expuesto el día de Sábado Santo del presente año. La nueva ostensión tiene como novedad que durará un único día y será retransmitida por la RAI en exclusiva, es decir, que no será vista directamente, sino virtualmente (salvo un reducido grupo de peregrinos y enfermos). No se sabe muy bien cuáles serán las condiciones de la filmación, pero todo indica que este nuevo evento tiene la intención de remover las aguas estancadas en torno al Santo Lienzo y ver si se habla algo más de él. Aunque las exposiciones al público habituales congregan grandes multitudes en Turín y en Italia suelen tener una cierta repercusión, en el resto del mundo pasaban más bien sin pena ni gloria. Supongo que la curiosidad de “ver” algo, que es la madre del medio televisivo, hará que más gente se fije en la reliquia y dará un poco de publicidad, que nunca viene mal a los negocios espirituales.

Albrecht Dürer: El Santo Rostro de Verónica expuesto por ángeles. 1513.

Por cierto que el Santo Padre Emérito, como le llama el articulista, es el primer papa que se ha pronunciado  claramente a favor de la autenticidad del lienzo, rompiendo la cautelosa posición de sus antecesores. Habrá que comentar algo sobre esto de la posición de la Iglesia.  En cuánto tenga un hueco.

El sindonismo como mito (VII). Visiones y emociones.

 

En estas entradas estoy analizando cómo, a través de diversas actividades multifacéticas (blogs, foros, peregrinaciones, artículos científicos, congresos ad hoc, etc.), se va formando un  cuerpo de creencias y ritos en torno a un mito a medias arcaico y a medias posmoderno, el del Santo Sudario. Pero aviso:

Esta sección está dirigida a rumiantes

Creo recordar que es Malinowski el que cuenta que, viajando en una piragua con algunos nativos, todos menos él, naturalmente, divisaron en la orilla una fabulosa serpiente gigante escabulléndose entre la maleza. Cuando dijo que no había visto el monstruo, los nativos se compadecieron de él por su incomprensible ceguera. Las visiones juegan un papel esencial en los mitos ritualizados y similares. El chamán oye voces, vuela… Los que asisten al milagro de la cuerda, del que habla Eliade en “El milagro de la cuerda y la prehistoria del espectáculo” (Eliade, 2000), ven como el ayudante del mago es descuartizado y vuelto a recomponer en el sentido literal de la palabra “ver”. A pesar de lo que el malintencionado pueda pensar, no se trata siempre de trucos de barraca de feria, sino de auténticas visiones.

Duccio de Buoninsegna. Madonna y el Niño. Siglo XIV


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